En la historia universal de la infamia hay sin duda un rincón para la banda de los “Quemadores de Orgères”. Según los relatos que nos han llegado, era un grupo enorme, de hasta quinientas gentes o más, rigurosamente organizado, con jerarquías, funciones, rituales, con un ordenado reparto de tareas, que impuso el terror en el Valle del Loira, y en la región de Beauce, a fines del siglo XVIII. Para obligar a sus víctimas a revelar los escondites de su dinero les quemaban los pies, empapados en aguardiente, con el fuego de una chimenea —y de ahí que se les llamara los “quemadores”.

No eran de Orgères, pero allí se inició el juicio por el que se les conoce. No está tampoco del todo claro que fuese una sola banda. Y desde luego no era cosa de rutina que le quemasen los pies a nadie, pero la imagen era espantosa y cautivó la imaginación del público de inmediato —ayudada de unos tempranos grabados que después reprodujo la prensa popular infinidad de veces.

03-bandidos

Ilustración: Estelí Meza

La gran persecución que acabó con la banda comenzó en enero de 1798, con motivo del asalto de la granja de Millouard, y el asesinato de Nicolas Fousset. Se les atribuían muchos otros ataques de los años anteriores, y otros más salieron a la luz en las confesiones durante el proceso: Gautray, Montgon, Boutet, Boisvillette. No hay dos cuentas iguales. Según el folclore local, la banda existía desde las guerras civiles del reinado de Carlos VI, es decir, desde principios del siglo XV. Se contaba su historia mediante una complicada genealogía de jefes: Aimerigot Cabeza Negra, Renard, Poulailler, Robilard, Flor de Espina. Y se decía que habían formado un verdadero reino subterráneo, con organización territorial, jerarquía, leyes y jueces, sistema de correo y hasta un sacerdote.

Dirigió la batida contra los quemadores el enérgico comandante Vasseur, llamado expresamente para eso, con un destacamento de la gendarmería y dos pelotones de húsares. Un vagabundo, detenido por Vasseur, señaló a Germain Bouzeau, el Tuerto de Jouy, uno de los jefes, que se apresuró a dar los nombres de todos los miembros de la banda, y de sus cómplices, la mayoría desconocidos hasta entonces. En un par de meses se detuvo a trescientas personas, con apodos muy de bandidos: la Tuerta, el Gato Gauthier, el Gran Dragón, Sin Pulgar, la Negra, el Rojo de Auneau, el Gordo Normando. Por lo visto, según se supo durante el proceso, la mayoría de los delincuentes ejercía algún oficio honorable durante el día, para mejor disimular sus correrías nocturnas. Y en efecto, en las actas, entre los trescientos aparecen herreros, carniceros, posaderos, comerciantes, toneleros, guardabosques. La justicia avanzó firme, enérgica, sin pausa, hasta la sentencia.

Es un relato emocionante de la maldad, del miedo, de la justicia, un relato absolutamente ejemplar, casi perfecto. Acaso demasiado perfecto.

La verdad, parece lo más probable que esos trescientos posaderos, herreros, carniceros, toneleros y guardabosques fuesen efectivamente carniceros, toneleros y guardabosques. Y que los sobrenombres fuesen los de la vida del pueblo, donde uno era Vicente el Tonelero, otro el Sin Pulgar y otro el Gordo Normando. Acaso hubiesen participado de algún robo, o hubiesen vendido objetos robados, acaso fuesen amigos, parientes, vecinos —y desde luego no serían menos verdaderas sus vidas de aldeanos que las de bandidos.

Eran los años de la revolución. El mundo había cambiado de un día para otro, de pronto todo era posible, nada estaba seguro. La autoridad era un vórtice de violencia absolutamente imprevisible. En todo el territorio francés había motines, revueltas más o menos espontáneas, gavillas de vagabundos, campesinos desarraigados, prófugos. Y quedaban dispersos jirones del levantamiento de La Vendée, y grupos de chuanes, bandidos que fingían motivaciones políticas y banderías políticas dedicadas al pillaje —y tal vez la diferencia es sólo de acento, y las dos cosas eran más o menos lo mismo.

En París gobernaba el Directorio, con el propósito casi único, apremiante, de restablecer la tranquilidad después de los años del Terror, y que hubiese una línea clara que separase a los buenos ciudadanos de los delincuentes. Nada de política. Nada turbio. La historia de los Quemadores de Orgères era perfecta para poner un ejemplo. Y seguramente lo entendió así el recién nombrado ministro de Policía, Joseph Fouché. El primer libro que contaba la historia de la banda apareció en 1800, antes de que terminase el juicio, y una colección de los documentos del proceso, en seis volúmenes, se publicó entre 1800 y 1801.

El 4 de octubre de 1800, en la Place des Épars, en Chartres, subieron al patíbulo veintitrés condenados con la camisa roja con que se vestía a los parricidas, y fueron guillotinados. Las crónicas dicen que la multitud aplaudía con entusiasmo. Y seguramente es verdad. Festejaba el espectáculo de la justicia, el orden recuperado. Diez meses antes, el 18 Brumario, había tomado el poder Napoleón Bonaparte.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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