En los ojos de Medusa una gota, un mar infinito de agua envuelta en lamento, bosque de negra hojarasca que alza su súplica en el siseo que entroniza su cabeza como canto de oscura sabiduría, sean su murmullo y su belleza impronunciables.

Medusa se contempla en el otro y va sembrando su deseo antiguo en el poro de cada grano soltado en gravilla, porque en ella no hay orden ni simetría sino pureza de estallido, relampagueo inverosímil de quien arrobado por lo imposible es arrancado del tiempo y abrazado por lo inmemorial.

Quedan piedras lisas de limo en señal de su paso, piedras que habrán de ser cercadas por el mar, y que crecerán alrededor de lo virginal traicionado, a manera de muralla que esconde entre sus pliegues la zozobra, la mácula, el desgarro proveniente del padre, la ausencia de madre. Medusa es el extremo de la orfandad, toda ella es un hueco abisal que ha quedado en custodia de lo que no tiene cabida en el lenguaje ni alcanza el límite del susurro.

Rodeada de lo más profundo y en la penumbra, el gesto sublime es su mudez manifiesta en la locuacidad circundante que brota de su cabeza, y tan contraria a la contemplación extática a la que quedará sujeta, sin más, en el bajo relieve del escudo de Palas Atenea; extraña donación la suya, porque de cierto sabía de Teseo y conocía de antemano su destino, ¿no huyó de la espada por tener por más verdadera una vida en la luz?, ¿permitió el tajo y ser desenclavada de su reino para sostener el nacimiento de la mesura fundacional en su expresión prístina?, ¿la polifonía de su siseo quedaría a la sombra para dar lugar a la alta proclama de la ciudad-estado?

Sin duda, su nombre ha quedado atado al surgimiento de la polis, implicando la necesidad de que toda convivencia en comunidad se posibilite a través de la ley, de lo justo y la justicia; paradójicamente tal señal acusa el rastro incomprensible de la raíz de la cual brota; sesgo imborrable que determina aquello existente entre las letras que prodigan la norma, ese espacio que lleva a la invención de la tarea exquisita del copista y del comentario al margen de la escritura.

Devuelta ha sido la cabeza a la cisterna de Yerabatan Sarayi, el palacio sumergido. Olvidada su hermosura terrible incluso en el lienzo de Caravaggio. No hay registro de su corporalidad y ha quedado confinada su desolación a la neblina de los océanos. Tristes son los días que corren cuando ni dioses ni hombres encuentran lugar en el mundo. Rotas las vasijas no hay “forma” que detenga la marcha de la barbarie. Lo oscuro preserva su condición de opacidad y el enigma contiene su expresión: ley de sangre, ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”.

Quede mientras en la palma de la mano, la gota de todos los mares, esa brotada de su mirada, esa que derrocó el poderío obtuso del falso sofisma, y quemó sus naves, bajo la esperanza de que tras su derrota se resguardaría por siempre el misterio y su razón.

 

Mariana Bernárdez
Poeta y ensayista. Sus libros más recientes son En el pozo de mis ojos y Dolores Castro: Crecer entre ruinas.
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