Quien quiera hacerse un periodista temible, aunque no apreciado, que meta mucho ruido aunque no convenza, le bastará con formar un arsenal de palabrotas ofensivas y frases altisonantes, a fin de estamparlas siempre que se presente la ocasión, en los artículos de cualquier color político que sean. Así pues, el periodista será un buen liberal si lanza en su periódico frases como estas: le clericalisme; voilá l’enemi (plagio neto, pero no importa, si con él se ofende a los del bando contrario), “la inmunda baba del reptil”, “la hidra de la reacción”, “la ignorancia y el retroceso del fanatismo”, mucha Inquisición con su correspondiente calificativo de tenebrosa y, por último, que despreciativamente, ¡inconsecuencia sin igual!, llame mujeres, a jóvenes, dedicadas a la oración y, al mismo tiempo, a las que ejercitan el arte del (torero) chiclanero Montes las mencione con el nombre de las Señoritas toreras; así como para ser excelente periodista conservador, debe atacar a sus enemigos haciendo uso de las siguientes palabras: descamisados (aunque estén más vestidos que el que escribe), y otras despreciativas como liberalescos, bandidos, demagogos y chinacos.

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Mas no basta para ser temible con lo asentado, pues es preciso además dar entrada en las páginas del periódico a las ruines pasiones que se agitan en el seno de la sociedad. Que los celos y la envidia tengan en el periódico, mediante una simple recomendación, su apoyo y el más generoso baluarte para dirigir desde él y, muchas veces a mansalva, sus ataques por medio de los cuales se comprometa el crédito de una casa de comercio, la buena fama de un literato y la honra de los ciudadanos. Verdad es que de esto la principal culpable es la sociedad que imparte su más amplia protección al periódico que mayormente abusa de ese vicio. Y no importa que una injustificable acusación lanzada desde las columnas de un periódico comprometa a su vez a éste, pues debe tenerse preparada la retirada con otra frase de estampilla como es la de haberse deslizado tal acusación en las columnas del diario sin saber cómo ni cuándo, tal vez por arte diabólico, supuesto que ni al Director del mismo periódico, ni el regente, ni el corrector, ni a ningún empleado, les fue dado advertir el párrafo que compromete tal vez la honra de una familia.

Sólo a la falta de atención y de cuidado pueden atribuirse tales deslices, permitiéndome asegurar esto que digo los mismos hechos, de los cuales es oportuno referir uno muy curioso que recuerdo. Allá, por los años de la famosa guerra de Reforma, hallábame cierto día en el Café de la Concordia, en compañía de mi amigo Pancho Schiafino, saboreando los famosos mantecados que en aquel establecimiento se hacían, cuando se dirigió a nosotros un antiguo periodista, y nos preguntó:

—¿Tienen ustedes alguna noticia de sensación que comunicarme?

—Sí —contestó el ingenioso Schiafino.

—Pues voy a proporcionarme con el cantinero unas hojas de papel —respuso el periodista, alejándose inmediatamente.

Entretanto, díjome Schiafino:

—Escriba usted que Degollado ha derrotado por completo a Miramón en Salamanca, y yo escribiré la noticia contraria: que las fuerzas de Miramón han deshecho a las de Degollado en Irapuato.

—¿Cómo es posible —le interpelé yo— que no observe la contradicción de las noticias?

—Porque no las lee; usted verá cómo procede violentamente a doblar los papeles y a guardárselos en la faltriquera sin dirigirles una mirada. Al llegar a la imprenta dará, según su costumbre, nuestros papeles a dos cajistas distintos y mañana ambas noticias aparecerán en las columnas del periódico.

Y así fue el caso, tanto que puros y conservadores andaban por las calles azorados dando crédito cada cual a la noticia que más cuadraba a los intereses de su partido, y dos días después en los periódicos preguntábase al aludido: ¿cuál de las dos noticias es la verdadera? El tiempo se encargó de contestar que ninguna.

Fuente: Antonio García Cubas (1832-1912), El libro de mis recuerdos, Editorial Patria, México, 1978.