03-acusado

Cuentan que en Viena el emperador proclamó un edicto que agravaría la ya miserable condición de los judíos de Galizia. Por aquellos años, un hombre serio y estudioso llamado Feivel vivía en la Casa de Estudio de Rabí Elimelekh. Una noche se levantó, entró en el cuarto del rabí y le dijo:

—Maestro, quiero entablar una demanda contra Dios.

Lo decía y sus propias palabras lo aterraban. El rabí le contestó:

—Está bien, pero el tribunal no sesiona de noche.

Al día siguiente dos maestros llegaron a Lizhensk, Israel de Koznitz y Jacobo de Yitzhak de Lublin, y pararon en casa del rabí Elimelekh. Después de la merienda el rabí llamó al hombre que le había hablado y le dijo:

—Explícanos ahora tu demanda.

—Ahora no tengo fuerza para hacerlo —balbuceó Feivel.

—Yo te doy la fuerza —dijo el rabí.

Feivel empezó a hablar:

—¿Por qué nos mantienen en servidumbre en este imperio? Acaso no dice Dios en la Torah: Los hijos de Israel son mis servidores. Nos ha enviado a tierras extrañas, pero debe dejarnos en libertad para que lo sirvamos.

A esto el rabí Elimelekh contestó:

—Ahora el demandante y el demandado deben salir del tribunal, como quiere la ley, para que no influyan en los jueces. Retírate, pues, Feivel. A Ti, Señor del mundo, no podemos pedirte que te vayas, porque tu gloria llena la tierra y sin tu presencia no podríamos vivir un momento. Pero tampoco dejaremos, Señor, que influyas en nosotros.

Los tres deliberaron en silencio y con los ojos cerrados. Al atardecer llamaron a Feivel y le comunicaron el fallo: su demanda era justa. En esa misma hora el emperador canceló el edicto. (Contado por Martin Buber.)

Fuente: Jorge Luis Borges/Adolfo Bioy Casares, Cuentos breves y extraordinarios, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1967.

 

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