tan boinón, tan paisano, tan bribón,
tan urbano, tan fulano, tan picapedrestre

Compartimos esta entrevista que hizo Liliana Plascencia a Javier Valdez, periodista, cronista y escritor, sobre De azoteas y olvidos, su primer libro de crónicas, publicado en 2006.

Valdez, cronista incansable del narcotráfico sinaloense, fue asesinado el 15 de mayo afuera de las oficinas de RíoDoce, semanario que fundó la década pasada en Culiacán.

Javier Valdez, el periodista, el amigo, el espectador-personaje que como un Virgilio va por la ciudad mostrándonos a esos héroes anónimos sin los que es imposible reconocernos a nosotros mismos, es el cronista. Es el ser solitario que se diluye entre la multitud para desnudar esta ciudad, tan nuestra, tan suya, con sus hombres y sus mujeres, con sus paisajes y sus indiferencias. Es la mirada nostálgica y esperanzadora que nos muestra las bondades y las miserias de un Culiacán que se ha ido pero se aferra a permanecer en el recuerdo, que sobrevive en el corazón de la historia, de sus historias. Heredero de una tradición que ve en la crónica el género por excelencia, la poesía del instante, es más que el sociólogo, el antropólogo, el historiador; es el hombre al que le duele la ciudad, el que la retrata, el que nos la cuenta, que nos la dice, para resistirse a su inevitable cambio de rostro. Javier Valdez, el cronista, se rebela ante la posibilidad de que Culiacán se convierta en un cementerio gigante donde las personas pasan desapercibidas, y es así como a través de la palabra nos regala sus testimonios, sus vivencias, una parte de él, en De azoteas y olvidos.

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—La pregunta obligada: ¿Cómo surge la idea de escribir de la ciudad?
—A principios de los noventa empecé a escribir crónicas de este tipo en El Diario. Siempre me dio la impresión que los medios –y esa tendencia se ha acentuado en los periódicos y en los periodistas–, se han alejado de la vida social. Social en el sentido de lo que se da en la calle, en la colectividad. Se han olvidado de las personas, el periodismo se ha alejado de las personas. Entonces, yo sentía la necesidad de retratar esos aspectos de la vida cotidiana. Las historias que componen este libro son historias que no son de escaparate, de políticos; son historias de gente que sufre, que vive, que se asolea, que respira, que tiene broncas, que hace cola para subir al camión o para comprar las tortillas. Siempre me pareció importante retratar el exterior de la ciudad, el exterior de los edificios, de los lugares donde había eventos y a las personas, sobre todo a las personas que habitan la ciudad. Yo no intentaba cubrir el espacio vacío que habían dejado los medios que se olvidaban de las personas, simplemente intentaba retratar. Creo que me ayudó mucho mi formación de sociólogo, estudié sociología en la universidad, y cierta formación personal.

—Tú hablas de colectividad y sin embargo tus textos son crónicas que hacen referencia a esos héroes anónimos que pueblan las ciudades. ¿Qué es lo que te parece tan significativo de estos personajes al grado de llegar a retratarlos?
—Su lucha por sobrevivir. Para mí la sobrevivencia, en medio de esta selva de chapopote, es muy significativa. Me resulta interesante hablar de esa gente que se está partiendo la madre, trabajando, sobreviviendo a la lluvia, a la indiferencia del resto de las personas, a la apatía, a la frialdad, a las inclemencias naturales, o a las inclemencias de cualquier ciudad. Eso me ha llamado mucho la atención, el hecho de sobrevivir, sobrevivir, por ejemplo, a la ausencia de un ser amado, como en esa crónica con que empieza el libro, la de Cenar a solas. Para mí eso es el tuétano, el corazón de las historias.

—Veo mucha soledad en tus personajes. Por ejemplo ese hombre que aparece en una de tus historias —el que va contra de la moda—, es un ser muy solitario. Hay mucha soledad en tus crónicas, pero también percibo mucha soledad en ti como autor, ¿Es Javier Valdez un ser solitario?.
—Sí, bueno, yo me considero de alguna manera un solitario, en medio de mi trabajo que es tratar a mucha gente. En medio de una cantina o en un centro comercial se experimenta la soledad. Y sí, en mi libro está reflejada la soledad del indigente del crucero, por ejemplo. O la soledad de Celia en la catedral. Siento que no podría retratar yo la soledad de esa manera si no la miro con la nostalgia, con eso dolor por el pasado que siente un ser melancólico. Y no es un dolor en el sentido patológico, es un dolor sabroso, por lo que se fue, por lo que está y mañana no va estar. Por la ciudad. Yo no podría escribir lo que escribo si no miro a la ciudad y a las personas con esa nostalgia, es parte de un ejercicio de desnudar la ciudad, sus personajes, su vida cotidiana. Sí hay esa mirada nostálgica y solitaria.

—¿Esa nostalgia, es la nostalgia de un solitario que se resiste a esa ciudad que cambia, vertiginosamente, que se convierte en un espacio bullicioso donde la gente pasa desapercibida?
—Fíjate que sí, que hay un ejercicio de resistencia, yo no lo había visto así. Pero es verdad. De resistencia a ver los centros comerciales como una religión, de rebelarse, de resistirse, a que un hermano tuyo invite a tus hijos y sus hijos a dar la vuelta, y uno piensa que van a ir al parque, a la plazuela, a caminar al malecón o a un museo, tal vez al cine, pero no, van al centro comercial, van a ver escaparates. Esa es la nueva visión. Yo no estoy en contra de los centros comerciales pero quisiera que la gente volteara a ver los ríos, que se sentara en la catedral. Ahora la ciudad experimenta un ritual de frivolidad y de indiferencia frente a un edificio que tumban, qué bueno que se modernice Culiacán, qué bueno que este Culiacán sea diferente al de hace diez años, pero qué malo que sea a costa de enterrar lo que tenemos, el pasado, la historia. Alguien debe decir eso, alguien debe resistirse

—Entonces tu libro podríamos entenderlo como un ejercicio de resistencia ante esa modernidad que no sólo cambia la escenografía de la ciudad, sino los espacios de convivencia de los seres humanos.
—Sí, ante esa modernidad que destruye. Qué bueno que se modernice Culiacán, aunque la gente piensa que modernizarse es que haya centros comerciales y muchas tiendas, o grandes calles. Pero dónde queda el ser humano dentro de este nuevo rostro de la ciudad. Creo que eso es lo que ha sacrificado la modernidad, porque son cambios que deshumanizan la ciudad y que destruyen lo que se tiene. Yo creo que alguien lo tiene que decir. Y lo hago a través de la crónica porque creo que es el único género que me permite estar tan dentro de la ciudad, para desnudarla, sentirla, junto con sus personajes. Y para verme a mí mismo al tiempo que veo a los otros.

—Fíjate que tienes razón, porque en tus crónicas estás muy presente, no sólo como espectador, también como personaje.
—Sí, yo estoy ahí muy presente, en todo lo que escribo, porque tengo por ahí algunos cuentos, algunos versos, y siempre estoy yo ahí, a veces de manera anónima, como espectador, como personaje. Por ejemplo, en Ver amanecer es Tania mi hija la que me despierta a las 5 de la mañana porque quiere ver salir el sol. En estas crónicas están mis hijos, estoy yo, al que veo en el café, el que veo en una cantina, el que pide dinero.

—Eres ese espectador personaje de tus crónicas, ese ser solitario, esa especie de Virgilio que nos va guiando por la ciudad, a sus lugares más recónditos, hasta el más olvidado, desde los cafés hasta las cantinas, los tianguis. ¿Te duele esta ciudad?
—Mucho, sobremanera. Me duele por la deshumanización, me duele porque el costo de esto es muy alto. La gente camina menos, anda menos la ciudad, cada vez está más preocupada por el tiempo, por lo que va pasar mañana, o por las compras que por su vida misma. El ritmo de vida nos ha convertido en seres autómatas que no ven. No vemos a la persona con quien nos topamos en frente. No andamos la ciudad, no la sentimos, no la disfrutamos.

—Estas crónicas las siento como una especie de homenaje amoroso, de amor a Culiacán, pero de un amor que también tiene algo de rencor, de odio… ¿Hay esa mezcla de amor odio?
—Tal vez de rencor, coraje, rabia, sí lo hay. Esto es como un grito de auxilio en medio de un páramo, como una señal que nadie ve ni oye, y que si la ven o la oyen no les importa. Sí lo hay, porque así como está presente esa nostalgia, está también ese dolor, ese reclamo por la ciudad y sus habitantes. Por esa frialdad hacia las personas en que vivimos. La sociedad culichi se está convirtiendo en una sociedad deshumanizada a la que no le importan sus semejantes. Es preocupante esa tendencia que nos conduce hacia un páramo, un páramo de chapopote, de asfalto, como es esta ciudad. Aunque quiero decirte que siendo romántico, pienso que las cosas pueden cambiar, que con esperanza es posible apostarle a un cambio en medio de esas señales negativas, en medio de esa ausencia de ternura, de amor, de humanidad.

—Volviendo un poco a lo que hablábamos hace un momento, algo que también se me hace relevante de tu libro es que es un ejercicio por rescatar la memoria de una ciudad, cuando ahora en aras de la modernidad queremos olvidar, enterrar el pasado y ver sólo hacia el presente…
—Es un ejercicio de memoria en medio del olvido. Es un ejercicio de vigencia en medio de la desmemoria. Yo insisto mucho en esto: decirle a la gente aquí había un centro comercial, aquí había un banco, aquí se veía la gente, aquí estaba un cine, o aquí se sentaban los fotógrafos. Decirle aquí está una parte de la ciudad. Este ejercicio en el que se rescata el pasado corresponde a una mirada  que abarca a generaciones anteriores, pero también a las recientes. A mi generación le debe llegar una buena parte de este Culiacán, lo debe sentir, lo debe hacer suyo, a las nuevas generaciones también les debe de preocupar y no decir este es un rollo que ya no me compete. La ciudad le concierne a las nuevas generaciones y también a las autoridades. Me gustaría que reparáramos en ese Culiacán más cálido, más de convivencia que era el de ayer. Por ejemplo,  recuerdo que cuando era un adolescente las azoteas también eran espacios de convivencia. Ahí dormíamos, conspirábamos contra nuestros padres, contra los hermanos, contra los vecinos; fraguábamos juegos, planeábamos, inventábamos, experimentábamos. Todo eso ya no está.

—¿Tú por qué crees que se da esta transformación. Si hablamos de la nueva configuración de la ciudad, de los espacios de convivencia, no deberíamos considerar la existencia de un nuevo factor: del miedo en el que posiblemente viva la sociedad. De alguna manera esta puede ser la respuesta de una ciudad temerosa ante la violencia…?
—Sí, claro. Ahora vivimos en jaulas, tenemos convertidas en jaulas el patio, la cochera, por miedo a la inseguridad. Pero todo es porque cedimos la calle, les entregamos la calle a los delincuentes. Existen poco los juegos colectivos, se perdió la convivencia. Le cedimos la calle al narco, a la delincuencia, a la oscuridad cómplice de lo perverso, de lo ilícito, de todo lo que puede ser inseguro para nosotros. Ahora ya no hay vida social en la cuadra, de hecho hay vecinos que ni se conocen. Eso se da, es una pérdida, son los números rojos de este cambio. Los habitantes de esta ciudad somos responsables de este cambio porque nosotros y las autoridades cedimos la calle.

—A lo largo de toda tu obra, aparte de ese gran personaje que es la ciudad, encuentro dos referencias constantes que se convierten en grandes presencias: la mujer y la comida. Háblame de ellas…
—Jajaja. Yo soy un admirador de la mujer. Soy un observador milimétrico de las siluetas femeninas, de los andares. Para mí la ciudad es una mujer. Es una mujer coqueta, cachonda, concupiscente, pero al mismo tiempo es una mujer que no me hace caso, que voltea y me guiña el ojo y luego me manda lejos. Ese coqueteo, ese duelo de miradas, ese luto mío porque la ciudad no me hace caso y la percibo y a veces le soy indiferente; todo eso, legado a la bebida, a la gastronomía culichi, a ese ingerir, hace que uno vea a la ciudad siempre con un mirada llena de café y de líquidos ambarinos. Creo que la ciudad es un personaje y es mujer… Y esta ciudad está llena de mujeres hermosas, lindas —y no solamente hablo de bonitos cuerpos—, hablo de inteligencia, de audacia, de osadía, de valentía. Y si no vean, ahí están las tiangueras, las meseras, las mujeres que se prostituyen, las dementes, que se la juegan todos los días. También las compañeras, las esposas, las obreras, las intelectuales, las maestras. Siento un gran respeto por todas ellas. Y les expreso mi respeto, mi reconocimiento inconmensurable y gran admiración en todos los sentidos. Porque una mujer no es sus montañas y sus montes, sus patios traseros, o delanteros, es muchas cosas: el espíritu, la mirada, el andar y esa manera de cruzar el fuego, el fuego de la ciudad, y partirse la madre. Ahí está una mujer.

—Ya hemos dicho que en tus crónicas hay un sinnúmero de personajes, quisiera saber  si tuviste algún acercamiento con ellos, más allá del que tiene el espectador. ¿Alguno conoció tu trabajo y qué le pareció?
—Algunos sí, cómo no. He sabido de alguno que otro reclamo por ahí. Pero no porque haya mala fe en los textos. Creo que debe ser difícil agarrar un espejo y verte en él, sostener la mirada, sostenerle la mirada al tipo que está en el otro lado y decir este soy yo, con todo lo que esto implica. No es fácil verse en un espejo, algunos se enojaron en algún bar, en alguna cantina; se molestaron en algún restaurante, y otros de mis personajes, los más interesantes, los que inspiraron más sentimientos, puede que ni siquiera estén enterados. Pero los que se enteraron hubo de todo, por ejemplo al grupo de rock Ruta 66 que se vio ahí le gustó, a mi padre que es el de la crónica de correos también. Hubo gente que festejó estar ahí presente. Por ejemplo, Alondra, la tianguera del Eureka.

—Dejando de lado a Javier el espectador, el personaje, situémonos en el lugar del autor o quizá del lector y dime, más allá de lo que ya hemos hablado ¿Por qué crees que alguien debería de leer tu libro?
—Por la ciudad, por sus personajes. Yo pienso que la gente debe estar ávida de leer otras cosas que no sean las notas de ocho columnas o las que hacen referencia al narcotráfico, o los casos de corrupción en los gobiernos, los conflictos postelectorales. La gente quiere que todo eso se retrate pero desde otras perspectivas, poniendo en el centro al ser humano, a las personas. Yo creo que a la gente le puede gustar por eso, porque están ahí, no es algo ajeno a ella. Las personas están dentro de este libro y a la persona debe interesarle el otro.

—Ahorita tocaste un tema que me parece muy importante, el del narcotráfico, el de la violencia en la  ciudad. Este libro condensa una serie de textos que van desde el 95 al 2005 aparecidos en El Diario, en Noroeste y en otras revistas. Pero en el 2003 fundas con otro grupo de periodistas el semanario Ríodoce y ahí inicias una nueva columna, Malayerba, con una temática diferente, en apariencia, porque el personaje sigue siendo la ciudad, pero donde se percibe un viraje de 180 grados, donde vemos una nueva ciudad, un Culiacán totalmente transformada ¿Qué es lo que pasa?. 
—Sí, sí, por supuesto. Si tú te das cuenta en Malayerba también están en el centro los seres humanos, porque el narcotráfico no es una cosa de jalar gatillos y matar gente, mover drogas o hacer negocios, hay seres humanos ahí dentro, historias de amor, de ternura, de fidelidad, y tragedia, y dramas insoportables. Y siento que la ciudad también está muy influenciada por el narco, porque al mismo tiempo que el narco se denuncia, que las personas lo denuncian o se quejan de él: del matón que vive enseguida, de la familia que se dedica a vender mariguana, también convive con él, se convierte en su cómplice y copula con él. De día lo rechaza y de noche lo cubre bajo su misma cobija. El narco ha influido mucho en la ciudad, en todos los espacios, en los intersticios intocados, ahí está presente el narco. La gente se dejó influenciar por el traficante de drogas y cambió su forma de vida. Eso se refleja en la ciudad

—Entonces consideras que en buena medida la sociedad también en corresponsable de este viraje, de este nuevo mudaje de ropa que da la ciudad de Culiacán…
Sí, por supuesto que sí. No es sólo la autoridad. Es lo que decíamos hace rato, la calle la cedimos nosotros y la cedió la autoridad. El estado mexicano está postrado ante un problema mundial que es el narcotráfico; es un estado que defiende al narco. Todos estamos prácticamente rendidos, a su merced.

—Y aquí volveríamos a esa responsabilidad social que tiene el periodista, que tiene este espectador de denunciar una serie de situaciones… ¿Así es como miras tu espacio de Malayerba?
—Yo creo que hay que retratarlo, hay que mostrar esas formas de vida. Hay que decirlo, no es apología, es la realidad. La gente dice que estás haciendo apología, pero estas historias también están basadas en hechos reales, en personas que estuvieron presentes, son versiones, y desgraciadamente esa es nuestra realidad, es lo que tenemos. Muchos prefieren callarlo, censurarlo porque les duele verse ahí, porque no es fácil verse en el espejo. Pero si alguien lo hace lo acusan de incurrir en amarillismo, en sensacionalismo, o en apología del narco. Decirlo no es defenderlo, decirlo es reconocerlo, decirlo es plantearnos un ejercicio crítico y autocrítico de que el narco está ahí conviviendo con nosotros, asiéndose a nosotros en muchas situaciones, o bien, nosotros tratando de capear el temporal por el problema del narcotráfico.

—Y ahora el narco es Culiacán, el narco es la ciudad, es una de las múltiples caras de la ciudad, como tú lo reflejas. En Con olor a asfalto nos retratabas una ciudad y ahora lo haces también en Malayerba con diferentes temáticas. ¿Con cuál te quedarías?
—Con las dos, porque en el centro de todos estamos nosotros. La versión de la Malayerba es efectivamente una versión, trágica, dolorosa, criminal, pero también acá se da eso, la tragedia de un edifico que fue muchas cosas para la ciudad, para la historia de Culiacán, y ahora no es nada, es sólo escombros. Esa tragedia también se vive y el ser humano está en medio, la persona vive en medio y puede ser indiferente, fría, egoísta, pero también tener sueños y esperanzas.

—¿Y consideras tú que Culiacán, la capital de Sinaloa, es una ciudad trágica, violenta, desencantada, pero que todavía conserva la esperanza?
—Sí, creo que todavía hay por ahí huellas esperanzadoras. Pero también creo que hay que decir que aquí en Culiacán no se necesita deberla para temerla, aquí no tiene vigencia decir “por algo lo mataron”, “el que nada debe nada teme”. Eso no es cierto, porque un homicidio puede ocurrir en la calle por un pleito de tráfico vehicular y no importa que estén tus hijos o tu mujer o tu mamá; te disparan y pueden matarte, aunque las balas no vayan dirigidas a ti pueden hacerlo porque andabas por ahí. Aquí en Culiacán eso ocurre en la calle, en los cines, en los centros comerciales, frente a los mercados, las iglesias, en el restaurante. Eso también se nos está volcando encima, esa realidad nos abofetea cada día. Pero, y es lo bueno, del otro lado hay huellas que hay que seguir, que están medio escondidas, medio tapadas, hay indicios que nos pueden llevar a encontrar de nuevo la luz

—¿Y quizá volver a esas historias del asfalto, donde los personajes son seres como tú y como yo, como cualquier otro que camina libremente por la ciudad?
—Sí, y volver a la convivencia cálida, recuperar la calle, la tranquilidad y volver a mirarnos a los ojos unos a otros.

 

Liliana Plascencia
Candidata a doctora en Historia por el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Actualmente es profesora en la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa.  Fue editora de la sección cultural del semanario Ríodoce de 2004 a 2007.