El trabajo periodístico de Javier Valdez Cárdenas (1967-2017) se distinguió por ser una bitácora precisa de la violencia sinaloense. Alimentó su famosa columna “Malayerba”—publicada en el semanario Ríodoce— con historias de niños fascinados por las armas, madres tratando de alejar a sus hijos del narcotráfico, jóvenes con los bolsillos abultados de dólares, jovencitas “emperifolladas” en busca de un narco, asesinatos que no llegan a las páginas de los diarios. El libro Malayerba. La vida bajo el narco (selección de Antonio Ramos Revillas, Jus, 2016) se alimenta de estas y otras historias rescatadas por Valdez.  Presentamos algunos fragmentos de las crónicas incluidas en ese libro.

malayerba


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Armas de juguete

Pedro y Julio juegan a los balazos. Él dice que trae un cuerno. Su amigo y compañero del salón prefiere las uzi. Ra-ta-ta-ta-ta-ta, grita uno. Ta-ca-ta-ca-ta-ca, le contesta el otro.

Andan de chile bola a la hora del recreo. Inseparables, los une el tercero de primaria y su afición, casi obsesiva, por las camionetas jámer, las chévrolet y las lobo. También les atraen los yips del ejército, artillados; aviones y helicópteros de combate.

Sus armas no son palos ni tablas, ni trozos de muebles de madera torpemente clavados, asemejando un rifle o una pistola. Son muy parecidas a las de verdad: cromadas y negras, con los movimientos y sonidos de cuando se corta cartucho, con cargador que entra y sale y balas de plástico.

[…]

[Julio] quiere cargar los chalecos antibalas y ver si es cierto que pesan kilos. Ponerse detrás de una mira telescópica y clavar el ojo en el punto donde se cruzan las rayas de la mirilla.

Y a eso juega con su amigo: a la guerra, a los balazos, a las camionetonas y los rifles de alto poder. Nadie gana, sólo ellos dos. No hay perdedores ni muertos ni saldos rojos. En esas mentiras chiquitas e inocentes, apantalladas con tanta muerte, no existen los justes de cuentas.

[…]

¿Y tu papá?, pregunta Julio, ¿por qué no viene nunca? ¿Por qué ni viene por ti?

No puede.

Por qué.

Porque está muerto: le pegaron cuando iba manejando el carro.

Por qué.

No sé. Dos balazos aquí atrás, le dice, lustrando sus ojos y apuntando sus deditos en la parte trasera de la cabeza.

Con pistolas de verdad, balas de verdad. Qué gacho. Ni modo, vamos a jugar, pues.

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Cibernauta

Era una chole con las computadoras: cuestión de que tuviera una enfrente y l devoraba como su platillo favorito, postre y coyotito. El Jáquer, le decían, por sus constantes hazañas como cibernauta.

[…]

Era un briago de las computadoras. Pero también un haragán sin causa, un merolico de sus fechorías y travesuras cometidas frente a los teclados y las pantallas.

Esa vez halló una conversación en un salón de chat. Entró y participó con un seudónimo. Pero él no debía estar ahí. Los participantes eran narcos y sabían de las movidas de mercancía, los casos recientes de ajustes de cuentas:  todo sobre los sótanos de la droga.

No le preocupó participar. Tampoco lo pelaron. Dieron datos, nombres. Su valemadrismo y esa soberbia que da el conocimiento lo mantuvieron en ese lugar durante varios minutos.

[…]

Se lo dijo a los vecinos con los que compartía esa sed atroz por las computadoras que nunca saciaba. Hizo lo mismo con los compañeros de escuela. Sus amigos recibieron también su reporte. Parientes, conocidos, desconocidos.

[…]

Cuando llegaron a su casa ya estaba sentenciado. Lo sacaron a empujones y patadas. Le preguntaban sin parar qué tanto sabía y qué tanto de eso había divulgado por toda la ciudad.

Les dijo todo y más. Las preguntas pararon, pero no los golpes ni las patadas. Siguieron como si estuvieran entrenando. Ya había fracturas y cortadas. Los hilillos de sangre se volvieron mapas, océanos, en su cara.

[…]

Los paró su ángel de la guarda. La abuelita soltó gritos y llanto cuando lo vio ahí, derruido, en los linderos de la muerte. Abrazó con fuerza la pierna del que empuñaba el arma. Le imploró sin muchas palabras: no lo mate, por favor, por su mamacita.

Le dijo que era su niño. Lo único que tenía. No lo volverá a hacer. Perdónelo por favor, le gritó, abriendo sus brazos y entendiéndolos en oración.

El matón agarró l pistola. Hizo un clic y la guardó. Ella se agachó a arroparlo con su cuerpo. Y cuando levantó la mirada ya no estaban ahí. El Jáquer sí, pero muerto en vida.

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Alcalde

El alcalde les hablaba al chile: aquí, mientras yo esté al frente del gobierno nadie los va a molestar ni van a tener problemas.

Y todos contentos, los narcos más que nadie.

Era su discurso para quienes vivían en la parte alta de la serranía. A ellos, durante sus giras, los surtía de todo. Pasaba y le echaban grito; pasaba con su comitiva o solo, durante las visitas a los pueblos, y de todo le pedían.

Allá, lejos de la cabecera municipal y del empedrado, no le decían alcalde ni presidente municipal ni licenciado: para ellos era Toño. Toño para acá y para allá. ¡Ei, Toño! Le gritaban desde los patios, el plantío, los montes y los zaguanes de las casas.

[…]

Bajaba de las montañas con los encargos memorizados. De subida repartía las cajas, bolsas, costales y paquetes. Los costales de semilla son para don Chuy; las dos cajas de cartuchos de nueve milímetros, para Juan; doña Petra me pidió mangueras.

[…]

Eso le permitía tratar de igual a igual a quienes se dedicaban a sembrar mariguana y amapola. Y sabía que si les llevaba mangueras, fertilizantes, motobombas, iban a terminar en las parcelas intrincada de los cerros sembrados de enervantes.

[…]

Balas. Balas. Balas. Insumos para la siembra. Semilla mejorada. Y balas. Muchas balas. Decenas, cientos, miles, en los dos años que llevaba su administración al frente del gobierno municipal.

Muchísimas balas. Decenas. Casi cien, las que le pegaron a su camioneta, entre sembradíos, cerca de la ciudad. Y a él, según el forense, unas diez.

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Noches y balas

Lo que pasa en Las Quintas se queda en Las Quintas, o sea que no se publica en los diarios.

Lo tiene claro y procura no espantarse, sino aceptarlo.  

[…]

Duerme, se desconecta, se muere en medio de la penumbra y del alumbrado público que salpica sus paredes de cristal.

Pero su sueño es ahora intermitente. Chillan las llantas cuando tallan el pavimento y ella se despierta y vuelve a acomodarse bajo la sábana. Escucha el tracatraca de las metralletas cerca y a lo lejos. Se mueve de nuevo y acomoda su humanidad.

[…]

Todo se desbordó cundo escuchó a esas dos mujeres: no le bajaban de chingatumadre y puta. Escuchó primero ruido de frenadas, luego las bocinas de los carros, y después las mentadas.

Ahí, después de haber despertado, decidió levantarse y mirar por la ventana. Eran dos jóvenes, veinticinco años en promedio; estaban a un lado de sus carros, ambos con la puerta del lado del conductor abierta, gritándose.

[…]

No se daban y tampoco parecía que los proyectiles se acercaran a ellas o a los automóviles. Bang-bang. Y del otro lado: bang-bang-bang. Era como una danza, un baile por turnos.

[…]

Se aburrió. ¡Ba!, no pasa nada. Siguieron en ese ritual cómico fatal, pero ella se regresó a la cama: espero que recojan sus cuerpos antes de que me levante.

Despertó a las seis de la mañana y buscó afanosa el periódico en la cochera. Buscó y buscó: ninguna mención al hecho.

[…]

 

Javier Valdez Cárdenas