En el transcurrir de mi vida he escuchado insultos de toda clase y calidad. Cuando una persona desea ofender a otra su imaginación se enciende como una tea en medio de un bosque aletargado. El insulto o la maldición iluminan la noche de la creación, y el lenguaje toma una relevancia inédita y fundamental. A pesar de que es posible que se me considere un hombre cordial he sostenido en varias ocasiones que yo decidí dedicarme a escribir para aprender a maldecir y a insultar, a defenestrar y a dotar de cierta elegancia a las palabras coléricas. He traído este asunto a colación porque hace algunas semanas escuché a un hombre discutir con otro hasta el grado en que, ambos ya encendidos, el más belicoso de ellos le espetó a su contrincante: “¡Eres un positivista!”. Fue una experiencia extraña la mía porque hasta ese momento no había considerado la posibilidad de que llamar positivista a alguien pudiera tomarse como una especie de maldición o insulto. Enseguida el nombre de varios pensadores, científicos y filósofos llegaron a mi mente y aquella noche no pude descansar a pierna suelta ya que mi mente no cesaba de preguntarse: “¿Soy yo un positivista?”. La opinión y sentencia del filósofo positivista británico A. J. Ayer (1910-1989) sobre el hecho de que pensamientos románticos e imprecisos como el de Nietzsche habían hecho realidad el nazismo y sus consecuencias me causaba un serio remordimiento. ¿Sería yo también, aun en mi diminuta estatura intelectual, un espécimen como el descrito por Ayer? ¿Un amasijo de pensamientos románticos que tarde o temprano desembocarían en alguna clase de fascismo o tiranía social? ¿Un abusador de las palabras, un hampón gramatical que transforma los verbos y los adjetivos en sustantivos? Sospecho que mis tribulaciones deben causar somnolencia en los lectores, pero si me permiten continuar les confesaré que después de dar muchas vueltas al asunto concluí que llamar positivista a alguien puede resultar un serio insulto y que a mí no me gustaría que nadie me espetara tamaña definición en mi cara.

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Ilustración: Jonathan Rosas

La pregunta que se impone en este momento aun cuando resulte ser anacrónica y demasiado amplia es la de ¿qué se entiende por positivismo? El camino más sencillo es responder que el positivismo niega toda clase de metafísica o de hechos que no puedan ser experimentados por nuestros sentidos y que considera que la ética, la justicia o la belleza son sólo palabras y que dan lugar a construcciones fantasiosas imposibles de verificar en sentido estricto o científico. Otra manera de responder a tan aburrida cuestión es que el pensamiento positivo ama la medida, la ciencia, la lógica y las palabras exactas que tienen correspondencia con la realidad; es decir que el señor positivista no considera filosofía a ninguna teoría que no pueda ser expresada en términos lógicos o verificables. Sé que estoy simplificando y banalizando demasiado, pero si imaginan que esto es una charla informal entonces sus prejuicios amenguarán y podremos llegar a buen puerto. Imaginen ustedes a una directora de escuela dotada con modales rudos y aspecto insatisfecho recitándole a los niños cuáles son sus deberes y vigilándolos incluso a la hora del recreo. Imaginen ustedes a un señor que nos pone encima de la mesa mil hojas saturadas de estudios y estadísticas acerca de determinado asunto y cree que se ha acercado lo suficiente a la realidad de manera que descreerá de cualquier otra opinión o diagnóstico que no estén basados en los métodos que él utilizó. ¿Qué les parece? A mí y sin ánimo de ofender a tales personalidades, la de nuestra rígida y asexuada profesora y el de nuestro conserje estadístico, me resultan seres si no monstruosos sí muy limitados a la hora de conocer un mundo infinitamente más complejo que el que ellos intentan controlar o conocer. Y todavía más me lo parecen cuando sus reglas o su positivismo contradicen la sensación o la experiencia subjetiva de una persona que sufre o que se encuentra destruida moralmente por una entidad política, una situación económica o una atmósfera criminal. Aquí aprovecho para añadir algo en forma de anuncio comercial: “El fin del conocimiento no es el control”.

No les recitaré a la cauda de filósofos positivistas —por lo demás numerosos y tan distintos entre sí— que van desde Guillermo de Ockham hasta Locke, Hume, Wittgenstein, Carnap, Mach, Quine y el mismo Ayer (olvidemos, por elemental, a Comte). Hacer algo así no tiene por ahora ningún caso, el espacio es limitado y, además, a quién le importan estos pensamientos románticos e imprecisos capaces de crear, sin querer, diminutos nazismos. No obstante lo anterior creo que deben ustedes saber que hace apenas unos meses cumplió cincuenta años un libro, La filosofía positivista, del filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927-2009) y que da cuenta del tema que aquí esbozamos. Al polaco le era sencillo definir la postura positivista a partir de cuatro principios. El primero es que no existe diferencia entre los fenómenos y las esencias: olvídense de frases o enunciados como “La esencia de la guerra es la maldad humana”. La guerra es un hecho; la esencia de la guerra no. El segundo principio trata sobre el saber general; no puede haber cosas generales o abstractas si no tienen una representación verificable en la realidad. El tercero consiste en negar la verdad o existencia de los juicios de valor de manera que si decimos “Ese hombre es bueno”, no estamos en realidad diciendo nada. Tenemos derecho a decir: “Ese hombre barre su jardín”, pero no “Ese hombre es bondadoso”. Y el cuarto principio es el amor al método de la ciencia y la creencia en su unidad y verdad. En fin, basta. Al destino que deseaba llegar aprovechándome de tanta palabrería es que si a mí me llamaran positivista lo consideraría un insulto. Yo prefiero conocer no nada más a través de la ciencia y la filosofía sino también por la vía de la literatura, la maldición, la amistad, el desprecio por los asesinos y malvados, el antimétodo, la experiencia subjetiva y el vuelo de las palomas. El cúmulo de positivistas que nos describen la realidad ¿no sentirán alguna especie de vergüenza por su elemental —aunque bien intencionada y también eficaz en algunos aspectos— manera de obrar y que puede ser cómplice también de fascismos intelectuales y de políticas despreciables? Vaya con tal arrogancia o descuido. Como si requiriéramos sólo de estudios científicos y estadísticos para saber que eso que llamamos “nuestro país” se está cayendo, desmoronando y que los responsables continúan impunes y sonriendo. Y les ruego que me perdonen este último exabrupto romántico, banal e impreciso.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

 

Un comentario en “El insulto positivista

  1. Excelente artículo. Coincido totalmente, sobre todo hoy en día, que todo se quiere arreglar con un recetario, por cierto anacrónico.