La incomprensión es una de las caras de la fascinación. En lo fascinante hay siempre algún elemento indescifrable, una obduración que hace imposible explicar cabalmente el motivo de la atracción irresistible, al grado que el misterio se vuelve un motivo más del embelezamiento. Hoy quisiera detenerme en la fascinación por los arquetipos: por las figuras e imágenes tipificadas y recurrentes.

Comienzo con el tarot. De joven me daba miedo. En general le tenía cuidado a cualquiera que pretendiera predecir mi futuro, no sólo echando cartas, sino también leyendo la palma de la mano, o el café, o con la güija o leyendo las cartas astrales. Me asustaba darle cabida en mi memoria a cualquier augurio respecto a mi destino, porque la predicción tenía para mí el poder mágico de la invocación. Aún hoy sigo siendo sensible al modo en que las profecías se vuelven agentes activos de su propia realización, como sucede con las palabras de la pitonisa en la historia de Edipo, que desencadenan la acción que dará pie a la tragedia.

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Ilustración: Patricio Betteo

La profecía opera en la realidad porque ofrece una clave de interpretación, una hipótesis que permite interpretar signos tempraneros de lo predicho, y actuar a partir de ellos. Interrogamos la realidad a partir de las profecías. Y aquello no me gustaba. Me daba miedo. Prefería que la realidad me sorprendiera, antes que verla con la sospecha y suspicacia del que sabe lo que ha de venir.

Ese temor mío, esa reverencia ante la potencia de la palabra, se ha ido reduciendo un poquito y hoy convivo un poco más tranquilamente con la predicción y con la profecía. A veces incluso extraño a un Isaías o a un Juan Bautista en la escena actual. Entiendo que las personas tenemos por fuerza que vivir con el futuro en el presente, y quizá por eso me fascine un poco el tarot, que es una máquina bellamente elemental de realizar profecía, basada no en la visión del profeta, no en una personalidad tocada por Dios, como Isaías, sino en una mundana combinación aleatoria de arquetipos. Hay incluso en aquello una clave para entender nuestra forma de figurar el futuro colectivo.

Los arquetipos son un elemento fundamental en la historia de las naciones. El trabajo de los historiadores ha dejado en claro que la idea nacional se forja a partir de una serie de tecnologías: la imprenta, por ejemplo, y también el periódico, el mapa, el museo, el censo, las tradiciones patrocinadas por el Estado, etcétera. Sabemos, también, que la nación no se hace sino con símbolos y narrativa. De hecho, la idea de la nación dependió de un desarrollo de manera fundamental de arquetipos respecto del pueblo: imágenes de lo “típico”, que serían escogidas como símbolos de las nuevas naciones, y elementos básicos de la narrativa nacional. Tipos franceses. Tipos italianos. Tipos mexicanos. Iconos que representan lugares que comunican lo nacional: el Popocatépetl, el quetzal, el copihue, las pirámides. Vestimentas representativas. En su momento los sombreros fueron utilizados como signos metonímicos de nacionalidad, raza, civilización o clase social (sombrero de charro, cosaco o chino; sombreros de copa, boinas, y cachuchas; el fez, la kipá…).

La tipificación de paisajes y personas fue un pasatiempo que adquirió valor comercial durante el siglo XVIII, décadas antes del nacimiento del nacionalismo moderno, y es una actividad creativa que siguió fascinando a lo largo de los siglos XIX y XX. Las “pinturas de castas” son un ejemplo temprano de esta clase de fascinación con el arquetipo, que luego tuvo sucesores en las pinturas de tipos nacionales (los grabados de Claudio Linatti o “Los mexicanos pintados por sí mismos” son ejemplos de la época independiente) y que luego fueron materia favorita de la fotografía, de postales para turistas, del cine, radio y televisión.

Paralelo al desarrollo de estos “tipos na-cionales”, que son en realidad arquetipos nacionales, aumentó también la popularidad del teatro de títeres y de juegos de salón como el de la lotería, que está atestado de imágenes parecidas a las cartas de un tarot: la silla, el perico, la escalera, el negrito, el diablo… Los juegos de lotería son una máquina narrativa a partir de arquetipos bastante más rudimentaria del juego del tarot, sin duda.  No necesitan de un lector especializado. Tienes un cartón estampado de imágenes típicas. Escuchas cómo se vocean las imágenes en orden aleatoria y buscas la correspondencia entre la imagen nombrada y lo que tienes en tu cartón. Tratas de armar una línea, un trenecito que es como una oración. La línea corrida de arquetipos será señal de fortuna. Una serie de imágenes aisladas ha sido conectada. Los arquetipos se alinean y aquello afirma la capacidad que tiene lo aleatorio de convertirse en sentido. ¡Fortuna!

La mitología nacional se hizo a partir de arquetipos como los de la lotería: el criollo, el indio, el mestizo, el negro, la catrina, el aguador, el mecapalero… La narrativa nacionalista jugó con esas imágenes como quien tira las cartas del tarot: Santos Luzardo, doña Bárbara, la China Poblana, las Pirámides, el Traidor, la India Bonita, los Bandidos, el Cacique, el Magistrado… Júntalas de un modo o de otro y podrás leer la fortuna colectiva. Los arquetipos han sido el adobe de la arquitectura nacional.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.