I am putting myself to the fullest possible use, which is all I think that any conscious entity can ever hope to do.
—HAL 9000, en 2001: Odisea del espacio.

 

En 1968, en pleno apogeo de la tercera revolución industrial —marcada por el desarrollo electrónico y la producción automatizada— Stanley Kubrick imaginó en su obra maestra 2001: Odisea del espacio, una ficción del futuro basada en “El centinela”, cuento de Arthur C. Clarke publicado en 10 historias de fantasía. La supercomputadora HAL 9000 conversa, ejecuta e incluso amenaza con la inteligencia similar a la razón humana.

Y un par de décadas después, en los albores de la cuarta revolución industrial1 —que ahora conocemos y vivimos por la interacción del mundo virtual con el mundo físico, y la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas— William Gibson acuñó en su afamada novela Neuromante —sí, la misma que inspira a la trilogía cinematográfica de Matrix de las “Hermanas Wachowski”— su más icónico concepto de ficción: el ciberespacio. ¿Ficción?

02-realidad

Ilustración: Patricio Betteo

La fantasía de la inteligencia artificial, o la ficción de una vida cotidiana que transcurre en un espacio virtual, la impresión 3D, los coches sin chofer o la robotización de la manufactura son ahora algunas de las realidades que constituyen el “código fuente” de la economía actual. Este código es el elemento distintivo que separa a una revolución de la otra: en una, la tecnología es una herramienta pasiva que ayuda a la producción; en otra, la tecnología es una extensión de las capacidades humanas para interactuar y crear. El otro dato interesante de esta nueva revolución es que sus sistemas se basan en una transición sobre la revolución digital anterior, construyendo una nueva capa de innovación. Tal como ocurre en las obras de Clarke o Gibson, no es la tecnología en sí misma la que determina el curso de los eventos, sino la relación que los usuarios establecen con ella. La cuarta revolución es tan profunda como las anteriores, pero lo vertiginoso de su avance y lo inédito de su alcance provoca que sólo tengamos una certeza: la historia está aún por escribirse; o en otras palabras, mucho está aún por definirse.

Es innegable, por ejemplo, el impacto que hoy ejercen las redes sociales —pensemos en casos como la “Primavera Árabe”—, apoyadas en el creciente acceso a dispositivos móviles. El Reporte 2015 de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio indica que 95% de la población mundial tiene señal celular, y que la penetración de internet ha pasado de 6% en 2000, a 43% en 2015. Esto significa que al menos tres mil 200 millones de personas tienen acceso a la red global de contenido y aplicaciones.2 Este dato, si bien revela una tendencia impresionante, acusa también el desafío de ampliar el acceso a internet para más de la mitad de la población mundial. La alta interconexión global opera como un arma de doble filo: por un lado, permite la comunicación y transferencia de conocimiento; pero por otro, incrementa la velocidad a la que ocurren las transformaciones, ampliando exponencialmente la brecha de inclusión digital en perjuicio de los grupos sociales más vulnerables.

Una de las transformaciones más significativas, por ejemplo, ocurre en el ámbito laboral. Aunque también inciden otros factores —como los cambios demográficos, la migración o las propias políticas de educación para el trabajo de cada país—, las nuevas tecnologías han cambiado la naturaleza del trabajo actual y se espera que continúen haciéndolo con más notoriedad en las décadas venideras. Un reporte reciente de la OCDE señala que “el cada vez mayor poder computacional, el procesamiento de grandes volúmenes de información (big data), la penetración de internet, la inteligencia artificial, la internet de las cosas y las plataformas en línea, se cuentan entre los desarrollos que están cambiando radicalmente la perspectiva del tipo de trabajos que serán necesarios en el futuro y cómo, dónde y por quién deban ser prestados”, lo cual “genera riesgos de mayor inseguridad laboral [y] creciente desigualdad…”.3

En efecto, aún hay poca evidencia de que la revolución industrial en curso tenga —o tendrá— el efecto de reducir la desigualdad económica, que en el mundo alcanza índices alarmantes: en 2015 tan sólo 62 individuos concentraban la riqueza equivalente a la de las tres mil 600 millones de personas más pobres del mundo; preocupantemente, la cifra de individuos que concentran el resto de la riqueza ha venido disminuyendo, desde 388 en 2010.4

La magnitud del desafío es equivalente a la oportunidad. La economía digital que acompaña a la cuarta revolución industrial ha probado tener gran potencial para generar riqueza,5 satisfacer la demanda de bienes y servicios públicos y privados, así como crear soluciones sofisticadas para problemas complejos a partir de nuevos modelos económicos basados en internet, como la economía colaborativa, big data, redes sociales, servicios en la nube, innovación abierta, redes de conocimiento, entre otros.6 De forma importante, los modelos de economía digital facilitan la inclusión de grupos poblacionales que tradicionalmente tienen bajo acceso al mercado laboral tradicional, como jóvenes, habitantes de áreas rurales o remotas, madres solteras o personas con discapacidad, por ejemplo. Por otra parte, en este claroscuro de los efectos de esta revolución se estima que se perderán cinco millones de empleos, la mayoría con poco valor agregado principalmente afectados por la robotización de tareas, así como se generarán dos millones de nuevos empleos con nuevas habilidades digitales, solución de problemas e innovación disruptiva.

Un interesante artículo de la doctora Gillian Hadfield, miembro del WEF Global Future Council on the Future of Technology, advierte el riesgo de suponer que el progreso económico de esta revolución se producirá independientemente de cualquier acción al respecto. En su opinión, es necesario crear una estrategia de gobernanza que genere las condiciones favorables para su florecimiento.7

Yo coincido. Y pienso que hay dos grandes vertientes de gobernanza. Por un lado, existe un componente político que no puede ignorarse. El mundo virtual genera posturas y opiniones que influyen en la práctica, y que exige transparencia, inclusión, neutralidad, rapidez y rendición de cuentas. La voz de grupos que antes tendría menor volumen que el de otros, ahora tiene la misma reverberación. En ese sentido, las acciones de gobierno abierto son un eje de gobernanza indispensable.

Una segunda vertiente la constituyen las políticas públicas, que deben servir de guía, mas no de restricciones regulatorias, para orientar la dirección de las acciones que favorezcan un ambiente propicio para el aprovechamiento de la economía digital, que tiendan a un crecimiento inclusivo y sostenible.

Sobre esta vertiente, también pienso que algunos temas de política pública son requisitos previos para la construcción de una agenda de inclusión digital; y que si no están resueltos tales requisitos, difícilmente se cumple cualquier otro propósito específico de inclusión digital.

Sin distinguir en orden, estimo como premisas de la agenda de inclusión en el contexto de la cuarta revolución industrial y la consecución de los Objetivos Sostenibles de la Agenda 2030,8 a la educación innovadora, que desarrolle pensamiento crítico y las nuevas destrezas que esta revolución requiere; la provisión de servicios básicos e infraestructura con conectividad de banda ancha accesible y ubicua; la libre concurrencia y competencia económica; el comercio abierto, y en especial el comercio electrónico; un sistema fiscal simple, que promueva efectivamente la creación y el desarrollo de empresas y favorezca las mini-Pymes de poblaciones vulnerables o minorías, todo ello con un Estado de derecho robusto, que ofrezca certeza jurídica, confianza y previsibilidad.

Y específicamente tratándose de aspectos de la agenda de inclusión digital, es desde luego prioritario facilitar el acceso universal a internet; ampliar la disponibilidad y acceso de dispositivos y contenidos locales; acelerar la adopción de la nube; establecer altos estándares de privacidad y seguridad de la información, al tiempo de garantizar el libre flujo transfronterizo de información, y crear una política integral de Estado en materia de ciberseguridad, ciberdelitos y ciberdefensa. Todo ello reforzando la confianza en la internet, y apoyando con incentivos la innovación aplicada y nuevos modelos económicos sustentados en la economía digital, con un espíritu de inclusión de los más vulnerables, haciendo que la innovación y su disrupción derramen sus beneficios sobre todos.

Es necesario acelerar la transformación digital modernizando los entornos regulatorios y de políticas públicas, informados por los derechos humanos y el equilibrio razonable entre los distintos bienes y valores en juego.

México se encuentra en una coyuntura histórica y de avance en su transformación digital, que aunque no ausente de desafíos, le ofrece un oportunidad única de capitalizar los efectos positivos de la cuarta revolución industrial y la consecución de los Objetivos de la Agenda 2030, para lo cual debe trazar una agenda “multistakeholders” con todos los grupos de interés y adaptarse a estos cambios disruptivos e irremediables para evitar la predicción de Darwin sobre nuestra supervivencia.

Es emocionante vivir este periodo histórico en el que prometedoras ficciones tecnológicas se asoman a la realidad. Estoy seguro de que podemos aprovechar su potencial para hacer de este futuro anticipado un mundo menos desigual, con más bienestar para más seres humanos, capitalizando sus beneficios económicos y sociales de manera inclusiva y sostenible. Lo contrario sólo podría ser atribuible a un error humano, diría HAL 9000.

 

Jorge J. Vega Iracelay
Director Senior de Asuntos Jurídicos, de Gobierno y de Filantropía de Microsoft México. Sus opiniones son exclusivamente del autor y no necesariamente reflejan las de Microsoft Corporation.


1 http://bit.ly/2nZkSLW

2 Cfr. http://bit.ly/2nFA2p6

3 Cfr. Automation and Independent Work in a Digital Economy, OCDE, mayo de 2016 en: http://bit.ly/2ntB1YO

4 Cfr. An Economy for the 1%, Oxfam International, enero de 2016, en
http://bit.ly/2nZkSLW

5 Se estima que se generarán 14.2 billones de dólares para la economía mundial en los próximos 15 años.

6 Cfr. The Digital Economy: What is it and How will it transform our
lives, WEF noviembre de 2016, en http://bit.ly/2nalD0j

7 Cfr. The Fourth Revolution is Here: How Should We Govern It?, WEF
noviembre de 2016 http://bit.ly/2notgBY

8 http://bit.ly/2mJLkcN