Tengo miedo, lo confieso. He vivido en Culiacán casi toda mi vida y hoy tengo más miedo que nunca, lo vuelvo a confesar, lo reconfieso. Esta es una ciudad de miedo, una ciudad con miedo, una ciudad, casi diría, movida por el miedo. La noticia de la muerte de Javier Valdez me congeló la sangre en las venas. Javier, el amigo de los tiempos mozos, el intérprete de música latinoamericana y folclórica, el que fue candidato a diputado por una izquierda marginal con una foto en la que aparecía como cholo en su póster de propaganda, el que luego incursionó en las lides periodísticas y se avocó a la crónica cruda, directa, espesa de la cotidianidad, de lo que se oculta tras la aparente banalidad del mal en esta tierra. Javier-buen-hombre, Javier-buena-pluma, Javier-valeroso, Javier-buen-amigo, Javier-generoso. Han matado a Javier Valdez, me dijeron ayer a mediodía, y me quedé estupefacto. Digo ahora unas palabras.

Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que era un gran tipo. Eso es lo primero. Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que es una tragedia para su familia, para su esposa, para sus hijos, para sus amigos que lo queríamos mucho y lo admirábamos.

Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que se trata de un asesinato cometido con toda premeditación y alevosía. Eso es lo segundo. Lo terrible es que se trata de un caso que se ha vuelto ya típico. ¿De qué sirven las elecciones libres, de qué sirve nuestra pomposa democracia cuando el dinero de cualquier origen circula por todas partes, cuando decir las cosas te puede costar la vida, cuando estás en riesgo de quedar en cualquier momento en medio de un fuego cruzado, cuando los fuegos que se cruzan son tantos que no alcanzas a entender de donde provienen, cuando, no pocas veces sin saberlo, tocas los nervios sensibles de este o aquel grupo o personaje con el suficiente poder para mandarte matar (y eso no resulta tan caro), cuando los muertos se han vuelto mera numeralia y consabida declaración: “iremos a fondo en la investigación, pero el asunto es muy complejo, estamos trabajando con varias hipótesis…”?

Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que se trata de la muerte de un civil que encarna la figura del periodista ministerial, es decir, de un civil que, harto de la ausencia de investigación ministerial pública, indaga por su cuenta, hace la chamba del Estado, procura justicia. ¿Es esto una falla de Javier, es una falla del Estado mexicano, es un exceso del periodista asesinado por-meter-las-narices-donde-ni-las autoridades-lo-hacen? No lo sé, lo pregunto muy en serio: las procuradurías, las fiscalías, el poder judicial, la maquinaría gubernamental tienen que hacer su trabajo, ¿debe el periodista suplir o cubrir su déficit de actuación? Javier creía que sí. Y eso le costó la vida.

Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que él era, además, un personaje poseído por aquel buen mesianismo, encarnación de aquel buen espíritu de redención de los jodidos, de los olvidados, un lector literal y tropicalizado de Walter Benjamin en estas tierras sin Dios y sin Historia. De nuestra generación, él fue el más solidario con las víctimas del cuasi-destino-manifiesto de los excluidos y los desplazados en Sinaloa y en México. Lo fue en sus crónicas, en sus reportajes, lo fue en la acción práctica al lado de las viudas de las estériles batallas contra el narco, de la delincuencia y la colusión de intereses, de las madres huérfanas de hijos a las que, como Mirna Nereyda Medina cuenta, bautizó con el nombre de Las Rastreadoras. Buscar huesos, osamentas de maridos, hermanos, hijos desaparecidos: redimir a los muertos haciéndolos visibles, toparse con la tormenta en el hallazgo de los restos del naufragio.

Lo terrible de la muerte de Javier Valdez es que provoca miedo. Más miedo del que ya teníamos. Miedo de quedar en el fuego cruzado literal, físico, concretito de una balacera. Miedo de hablar, de hacer comentarios. Miedo de decir cualquier cosa sin saber que estás siendo leído o escuchado por esos poderes que la guerra contra el narco difuminó y volvió, en su atomización, incomprensibles, inasibles, complejísimos en su peligrosa diversidad. Miedo de caer abatido por las balas de cualquier sicario en cualquier momento y en cualquier lugar, como cayó Álvaro Rendón Moreno, El Feroz, en una carretera del norte, como cayeron los maestros rurales en otra del sur, como cayó el regidor en otro camino de la costa, como cayó Javier Valdez Cárdenas, como podemos caer cualquiera de nosotros.

 

Ronaldo González Valdés

 

8 comentarios en “Javier Valdez: absurdo, muerte, miedo

  1. Gracias…por lanzar la voz, y no en el desierto, seguro estoy. Sino seriamos huérfanos, aparte de justicia, de dignidad; sino seriamos un pais hueco, de ciegos y sordos, sojuzgados totalmente por los insensibles. Como sociedad debemos estar muy agradecidos con Javier, con Ismael, Alejandro y todos ellos que los leo y los oigo, y contigo y muchos más, anónimos héroes, mártires en vida y en la muerte, que nos dicen los trasfondos sociales, sin engaños, sin mentiras, con valor, aún a costa de su sacrificio, para que los otros, todos nosotros, vivamos en un mundo con algo de dignidad. De nuevo gracias.

  2. “Cholos sí, chota no”, decía el muy cabrón. Irremplazable, inolvidable. Pinche Javier.
    Hermosa crónica hombre. Abrazo encabronado.

  3. ¿Qué hacer?, todo el miedo ha desvanecido la solidaridad que quedaba en nosotros. Ya es momento de actuar, de exigir, de no conformarse con discursos y minutos de silencio; que ya son días, meses, años.