En un artículo académico del año 2008 Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff citaron atinadamente las primeras líneas de Anna Karenina, novela de Leon Tolstói, para describir a diversas “familias” de crisis económicas, pues cada crisis es infeliz a su manera. En ese sentido, pareciera poco prometedor buscar en las experiencias del pasado lecciones útiles sobre nuestra precaria actualidad económica. El problema es que tampoco tenemos otras fuentes de donde echar mano: la historia de las crisis pasadas puede no ser del todo útil, pero tampoco debería hacernos daño siempre y cuando tomemos esas lecciones a sabiendas de que toda crisis del futuro será diferente a las del pasado.

Para empezar, las múltiples crisis económicas que México ha enfrentado en las últimas décadas hacen difícil no abrigar cierto sentimiento de déjà vu. El deterioro súbito de los principales indicadores económicos no sólo es una película que ya vimos sino que ya sabemos que no nos va a gustar. En este país, por buenas razones, nos acostumbramos además a la idea de que cada periodo presidencial desencadenaría eventualmente una crisis económica, de tal forma que, a partir del año 2000, optamos por dedicar enormes recursos públicos a “blindar” a la economía mexicana para evitar cualquier especulativo que pudiera tratar de aprovechar lo que estábamos ya transformando en una profecía autocumplida. Por tanto, ante el mediocre desempeño de la economía mexicana en los últimos años es explicable que el inminente fin de sexenio nos haga encender por lo menos los focos amarillos. La pregunta es si la precaria situación económica actual nos anuncia otra crisis comparable a las anteriores y si, en ese caso, las experiencias anteriores nos arrojan lecciones útiles.

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Ilustración: Víctor Solís

Las trayectorias de expansión y contracción

Lo primero que encontramos al comparar las crisis anteriores son trayectorias ligeramente diferentes antes del colapso, pero sobre todo trayectorias de recuperación radicalmente diferentes. En la gráfica 1 se muestran estas trayectorias. El momento en que el PIB per cápita alcanzó su nivel máximo anterior a cada una de estas recesiones se utilizó como año base para crear tres índices, uno para la crisis de 1982, otro para 1994 y el último para 2008. De esta forma podemos comparar las trayectorias del PIB per cápita antes y después del desplome. Lo que encontramos primero es una obviedad, antes de la crisis en los tres casos la economía viene de periodos de expansión. Lo interesante es que pareciera haber un orden en la velocidad de esas expansiones. La expansión anterior a la crisis de 1981-1982 es la más acelerada de las tres. Los datos del FMI sólo me permiten observar un dato anterior al inicio de la contracción en 1981, pero es bien sabido que los años anteriores también son de una muy acelerada expansión económica. Los dos años anteriores a la crisis de 1994 también son de expansión, pero menos acelerada que a finales de los años setenta. Finalmente, la crisis de 2008 parece antecedida de dos años de menor crecimiento. De hecho, entre 2007 y 2008 la economía mexicana parece prácticamente estancada en términos de PIB per cápita. Por lo que la trayectoria actual del PIB per cápita parece que poco podría decirnos sobre una inminente crisis, pues en el pasado hemos tenido crisis después de expansiones aceleradas, mediocres y también después de años de estancamiento.

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En cualquier caso, lo anterior es un asunto menor. Lo interesante en términos de entender el hecho de que no todas las crisis son iguales son las trayectorias posteriores a la contracción. En 1981-1982 tuvimos una contracción más profunda y más larga. Mientras en 1994 y 2008 la economía ya estaba en proceso de recuperación dos años después del colapso, en la crisis de 1982 no observamos recuperación considerable durante los siguientes ocho años. De hecho, de acuerdo con los datos del FMI, el PIB per cápita de México no recuperó su nivel de 1981 sino hasta 1998. Mientras tanto, en 1994 y 2008 se recuperó el nivel de PIB per cápita anterior a la crisis sólo tres años después.

Los “fundamentales”

Por supuesto, las diferencias entre las crisis van más allá de las trayectorias de contracción y expansión. Si bien en los orígenes de estas crisis podríamos encontrar algunas similitudes, las diferencias resaltan con suma facilidad. Cabe decir que aunque todas las crisis son producto de una combinación de factores, en cada una de éstas fueron diferentes tipos de desequilibrios los que precipitaron la contracción económica.

La crisis de 1981-1982 es conocida como la crisis de la deuda, por buenas razones. Fue antecedida por años de acelerada expansión basada en un gasto público expansivo financiado fundamentalmente con deuda pública. Entre 1970 y 1982 el gasto público pasó de representar 22.4% del PIB a representar 44.5% del PIB. Mientras que los ingresos pasaron de 18.2% a 28.9% del PIB.1 Esto por supuesto significó un aumento no sólo en el stock de deuda, sino en los pagos por el servicio de la misma. En 1971 el país pagaba por el servicio de su deuda 1.6% del PIB. Para 1982 el país tenía que pagar casi 10 puntos porcentuales del PIB solamente para cubrir los intereses de la deuda contraída. El colapso sobrevino justamente cuando las tasas de interés con las que teníamos contratada esa deuda empezaron a subir y los ingresos petroleros se colapsaron. El desequilibrio fiscal fue, sin duda, el talón de Aquiles de nuestra abundancia setentera.

El hecho de que el desequilibrio fiscal podría desencadenar una brutal crisis económica incluso en tiempos de aparente abundancia es tal vez la lección mejor aprendida por los economistas mexicanos. Tan es así que en las siguientes dos crisis probablemente lo único que estaba bien eran las finanzas públicas. En la gráfica 2 podemos ver el balance primario, es decir, ingresos menos egresos públicos sin contar gastos financieros, desde 1990. Bajo este criterio, observamos que en las crisis de 1994 y 2008 las finanzas públicas parecían ordenadas. Si bien en los años anteriores a 1994 el superávit fiscal se iba deteriorando, queda claro que el origen de la crisis no fue un desequilibrio fiscal. De hecho, como expliqué anteriormente (nexos, enero de 2014), una de las razones de la crisis de 1994 fue la confianza entre buena parte de los encargados de la política económica de que otros desequilibrios, particularmente el comercial, no eran razón para preocuparse dado el equilibrio en las finanzas públicas. En el caso de la crisis de 2008 la cronología es el argumento. Después de varios años de estabilidad en las finanzas públicas el desequilibrio parece haber sido consecuencia de la crisis y no su causa.

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Si en lugar del balance primario utilizamos el balance total, incluyendo costos financieros, el argumento cambia sólo marginalmente. Antes de 1994 hay superávit primario pero también una reducción importante del costo de la deuda, de acuerdo con datos del FMI, si bien el superávit primario se iba deteriorando, el balance general alcanzó un superavit por última vez en la historia reciente de México. En 1995 el costo financiero se dispara, los superávit primarios posteriores a esa crisis permitieron ir reduciendo la carga del costo financiero hasta que la crisis de 2008 eleva el déficit primario y por tanto también el general a niveles parecidos a los de 1995. De 2008 en adelante la recuperación ha sido marginal y con retrocesos claros como en 2014-2015.

De tal forma que el estado de las finanzas públicas claramente tuvo un rol diferente en cada una de estas crisis. Y si bien la crisis de 1982 arrojó con toda claridad la importancia de prestar atención a los desajustes fiscales. Las otras dos crisis tendrían que habernos enseñado que las recesiones pueden venir incluso cuando las finanzas públicas estén ordenadas.

En este sentido, la crisis de 1994 tendría que resultar aleccionadora. En un contexto de sistemática reducción de la inflación, superávit fiscal y de, si bien precaria, recuperación del crecimiento, la economía mexicana se colapsó nuevamente. Para empezar a explicar esta crisis hay que fijarnos primero en la relación entre lo que exportamos y lo que importamos, ya sean bienes o servicios. La gráfica tres muestra la dinámica de la cuenta corriente como porcentaje del PIB desde 1980 y hasta 2016.

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Tanto la crisis de 1982 como la de 1994 fueron claramente antecedidas por un rápido deterioro en cuenta corriente. Sin embargo, el rol de este desequilibrio externo en cada crisis fue considerablemente diferente. Mientras que en 1982 el déficit fiscal alimentó el desequilibrio externo, en 1994 este desequilibrio fue consecuencia de una sobrevaluación de la moneda que disparó el consumo de bienes de consumo importados. La lección entonces fue que utilizar una política de cambio programable como herramienta para lograr objetivos de baja inflación también podía arrastrarnos a un desajuste externo que terminara por minar nuestra trayectoria de crecimiento. Así como la crisis de 1982 nos obligó a mantener finanzas públicas relativamente sanas, la crisis de 1994 significó un cambio radical en materia de política monetaria. A partir de entonces lo que nos asegura que el déficit en cuenta corriente no alcance niveles peligrosos como en 1994 es que la cotización del dólar flota libremente de acuerdo con la oferta y la demanda. Así cada que se empieza a abrir una brecha entre lo que importamos y lo que exportamos la demanda de dólares aumenta y con ella la cotización del mismo, creando un mecanismo de regulación de nuestro mercado exterior. Sin duda el mercado cambiario sigue teniendo distorsiones relacionadas con la especulación y la confianza de ahorradores e inversionistas, pero al menos no estamos alimentando ese déficit en cuenta corriente con las reservas internacionales con que cuenta el país, como hicimos en 1994. El resultado en materia de política cambiaria fue, como podemos ver en la gráfica, que si bien hay periodos posteriores a 1994 en que el déficit en cuenta corriente crece, esta brecha no se ha acercado nuevamente a los niveles de 1994 o 1982.

Esta lección tampoco nos ahorró problemas futuros. A diferencia de 1982 y 1994, la última recesión que hemos vivido en México no fue hecha en casa. No fue provocada ni por un desequilibrio en nuestras finanzas públicas, ni por un deterioro de nuestra cuenta corriente. Esta fue una crisis contagiada desde Estados Unidos. Si bien el espacio para la discusión es más amplio en este caso, podemos argumentar nuevamente que la forma como se solucionaron las crisis anteriores abonó al impacto que esta nueva crisis tuvo sobre la economía mexicana. De acuerdo con los datos del FMI que se presentan en la tabla 1, con excepción de Argentina, México fue el país latinoamericano que más sufrió la crisis de 2008. Resulta difícil pensar que el largo proceso de integración económica con Estados Unidos no explica al menos parcialmente el nivel de contagio.

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Pareciera, hasta cierto punto, que en cada uno de estos episodios había pocas lecciones que extraer que fueran de utilidad para las siguientes crisis. Peor aún, pareciera que algunas de las lecciones que de hecho se aprendieron de los primeros episodios resultaron contraproducentes al momento de enfrentar otra crisis económica. Todas fueron infelices, pero cada una a su manera.

Una crisis o varias crisis

Estas crisis recurrentes pueden también ser vistas simplemente como expresiones diferentes de un mismo problema. A fin de cuentas, hay al menos dos aspectos en los que la actual precariedad económica de México debe verse como consecuencia no de la última recesión sino de 35 años de un mediocre desempeño económico. En 1934 Lionel Robbins fue probablemente el primer autor en sugerir que la Gran Guerra y la Gran Depresión no eran crisis separadas sino parte de un mismo reajuste económico, político y social. Así como este autor sostenía en 1933 que aquella crisis llevaba 19 años y no cuatro, tal vez valdría la pena pensar en los 35 años de una crisis que no ha terminado y no en cuándo vendrá la otra. Si la separación entre las crisis descritas y los periodos de recuperación entre las mismas no hacen de estos episodios eventos aislados, entonces tal vez la única forma de entenderlos sea pensándolos como una secuencia histórica.

Dos elementos abonan a esta idea de ver las crisis no como eventos aislados sino como parte de un mismo proceso de largo plazo. En la gráfica 4 se presenta la trayectoria de largo plazo del PIB per cápita mexicano en escala logarítmica, de tal forma que las variaciones en el tiempo puedan compararse con mayor facilidad. Lo que muestra la gráfica es que, precisamente, la crisis de 1982 inauguró un nuevo periodo en la historia económica de México. En este nuevo periodo las crisis no son más frecuentes que antes y tampoco necesariamente más profundas. Tal vez más duraderas. Pero el cambio más importante es la tendencia de largo plazo. Entre 1981 y 2010 tenemos tres décadas de una economía incapaz de regresar a la tendencia de largo plazo que parecía tener antes de aquella crisis.

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Este nuevo periodo, además, se caracteriza por tres décadas de pérdida de poder adquisitivo de los salarios en México. Mientras que el salario mínimo ha tenido una ininterrumpida caída en su valor real, el salario medio real ciertamente ha tenido una trayectoria más variada que incluye algunos periodos de recuperación. Sin embargo, en términos reales el salario medio tampoco se ha recuperado. La economista Norma Samaniego calculó hace ya algún tiempo que para 2008 el salario medio real de cotización al IMSS representaba sólo 63.7% de su valor real en 1982.

A fin de cuentas, tal vez la mejor forma de conectar lo que ha pasó en 1982 con 1994 y 2008 es pensar en los desequilibrios que fuimos arrastrando de una crisis a otra. Las certezas con las que nos convencimos y los riesgos que subestimamos. Tal vez resulte más útil no pensar en si la crisis que viene, cuando sea que vaya a venir, se parece a alguna de las pasadas, sino pensar en cuáles han sido los desequilibrios que heredamos de esas crisis o los que creamos en aras de resolverlas. Sin duda, la precarización del salario y su inevitable consecuencia en mayores niveles de desigualdad tendrían que ser parte central de ese diagnóstico. Habría que empezar a considerar la posibilidad de que aprender de las crisis no sea tan útil como lo que podríamos aprender de aquellos periodos en los que la economía sí creció. Para dejar de ser infelices a nuestra manera, habría que estudiar aquellos momentos en los que fuimos felices como los demás.

 

Sergio Silva Castañeda
Economista e historiador.


1 Datos tomados de Enrique Cárdenas (1996).

 

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