La sociedad norteamericana ha tenido pocos observadores tan agudos como el  aristócrata francés Alexis de Tocqueville, que visitó Estados Unidos al comienzo de la tercera década del siglo XIX. Ese viaje produjo una notable obra sociológica que impulsó a la fama a su autor: La democracia en América. El acertijo que intrigaba a Tocqueville era: ¿por qué el gobierno representativo en ese país, a diferencia de Francia o las nuevas repúblicas hispanoamericanas, sobrevivía y florecía? Estaban entonces en boga variopintas explicaciones: desde las geográficas hasta las raciales. Ninguna convencía al joven funcionario que tenía menos de 30 años. Las instituciones políticas de nuestros vecinos le parecieron notables, pero ahí tampoco encontró la clave de su excepcionalismo. La razón estaba en otro lugar: en las costumbres de  individuos que se asemejaban mucho entre sí. La igualdad, descubrió, había prohijado singulares hábitos que hacían posible —pero que también amenazaban— a la democracia en Estados Unidos. El momento político que vivía ese país cuando lo conoció Tocqueville es significativo. Estaba en la presidencia un populista, Andrew Jackson, con quien Donald Trump se ha identificado explícitamente. Tan era claro para él que las instituciones no eran las responsables del éxito norteamericano que utilizó el caso de México para ilustrar su punto: “La constitución de Estados Unidos se parece a esas bellas creaciones de la industria humana que colman de gloria y de bienes a aquellos que las inventan; pero permanecen estériles en otras manos. Esto es lo que México ha dejado ver en nuestros días. Los habitantes de México, queriendo establecer el sistema federativo, tomaron por modelo y copiaron casi íntegramente la constitución de los angloamericanos, sus vecinos. Pero al trasladar la letra de la ley, no pudieron trasponer al mismo tiempo el espíritu que la vivifica. Se vio cómo se estorbaban sin cesar entre los engranajes de su doble gobierno. La soberanía de los Estados y la de la Unión, al salir del círculo que la constitución había trazado, se invadieron cada día mutuamente. Actualmente, todavía, México se ve arrastrado sin cesar de la anarquía al despotismo militar y del despotismo militar a la anarquía”.

Si Tocqueville tenía razón y eran las costumbres las que mantenían a la república, entonces era muy difícil saber realmente qué tan buena era la constitución de ese país. ¿Qué pasaría si el “espíritu que vivificaba” a la constitución norteamericana se extinguía o se transformaba radicalmente? Dejaría de ser, finalmente, una nación excepcional para asemejarse a las demás. ¿A las latinoamericanas? Eso es lo que ha ocurrido en Estados Unidos. La presidencia de Donald Trump es la constatación de que la infraestructura espiritual de ese país parecería haberse normalizado. Nada obliga a los actores políticos a acatar las declaraciones de inconstitucionalidad de la Suprema Corte. No hay ley que impida a un presidente burlarse o cuestionar la autoridad de un juez federal. Esas cosas no las hacían los mandatarios porque su conducta —y la de sus conciudadanos— era regida por ciertos hábitos o costumbres, críticos, vitales, para el sostenimiento de la república y que ahora simplemente han desparecido, por lo menos en una buena parte de la sociedad de ese país. Es muy pronto para saber las consecuencias de ello (Trump ha acatado las órdenes de los tribunales, por el momento), pero el riesgo no es hipotético.

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Ilustración: Belén García Monroy

Conviene reparar en dos observaciones de Tocqueville para entrever el futuro de la democracia en Estados Unidos. La primera es que en una democracia el único freno real a las pulsiones populares, como las que encarna Trump, es la judicatura. Son los abogados quienes constituyen una especie de aristocracia. “Por nacimiento e intereses”, escribió, “el abogado pertenece al pueblo, pero en sus hábitos y gustos es un aristócrata y es así que constituye el vínculo natural entre la aristocracia y el pueblo”. El único contrapeso real al poder del demagogo serán las instituciones pobladas por estos aristócratas que sienten una repulsa natural al populismo, ya sean demócratas, republicanos o independientes. El único freno que en los primeros 100 días ha encontrado Trump han sido los tribunales.

La otra observación es la admonición de que las sociedades igualitarias son proclives a un despotismo de profundos alcances. Una sociedad ensimismada, donde muchos no se preocupan de las cosas en común (en la elección de 2016 más de 40% del electorado no votó), donde los individuos son débiles, es el caldo de cultivo para la tiranía. Las democracias, en el sentido social del término, tienen un instinto natural a despreciar los derechos individuales. Ello es evidente en la actualidad. El argumento de sacrificar los derechos de algunos para lograr metas colectivas (hacer “grande” de nuevo al país, la seguridad, el pleno empleo, etcétera) es muy poderoso y la sociedad norteamericana tiene una debilidad de origen frente a esos reclamos.

La otra salvaguarda de una sociedad libre es la prensa. Y tal como lo previó Tocqueville, el protoautócrata se ha encontrado con ella de frente, al grado de declararla su enemiga. Tocqueville creía que la democracia proporcionaba sus propios antídotos al despotismo, en la forma de hábitos de libertad: una prensa libre, libertad de asociación, tribunales independientes, etcétera. Sin embargo, parecería que por primera vez en su historia ese país enfrenta el peligro real de convertirse en un despotismo como el que avizoró Tocqueville. Veremos cómo esa nación no excepcional lidia con la amenaza.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “La autocracia en América

  1. A mí esposo, quien es estadounidense y a mí nos gustó su artículo. Para él es bastante difícil ver como su país a quedado en manos con ideales tan retrógados.

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