Para mí, Rulfo siempre fue un escritor de fantasmas. El creador de un lugar donde los muertos y los vivos se cruzan sin saber a ciencia cierta en qué bando residen.

Pasé mi infancia en México. Entre mis mayores recuerdos figuran las calacas de azúcar, las catrinas tétricas y glamurosas que decoraban las casas, la leyenda de La Llorona o las momias de Guanajuato. Crecí conversando con cadáveres, y pensando que la muerte forma parte de la vida, incluso una parte festiva de ella. Y muchos años después, cuando leí por primera vez El llano en llamas, e inmediatamente después Pedro Páramo, tuve la sensación de volver a casa.

Poco después de ese descubrimiento supe que, en sus orígenes, antes de convertirse en una estrategia de marketing de la industria de las golosinas, Halloween había sido una celebración del espacio común entre nosotros y los que ya no están. Cada año, en la noche en que los muertos volvían de sus tumbas, los vecinos se disfrazaban de muertos para engañar a esas almas, y evitar que se los llevaran con ellas. De inmediato pensé en Comala.

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Ilustración: David Peón

Pero Rulfo no se limitó a inventar fantasmas, sino que encarnó en ellos a su país, y al mío. Sus espectros no vivían en castillos europeos o cavernas, sino en posadas y plazas. Esto, que hoy parece obvio, no lo era tanto hasta entonces. Aún se enseña en nuestras escuelas que el primer poeta latinoamericano fue Rubén Darío, quien a fines del siglo XIX escribía sobre… Francia y la Grecia Antigua. Nuestros países llevaban casi un siglo de independencia, pero nuestras letras apenas comenzaban a liberarse de Europa. Durante la primera mitad del siglo XX el reto era crear símbolos y formas propios para darle a nuestro continente un lugar en la literatura.

Fueron los libros de Rulfo los que Álvaro Mutis le entregó a Gabriel García Márquez.

—Tome —le dijo—, para que aprenda.

Y ahí empezó la literatura con la que América Latina se inscribió en el mapa, y con la que mi generación creció.

En mi caso, Rulfo terminó siendo especialmente influyente, porque a fin de cuentas, si algo no ha cambiado en nuestra región desde sus tiempos hasta los míos, es la extrema violencia que sufrimos. Antes eran los revolucionarios, luego los guerrilleros, después los narcos, más adelante los delincuentes comunes. De un modo u otro siempre tenemos hordas de gente matándose a balazos.

He aprendido mucho de la capacidad de Rulfo para pintar, a través de sus no muertos, las convulsiones de un país. La violencia de México, como la de Colombia o Perú, la de principios del siglo XX y la del XXI, no desaparece cuando cesan las hostilidades. Deja espectros que vienen a reclamarnos nuestras deudas. Víctimas que abandonan sus sepulcros para venir a jalarnos los pies. Zombies que nos persiguen para vengarse de lo que les hicimos.

La historia de nuestro continente es una historia de gente que se niega a morir incluso después de muerta. Rulfo fue el primero en entenderlo, y aún nos ilumina con su luz oscura y neblinosa.

 

Santiago Roncagliolo
Escritor y periodista. Entre sus libros: La pena máxima, La noche de los alfileres y Abril rojo.

 

2 comentarios en “El escritor de fantasmas

  1. Me gustan los comentarios de cómo se identificó el principio de nuestra literatura original

  2. No hay que sacar conclusiones políticas de las historias de Rulfo; él mismo se negó a hacerlo. El mundo de “Pedro Páramo” y “Lubina” es el de los sueños, donde podemos sentir que estamos muertos y vivos a la vez. Al colocar a sus personajes en “la otra orilla”, éstos pueden alumbrar la totalidad de la existencia humana…