El hombre es hijo de su imaginación. Nuestra sobrevivencia no es resultado de nuestra capacidad para inventar armas o escudos sino de nuestra disposición a creer en lo indemostrable. No está en la corpulencia de nuestros genes ni en la disposición anatómica del cerebro y de los brazos. Está en nuestra afición a la fábula. Imaginar y hacer creer. La historia de la humanidad que Yuval Noah Harari ha propuesto descansa en esa hipótesis: la palabra es la clave de nuestra identidad en el planeta. No es que seamos la única especie que transmite información sobre el mundo, los únicos que descifran mensajes de sus congéneres. Hasta los seres más elementales comunican la presencia de alimento y advierten la aparición de amenazas. Lo que nos eleva en la selva es la ficción. Nombramos lo que no existe. Con asombroso detalle describimos lo imposible. Nos deleitamos en leyendas y fantasías. Las hazañas de la humanidad son producto de esa disposición a creer. Nuestras atrocidades lo son también. Las catedrales y las masacres necesitan el estímulo de la fantasía. Un chimpancé nunca me entregaría un plátano si yo le ofrezco el paraíso de los plátanos infinitos en la otra vida. El homo sapiens es, en realidad, homo credulus.

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Ilustración: Adrián Pérez

El deseo de saber es menos frecuente y menos intenso en nuestra especie que la avidez de complacencia. Estamos congénitamente dispuestos al autoengaño. La ficción compite en nuestro cerebro ventajosamente con la realidad. Los hechos son caóticos, la información que tenemos de la realidad es siempre incompleta y parcial, las sorpresas la alteran constantemente. Los cuentos, por el contrario, son claros y coherentes. Tienen un principio y un fin. Los personajes suelen tener perfiles definidos. La lección que comunican las fábulas es fácilmente discernible. Los niños aprenden a exprimirles moraleja. De este modo, el cuento se convierte en un filtro de la verdad. No una expansión de posibilidades sino lo contrario: una aduana que admite un hecho siempre y cuando se inscriba en una narración previamente aceptada. No buscamos prueba, queremos la coherencia del cuento. Sólo alcanza existencia aquello que ratifica la leyenda, que sigue el mito, que reitera el prejuicio.

La apuesta democrática es históricamente excepcional precisamente por la debilidad con la que abraza el ánimo narrativo. Su vertiente deliberativa parte de una confianza elemental: el ciudadano va en busca de los hechos, examina datos y opiniones, castiga farsantes, premia la franqueza. El voto se presenta como un veredicto de confianza. Los derechos cívicos, se entiende, cuelgan del deber de comprender. Quien renuncia al entendimiento, abdica de la ciudadanía. Ese es el argumento de Hannah Arendt, quien identificaba como dispositivo totalitario la corrosión de la verdad. ¿No estará presente ese virus totalitario en todo régimen moderno? La sociedad sometida a la propaganda totalitaria no cree ya en lo visible, decía Arendt. No cree en la realidad de su propia experiencia. No confía en lo que ven sus ojos ni en lo que escuchan sus oídos. Cree sólo en esa imaginación que ha sido colonizada por un cuento que explica el pasado, que define el presente y que anticipa el porvenir. No hay ahí sitio para sorpresas, no hay contradicción posible. Quien vive bajo el imperio de esos mecanismos de propaganda sólo recibe confirmaciones del mundo. Existe lo que ya sabe que existe. Conspiran quienes ya sabe que conspiran. Nos salvan nuestros protectores.

La narración totalitaria de la que hablaba Arendt seduce porque expulsa definitivamente los fastidios del azar. La ideología ofrece un cuadro que lo explica todo. Todos los hechos responden al mismo resorte, todos los fenómenos aparecen encadenados a la causa elemental. Cada personaje de la historia ocupa su lugar en el drama. No hay casualidades ni puede haber sorpresas. Ahí está la seducción de las conspiraciones. Todo lo que nos sucede era ya anticipado por nosotros. Nos hemos vacunado contra la decepción. Nos hemos blindado contra la verdad.

La conspiración nos ofrece pasaporte para fugarnos de la fastidiosa, compleja, contradictoria realidad. Expresa ese deseo profundo de escapar de lo incomprensible y consolarnos con lo coherente. Frente al desamparo, el autoengaño.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

2 comentarios en “Consuelos de la ficción

  1. Creo que la culpa no está tanto en el cobijo que nos da la congruencia de la ficción sino en el fracaso de enseñar a encontrar congruencia en la verdad científica (que incluye enseñarnos a reconocer todo lo que no sabemos). Se busca la ficción porque el mundo es cada vez menos capaz de reconocer la verdad científica, de distinguir noticias de publicidad, de diferenciar un artículo en facebook de un estudio científico que nos creemos incapaces de leer.
    La idea de que la verdad científica cambia todos los días y el bombardeo de información indiscriminada de las redes sociales han hecho que se pierda la brújula de lo cierto. Las fallas educativas están en nuestro analfabetismo científico y son responsables de la ola totalitaria moderna, incluido por supuesto Donald J. En este mundo donde hay más información que nunca también hay más desinformación, y el sistema económico premia más los clicks y la manipulación sensacionalista que el rigor periodístico y científico, seguramente la ideología seguirá siendo el refugio de quienes no saben vivir sin saberlo todo.