Cuando a mediados del siglo XVI el jesuita Francisco Xavier y otros de sus compañeros intentaban predicar la fe cristiana en Japón, se encontraron con que pocas lenguas se prestaban menos que el japonés a la discusión de textos teológicos y faltaban los términos adecuados. Para nombrar a Dios, en los primeros tiempos Xavier y los jesuitas habían recurrido al vocablo “Dainichi” que en Japón utilizaban los monjes zen para designar el principio vital. Dainichi era representado con tres cabezas y se le asociaba con otra divinidad llamada “Cogi”, como si sólo fuesen una. ¿Cómo no ver en eso alguna semejanza con la trinidad cristiana? Pero otros hicieron notar que los shintoístas designaban con Dainichi al “gran sol”: ¿era conveniente recurrir a las creencias del paganismo? Entonces se pensó en “Hotoké”, una de las manifestaciones de Buda. Pero se comprobó que si el significado “principal” estaba presente, le faltaban los otros atributos del Dios de los cristianos. Francisco Xavier decidió entonces volver a la formulación europea y hablar de “Deus” o de “Deos”. Le fue mal porque la fonética japonesa transformaba la palabra en “Deusu” y luego iba a descubrir que sus oyentes japoneses convertían “Deusu” en “Dauso” o “Dayuzo”, que en su lengua significa “grande mentira”.

Fuente: Jean Lacoture, Jesuitas. I. Los conquistadores (traducción de Carlos Gómez), Ediciones Paidós, Barcelona, 1993.

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