El azafrán parece que procede del Asia Occidental. Ustedes habrán oído hablar del amor udrí, de una manera de amar propia de una tribu árabe, los Banu Udra. Era una especie de amor cortés, que traducido a la lengua de don Quijote de la Mancha podríamos definir como platónico continente. Es decir, nunca pasaban a mayores los amantes, y todo iba en lágrimas, suspiros, ensoñar ausencias, enviar mensajes, y todo lo más dejar la huella de los dos cuerpos en la arena, separados por la huella de una lanza. Después, se morían de amor. Esto se creyó durante mucho tiempo, hasta que los científicos descubrieron que morían del azafrán más que del amor. Los del amor udrí, para calmar las grandes tempestades de su corazón, y de su cuerpo mortificado por la abstinencia carnal, usaban el azafrán, que en pequeñas dosis es sedante. Muchos enamorados udríes morían repentinamente. Decían las gentes que se les rompía el sacrificado corazón y por la boca vertían la sangre ardiente. Los científicos modernos descubrieron que el azafrán tomado en grandes cantidades es tóxico y provoca grandes hemorragias. En una guía de plantas medicinales he leído que la dosis mortal para el hombre es de diez a doce gramos. El sedante se transformaba en el dador de la muerte. En cambio, a pequeñas dosis el azafrán es aperitivo, y por eso iba a los arroces de los emires más que como colorantes.

Fuente: Álvaro Cunqueiro, La bella del Dragón (edición de César Antonio Molina), Tusquets Editores, Barcelona, 1991.

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