En su compleja y a menudo abstrusa apología de la razón populista Ernesto Laclau reconocía que “ha habido una fuerte condena ética en la consideración de los movimientos populistas. El populismo no sólo ha sido degradado, también ha sido denigrado”.1 Tiene razón: la mayoría de los observadores del fenómeno no han sido amables con él. Lo encuentran vago, estridente, impreciso, autoritario, simplificador y maniqueo. Laclau, en cambio, se toma en serio las razones del populismo. En él encuentra un reflejo de la política: “La ‘vaguedad’ de los discursos populistas”, se pregunta, “¿no es consecuencia, en algunas situaciones, de la vaguedad e indeterminación de la misma realidad social? Y en ese caso, ¿no sería el populismo, más que una tosca operación política e ideológica, un acto preformativo dotado de una racionalidad propia, es decir, que el hecho de ser vago en determinadas situaciones es la condición para construir significados políticos relevantes?”. A la crítica de maniqueísmo el sociólogo responde que la realidad es maniquea: “¿no es esta lógica de la simplificación y de la imprecisión, la condición misma de la acción política?”. ¿Podría haber movilización efectiva sin malos y buenos en un eterno combate por el alma del pueblo? Creo que Laclau tiene razón: debemos tomar al populismo en serio. El populismo no es una patología, la enfermedad de un cuerpo social sano. La razón populista, profundamente antitética a la liberal, no es deficiente o absurda.

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Ilustración: Belén García Monroy

En un agudo ensayo Jesús Silva-Herzog Márquez propone una lectura del populismo como el resultado de los yerros y fracasos de la democracia liberal: “mal haríamos quienes creemos que debe cuidarse el régimen de la competencia tolerante, si pensamos que el desafío es una plaga que le viene de fuera. El populismo no es otra cosa que la expresión de una crisis profunda del pluralismo liberal. Una respuesta a la incapacidad de las democracias para cumplir mínimamente su promesa”.2 ¿Pero es esto así? Laclau cree que la incapacidad de satisfacer reclamos articulados entre sí no es una patología de los sistema políticos democráticos, sino una de sus características. Es precisamente la articulación de diversas demandas insatisfechas lo que, propone, constituye al “pueblo”. El populismo puede hallar muy útiles los yerros de los regímenes liberales, pero no los necesita para existir. Los populistas no son liberales desencantados de sus promesas; son creyentes en una cosa distinta, más pura y sencilla, un horizonte claro de certeza moral. Tiene razón Silva-Herzog Márquez cuando señala que: “si el cuento populista seduce y la receta populista atrae en los países más ricos y en los más pobres es porque su denuncia está cargada de sentido”. Pero no es el sentido que se propone. En efecto los populistas, se aduce, parten de denuncias fundadas: “¿podemos con honestidad negar la petrificación de los regímenes liberales?”. En el mundo, señala Silva-Herzog: “la gran ola inclusiva de la posguerra europea se ha revertido para generar nuevas exclusiones, al tiempo que se perpetúan las más antiguas. Las democracias realmente existentes han dejado de ser plataformas que permiten la realización (así sea parcial) de los intereses. Convertidas en rodillos de la frustración, las instituciones democráticas unifican a los grupos más diversos en el resentimiento al poder establecido”. No creo que este sea un diagnóstico acertado pues hace un juicio generalizado difícil de sostener. El grado de inclusión de los regímenes políticos donde el populismo ha surgido es muy variable. Históricamente no solamente ha aparecido en democracias liberales. En Estados Unidos hay un sistema bipartidista centenario, en Venezuela el sistema de partidos se había estancado cuando Chávez se hizo del poder. Los niveles de desarrollo e inclusión de los países que han experimentado movimientos populistas son muy variables. ¿Han fallado de igual manera las instituciones democráticas en esos países? Creer que el populismo le ofrece a la democracia liberal un espejo para advertir sus fallas es, al mismo tiempo, subvalorar la razón populista y exagerar la crisis de representatividad de la democracia liberal. El diagnóstico ignora las claves de la razón populista. Las democracias liberales tienen muchos problemas y sus instituciones a menudo disfuncionan, pero eso no es lo que explica —como bien advertía Laclau— que los movimientos populistas surjan y florezcan. La desigualdad y la oligarquía plutocrática,  ciertamente, le dan munición al populismo, pero su reclamo las trasciende y puede hasta incorporarlas. Por eso un plutócrata populista de derecha gobierna Estados Unidos. Ante los innegables déficit de las democracias liberales hay mucho que hacer, pero confundir las causas no es abrir los ojos; es incomprender críticamente al enemigo. El problema del liberalismo cuando lidia con el populismo no es la ceguera ni la hybris, es el astigmatismo.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Ernesto Laclau, La razón populista, FCE, México, 2004.

2 Jesús Silva-Herzog Márquez, “Populismo y ceguera liberal”, Reforma, 6 de marzo de 2017.

 

2 comentarios en “Populistas y liberales

  1. El populismo tampoco resuelvo los problemas e insuficiencias del liberalismo.Ademas, no existe un liberalismo puro y simple en la actualidad , los estados guardan una mezcla de doctrinas y tendencias políticas.

  2. El elemento esencial del populismo es el engaño, ya sea por dolo o por ignorancia o fanatismo respecto de alguna ideología. El primer populista fue Pisístrato. El dato que lo prueba es que se atrevió a disfrazar a una joven de la Diosa Palas Atenea, quien era la patrona de la ciudad de Atenas. El populista –político al fin– evita decir todas las verdades inconvenientes para su fin: alcanzar el poder y mantenerse en él. Para ganar votos promete todo lo que la gente quiere oír dando soluciones fáciles que a la hora de llegar al poder no puede cumplir y…. así continúa con la misma reseta: el engaño.