Hace 200 años, cuando tenía ocho, Chopin escribió su primera partitura (Polonesa en sol menor). El aniversario da pie a ensayar sobre su vida en Polonia: esa alegre infancia que se convirtió en una tormentosa adolescencia cuyo símbolo es la expresión huidiza con la que mira en el primer retrato que le hicieron, cuando tenía 19

La vida visible de Chopin comienza a los 19 años (1829) con su primer retrato: la timidez altiva de sus enormes ojos grises brilla anhelante y huidiza sobre la intensa palidez de una cara triangular en donde la nariz ganchuda —cuya prominencia avasalla el minúsculo trazo de sus carnosos labios sellados— luce inexplicablemente recta.

“Relato al piano lo que se me ocurre confiarte. Te enviaré mi retrato lo antes que pueda. Lo quieres y lo tendrás…”, le escribe Chopin a su amigo Tytus Woyciechowski, “…tal vez algún día te diré en qué sueño sin cesar, lo que tengo siempre ante mis ojos, lo que escucho constantemente y lo que más alegría me da en este mundo a la vez que es también lo que más me atormenta”.

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Ilustración: Guillermo Préstegui

 

A los ocho años Chopin (1817) escribe su primera partitura: una polonesa en sol menor que estremece a Varsovia, una ciudad prisionera: Rusia se la gana a Francia y el zar Alejandro I impone su voluntad sobre los polacos —en 1815 se proclama rey de Polonia— con tiránica prudencia. En esa primera polonesa Chopin azuza y oprime con sus manos infantiles sobre las teclas los anhelos y temores de aristócratas y cortesanos varsovianos: sus dedos derechos —imaginativos y valientes, entusiastas y melódicos, dispuestos a destruir el ritmo regular— trazan sueños libertarios; sus dedos izquierdos —rígidos y clásicos, firmes y cerrados, defensores de un contrapunto severo— confirman la asfixia de vivir entre cadenas. Chopin es un pequeño pianista encantador y malicioso.

Su padre, Nicolás: francés de Lorena; a los 17 años abandona su patria sin explicación conocida y se vuelve polaco. Ateo. Maestro de idiomas. Lector de Voltaire. Francmasón. Hombre realista, prudente administrador, amante templado y padre minucioso. Su madre, Justina: prima pobre y huérfana de la condesa Skarbek. Católica. Pianista aficionada. Ciudadana discreta y vecina esquiva. Nadadora de lagos. Campesina competente, voraz tejedora, cocinera imaginativa e incansable senderista.

Nicolás y Justina tienen cuatro hijos. Chopin es el único varón. Sus tres hermanas (Ludwika, la grande; las menores Izabella y Emilia) son más fuertes que él. Lo tratan con precaución alegre, como a un juguete de cristal. Chopin es un niño sonriente. A veces ríe a carcajadas de la nada; una risa aguda y entrecortada. Habla italiano, francés, griego, inglés y polaco. Escribe poemas cómicos; cada verso en un idioma distinto. Actuar lo apasiona. Durante los ensayos tiende trampas: cambia el orden de las palabras para dinamitar los diálogos; si el compañero entra en pánico, Chopin le guiña un ojo y retoma la senda verbal correcta para evitarle el ridículo. Así es su humor: travieso y galante, libre de crueldad… una malicia blanca.

Las caricaturas se le convierten en vicio. Su maestro de piano, el venerable W.A. Zywny —un clavicordista que llega a Varsovia como parte del séquito del príncipe bohemio Zapieh y en vez de convertirse en músico de corte termina ofreciendo clases de piano de puerta en puerta, como vendedor ambulante—, se convierte en su víctima predilecta. Le dibuja la roja peluca torcida, zanahorias en vez de dedos y al fantasma de Bach hurtando sus enormes lentes con montura de hierro.

En su música —polonesas y mazurkas— Chopin improvisa folclor alegre y desinhibido, lleno de evocaciones operísticas. Escucha a la soprano italiana Angélica Catalani (noviembre de 1819) cantar repertorio rossiniano en el Teatro Nacional. Después del concierto toca para ella un vals en donde de pronto introduce libres variaciones sobre la melodía del aria de Rosina (“Una voce poco fa”) en el Barbero de Sevilla; la diva susurra algo en el oído del niño pianista, besa sus dedos y le regala un reloj de oro.

A Chopin le interesa el canto como acto espontáneo. Las coloraturas lo ponen nervioso; le suenan a promesas falsas. A una campesina le da tres monedas para que le cante tres veces seguidas una masurka que dice: “mira cómo detrás de las montañas danza el lobo, pero no hay una mujer que lo vea y por eso está triste el lobo”. Y a partir de ese agreste sonido —el de una mujer de montaña con alma musical incapaz de afinarse— imagina en el piano una profunda y heroica épica polaca. Pero es música sofisticada y etérea, ajena al pueblo, del campo lejana, de un folclor fantasioso y estilizado, que en los aristócratas salones de Varsovia inspira, en mujeres y hombres nobles, bélicas danzas patrióticas. Campesinos y soldados no se identificaban con Chopin; para ellos todo en ese raro niño pianista —esquelético cuerpo, triste voz susurrante, larga nariz con forma de guadaña…— les resulta abstracto y onírico, lóbrego y enfermizo.

Chopin atrae a los locos. El compositor J.A.F Elsner está convencido de que Chopin es un enviado de la virgen negra de Czestahowa —venerada durante el Medievo— para crear una auténtica ópera nacional polaca. J.F. Hoffman inventa el “aelomelodicon” (especie de armonio gigante con tubos de cobre) y tiene la absoluta seguridad de que ha revolucionado el arte occidental. Chopin inaugura este demencial instrumento en la Iglesia Evangélica de Varsovia (mayo de 1825) ante el zar Alejandro I (seis meses antes de que éste finja su muerte para convertirse en ermitaño). Chopin improvisa variaciones sobre la melodía de la mazurka de las mujeres y el lobo; el zar le regala un anillo de oro.

A Chopin comienza a atormentarlo la realidad de su cuerpo. A los 16 años le confiesa por escrito a su amigo Tytus su erótica desesperación por besarlo: “¡Tiende tus labios a tu amigo!”, “dentro de un rato, a la sémola… ¡pero ahora a tu boca!”. Tytus le responde: “Por favor, Frédéric, cuando nos veamos ya no me abraces… no me gusta ser abrazado”.

Chopin compone en 1826 dos valses (en la bemol mayor y en mi bemol menor), una sonata (en do menor) y otra polonesa (en re menor). Repudia, cada vez con mayor intensidad, el lenguaje armónico tradicional que avanza en bloque, sin vida, con la intención única de acompañar mecánicamente la belleza de la idea principal. Aspira a construir discursos en donde cada parámetro del sonido palpite. Quiere disponer delicadamente las notas que componen un acorde; duplicarlas o disminuirlas… encontrar siempre la distancia ideal entre los diferentes sonidos para que la melodía no sea única protagonista y a su alrededor cada rasgo (ritmos, curvas melódicas, cromatismo armónico…) goce de colores privados, intenciones individuales, que le otorguen ante el oído un destino inédito. Entonces la narración lineal se rompe y los distintos sonidos comienzan a confundirse en el tiempo, unos arriba de otros, suaves e irreales, misteriosos y trascendentes, como los acontecimientos de un sueño.

Su ansia sexual termina por filtrarse en la música. Busca amores prohibidos en la historia de la ópera. Elige a Mozart: el dueto (“La ci darem la mano”) en el que Don Giovanni seduce a Zerlina y la convence de engañar a su prometido y tener sexo con él durante los preparativos de su boda. Chopin escribe exaltadas variaciones de esta escena, llenas de trágicas premoniciones, en donde el piano canta elástico y brillante, como si sus sonidos salieran de una garganta humana. Le dedica a Tytus (marzo de 1827) la partitura y semanas después muere su hermana Emilia (10 de abril): “Fallecida a la decimocuarta primavera de su vida como una flor marchita con la esperanza de un fruto magnífico”. En el funeral, a Chopin le parece notar que la gente cuchichea a sus espaldas. Cree escucharle a una señora la palabra “afeminado”, aunque luego se convence de que fue el sonido de un pájaro. Su madre comienza un luto que guardará por el resto de su vida.

Chopin le escribe a Tytus para confesarle que ama a Kontancja Gladkowska, una muchacha que estudia canto en el Conservatorio: “Sueño con ella: bajo su inspiración ha nacido el ‘Adagio’ de mi Concierto en fa menor y en esta mañana el pequeño Vals en si menor. Pero nadie lo sabrá, sólo tú”… La ama…  pero con ella es glacial y monosilábico. No le escribe, no le hace preguntas y no le compra flores. Le corrige sus notas falsas y se despide sin siquiera tocarla. Con Tytus, en cambio, se vuelve voluptuoso y descarado: “Te amo hasta la locura”, “adoraría acariciarte y ser acariciado por ti”, “una vez más: ¡déjame besarte!”. Chopin no cree en las negativas de su amigo. Siente que Tytus, como Zerlina, en el fondo anhela entregarse… sólo necesita esperar el momento adecuado… “¡Cómo ahuyentaría los pensamientos que emponzoñan mi existencia si no experimentara deleite en cultivarlos!”. Y Tytus, con compasiva coquetería, lo desengaña: “Frédérick: amo a mi novia y voy a casarme con ella… ¿Te harán el primer retrato de tu vida?, ¡mándamelo!”.

Tytus recibe el retrato de Chopin. “Es una pena que el pintor no haya incluido tus manos”, y ese es su único comentario.

Las manos de Chopin tienen las articulaciones hinchadas, pulgares chatos y los largos huesos de sus dedos separados en la base pueden dislocarse para cubrir sobre las teclas distancias que parecían inabarcables. Sus ojos y sus manos son los únicos vestigios de movimiento en su cuerpo. Lo demás —rodillas, tronco, cadera, hombros, espalda, muslos, pies, abdomen, cuello…— es rígido y frágil (mide 1.70; pesa 43 kilos), de una delicadeza tan inmóvil y vulnerable que cualquier contacto con el mar o el amor, el ejercicio o el viento, bastaría para destruir ese cuerpo fantasmal en mil pedazos.

Esta sensación de trágica terneza late en su desconcertante música nueva (para 1829, año en que Miroszewski pinta el retrato, Chopin acaba de terminar sus Etudes 1, 2 y 4, sus más tempranas obras maestras), sobre todo cuando él la interpreta. Cada vez se siente más aislado. Ha dejado de reír y lo incomoda la presencia de extraños. De pronto se siente muy cansado. Toca con miedo —cada vez más suave, cada vez más lento—, como si quisiera que los sonidos desaparecieran de los teatros y salones, de las princesas y los condes, y sean sólo perceptibles para atormentados y solitarios en un mundo secreto, entre las sombras.

 

Hugo Roca Joglar
Autor de la columna sobre música clásica “Vibraciones”, que se publica en el suplemento cultural Laberinto de Milenio. Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría “Crónica”.

 

2 comentarios en “Chopin entre las sombras

  1. Que articulo tan interesante: no es mi interes el morbo o lo secreto de la sexualidad, pero es importante reconocer la inclinacion amorosa del Maravilloso Chopin hacia el sexo masculino, donde sin lugar a dudas estubo enamorado de su querido Tytus, como se apunta en este documento online.
    ¿Existe la Homofobia cultural? ¿Si es el caso que Chopin fuera homosexual o bisexual, podrá Polonia y la humanidad aceptarlo sin sentir que por ello se degradó el genio de uno de los orgullos polacos mas grandes de la historia? Lastima que todos los documentos y recuerdos que Tytus Woyciechowski seguramente guardó de Chopin en la mansion familiar Poturzyn se destruyeron en guerras e incendios. Una perdida terrible.

  2. Me ha encantado saber esta adolescencia del querido Chopin. Pero lo que más me gustó fue tu descripción de cómo la mano derecha se mueve y marca las extravagancias mientras la izquierda es racional y firme. Graciaa