figuras-humanas

En este relato de Luis Jorge Boone —incluido en Figuras humanas (Alfaguara)— se constata que “la vida a veces no sucede en el orden correcto” y se intenta encontrar el ángulo sugestivo del presente contrapuesto con lo pretérito.


El tema era Man Ray. A esas alturas de la noche sólo quedábamos siete u ocho personas en el departamento. Mis básicos conocimientos sobre Man Ray me obligaban a estar de acuerdo, a completar alguna frase cuando el sentido era lo suficientemente predecible, a parafrasear conclusiones ajenas. Mi participación en la charla se sostenía sobre el tenue hilo de lo obvio.

—No era un fotógrafo —dijo con pasión una rubia de ojos muy azules—, era…

—Un genio —acoté, llevándome el vaso a los labios, con evidente afectación. El mezcal que quedaba no alcanzó a mojármelos.

—Pintor, escultor, dibujante —aclaró, mirándome desde un limbo de superioridad galvanizado por una insondable pátina etílica—, grabador, diseñador de joyas, cineasta…

Hasta ahí llegaron mis planes de esa noche. No quedaba de dónde escoger. Me serví otro mezcal. Miré por la ventana y la postal del centro de Los Ángeles, semidesnuda de luz, me hizo sentir lejos de asuntos y ciudades, lejos de mi propia historia. La proverbial impersonalidad de las ciudades gringas, supuse. Y sin embargo se acercaban. La mayor parte de esa historia no era importante, pero por alguna razón tomaba forma en el molde de mis pensamientos presentes, jirones de paisajes lejanos, llamadas que no tenía caso hacer. Incomprensibles sombras que brotan de la nada; incomprensibles al menos para quien desecha el aura de promesas pasadas.

Me percaté de que no veía a Urquizar desde hacía un rato. Desde el último bar en Figueroa Street. Nos volveríamos a ver, poco antes de que se marchara a San Francisco para entrevistarse con un pintor cuya obra le interesaba introducir a nuestro país.

Quise encontrarlo para preguntarle dónde había estado, a qué horas había decidido dejarme a mi suerte. Pero quizá mi amigo se había despedido y yo lo había ignorado, tan entrado estaba en mi borrachera.

Al día siguiente encontré en mi celular la fotografía que alguien me mandó. No tenía idea de quién. Abrí el archivo: no reconocía a casi nadie. Gente sonriendo por encima de sus vasos, una mano anónima haciendo la V de la victoria, la rubia retando a la eternidad con su belleza, y al fondo, ese hombre, Ilan, con su gazné y sus canas haciendo de la foto una especie de collage. Su presencia, su solemnidad de otro siglo desentonaba en esa parranda ruidosa donde abundaban los latinoamericanos.

De pronto lo tenía a un lado. Su mirada también se perdía en los edificios. De fondo nos llegaba una voz inalcanzable, rubia, ojos azules:

—Decía que le gustaba ver lo que no comprendía. Que eso siempre da algo en qué pensar. Yo no entiendo esta ciudad.

El hombre dijo que a él tampoco le gustaba mucho Man Ray.

—¿De qué habla? —dije—. Hay tanto entusiasmo por él en este lugar, que si pudieran canalizarlo le darían dos horas de vida a su cadáver.

—Me refiero a usted.

Sonreí y le eché un vistazo. Un hombre mucho mayor que todos los presentes. Algo anticuado, fuera de órbita. Más elegante y menos ebrio. Dijo que era, o mejor dicho había sido, porque ya estaba retirado, corredor de arte.

—¿Te suena Basquiat?

En la universidad había aprendido un poco sobre él, pero no en las aulas. Del segundo al sexto semestre yo había tenido una novia, Christa, una negra preciosa y de carácter dulce, cuyo ídolo era JeanMichel Basquiat. Estudiaba arquitectura y hablaba de él con devoción genuina. Su rendida admiración me parecía un cliché de minorías, pero nunca se lo dije. Llegué a quererla bastante. Tenía un gran sentido del humor, una boca fina que causaba ternura y un cuerpo increíble. Le gustaba montarse encima de mí hasta quedar rendida. Me fascinaba el espectáculo de su piel oscura perlada de sudor, con sus grandes caderas rumbeando sobre mi verga. Al terminar, pasábamos horas hablando, cansados, satisfechos; yo, en la mejor disposición de escuchar su cátedra sobre arte contemporáneo.

—Un poco —respondí.

Ilan y yo conversamos durante un rato sobre asuntos irrelevantes. El clima, el escaso tráfico allá abajo. Frente a la ventana, concluimos que en el edificio de enfrente alguien jugaba un tetris lento y gigantesco, mientras encendía y apagaba la luz de las oficinas. A lo largo de veinte pisos, prendían y apagaban, formaban letras y figuras. Una T se transformaba en L. Un cuadrado se alargaba hasta volverse rectángulo. Luego desaparecían, caídas al fondo de una oscuridad informe. Ilan mencionó que él vivía en el mismo edificio donde nos encontrábamos, un par de pisos más abajo. Si yo quería, en diez minutos podía mostrarme un Basquiat original, incluso me podía enseñar su colección de catálogos firmados, y estaríamos de vuelta en la reunión en poco tiempo.

Eché una mirada alrededor y no encontré una razón para rechazar la oferta.

Siete minutos después tuve enfrente el Vino de Babilonia. El verde seco, el terracota y el amarillo ocre predominaban en la pieza. Ahí estaban los atavismos vudú, los tótem y los arcanos haitianos a los que el artista nunca pudo o nunca quiso sacarles la vuelta. La herencia que se esforzó en mostrar, al convencerse de que era un rasgo suyo ineludible. No soy, nunca he sido, un creyente del arte, pero en ese momento no me cabía la duda de que algo indefinible, trascendente, habitaba aquella tela. En ella, el pasado hablaba.

Un sillón alto que parecía bastante antiguo, una alfombra anciana, una lustrosa piedra negra que conservaba el equilibrio sobre una mesita. Junto a un deshojado New Yorker, una pequeña máscara africana. La casa de Ilan era un sutil abarrotamiento de objetos y muebles, un museo, un espacio donde convivían distintas épocas. Cada pieza resumía otro tiempo. En la cocina me topé con una naturaleza muerta oscura y craquelada que colgaba a un lado de los sartenes. Había traspasado algún tipo de barrera. El presente era relativo. En ese lugar, los siglos convivían. Belleza imperecedera y enseres domésticos en la misma pared.

—¿Qué estabas bebiendo?

—Mezcal. Nuestra bebida de exportación —respondí, burlón, y aclaré: —Y no quedaba otra cosa.

—Dios bendiga a México. Siempre tengo tequila y mezcal —rió, y me pidió un minuto para ir al fondo de la despensa.

Volví al estudio. Ilan llegó detrás de mí, me pasó un vaso mediado de un líquido transparente y señaló un librero de madera oscura y figuras talladas en los bordes, repleto de catálogos. Tres o cuatro ejemplares de cada uno. Sacó uno pesado y negro y lo abrió por la primera página. Ahí estaba la firma, el dibujo infantil de una corona de tres picos. Encima, las ocho mayúsculas del apellido caribeño. Líneas duras, básicas, primigenias.

—Un obsequio —me lo pasó e inclinó un poco la cabeza, ceremonioso—. Salud, y que lo disfrutes.

No tenía la más remota idea de cuánto valdría.

Ilan vacío su vaso. Le di un buen trago al mío. Sonó el teléfono en otra habitación. El mercader anunció que volvía enseguida.

Recorrí con la mirada las paredes repletas de cuadros. Pasaba de uno a otro, apenas notando algún rasgo relevante, alguna figura central. Con el brazo derecho asía el catálogo contra mi pecho y en la mano izquierda llevaba el trago, al que acudía de vez en cuando. Escuchaba la voz de Ilan en sordina, lejos. Me di cuenta de que mis ojos erraban de una pintura a otra sin depender de mi voluntad. No podía detenerme ni enfocar. Todo daba vueltas. Veía un color, una forma, y empezaban a derretirse, los ángulos se escurrían al siguiente cuadro, las figuras se multiplicaban, la misma luz reencarnaba una y otra y otra vez. Todo daba vueltas. Una fuerza vudú surgía de aquellas formas y me hacía girar. Mi cabeza, el mundo daba vueltas. El vértigo crecía a cada momento.

noche

Una ruleta revolvía los estímulos y mis sentidos.

Grité. Creo. O eso quise. Esperando no diluirme en el huracán que me envolvía, apenas pude ubicarme dentro de todo ese caos, me abalancé hacia la puerta y sin soltar lo que traía en las manos logré abrirla, me orienté en el pasillo y bajé las escaleras hasta alcanzar la calle. Eufórico, corría como un poseído. Pensé que las manos de Ilan me alcanzarían si aflojaba el paso, que cientos de policías me perseguían para azotarme con sus macanas odiadoras de latinos, que incontables patrullas estaban a punto de pasarme por encima.

Según mis cálculos, pasaron horas para que el efecto de la droga se diluyera.

La versión que guardó mi maltrecho cerebro indica que deambulé por un parque enorme, sin poder salir de él, llamando a gritos a Christa. El viaje involuntario me había arrojado hacia atrás. ¿Dónde chingados estaba? La ciudad era un laberinto y yo yacía atrapado en su corazón. ¡Christa!, gritaba su nombre olvidando que habían pasado más de seis años desde la última vez que nos habíamos visto. En esos momentos la extrañé de verdad, y me preocupé por ella al no saber dónde estaba.

—¡Christaaa!

Sentía urgencia de verla, de tocarla. ¿A dónde se había ido? ¿Por qué me había dejado? Sentía como si recién hubiéramos estado juntos, como si acabara de levantarme de su cama y hubiera salido a la ciudad y ahora no supiera cómo regresar. Su olor, su piel, su sudor. Todos mis recuerdos de ella eran tan recientes que podía jurar que acababa de soltarla de la mano.

No sé cómo llegué ahí, pero empecé a tener conciencia de mí y del presente frente a un edificio en algún barrio bajo; estaba sentado en un escalón de la entrada. Tenía la ropa sucia y había perdido mis zapatos. Amanecía. Motones de basura en las calles. El viento traía gritos de mujeres pero no se veían por ningún lado. Estaba sudado y cansadísimo. A mi alrededor había borrachos aferrados a toda clase de botellas. Mi ropa desprendía un ligero olor a orina. El libro seguía entre mis brazos. El vaso, en mi mano izquierda, vacío. Me puse de pie y lo estrellé en el piso. Nadie volteó a verme.

En esos minutos de reincorporación al mundo algo del viaje persistía, un zumbido en mis nervios. Por qué Christa. No había experimentado una añoranza así por ella ni una sola vez desde que habíamos dejado de vernos. Descubrí que algo dentro de mí echaba de menos su presencia. Encontré un dolor donde antes no había nada. Su huella aún latía debajo de una capa de nieve y tiempo. Recordé cómo posaba su mano sobre mi pecho agitado, y cómo su pequeño calor me daba tranquilidad hasta que me quedaba dormido. Recordé su risa, su forma de iluminar el mundo.

Me orienté como pude. Pasé media mañana caminando de prisa entre calles que no me decían nada, hasta que una marquesina en Jefferson Boulevard se me hizo conocida. Caminé otra larga hora en línea recta.

En las cercanías del hotel Biltmore me topé con otro periodista que también se hospedaba ahí, como parte de la comitiva de medios. Inventé un asalto y apoyó mi versión con el concierge, aunque en el elevador me miró con cara de incredulidad y preguntó dónde iba a ser la próxima fiesta.

Esa noche, en el bar, le mostré la foto a Urquizar y sin hacerle gran caso se despidió. Nos vemos en territorio amigo, dijo, mientras se bamboleaba hacia la puerta. Se me ocurrió que podía preguntarle, hipotéticamente, cuánto costaría en el mercado un libro así y asá. Pero primero tendría que acomodar la historia en mi cabeza. Debía encontrar la forma de describir a un antiguo dealer de arte que no sabe calcular bien las gotas de droga necesarias para noquear a un mexicano de ochenta y nueve kilos. O quizá se confundió de sustancia. Encontrar las palabras para retratar a un mercader que abre puertas al pasado; para hablar de Christa, de esa nostalgia de la que no sabía. Es el pasado que se cuela en las cosas nuevas, les cuelga el milagrito de su luz amarga, un brillo que ya no tenemos en las manos. No podía dar muchos detalles de los tesoros que me vieron caer por el maelstrom de esa intoxicación fallida. La cueva de AlíBabá en un décimo piso angelino. A Christa le encantaría, el libro, la historia, se volvería loca. Si siguiéramos juntos, adelantaría mi vuelo sólo para ver su cara de sorpresa. ¿Dónde viviría? Quise pensar que localizarla no sería demasiado problema. ¿Qué sucedía? La nostalgia es un órgano que sólo siente el amor cuando viene del pasado. Cuando ya no existe. Un museo donde todo tiene derecho a aparecer de pronto. Lo malo es que desploma los precios, abarata el presente. Quería regalarle el catálogo. Sólo ella podría apreciarlo. La vida a veces no sucede en el orden correcto. Pedí un mezcal. Pensé en que las notas que tenía que escribir ese día. Imaginé un riel en el que debía volver a montarme. Qué me pasaba. Encontrar la arista interesante del presente sería mi forma perfecta de evadir el pasado.

 

Luis Jorge Boone

Escritor. Ha publicado: Traducción a lengua extraña, Novela, Los animales invisibles, Sobre mapas circularesLas afuerasLa noche caníbal y Largas filas de gente rara, entre otros libros.