En La invención de Morel la máquina creada por el científico imaginado por Adolfo Bioy Casares es capaz de reproducir la realidad y proyectarla; a manera de hologramas, pero con todos los atributos sensoriales asociados a las imágenes originales (“… si abren todo el juego de receptores aparece Madeleine, completa, reproducida, idéntica […] con los sonidos, la resistencia al tacto, el sabor, los olores, la temperatura, perfectamente sincronizados”), incluyendo la conciencia de los humanos grabados por ella. Impresionante como tal, esta máquina es, sin embargo, incapaz de, con los objetos y personas capturados por ella, añadir algo nuevo, distinto, inesperado. A la invención de Morel le falta, más que inteligencia (que tampoco la tiene), creatividad artificial.

Por alguna razón, imaginar que algún día los colegas de Morel construyan una máquina que nos supere en creatividad no es una de nuestras pesadillas recurrentes. Tal vez, al pensar en un robot hipercreativo, la imagen que se proyecta en nuestra mente es la de una especie de π-casso mecánico más ocupado en dar los últimos brochazos a un cuadro que en eliminar a la humanidad. ¿Qué tan malo puede ser, si es tan creativo? Seguramente su impulso creador —o, en todo caso, su programación— será mayor que el destructor, mientras que un robot más inteligente que nosotros seguramente no tardará en razonar, como Terminator y Ultron, que el mejor universo es aquel sin humanos.

Fantasía científica aparte, es verdad que científicos como Stephen Hawking han advertido sobre la posibilidad de que las máquinas algún día alcancen la Singularidad, ese instante futuro en que computadoras y robots estén en condiciones de rediseñarse e incrementar de manera exponencial su inteligencia artificial hasta hacernos parecer unos memos (Hawking incluido). Como los objetivos de estas superinteligencias artificiales podrían no ser los nuestros, tal vez proteger a nuestra especie no sea una prioridad, así como no lo es para nosotros no pisar a todo bicho que se nos cruza al caminar. ¡Si tan sólo supiésemos cómo programar sus cerebros de silicio con una ética artificial! Lástima que ni siquiera podemos hacerlo con el cerebro orgánico de Javier Duarte y otros compatriotas.

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Ilustración: Oldemar González

Tal vez estamos entre quienes consideran que el cerebro no funciona de manera algorítmica, mediante instrucciones y recetas a manera de los programas de una computadora (o, al menos, no siempre), y por ello consideramos como una meta imposible la construcción de un robot con una inteligencia como la nuestra. Tal vez. Pero sí tendría que provocarnos una o dos noches de insomnio, de vez en cuando, considerar la destrucción cada vez más inminente, no de nuestra especie, pero sí de buena parte de nuestros empleos gracias a máquinas dotadas de lo que se conoce como inteligencia artificial débil,1 capaces de realizar ciertas tareas, trátese de jugar al ajedrez, como la campeona Deep Blue, o de recordarnos comprar leche al entrar al supermercado, como la asistente virtual Siri.

Tal vez concordamos con Ada Lovelace, la primera programadora de la historia (y que, por lo tanto, sabía de lo que hablaba cuando de algoritmos se trataba), cuando sentenció que: “Las computadoras nunca serán creativas, pues la creatividad requiere inventar algo, y esto es algo que las computadoras no hacen. Las computadoras hacen lo que están programadas para hacer, nada más”. Así, gracias a Ada, dormimos sin preocupación alguna, con la certeza de que, por más “inteligente” que sea una máquina, la creatividad, esa característica humana —aunque, siendo justos, no somos, ni por mucho, los únicos seres vivientes creativos— nos mantendrá a salvo de un reemplazo maquinal (dicho esto estricta y metafóricamente), pues nuestro trabajo nos demanda una gran creatividad; asumiendo, claro, que esto sea verdad: manejar un taxi, por desgracia y sin ánimos de ofender, no requiere de notable creatividad y la probabilidad de que heredemos este oficio a nuestros hijos cada año se aproxima cada vez más a cero.

Si es correcta la predicción de Ada Lovelace y las computadoras no sueñan ni soñarán jamás con ovejas eléctricas (no soñarán y punto), nadie está más a salvo que los miembros del Sistema Nacional de Creadores, ya que entonces nunca tendremos escritores artificiales ni pintores sintéticos solicitando una beca. Aunque… antes de concluir sobre la futilidad de incluir como primer requisito de la convocatoria del SNCA el acreditar que somos humanos, sería oportuno conocer un poco más sobre lo que los científicos en creatividad artificial, más que argumentar, tienen que mostrarnos al respecto, pues éstos (al menos en México) no merecerían ser miembros del Sistema Nacional de Investigadores si la mera opinión de Lovelace —por muy autorizada que sea— bastara para dar por zanjado el asunto y dedicarse a otros temas.

¿Qué tal si descubrimos que sí es posible programar una computadora para que sea tan creativa, no como Bioy Casares —algo que no exigimos ni siquiera a la mayoría de nosotros—, pero sí al menos como cualquier usuario de alguna de las redes sociales en internet, y con mucha mejor ortografía y gramática? Casi inimaginables serían las ventajas de contar con máquina creativas a las que, por ejemplo, pudiésemos enviar como periodistas no-orgánicos a diferentes partes del país, con la misión de recopilar datos y escribir crónicas y reportajes sobre seguridad y narcotráfico, evitando así arriesgar la vida de sus colegas humanos.

Todo mundo, incluyendo una máquina, puede cocinar

Para crear una máquina creativa, antes que nada, sería recomendable estar de acuerdo con una definición de creatividad, mas como ello constituye un reto comparable al de definir la inteligencia, para evitar discusiones bizantinas y a semejanza de los expertos en inteligencia artificial —quienes cuentan con el juego de la imitación propuesto en 1950 por Alan Turing y rebautizado en su honor como Prueba de Turing—, los expertos en creatividad artificial tienen la Prueba de Lovelace.

La versión 2.0 de la Prueba de Lovelace señala que, para ser considerada creativa, una máquina tiene que crear algo —por ejemplo, una ensalada, pero también podemos pensar en un cuento o en una pintura— con ciertas características y restricciones impuestas por un humano —de manera que la ensalada creada pueda ser considerada como tal y no como otra entrada de comida—. Si un evaluador humano que ignora que el autor de la creación es una máquina considera que la obra pudo ser creada por un humano, entonces podemos concluir que la máquina tiene creatividad artificial.2

Al igual que en el caso de la Prueba de Turing, la mayor crítica a la Prueba de Lovelace es que, más que determinar la inteligencia/creatividad, lo que en ella se determina es la apariencia de la misma —la ensalada sabe bien y combina ingredientes de manera novedosa, pero… ¿cómo eligió la máquina los ingredientes? ¿Puede nombrarse eso como “creatividad”?—. Es por ello que los investigadores en creatividad artificial consideran que una máquina que pase la Prueba de Lovelace cuenta, al menos, con creatividad artificial débil, al igual que Siri tiene inteligencia artificial débil.

Un chef Oropeza sintético existe, de hecho, desde 2015, año en el que Erol Cromwell y sus colegas programaron una computadora para que, en primer lugar y con base en la lista de ingredientes usados en cada una de las recetas de ensaladas provenientes de allrecipes.com y evaluadas por los usuarios de este sitio, pudiera predecir las que obtenían la mayor calificación.3 De esta manera, la computadora podía elegir nuevas mezclas al azar de entre seis y 12 ingredientes y, al compararlas con los ingredientes de las recetas de allrecipes.com, estimar mediante una fórmula si su calificación sería mayor o menor que cada una de estas recetas. Al final, la computadora proporcionaba las nuevas recetas, que eran las mejor calificadas por ella.

El veredicto final sobre la creatividad de este e-Gusteau estuvo en boca de humanos, quienes sin saber que se trataba de una máquina llamaron la atención sobre la originalidad de las combinaciones. El lector puede probar la receta, producto de la creatividad artificial, que resultó mejor calificada por humanos: col china, queso feta, cebolla verde, mango, rábano, cebolla roja y pasta rotini.

De Frankenbach al arte evolutivo no humano

Si lo más que puede hacer una máquina creativa es ensaladas estamos salvados, dado que, aunque la cocina es un arte, está claro que el arte es más que seguir una receta o mezclar elementos al azar, ¿no es verdad? Tratar de crear algo con más “alma” que una ensalada, como un Frankenbach que, en vez de ensaladas, componga sinfonías sería absurdo, pues un robot carece de la sublime (¿divina?) inspiración, de la genialidad de un Bach, un Mozart, un Beethoven… No hay receta para componer un séptimo Concierto de Brandenburgo. Bueno, el compositor y científico David Cope opina diferente: “No conozco una sola pieza de música expresiva que no fuera compuesta, de una forma u otra, por un algoritmo”.4 ¿Y qué es, para Cope, “música expresiva”? “Para mí, expresión es lo que recibo de la música cuando siento algo en respuesta a ella”, incluyendo Bach, Mozart y Beethoven.

Lo que opine Cope no tendría mayor relevancia, de no ser porque él es el creador de un programa llamado EMI (siglas en inglés de Experimentos en Inteligencia Musical) que, aunque no es inteligente, sí es creativo y desde los años ochenta compone música mediante la recombinación de elementos hallados en composiciones ya existentes. De acuerdo con Cope, esto es precisamente lo que todo compositor hace, de forma mayormente inconsciente, al plagiar “docenas, si no es que cientos, de trabajos en una sola pieza de música”. EMI puede identificar las reglas seguidas por compositores como Bach para así, al igual que Bach y el resto de los músicos, romperlas y generar miles de nuevas composiciones con el estilo de este y otros compositores. Al interpretarlas en una sala de conciertos las composiciones de EMI han pasado ya la Prueba de Lovelace ante los asistentes.

En la pintura tenemos también ejemplos de lo que el artista Leonel Moura ha bautizado como “arte no humano”. En 2013 Moura programó a sus creadores artificiales con un algoritmo llamado Ant System, del investigador en inteligencia artificial Marco Dorigo, inspirado por el comportamiento de hormigas y otros insectos sociales. En particular, lo que a Moura y Dorigo les atrae en las hormigas es la estigmergia, que es la comunicación indirecta entre estos insectos a través del rastro de feromonas que dejan en su medio; no hay en este caso comunicación directa —y, muchas veces, ni siquiera proximidad física— entre el individuo que dejó el mensaje “feromonal” y aquel que fue estimulado por éste.

Moura usó hormigas-robots que, en lugar de feromonas, usaban colores para comunicarse, pues estaban equipados con plumas y sensores. En su proyecto ArtSBot (siglas en inglés de Arte de Enjambre de Robots), cada marca de color dejada por un robot ocasionaba que otro dejara otra marca. Si la marca era de un color reconocido por un robot como “cálido”, éste elegía una pluma de un color también “cálido” y reforzaba la marca; el robot actuaba de manera equivalente si el color era “frío”, con lo que surgían cuadros que, al menos para Moura, eran estéticamente similares a los de Jackson Pollock. Un enfoque similar constituye el proyecto Curious Whispers, que sustituye en el enjambre de robots plumas por canciones de ocho notas.5 Cada robot está programado para reforzar o no con su canción la canción del robot con que se topa en su recorrido aleatorio, dependiendo del parecido entre ambas canciones (similitud determinada por cada robot), para así obtener una canción que es impredecible y resultado de todas las interacciones del enjambre de robots.

Todos los algoritmos de los “artistas” artificiales aquí presentados tienen como base para sus creaciones la variación aleatoria de las partes que integrarán la ensalada/composición musical/pintura y, en algunos casos, la selección a partir de ciertas características y restricciones impuestas por el programador. Sin embargo, la obra terminada presenta características emergentes, distintas a las partes que la componen, que hacen que el resultado sea algo nuevo, no predicho por el programador ni escrito en el programa. Es por ello que algunos estudiosos de la relación entre arte y máquinas han etiquetado a estos productos de la creatividad artificial como “arte evolutivo”.

Maquinovelistas… ¿más que escritores de fórmula y literatura artificial?

Si ponemos a 100 androides a aporrear teclas al azar frente a una computadora, ¿algún día leeremos en alguno de los monitores el equivalente a Don Quijote? Ya hay una propuesta que no requiere de androides ni de creatividad artificial,  pero sí de un programa en internet que, mezclando fragmentos de cibertextos (de manera que no afecte al derecho de autor), genere automáticamente libros impredecibles (sobre los que, por no ser plagios, no tiene nada de control ningún autor humano), los suba como libros electrónicos a Amazon.6 De materializarse (es un decir) el proyecto, no deberá asombrarnos un catálogo literario (otro decir) repleto de e-books de memes, tuits y contenido similar. En todo caso, si cuando escribimos sobre máquinas de escritura esto es lo más creativo que existe, por supuesto que la literatura y el oficio de escritor seguirá estando en manos humanas. Aunque, antes de concluir, no estaría de más leer algunas de las ficciones resultantes de tres proyectos de narradores de historias artificiales que han tenido ya menor o mayor éxito al enfrentarse a la Prueba de Lovelace: MINSTREL, BRUTUS y MEXICA.

A semejanza de los modelos de creatividad artificial ya descritos, BRUTUS es un programa que ensambla elementos predefinidos de un relato en el que la traición es parte de la trama (de ahí su nombre),7 en tanto que MINSTREL escribe historias cortas sobre el rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda,8 y MEXICA, haciendo honor a su nombre, narra cuentos de mexicas.9

MINSTREL y MEXICA representan un avance como escritores artificiales menos artificiosos porque son capaces de generar nuevas situaciones que no estaban inicialmente presentes en su memoria y, de esta forma, crean historias impredecibles por sus programadores. Para ello, el algoritmo de MINSTREL se basa en un proceso cíclico de solución de problemas que se repite una y otra vez hasta que se cumplen todos los objetivos establecidos por el programador para contar una historia (para ejemplificar, un objetivo sería crear una escena en la que Lancelot mata a otro caballero, MINSTREL buscaría entonces en su memoria todos los posibles eventos que, con algunas variaciones, pudieran adaptarse para narrar esa escena); en tanto que MEXICA usa rutinas que evalúan la novedad de la historia en progreso (al comparar su contenido con el de historias previas) y que, a medida que se desarrolla la narración, le permiten, por ejemplo, decidir cuándo introducir un nuevo personaje.

“Si acordamos la conciencia, y todo lo que nos distingue de los objetos, a las personas que nos rodean, no podremos negárselos a las creadas por mis aparatos…”, argumenta Morel. A diferencia de la invención de Morel y de sus creaciones, las máquinas creativas y sus invenciones carecen, por supuesto, de conciencia. Aunque hemos visto productos de la creatividad artificial que no requieren de gran inteligencia —como no sea a la de los creadores de las máquinas creativas—, si estamos de acuerdo con escépticos como Fernando Parra Rodríguez sobre la definición de auténtico arte —y no sólo de lo que luce como tal—, para serlo es indispensable que el artista tenga plena conciencia de su obra y de lo que intenta comunicar con ella.10 Escritores, músicos, pintores —y, por qué no, también chefs— pueden seguir soñando en paz, libres de la competencia desleal de androides y ovejas eléctricas, con todo el arte que les permita su creatividad.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 A diferencia de aquellas con inteligencia artificial fuerte o general, que podrían hacer cualquier tarea intelectual tan bien como nuestro vecino, asumiendo que éste tiene una inteligencia promedio.

2 Riedl, M.O. “The Lovelace 2.0 Test of Artificial Creativity and Intelligence”, Proceedings of the AAAI Workshop: Beyond the Turing Test, Austin, Texas, 2015, p. 3.

3 Cromwell, E., J. Galeota-Sprung y R. Ramanujan, “Computational Creativity in the Culinary Arts”, Proceedings of the International Florida Artificial Intelligence Research Society Conference, 2015, pp. 38-42.

4 Da Silva, P., “David Cope and Experiments in Musical Intelligence”, Spectrum Press, 2003, 86 pp.

5 Saunders, R., P. Gemeinboeck, A. Lombard, D. Bourke y B. Kocabali, “Curious Whispers: An Embodied Artificial Creative System”, International Conference on Computational Creativity, Lisboa, Portugal, 2010, pp. 100-109.

6 Andersen, C.U. y S.B. Pold, “Post-digital books and disruptive literary machines”, Formules, 18, 2014, pp. 164-183.

7 Bringsjord, S. y D.A. Ferrucci, “Artificial Intelligence and Literary Creativity: Inside the Mind of BRUTUS, a Storytelling Machine”, Computational Linguistics, 26(4), 2000, pp. 642-647.

8 Turner, S.R., “MINSTREL: A Computer Model of Creativity and Storytelling”, tesis doctoral, University of California, 1992, 529 pp.

9 Pérez y Pérez, R. y M. Sharples, “Three Computer-Based Models of Storytelling: BRUTUS, MINSTREL and MEXICA”, Knowledge-Based Systems, 17(1), 2004, pp. 15-29.

10 Parra Rodríguez, F., “El arte: límite de la inteligencia sintética”, Estudios Filosóficos, 64, 2015, pp. 147-156.