El lunes 23 de enero de 1989 un grupo armado asaltó el cuartel del Tercer Regimiento del ejército, en La Tablada, en Buenos Aires. Esa madrugada, individuos con la cara pintada habían recorrido las calles de la ciudad lanzando volantes firmados por un “Nuevo Ejército Argentino”, vitoreando al teniente coronel Aldo Rico —en prisión después de dos asonadas golpistas los años anteriores. Eran los últimos, turbulentos meses del gobierno de Raúl Alfonsín.

Horas después corrió el rumor de que los asaltantes no eran militares carapintadas, sino un grupo de militantes del Movimiento Todo por la Patria, algunos de ellos antiguos miembros del PRT-ERP. Resultaba bastante extraño, porque un asalto así no parecía tener ningún sentido.

Según el jefe de la policía, el comisario Juan Ángel Pirker, para reducir a los asaltantes habrían bastado unas latas de gases lacrimógenos. Pero el ejército se empleó a conciencia, durante toda la noche. Los guerrilleros se rindieron por la mañana del martes, y varios de ellos fueron fusilados allí mismo; en total, hubo entre ellos 29 muertos y 13 detenidos (entre soldados y policías, 11 muertos y 38 heridos).

En los días siguientes comenzó a circular la explicación que daban los asaltantes, la que repetirían en su defensa en el juicio, y en sus memorias mucho después. Había sido una iniciativa del MTP para frenar el golpe de Estado que iba a producirse ese mismo día. Se dijo entonces que un grupo de militares, con la complicidad del peronista Carlos Saúl Menem, y del coronel Mohamed Alí Seineldín, preparaba una “noche de San Bartolomé”, para aniquilar a los más señalados dirigentes populares. Los militantes del MTP habían decidido adelantarse, tomar la iniciativa para detener el golpe, denunciarlo, y provocar una movilización popular que exigiera a la clase política mayor firmeza contra los generales golpistas.

La versión resultaba más o menos verosímil. No era fácil imaginar qué hubieran podido hacer tres docenas de guerrilleros improvisados para detener un cuerpo de ejército. Pero había habido otros intentos de golpe en 1987 y 1988. La semana anterior, el 17 de enero, en un artículo publicado en Página 12, Quito Burgos, del MTP, había dado detalles de la masacre que se preparaba.

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Ilustración: Estelí Meza

También se dijo entonces que podría haberse tratado de una operación de inteligencia, para provocar a los dirigentes del MTP con información falsa. O sea, que podía haber sido una historia de heroísmo fallido. O una complicada derivación de la vida en los sótanos del Estado.

La verdad es que nunca hubo ese intento de golpe militar en enero de 1989. Ni los guerrilleros tenían la intención de salvar la democracia. Los carapintadas que distribuyeron los volantes la madrugada del lunes eran parte del mismo grupo que asaltó el cuartel unas horas después. El propósito de los dirigentes del MTP era agitar el sentimiento antigolpista de la población, poner de ejemplo la toma del cuartel, e inspirar mediante ese gesto una insurrección popular que hiciese posible la conquista del poder.

El Movimiento Todos por la Patria se había formado en 1986, en Managua, a partir de una disidencia militarista del PRT-ERP, encabezada por Enrique Gorriarán Merlo. Gorriarán estaba en Nicaragua desde 1976: había peleado con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, había colaborado en la creación del Departamento de Seguridad del Estado del gobierno revolucionario, y estuvo en el comando que asesinó a Anastasio Somoza en Paraguay, en 1980. Ajenos a la vida cotidiana de Argentina, sumergidos, dice Claudia Hilb, en el microclima de la militancia revolucionaria, y nostálgicos y exasperados por el recuerdo cercano de la revolución triunfante, los dirigentes del MTP imaginaron una salida insurreccional para Argentina —como la que había triunfado en Nicaragua.

El artículo de Quito Burgos era para ayudar a crear el ambiente que hacía falta, y dar credibilidad al anuncio de la asonada, días después. La idea era escenificar el intento de golpe militar mediante los panfletos y la exhibición de carapintadas, para justificar el asalto al cuartel por parte de la guerrilla, es decir, para dar pie a la escenificación de un acto de resistencia, en que un grupo de civiles se atrevía con los militares, y los derrotaba. Se suponía que eso serviría de inspiración para desatar un movimiento insurreccional en Buenos Aires. Y que los jóvenes patriotas llegarían al centro de la ciudad paseando sobre los tanques, victoriosos. No funcionó.

Es un epílogo perturbador, y bastante siniestro, para la violenta historia de los años setenta: una guerrilla que fabrica la realidad que necesita, que simula un levantamiento militar para poder simular que lo derrota, y ofrecer al público la victoria que no fue —y en alas de un arrebato de entusiasmo popular, tomar el poder. Por lo visto se escogió La Tablada porque era el único cuartel cerca de la capital en que había tanques. La imagen del paseo sobre los tanques era irresistible.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.