El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros del petróleo el diablo
—Ramón López Velarde

La reforma energética en México, que culminó en diciembre de 2013, es con frecuencia vista como la conquista más importante del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Muchos piensan así: teníamos un tesoro enterrado en nuestro país, uno que no podíamos sacar y que la reforma energética nos permite, al fin, desenterrar. Pero lo que tenemos no es un tesoro enterrado, sino una manzana envenenada.

La energía es un insumo fundamental para la economía, uno sin el cual es imposible promover el crecimiento. Su generación, por otro lado, tiene un impacto amplio y profundo sobre el medio ambiente y los hombres y mujeres que lo integran. Consciente de ese impacto, el gobierno de México asumió el objetivo de promover las energías renovables y reducir el uso de los combustibles fósiles con una serie de leyes propuestas a partir de 2008, años en que la administración era sensible al medio ambiente. Fue promulgada la Ley sobre el Aprovechamiento de Energías Renovables y el Financiamiento de la Transición Energética y la Ley para el Aprovechamiento Sustentable de la Energía. Pero sus resultados no fueron satisfactorios, pues la legislación no fue acompañada de los incentivos y los programas necesarios para la reducción de los hidrocarburos en la matriz energética de México. El apoyo al desarrollo de los gasoductos, por ejemplo, no tuvo correspondencia con un desarrollo similar en las líneas de transmisión hacia las zonas del país con potencial en fuentes renovables de energía. “Desde su creación en 2009, el Fondo para la Transición Energética y el Aprovechamiento Sustentable de la Energía (FOTEASE) sólo ha dedicado 15% de sus recursos a proyectos de energía renovables”, afirma el documento Posibles impactos ambientales y sociales de la reforma energética, publicado en 2015 por el Centro Mexicano de Derecho Ambiental. Por esas razones, a pesar de la legislación, sucedió lo contrario de lo que se buscaba. “Aunque dichas leyes promovían la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y el incremento de las energías renovables, la participación de los hidrocarburos en la matriz energética continuó en aumento”, dice el mismo documento. La participación de los combustibles fósiles en la generación de energía eléctrica en México es hoy superior al 90%, notablemente mayor que hace 10 años, cuando surge la legislación promovida por el gobierno de Felipe Calderón.

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Ilustración: Raquel Moreno

En ese contexto contradictorio —leyes favorables a la energía limpia, incentivos a la producción de combustibles fósiles— tuvo lugar la reforma energética que culminó a fines de 2013. La reforma llegó tarde, se dice a menudo. En este sentido es cierto, porque en un mundo cada vez más consciente de la necesidad de disminuir la producción de hidrocarburos privilegia, por el contrario, la extracción de combustibles fósiles y, en esa medida, desaprovecha el potencial de generación de energía a partir de fuentes renovables. Y lo hace además de una forma agresiva y abusiva. Me explico con ayuda de un documento publicado en 2016 por Fundar, El sector de hidrocarburos en la reforma energética: retrocesos y perspectivas. “La reforma energética fomenta la explotación de hidrocarburos no convencionales mediante la fracturación hidráulica”, afirma. “Se trata de un proceso de extracción incompatible con la protección del medio ambiente, el desarrollo social de las comunidades cercanas a esta actividad y la lucha contra el cambio climático”. Es una actividad que contamina el aire, la tierra y los ríos, y que emite cantidades muy altas de metano, un gas que acelera de manera dramática el calentamiento global (el metano tiene un efecto invernadero 23 veces mayor por molécula que el del dióxido de carbono). La reforma energética propicia, así, una actividad agresiva, y lo hace, también, de una forma abusiva, al dar una menor autonomía a la autoridad ambiental, para privilegiar los intereses económicos por encima de los ambientales y los sociales, con la creación de la Agencia Nacional de Seguridad Industrial y Protección Ambiental. Esta agencia está concentrada en el sector de hidrocarburos. Depende de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, pero su titular es nombrado y removido de manera directa por la Presidencia de la República “Es un ente que concentra funciones antes repartidas entre varias áreas de la Semarnat”, dice el documento de Fundar, “es decir, en términos prácticos se convierte en una ventanilla única, sujeta a los intereses de la Presidencia, a la que las empresas acudirán para obtener permisos y solucionar conflictos ambientales”. Es claro que la agencia está concebida para privilegiar la seguridad industrial frente a la protección ambiental.

La reforma energética, al apostar a los hidrocarburos, dando todo tipo de facilidades a los proyectos petroleros y gasíferos, deja pendiente el cumplimiento de las metas de transición energética, que son la base para el establecimiento de una economía baja en carbono. Ignora, en concreto, la necesidad de reducir la emisión de gases de efecto invernadero, que provocan el calentamiento del planeta. México es un país vulnerable al cambio climático: 15% de su territorio, 68% de su población y 71% de su economía pueden ser impactados negativamente por sus efectos, según los estudios hechos al respecto. Al mismo tiempo, México es uno de los países responsables del cambio climático: está ubicado entre los primeros 15 que producen gases de efecto invernadero, con cerca de 2% de las emisiones globales, en su mayoría vinculadas con el sector energético. “El 67.3% de las emisiones totales de GEI causantes del cambio climático en 2010 provino de este sector”, afirma el documento citado del Centro Mexicano de Derecho Ambiental. “De seguir con el escenario tendencial se calcula que en 2020 las emisiones nacionales de GEI serían un 28% más altas que las de 2010”. Así sucederá sin duda, pues en esa dirección apunta la reforma energética, a través de la Ley de Hidrocarburos y la Ley de la Industria Eléctrica, que prevén continuar e incrementar la dependencia hacia el petróleo en México. Y así sucederá a pesar de la Ley de Transición Energética, que está enmarcada en la legislación secundaria de la reforma energética, pero que (en mi opinión) la contradice. Esta ley tiene por objetivo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, promoviendo la utilización de fuentes limpias para generar electricidad y aumentando su participación porcentual en la matriz energética (prevé metas de una participación mínima de energías limpias en la generación de energía eléctrica que serían por ejemplo de 30% para 2020). ¿Es esto compatible con la apuesta a los hidrocarburos que hace la reforma energética?

Hay un problema más, como lo apunta el Centro Mexicano de Derecho Ambiental. “Al mantener e impulsar una alta dependencia de los hidrocarburos en México, la reforma energética va en dirección contraria a la política climática del país, ya que no atiende las necesidades y compromisos nacionales e internacionales de México en materia de reducción de emisiones de GEI, establecidos en la Ley General de Cambio Climático (LGCC), la Estrategia Nacional de Cambio Climático (ENCC) y el Programa Especial de Cambio Climático (PECC). Por todo lo anterior, preocupa que la reforma energética no sea coherente con el marco legal y la política pública en materia de cambio climático, al promover reformas estructurales que implicarán mayores emisiones de GEI”. México es parte del Acuerdo de París. Nuestro país ha establecido, en efecto, compromisos nacionales e internacionales en materia de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. “Dichos compromisos se encuentran a nivel nacional establecidos en el artículo 2 transitorio de la Ley General de Cambio Climático, la cual establece el objetivo indicativo o meta aspiracional de reducir al año 2020 un 30% de las emisiones con respecto a la línea base, así como un 50% de reducción de emisiones al 2050 en relación con las emitidas en el año 2000”, explica el documento multicitado del Centro Mexicano de Derecho Ambiental. Una vez más: ¿es esto compatible con la apuesta por los hidrocarburos que hace la reforma energética?

Hemos vivido durante décadas enamorados del petróleo: nuestro tesoro enterrado, nuestra maravillosa fuente de riqueza. Toda nuestra infraestructura, y quizá más importante, toda nuestra predisposición mental, van en contra de algo que es, sin embargo, necesario y urgente: la transición energética hacia un modelo distinto. Una reforma energética sustentable, como la que necesita con urgencia nuestro país, deberá centrar su atención en las fuentes limpias de la generación de energía, para alejarnos de nuestra actual dependencia del petróleo que, en efecto, nos escrituró el diablo, como dice el autor de La Suave Patria.

 

Carlos Tello Díaz
Investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM.

 

Un comentario en “Cambio climático:
Lo que ignora la reforma energética

  1. El nexo político es uno solo en todos los sectores, el poder y el dinero los endiosa, por encima de no solo un número de vidas (42) (3) o los que sea, bebés, niños, profesionistas o lo que sea, y los mexicanos abrazando su mayor pecado, la flojera de no leer y mantenerse enterados, o quienes sabiéndolo prefieren evitar la fatiga y mantenerse callados, recibiendo cincuenta pesos, taco de carnitas, bono de tres mil pesos (salario rosa), hasta una palmadita como masaje a su pereza, han perdido orgullo, coraje y dignidad, so pretexto que con eso no comen, sin embargo no se han muerto de hambre, porque hasta eso les fatiga.
    Ignorancia, pereza y conformismo van de la mano en las próximas elecciones, que autoridad nos gobierna, y cual empeorará la situación de México.
    El grupo político dueño del poder, porque los mexicanos se lo han regalado día a día, si leen, conocen nuestras miserias, y las explotan, ya no regalaron computadoras en las escuelas, como les iban a dar a los mexicanos herramientas para complicarles seguir en el poder en próximas generaciones.