VIENTO DEL NORTE

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

     1 .”Toda acción política consiste en elegir el menor mal” escribió alguna vez Karl Kraus, para incomodidad de los apologistas de las virtudes democráticas de su tiempo y del nuestro. Es decir, el ordenamiento político de una sociedad no es el resultado de una elección de lo mejor, sino de lo menos peor, una visión ciertamente pesimista, desencantada, de las democracias occidentales.

Y es que, como se sabe, detrás de las modernas creencias democráticas subyace una poderosa herencia de la teología cristiana: la sustitución de la voluntad de Dios por la voluntad del Pueblo. Autores tan distintos como Schmitt. Schumpeter o Rousseau, han señalado cómo la omnipotencia democrática de la gente y del legislador en las sociedades occidentales modernas ha sustituido a la Voluntad Todopoderosa de Dios, y el valor igual de cada individuo en las democracias modernas refleja la creencia cristiana de que “el Redentor murió por todos: El no distinguió entre individuos de diferente estatus social” (Schumpeter).1 Esta operación de secularización de las creencias divinas por creencias políticas, está en la base de la instrumentación de los procesos de elección de los representantes políticos de la sociedad, procesos que sirven para que la voluntad general de los ciudadanos se exprese en forma de confianza o de castigo a las opciones políticas existentes.

Desde este punto de vista, la democracia no es otra cosa que la institucionalización de la posibilidad de cambiar de parecer de los ciudadanos. Ello hace de las elecciones un mecanismo regulador de los conflictos por el poder, a la vez que de los votos un instrumento de acción colectiva que permite modificar, “premiar” y “castigar” el desempeño político de los partidos. Es la Voluntad del Pueblo que ha sustituido a la Voluntad Divina, con toda la connotación y carga simbólica que ello trae consigo. Desde esta perspectiva, los procesos electorales significan periodos de acción colectiva que ponen en movimiento las creencias, valores e imágenes que produce la política en la sociedad, frente a lo cual los partidos políticos se constituyen referentes fundamentales de expresión de la voluntad ciudadana, para designar, con votos, la conformación de sus representantes políticos. En otras palabras, la manera en que se construye la “tiranía de la mayoría”, según afirmaba Tocqueville, en una expresión clásica.

2. Poder y elecciones es la fórmula que cada vez más adquiere centralidad en la vida política de nuestro país, y el eje por el cual transcurre, dilatada, nuestra “transición” política (que a estas alturas, por lo demás, significa ya casi cualquier cosa para designar el hecho de que las cosas políticas ya no son como solían ser). La voluntad de los ciudadanos tiende a resolverse en procesos electorales donde la experiencia de los gobernados adquiere un valor relevante a la hora de tomar decisiones en favor de uno u otro candidato, partido o programa. Desde, por lo menos, el triunfo del candidato a gobernador del PAN en Baja California hace casi una década, las experiencias electorales muestran un proceso de aprendizaje político de los ciudadanos donde el desempeño de los partidos y el clima nacional de la coyuntura juegan un papel relevante para construir las mayorías y minorías políticas regionales.

Los comicios celebrados en Durango. Zacatecas y Chihuahua el mes pasado, confirman la tendencia a convertir a los procesos electorales en mecanismos rutinarios, legítimos, de ordenamiento de las preferencias electorales de los ciudadanos, y en medios a través de los cuales los partidos políticos compiten, en condiciones mínimas de equidad. para lograr atraer votos y simpatías ciudadanas. En otras palabras, las elecciones comienzan a consolidarse como mecanismos reconocidos y respetados de construcción del poder político en México, rasgo central (en realidad, el a b c) de cualquier democracia que se respete. Sin embargo, el comportamiento de algunos de los actores principales de los procesos electorales dista mucho de corresponder a un código democrático. La incredulidad y la sospecha por los resultados electorales cuando éstos son adversos a algún partido, o la euforia postelectoral que lleva a conclusiones instantáneas de autoelogio y complacencia de los candidatos triunfadores, constituyen apenas algunas muestras de que los cálculos y expectativas de los protagonistas políticos no suelen corresponderse con las señales electorales que lanza una ciudadanía políticamente inestable y crecientemente diferenciada y compleja en su comportamiento colectivo.

Pero la centralidad que han adquirido los procesos electorales en la construcción de los nuevos escenarios políticos regionales va teniendo efectos directos en los comportamientos políticos de los actores a nivel nacional. Cada nueva elección produce señales de alerta que van configurando las estrategias políticas de los partidos del “primer círculo” de preferencias electorales (PRI. PAN, PRD), pero también los que gravitan en el “segundo círculo” (PT y PVEM). Las tres principales fuerzas políticas que se han consolidado como los protagonistas de los procesos electorales, entienden de manera distinta los resultados de los comicios, y ello se resuelve en maneras distintas de “aprendizaje” político de los partidos y sus dirigentes.

Nada es para siempre

Las elecciones significan no sólo el método por excelencia para que la democracia funcione con cierta estabilidad, sino también la posibilidad de que la sociedad civil cambie o recicle con cierta regularidad a los actores fundamentales de la sociedad política. Y en nuestro medio, los partidos políticos (en primer lugar el PRI) están aprendiendo a reconocer que, en términos de su capacidad de representación de los intereses de la sociedad, nada es para siempre. A diferencia del pasado reciente, no todo es para el ganador, pues las reglas electorales se han orientado cada vez más a fijar un marco institucional adecuado para la proporcionalidad de la representación política que surge en cada elección restringiendo los márgenes de la sub y sobrerrepresentación de los partidos. Además, la periodicidad de las elecciones, ese “maldito factor tiempo”, significa una jaula de hierro de los partidos para legitimar, o no, el ejercicio de sus políticas frente a una ciudadanía que premia o castiga con sus votos ese desempeño.

Ello se expresa en la existencia, desde hace varios años, de gobiernos estatales “divididos”, producidos por las nuevas reglas de mayorías y minorías que fijan las legislaciones estatales electorales. El motor de esa división son los “clivajes” regionales que son fuente de tensión y de conflicto, los que generan una división abierta o moderada entre los ciudadanos. Que en ocasiones la elección de un gobernador vaya acompañada de mayorías legislativas cómodas —como en Jalisco con el PAN en 1995, o en el DF con el PRD en 1997—, o que se resuelva en la coexistencia de dos partidos distintos dominando los poderes legislativo y ejecutivo —como ocurrió en Chihuahua en el periodo 1995-1998—. depende de la apreciación que de esos clivajes tengan los partidos y los ciudadanos. Así mientras que en el PRI se advierten señales de adiós al corporativismo electoral, en el PRD se manifiestan actitudes de escepticismo frente a las nuevas tendencias electorales. y en el PAN se comienzan a pagar las facturas acumuladas del ejercicio del poder.

PRI: ¿Quemando las naves del corporativismo?

Los triunfos obtenidos por el PRI en Durango y en Chihuahua parecen derivarse de dos estrategias distintas. De un lado, en Chihuahua la experiencia de haber militado en la oposición significó la oportunidad para ensayar nuevas formas de acción política electoral, alejadas del tradicional corporativismo que actuaba como una máquina productora de votos para el PRI. Por otro lado, en Durango, el PRI experimentó una combinación “suave” de corporativismo a la antigüita y de convocatoria ciudadana para mantener su hegemonía como partido mayoritario, superando la competencia que en elecciones anteriores le habían presentado partidos como el PT y, más recientemente, el PAN.

En ambos casos, el indiscutible gran partido del siglo XX mexicano intentó alejarse de su modo histórico de funcionamiento corporativo para ensayar, con notoria timidez y éxito relativo, nuevas formas de atracción de los votos ciudadanos.

PRD: El escepticismo como método

La victoria del PRD en Zacatecas no sólo resulta histórica en términos de que constituye la segunda gran elección ganada por un candidato de ese partido, sino que confirma la rara identidad de ese “animal” político, extraña mezcla de viejo priísmo, ultraizquierdismo retórico y ambigüedad ideológica. El proceso de selección y triunfo del candidato Monreal ilustra con claridad cómo se constituyó un escenario político favorable a un político hábil, donde la combinación de la existencia de un partido catch-all y un garrafal error de cálculo de la dirigencia nacional priísta, permitieron que el dirigente campesino lograra un triunfo político personal que cristaliza las extrañas formas en que transcurre la alternancia política en nuestro medio.

Ello no obstante, en el PRD las voces de la incredulidad se alzan aún en presencia de sus triunfos, que se explican no por virtudes propias sino por debilidades ajenas. Prueba de ello es que para el dirigente nacional perredista, el triunfo se explica por la derrota de la campaña sucia del PRI. cosa que no pudo ocurrir, por la debilidad de las “fuerzas democráticas”, en los casos de Chihuahua y Durango, donde la victoria priísta sólo se explica porque fueron “campañas de Estado”, que combinaron fraudes de baja escala, inducción de votos y campañas de descalificación de los otros candidatos, según una rotunda afirmación postelectoral del dirigente nacional del PRD.

PAN: Pagando la factura del desgaste

El fracaso panista en Chihuahua, y su marginal participación en los comicios de Durango y Zacatecas, pueden ser interpretados desde la perspectiva de un acelerado e imprevisto nivel de desgaste de la imagen y la oferta política de ese partido en las regiones, particularmente visible en el caso chihuahuense. Ello ha traído efectos inmediatos en la dirigencia nacional de ese partido, que se expresa en la posibilidad de modificar sus métodos tradicionales de selección de candidatos a puestos de elección popular, lo que significaría dar un viraje radical a la política de “puertas cerradas” que el mecanismo tradicional representa. Pero, de otro lado, el PAN también parece reconocer que la imagen oposicionista y el lanzamiento de candidatos relativamente carismáticos no aseguran ya la posibilidad de obtener mayorías cómodas o cerradas.

3. En cualquier caso, las élites de todos los partidos se enfrentan al problema de descifrar las claves de una ciudadanía que no se comporta (ni lo hará) como una sola a la hora crítica de los votos. En la incipiente democracia mexicana, los vientos que llegaron del norte indican que, en el caso de las sociedades complejas, plurales e inestables, habitada por reclamos y voces múltiples y encontradas, no siempre se cumple la antiquísima máxima romana que aconsejaba a los políticos-gobernantes: vox populi, vox dei.  n

Adrián Acosta Silva. Sociólogo, Investigador de la U. de G. y profesor-investigador visitante del Departamento de Sociología de la UAM-Azcapotzalco.

1Carl Olle y Ulrich K. Preuss: “Democratic Institutions and Moral Resources”, en D. Held (ed.), Política! Theory Today. Stanford University Press. 1991.