No hay una relación inversamente proporcional entre errores médicos y tecnología médica. Sí la hay entre la inversión en tecnología médica y el presupuesto hospitalario para estudiar y disminuir el número de errores médicos. Como siempre, cuando se habla de dinero, la razón —la sinrazón— es sencilla: mientras que la tecnología genera dinero, el estudio de los errores médicos no deviene en ganancias económicas.

Las afirmaciones anteriores son, entre muchas, unas de las razones por las cuales las equivocaciones médicas no se diseccionan como debería ser; no es suficiente su análisis en sesiones hospitalarias: se requiere un cara a cara con colegas, donde prive la crítica independientemente de la amistad. Siguiendo códigos éticos, los errores médicos deberían comentarse con el enfermo y sus familiares. Enfrentar el brete favorecería a la profesión, sobre todo ahora cuando crecen las demandas y disminuye el interés hacia el corazón de la profesión, la ética.

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Ilustración: Kathia Recio

Así como es incomprensible que la Organización Mundial de la Salud (OMS) no considere que la pobreza es una enfermedad, en la International Classification of Diseases and Related Health Problems —Clasificación Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados de Salud— el rubro error médico tampoco figura en el listado de patologías. Los errores médicos, propongo, deben ocupar un lugar en ese tipo de clasificaciones; hacerlo permitirá disminuir su frecuencia y estudiar sus causas. Lo mismo digo de la pobreza: la OMS debe agregarla a su catálogo. Estudiar las causas de los errores médicos es necesario.

Incluso en Estados Unidos, donde registros y estadísticas funcionan bien, es imposible saber cuántos enfermos fallecen o empeoran cada año por errores médicos. Los datos varían: algunos estudios calculan que cada año fallecen entre 180 mil y 195 mil personas; otros incrementan la cifra hasta 400 mil. Los números previos provienen de centros hospitalarios; no se conoce la frecuencia de decesos por yerros médicos en otros sitios como hospicios o centros donde se llevan a cabo cirugías ambulatorias. En Estados Unidos, en 2013, las enfermedades cardiacas ocuparon el primer lugar en mortalidad; cáncer fue la segunda causa y errores médicos el tercer lugar.

Albert W. Wu escribió en 2000 una pequeña nota (Medical error: the second victim. The doctor who makes the mistake needs help too) donde afirma que la segunda víctima del error es quien lo comete. Wu tiene razón. Si no se comentan abiertamente las equivocaciones con el responsable, más allá de las sesiones de Mortalidad y Morbilidad dedicadas a analizar científicamente casos de interés así como posibles fallas médicas, no hay retroalimentación. “En la medicina moderna”, sostiene Wu, “no hay lugar para los errores”. Es cierto: las oportunidades y los espacios para reflexionar en los yerros, cuando se comparan con el tiempo dedicado a aprender nuevas tecnologías o nuevos procedimientos, son enjutas.

La medicina moderna se ocupa de grandes números, de estudios con decenas de miles de pacientes, de estadísticas. Cada vez es menor el espacio e interés por los casos clínicos y el tiempo dedicado para desglosar los avatares de enfermos con patologías complejas o que fallecieron o empeoraron debido a maniobras inadecuadas.

El brete no es sencillo. Al lado de preguntas fundamentales, ¿con quién, cómo y cuándo compartir el error?, hay otros factores cruciales como las lacras de los seguros médicos —¿pagarán o no al asegurado?—, la conducta que seguirá el hospital —¿revocará la licencia?—, la nefasta presencia de abogados que buscan ganar dinero demandando a doctores y la incertidumbre de lo que sucederá en la relación con los colegas con los cuales hay “un intercambio de enfermos”. Contratiempos no menores son las demandas legales y penales, en algunos casos genuinas, otras veces fomentadas por abogados sin escrúpulos, a lo que debe agregarse, sobre todo en Estados Unidos, y ahora en México, el dinero extra que deben pagar los médicos a abogados para afrontar posibles demandas.

Estrés e incertidumbre son propios de la profesión. Compartir yerros es necesario; hacerlo no sólo disminuye la angustia sino que le permite a otros aprender. Los agobios asociados a equivocaciones pueden incrementar la tensión. Algunos estudios aseguran que los doctores son los profesionistas que más alcohol y drogas consumen. 

La medicina moderna, sotto voce, se ha inclinado por esconder errores médicos. El espacio y tiempo que antes se dedicaba al análisis de casos clínicos ha disminuido conforme avanza la “medicina molecular”. Urge cimentar un espacio ad hoc donde médicos y enfermos puedan dialogar cuando se ha cometido algún error. Errare humanum est: Cierto. No repetir errores se aprende cuando se analizan las causas y se encuentran las razones. En medicina no sepultar errores debe ser escuela.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

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