En el orden de la creación —como refiere Agustí Bartra en el prólogo a La dama oval— para Leonora Carrington primero fueron los animales. Entabló largas conversaciones con la fauna, acaso interminables que a través de la literatura y el lenguaje plástico incorporó a su entorno. Supo extraer de México el sincretismo de las leyendas indígenas y dotarlo de enigmas, trazos firmes impregnados de naguales y embrujos, seres alados, figuras estilizadas; fauna múltiple fue convocada en una metáfora proveniente de universos fantásticos y, al mismo tiempo, inquietantes. Tenía la costumbre de nutrirse de La diosa blanca, de Robert Graves.

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Fotografía cortesía Milenio.

Su abuela materna, Mary Monica Moorhead y su nana la introdujeron a las antiguas leyendas celtas e irlandesas, a los relatos en donde los animales adquieren una dimensión distinta de la que poseen.

Como a Delacroix, a Leonora Carrington le gustaba visitar zoológicos. El caballo fue el primer animal que entró en su arca, luego siguieron la hiena, los pájaros, los jabalíes (“las monjas se esconden dentro de sus hábitos negros y parecen los lomos de un jabalí”), más tarde llegaron los murciélagos, los faisanes, los perros, los gatos, los peces, las serpientes, los venados, los toros, las mariposas, los leones, los lémures, las iguanas, los jaguares, los búhos, los delfines, las mangostas, los pericos, las arañas, las gacelas, los elefantes, los tejones, los monos, los caballitos de mar, las langostas e insectos de caparazón crujiente. El único animal al que decidió excluir, por un tiempo, fue el cocodrilo; no obstante, luego se reconcilió con él y lo evocó en algunas de sus esculturas en bronce.

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Cómo hace el pequeño cocodrilo, Leonora Carrington.
Bajo licencia de Creative Commons.

Una sonrisa traviesa escapaba de sus labios cuando decía que de niña había sido un pony, de adolescente una potranca y en su madurez se sentía una yegua. Así se definía y así se lo contó a Elena Poniatowska. Su atracción por los caballos nobles y rebeldes, grandes y pequeños, de madera y fina estampa, provenía de sus primeros años. Tártaro fue el primero en su vida, un caballito de madera en donde se columpiaba varias veces al día. Aquí no había letreros que indicaran: “Cómeme” o “Bébeme”; aunque sí hubo uno que sólo ella distinguía: “Cabálgame”. Si Alicia de Lewis Carroll perseguía a un conejo blanco que la condujo hacia lugares insospechados, Leonora siguió a un corcel blanco que la guió a territorios idílicos, asombrosos.

De aquella presentación de La dama oval, Bartra relaciona los cuentos de Carrington con la literatura infantil. La siente más cercana a Andersen que a Lautréamont: “De un Andersen que hubiese heredado de la Alicia de Lewis Carroll, del aguijón de Swift y del Blake de Los cantos de inocencia”.

Del alazán de madera pasó al pony Shetland que se llamaba Black Bess. La niña creció, quería galopar y su potrillo no podía correr más de lo que ella anhelaba. Winkie, una yegua, vino a solucionar el problema. La pequeña trotó, se cayó, se levantó, de nuevo se cayó y su empeño no concluyó. Para ella montar a caballo era sinónimo de una emancipación, de un respiro en el asfixiante mundo de los adultos. Con la sabiduría de una alquimista, entrelazando elementos, fantasmas y alebrijes provenientes de la estética surrealista, construyó poesía visual.

Los griegos y los romanos denominaron centauro a la unión perfecta entre jinete y caballo. Si hubiera un símil femenino —que no existe porque el término amazona implica otra connotación histórica— así podría definirse la relación de la artista plástica con los caballos. Tanto en la escritura como en la pintura, Carrington dejó claro que le apasionaba la libertad de un equino que corre y exhibe su crin alborotada. En 1939 publicó La dame ovale (Paris, GLM), libro de cinco relatos en donde exhibe su interés por explorar elementos de corte fantástico y, de paso, elabora una ácida crítica sobre la costumbre de presentar a una joven en sociedad. Ella aborrecía la sonrisa de la sociedad inglesa —lejana a la del gato de Cheshire—, las buenas costumbres, el lacerante conservadurismo y el que cavilaran que su futuro era hallar un magnífico marido para que lograra sentar cabeza en una familia acomodada como la suya. En el cuento que da nombre al libro, Lucrecia, la joven protagonista, se convierte en un caballo; ella posee un preciado juguete, un caballo de madera llamado Tártaro. Tras los regaños de una institutriz francesa, su padre amenaza con quemar la figura del brioso corcel si la chica no deja de transformarse en un ser hípico. A La dama oval la invade un sentimiento de desasosiego, pues sabe que ante la dominación de su padre nada puede hacer, acaso sólo dejar de alimentarse para no tener que continuar con una vida miserable y soportar órdenes.

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Mediante la escritura, Leonora Carrington se venga de Harold Wilde Carrington, su padre, con quien siempre tuvo una mala relación. El instante se vuelve fugaz, inundado de tristeza y melancolía en la madeja de recuerdos de la niñez; la escena es cruel, sus lágrimas y desesperación no evitaron que Tártaro fuera consumido por el fuego.

En reiteradas ocasiones, André Breton le hizo la siguiente recomendación: “Leonora, no vayas a dejar de escribir ni de pintar”. Después de que La dama oval llegó a la ficción, tres años más tarde quedó plasmada en un lienzo. Carrington pintó Té verde (La dama oval, 1942), en donde se pueden observar los detalles que privilegiarán su propuesta gráfica. Muestra un breve panorama de lo que se oculta bajo la tierra y de lo que hay en la superficie —en ese caso el pasto— con sus enredados recovecos, surcos y el detalle de las sombras de cada una de las figuras. La dama oval está de pie, con los ojos cerrados, amortajada, con una tela en blanco y negro que recuerda la piel de una vaca; quizá es la rumiante que nutrirá con leche a varias generaciones. Cerca de la representación femenina aparecen un par de animales: un caballo en tonalidades gris y una perra de color café. La cola de ambos se fusiona con el tronco de dos árboles, permanecen atados a la madera como si ellos mismos se pusieran sus propios límites. Cuatro cabezas de venados están colocadas en una charola y ésta última se encuentra sobre una especie de taburete de color púrpura que ostenta un par de patas de venados y un pico o lanza que se escapa, de manera violenta, de uno de los costados. El sol resplandece en este paisaje bucólico, intenso, conmovedor y onírico.

Algunos críticos han comparado este cuadro con lo que Carrington experimentó en Santander. Después de que su compañero, Max Ernst, fuera arrestado por ser ciudadano alemán y residir en Francia, Leonora sufrió un colapso nervioso y fue recluida en un hospital psiquiátrico. Su padre en ese entonces era el socio mayoritario de la Imperial Chemical Industries, y recurrió a todo lo que estuvo a su alcance con tal de saber el paradero de su hija: la espió, autorizó su internamiento y traslado a otro nosocomio de la misma especialidad en Sudáfrica. De este último sitio escapó con el ímpetu de un equino desbocado, pudo llegar a la embajada mexicana en Lisboa, en donde Renato Leduc contrajo matrimonio con ella para liberarla del autoritarismo de su padre a quien le tenía más miedo y odio que a los nazis.

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Quería ser pájaro, Leonora Carrington.
Bajo licencia de Creative Commons.

En México la vida de la pintora adquirió un nuevo rostro. Continuó siendo la única mujer surrealista, se hizo amiga de Remedios Vario, con ella mantuvo una fructífera amistad. En nuestro país comenzó a pintar con temple al huevo, reviviendo una técnica medieval que produce colores intensos y acabados brillantes; con ayuda de pequeños pinceles aplicaba delgadas capas de pintura que parecían resplandecer desde su interior en una gama de tonalidades ocres, verde limón y rojo rubí. Aquí conoció a Chiki Weisz, el padre de sus hijos: Gabriel y Pablo, a ellos les contaba cuentos fantásticos antes de irse a dormir. Algunas de esas narraciones se encuentran recopiladas en Leche del sueño (Fondo de Cultura Económica. México, 2013), apuntes y escritos gráficos.

Heredó de su abuela el gusto por relatar historias, precisamente ella fue quien le narró a Leonora el cuento de la hiena, animal que también aparece con frecuencia en lo que pinta y escribe. “Noé impidió que la hiena subiera a su arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Pero después del diluvio universal se cruzaron el lobo y la pantera, y la hiena volvió a nacer. A Leonora le obsesiona la hiena. Algunos de los relatos del medioevo dicen que la hiena tiene dos piedras en los ojos, y si alguien la mata, le saca las piedras, se las pone debajo de la lengua y puede predecir el futuro”, refiere Elena Poniatowska en su biografía novelada, Leonora (Seix Barral. México, 2011).

La curiosa cualidad de los animales para predecir el futuro ha quedado asentada en algunos términos. La ornitomancia es el arte de adivinar por medio del canto de los pájaros, alectomancia se le domina a las predicciones generadas por el canto del gallo y la eluromancia —practicada por los chinos— es el arte de adivinación cuando se observa con detenimiento los ojos de los gatos. Leonora Carrington frecuentaba estas artes proféticas, la que más gozo le provocaba era la de formular premoniciones a través de los ojos de los caballos.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

 

Un comentario en “Leonora Carrington (1917-2011).
Los ojos de los caballos

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