La salsa en Cali, Colombia, es carta de presentación, es turismo y vida nocturna, pero también la mano extendida que —invitando a bailar la siguiente pieza— aleja de su violenta realidad a cientos de jóvenes

Muchos de nuestros problemas se resuelven bailando, sentenció alguna vez el músico James Brown.

Y tal premisa es cierta. Porque lo dijo el Padre del Funk y porque la ciudad colombiana de Cali lo confirma día a día con el trabajo de sus academias de baile, donde se le da un giro a la vida de muchos jóvenes de la “capital mundial de la salsa”, pero también la ciudad más violenta del país sudamericano.

Cali terminó 2016 con mil 292 homicidios, según datos de la autoridad caleña, un número que bajó en comparación con otros años pero que la mantiene como una de las más altas de Colombia y del mundo.

Gran parte de esta estadística la conforman adolescentes que pelean a muerte las calles, robusteciendo el sicariato y el narcomenudeo en una ciudad y un país que, no obstante el proceso de paz que hoy vive Colombia, significan todo un reto a futuro. Dado este panorama, en muchos jóvenes no queda otra ruta más que el baile.

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Ilustraciones: Kathia Recio

 

Julián Torres, alias Mateo, toma asiento para la entrevista, con el corazón agitado y los labios sonrientes, tras un descanso en la academia Swing Latino, donde baila profesionalmente. El sudor resbala desde el fino corte de pelo teñido de rubio hacia los ojos de este muchacho caleño de 19 años, quien hace apenas cuatro veía pasar las horas consumiendo drogas y yendo “de barrio en barrio armando furor [violencia] con palos y cuchillos”.

De aquel ponche (grupo de amigos) de Mateo varios están muertos en la actualidad. “Me encuentro a sus familiares y me dicen ‘¿y usted todavía vive?’”, detalla el chico que gracias a su afición al baile y al haber ingresado a Swing Latino puede ahora estar vivo, armando furor de otra manera. “Ahora por mi casa me dicen ‘el Salserín’, llegó ‘el que la goza’. Es bueno saber que se expresan bien de ti”.

Jóvenes de extracción popular como Mateo viven al borde del precipicio todos los días. En Cali han sido asesinadas 230 personas de entre 18 y 25 años, a decir de la Secretaría de Gobierno local, a la par que han sido privados de su vida 59 individuos de entre cero y 17 años. A su vez, sólo en la ciudad de Cali han ingresado al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes (SRPA) 629 menores y la policía de Cali indica que se han detenido 486 menores por delitos como homicidio, hurto, tráfico y portación de estupefacientes y armas de fuego. Todas estas cifras solamente de enero a junio de 2016.

Números que estremecen, dado que Cali es una ciudad habitada por gente joven, donde el grueso poblacional es menor de 40 años.

 

Colombia cruzó el umbral de los siglos documentando la nota roja internacional. Los cárteles de la droga (de Cali, de Medellín, del Norte del Valle), los paramilitares (AUC), las guerrillas (FARC, ELN, EPL), la violencia del Estado (el caso de los falsos positivos como triste botón más representativo), convirtieron al país en un caldero de todos contra todos donde la población fue la más afectada.

Hoy día, con los grandes capos muertos o detenidos, los paramilitares desarmados, las guerrillas en procesos de paz con el gobierno (o en pequeños reductos), la violencia en Colombia no está lejos de terminarse sino que sólo cambió de forma y resonancia.

Su nuevo rostro se presenta en forma de pequeños grupos que se identifican como bacrim, bandas criminales emergentes, estructuras urbanas y rurales que surgen multiplicadas tras la disolución de los anteriores y piramidales cárteles. Paralelamente, el negocio de la droga también experimentó cambios. De ser un país de distribución pasó a la venta de enervantes en sus calles, dando pauta a lo que se conoce ahora como microtráfico. Ya no es la disputa por las rutas de trasiego, ahora la meta es controlar las zonas de venta de drogas.

Estos territorios en guerra pueden ser calles, esquinas, canchas de futbol, plazas, puertas de casas o escuelas. En Medellín, en Bogotá o en Cali. En cualquier punto y a cualquier hora, una moneda al aire pues en un distrito o comuna puede haber injerencia de dos o más bandas criminales.

Cifras de la ONU continúan situando a Colombia como el primer productor de cocaína en el mundo, con 96 mil hectáreas sembradas con hoja de coca y 646 toneladas de cocaína producidas en 2015.

 

Madre soltera y empleada en una empresa de transporte, Marolin Medina, compañera de baile de Mateo en Swing Latino, comparte un hecho reciente, recreándolo con aspavientos de los brazos, asomando en uno de ellos una tajada considerable, una línea color marrón que será el recuerdo perenne de una puñalada que, por fortuna, no llegó a su fatal destino.

“Si [los pandilleros del barrio] no te conocen te roban, te atracan, y si no tienes nada, peor, te puñalean”. Marolin vive en el barrio Eduardo Santos, Comuna 12, donde sucedió el hecho y vivió para contarla. Un chico de su edad se le cruzó en la calle, la paró y amenazó con un cuchillo. Ella al instante dio todo, pensando en un robo, “pero estaba drogado o no sé, y me atacó”. La puñalada tenía como objetivo el vientre pero Marolin pudo esquivarla y huir.

Caminar por alguna de las conflictivas calles de la ciudad de Cali, que se contabilizan en decenas, es un albur. Todo depende de los humores del momento, de lo caliente o frío de la plaza, de la percepción de los pandilleros (gran parte del tiempo engalochados, bajo el influjo de sustancias) o de la (des)confianza que uno despierte. Puedes estar caminando sin saber que has cruzado una “frontera invisible”, delineamientos territoriales azarosos, impredecibles y cambiantes, impuestos por el contexto —que en un marco de tanta movilidad criminal puede durar un día, semanas, horas— y que sólo podrían llegar a reconocer la gente perteneciente a las bandas, pero para un ciudadano común imposible definirlas.

Hay días en que la prensa colombiana da fe de gente que, sin saberlo, cruzó umbrales prohibidos, en disputa, resultando heridos o muertos en fuego cruzado entre combos (pandillas) que pelean la plaza o, sencillamente, porque fueron un rostro que no reconocían como del barrio.

 

No muy lejos de donde se ubican las instalaciones de Swing Latino, en el rudo norte caleño, se ubica otra escuela de baile, Imperio Juvenil. Ahí asiste Pedro Rivera, quien de niño vivió en la frontera sur colombiana, en el departamento de Nariño, zona que disputaron ejército, guerrillas, cárteles y paramilitares durante varios años.

Originario del municipio Bocas de Satinga, de niño y en la miseria total (situación en la que se encuentra gran parte de la población afrocolombiana en este país, de donde proviene), Pedro trabajó a las orillas de las autopistas calando los neumáticos de los vehículos con un palo, recibiendo por ello propinas, una práctica común hoy todavía en la provincia colombiana.

En este municipio la gente se sostiene con la pesca, con cosecha de plátano y coco. Pero también, cuenta Pedro, muchos trabajan en laboratorios de cocaína o en la cosecha de marihuana y amapola. “Guerrilla o paras [paramilitares] te jalaban, te decían ‘vamos para la finca, acá le vamos a dar de todo’, pero mentira, es la labia de ellos. Yo raspé coca un tiempo pero pude salir”.

Pedro, como miles de niños de las regiones cocaleras de Colombia, fue raspachín, oficio ilegal infantil que consiste en quitar las hojas de coca de las ramas para posteriormente comenzar el proceso de elaboración de cocaína. Esta acción a la larga deja destrozadas las manos de los infantes. Al igual que su infancia.

Cifras del ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, oficina del Estado que vigila los derechos infantiles) indican que desde 1999 hasta febrero de 2015, cinco mil 730 menores han recibido ayuda especializada por parte de un programa implementado para niños, niñas y adolescentes desvinculados de los grupos armados colombianos.

Las cifras sobre las víctimas más vulnerables de este conflicto estremecen: más de dos millones y medio de menores han sido desplazados, 342 pisaron una mina antipersonal, 154 son víctimas de desaparición forzada y más de 150 fueron asesinados en confrontaciones armadas. Todo lo anterior se desglosa del informe Basta Ya del Centro de Memoria Histórica, con datos recogidos entre los años 1985 y 2012.

Generaciones enteras de niños, adolescentes y jóvenes colombianos. Entre ellos, Pedro, quien decidió dejar de raspar coca por tener las manos adoloridas y llenas de callos para comenzar a vagabundear en las calles, lejos de su familia. Paralelamente, descubrió que le apasionaba bailar, situación que se le presentaba a cada instante en la rumba eterna de Colombia. En cierto momento el ICBF lo rescató; se hace cargo de él desde hace un lustro. Fue así como llegó a Cali y a la academia. Acaba de cumplir 18 años.

Pero la gracia y fortuna no recae en todos por igual. Ante un mundo donde el dinero fácil se impone, muchos jóvenes prefieren acercarse a pandillas y grupos criminales a cambio de tener dinero, ropa de marca y motocicletas. La figura a seguir es el jefe del parche (pandilla).

Dado el contexto de violencia de décadas en este país, los menores y adolescentes son blanco fácil. Comienzan como halcones, ascienden a hacer entregas de droga y muchos de ellos terminan convirtiéndose en sicarios. Finalmente, sus jefes también los necesitan: a los menores de edad les pagan menos y si llegan a ser capturados por la policía el castigo no es tan fuerte.

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Según el censo de población oficial, los afrocolombianos ascienden a más de cuatro millones en todo el país (10.62% de la población total), siendo Cali, Cartagena, Barranquilla, Bogotá y Medellín donde reside 29.2% de esta población.

La influencia afrocolombiana en el plano musical caleño es atronadora. Sin negros (niches, como se les dice en Cali) no habría rumba, guaguancó ni guaracha, géneros predecesores de la salsa, ritmo que no nació en Cali pero que la ciudad ha hecho suyo, subiéndola al pódium salsero junto a urbes como La Habana, San José y Nueva York.

El famoso “Colombia Style” no es más que el estilo caleño para bailar salsa: movimientos endiablados de piernas y caderas combinados con vertiginosos giros y saltos circenses rematados con sofisticados pasos de danza contemporánea. Todos los ingredientes para convertirlo en un tipo de baile no apto para cualquiera.

Y los caleños lo saben. La recepción al arribar a Cali será siempre una salsa, con una pareja danzando en un cruce de semáforo o desde la radio vieja de un carrito de arepa‘e huevo. Si uno aterriza en septiembre podrá gozar del Festival Mundial de la Salsa y si lo hace a fin de año tendrá frente a sí al Salsódromo con sus mil 500 bailarines moviéndose frenéticamente a lo largo de una inmensa pista de baile de kilómetro y medio, abriendo la anual Feria de Cali.

Tan importante es la salsa para esta ciudad que a inicios de 2016 el Salsódromo fue catalogado por el presidente colombiano Juan Manuel Santos como Patrimonio Inmaterial, Cultural, Artístico y Folclórico de la Nación, un impulso turístico a la ciudad pero también un gran apoyo para las escuelas de baile.

La salsa en Cali es desfogue, industria y atracción pero también la escuela de vida para muchos de sus jóvenes bailarines.

 

Muchos caleños, sobre todo los mayores de 30 años, recuerdan que hace una década la muerte te podía encontrar en cualquier punto. Los taxistas, sin proponérselo, te dan el tour de esa violencia adherida a sus rutas: aquí o allá estalló un carro bomba, en esa iglesia o en ese restaurante hubo un plagio masivo, en esa esquina apareció el cuerpo de tal funcionario, en ese cruce hay una placa que conmemora una ejecución… Los hechos violentos del pasado como memoria indeleble de la ciudad.

Al caminar por Cali uno percibe las realidades entrecruzándose: los barrios conflictivos, las calles con triste memoria y las escuelas de baile se nutren a sí mismas y crean esa fortaleza necesaria en un ambiente tan cruento. Parecería que la misma realidad y cruenta circunstancia obliga a que las escuelas nazcan en barrios muy golpeados y jalen, por inercia, a sus alumnos sedientos de calistenia física y emocional: las escuelas con su baile y “gozadera” como último reducto para quererse a sí mismos y revalorarse en su entorno.

Si la salsa es identidad en Cali, la salsa misma está reivindicando la identidad y dignidad de muchos de sus jóvenes por medio de escuelas de baile como Imperio Juvenil y Swing Latino, dos del centenar de academias existentes actualmente en prácticamente toda la ciudad.

Sus alumnos se definen en dos grupos básicos: los que tienen el baile como actividad profesional y quienes lo combinan con empleo o estudio. Hay alumnos que no reciben ningún tipo de apoyo en la familia, los que sufren de penurias económicas, separaciones familiares, los que provienen de hechos de violencia o desplazamiento forzado. Hay múltiples alumnos menores de edad que están bajo el resguardo del ICBF, becados.

Las academias tienen entre 100 y 400 alumnos, distinguiéndolas a todas el énfasis que ponen en la disciplina de la práctica. “Tenemos campeones mundiales de salsa que han representado a Colombia por el mundo y que en su vida anterior eran consumidores de drogas o estaban en pandillas, cosas que hoy en día son historia para ellos”, dice Jon Álvarez, instructor en Swing Latino de 26 años, quien llegó como alumno y ahora es maestro de 45 chicos, guiándolos en esta gozosa cadena de la resiliencia. Dos de sus hermanos forman parte de la estadística fatal: mientras pateaban una pelota en una cancha terrosa del distrito de Aguablanca fueron asesinados en medio de un enfrentamiento entre pandillas.

 

Imperio Juvenil tiene 22 coreógrafos y cerca de 200 alumnos, a quienes Adriana Molina, su directora general, considera como sus hijos: “Esta relación se estrecha tanto que los empiezas a conocer […] Podría decirte cómo es su genio, qué le gusta, cuáles son sus colores preferidos”.

“Aquí hay reglas”, enfatiza. “Enseñamos a amar la camiseta y esto afloja hasta al más duro”. “Hay chicos que llegan [a la academia] que les gusta mucho la calle, que no muestran al inicio perspectiva, pero cambian. La disciplina los lleva a abandonar la calle”.

El baile ayuda porque “su mente cambia; el trabajo del bailarín es duro porque requiere mucha exigencia, no es trabajo fácil; su entorno comienza a cambiar porque dejan la esquina y comienzan a presentarse en diversos lugares”.

Jon, desde su experiencia, enfatiza que el rigor de las escuelas ha modificado la imagen del bailarín. “Antes el bailarín era bohemio, mujeriego, consumía drogas, era considerado algo de vagos; mi papá no me dejaba [bailar] y yo me saltaba por las rejas de mi casa y me iba a ensayar”.

Mateo, quien sabe de lo que habla dada su travesía, aclara esta idea: “El sabor viene de los barrios más bajos pero aquí se inculca la disciplina y ahí uno empieza a cambiar”.

En la actualidad los bailarines de las academias de Cali se presentan como embajadores de su ciudad y de Colombia en innumerables eventos, ya sea al interior del país o en el extranjero, en eventos privados o públicos. Su fama ha llegado hasta personajes de la farándula mundial como Marc Anthony o Jennifer Lopez, para quienes han elaborado coreografías musicales, como fue el caso de Swing Latino.

 

La paz en Colombia es un fin anhelado por gran parte de sus habitantes, independientemente de la lucha política interna y de la polarización de posturas que provocó que en el pasado referéndum sobre los pactos alcanzados por las FARC y el gobierno, la mayoría (50.22%) decidiera rechazarlos. Muchas son las voces que señalan que la sola firma de este proceso de paz (celebrada el 24 de noviembre de 2016 en La Habana, Cuba) no implica un acto de magia en la resolución de los problemas de inseguridad. Queda mucho por hacer en el plano social. Pintas sobre los muros de Cali lo sintetizan bien: una paloma trazada con aerosol blanco extiende sus alas para dejar leer en su interior una máxima irrefutable, “Sin pan no hay paz”.

Mientras la política continúa dando pasos negociados hacia una paz consensuada, las escuelas de baile en Cali conceden, sin demasiada pretensión, precisamente eso: la salida pacífica para muchas e inquietas personas que ante la desazón e inercia de un ambiente violento encuentran en el baile la razón de vivir.

Los ojos de Mateo brillan cuando evoca su reciente viaje a Turquía con la compañía: “Les encanta la salsa; no es muy conocida pero cuando la ven se sienten dueños de ella”. Quién diría que este chico, que bien pudo seguir confrontando a vecinos en su natal barrio de Terrón Colorado, decidió mostrar su destreza dancística hasta el otro lado del mundo. “Todo muy bacán, se aprenden nuevas culturas, se aprende, se intercambia”.

“Yo expreso con el baile lo malo y lo bueno que tengo”, dice Mateo sin asomo de duda. “El baile es sólo mío y de nadie más. Si estoy enojado lo expreso en el baile y después ese enojo se convierte en una gozadera, en una pasión”.

“Al otro día [de la puñalada] tenía ensayo y no pude ir”, dice Marolin. “Al siguiente vine y no podía mover mi brazo pero seguí. El hecho es continuar y no parar”.

“El baile ayuda demasiado porque uno baila con el corazón”, cierra Pedro. “Piensas en la pasión de la armonía, los timbales, el piano. Uno se olvida de las cosas y sólo quiere bailar”.

Cuánta razón tienes, James Brown.

 

Iván Cadín
Periodista.