La primera revolución industrial se produjo en el siglo XVIII, en Inglaterra, la cual tuvo como prioridad la mecanización del trabajo para lograr una producción más rápida y abundante. Fue en este primer cambio histórico de la producción donde la máquina de vapor se convirtió en el motor principal para diversas industrias.

La segunda revolución industrial inició alrededor de 1870, teniendo como base los sectores metalúrgicos y químicos, nuevas materias primas derivadas del petróleo, electricidad y minerales. El punto en común de los avances era alcanzar la automatización de los procesos industriales.

La tercera revolución industrial llega con la búsqueda de nuevas tecnologías, basadas en la electrónica y la computación, también dirigidas a hacer más eficiente la producción de bienes y servicios. A esta etapa pertenecen la energía atómica y las energías renovables como la solar y la eólica, entre otras que hoy conocemos.

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Ilustración: Patricio Betteo

Para algunos observadores ahora nos encontramos en los albores de la cuarta revolución industrial. Pero, ¿a qué nos referimos con ella? Se trata del desarrollo y empleo de tecnologías que trascienden las barreras físicas y que se caracterizan por su convergencia, dándoles mayores alcances en sus aplicaciones. Su uso ha permitido poner en marcha procesos, fábricas y ciudades inteligentes para mejorar la calidad de vida de los usuarios, agilizar prácticamente toda clase de procedimientos e impulsar el crecimiento de una gran cantidad de industrias. Los especialistas afirman que no se trata de desarrollos aislados que se aplican, sino del encuentro de esos desarrollos, donde los nuevos sistemas combinan infraestructura física, software, nanotecnología, sensores, tecnología digital y telecomunicaciones. De acuerdo con Klaus Schwab, autor del libro La cuarta revolución industrial y director ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), la también llamada “Revolución 4.0” no se define por un conjunto de tecnologías emergentes en sí mismas, sino por la transición hacia nuevos sistemas que están construidos sobre la infraestructura de la revolución anterior, con avances en la velocidad, alcance e impacto de los sistemas.

Una de las bases o plataformas tecnológicas más relevante que surge es la internet de las cosas. La llamada “hiperconexión” consiste en que cada dispositivo que exista a nuestro alrededor tenga la capacidad de conectarse a internet y, por tanto, comunicarse con otros objetos o usuarios. Hablamos de la red de miles de millones de dispositivos físicos, como vehículos, edificios y muchos otros conectores computacionales que disponen de electrónica, software, sensores y conectividad a las redes, permitiéndoles recolectar e intercambiar datos. Todo lo anterior implica que la conexión a internet sea cada vez más entre máquinas y éstas, con el uso de millones de datos, den paso a la agilización de procesos que faciliten las decisiones. Tal es el caso de su aplicación en las decisiones de grandes conglomerados urbanos, conocida como ciudades inteligentes. En este nuevo arreglo, el urbanismo, la ingeniería de tránsito y la infraestructura tecnológica podrán interactuar de tal forma que se pueda detectar y enrutar una ambulancia, controlar el tráfico, así como desplegar y operar sistemas más complejos de seguridad, transporte, medición del consumo de energía y, en suma, de redes inteligentes de procesos industriales y de servicios que mejoran su integración a las cadenas de valor, entre otras.

¿Qué pasará con las industrias como las conocemos? ¿Qué impacto tendrán estas tecnologías en la calidad de vida y en la manera en que interactuamos? A principios de 2016 el Foro Económico Mundial proyectó una pérdida de cinco millones de empleos en los próximos cinco años en las 15 economías más grandes. Sin embargo, también se prevé la necesidad de crear dos millones de plazas nuevas que requerirán de personas con nuevas aptitudes y habilidades. Los expertos afirman que los países con más desarrollo serán los que experimentarán los cambios con mayor rapidez, en un sentido positivo, al mejorar la calidad de vida, presumiblemente, y en el negativo, al experimentar pérdida de empleos. A la par, las economías emergentes también estarán expuestas a los cambios que, si se preparan desde ya, será probable que puedan obtener beneficios mayores de los cambios por venir. De acuerdo con General Electric, en la última publicación de su Barómetro Global de Innovación, donde se analizan las opiniones de más de cuatro mil líderes en 23 países, 70% de los empresarios tiene expectativas positivas sobre los cambios que se avecinan. De la misma muestra, 85% de los encuestados cree que las innovaciones de los sistemas ciberfísicos serán beneficiosas y sólo un 17% teme por el impacto negativo en los trabajadores. No debemos limitarnos a escuchar opiniones. Los países se deben preparar con sistemas de educación, ciencia, tecnología, innovación y emprendimiento bien eslabonados y con la mayor calidad y rigor. Esta es una condición necesaria y urgente.

El panorama descrito presupone el libre flujo de conocimientos y tecnologías, sobre todo aquellas apoyadas en internet, y se basa en la ventaja que ofrecen, para todos los sectores interesados, de países industrializados y emergentes, la colaboración y la co-creación. Ante la emergencia de medidas proteccionistas y restrictivas, así como la imposición de barreras en varios países, es posible que experimentemos una desaceleración en las inversiones y de los cambios planteados. Este ambiente debemos aprovecharlo los mexicanos para avanzar y profundizar en los lastres que mantienen a nuestro país rezagado frente al mundo, como son la falta de un Estado de derecho, las desigualdades, así como una baja productividad y competitividad. La cuarta revolución industrial y las tecnologías convergentes y exponenciales ofrecen la oportunidad para que México, de una vez por todas, defina su modelo de desarrollo y se plante en el mundo como un país serio en donde su sociedad respeta la ley y es creativa, próspera, justa, equitativa y sostenible.

 

Sergio M. Alcocer
Presidente de México Exponencial, Centro de Pensamiento Estratégico.

 

2 comentarios en “En los albores de la “hiperconexión”

  1. Me cuesta pensar en la adopción del IoT en un país, México, que aún no puede sumarse a la Tercera Revolución. Seguimos en modelos de trabajo de amiguismos y con pensamientos que impiden la adopción de nuevas formas de trabajo.

  2. El mundo está más que encaminado a estar muy de cerca, los caminos por muy largos que sean ya se han ido acortando. La tecnología a brindado cierta comodidad al humano pero también las relaciones más frías y menos directas; quiero decir que estamos conectados y siendo conectados por una red en donde interactuamos con múltiples personas, no solo con una. Estamos llenando los de información, conocimientos al alcance de todo mundo que posea los medios de tecnologías. Pero lo anterior no significa que estaremos más informados o preparados pues debemos aprender a clasificar los datos que nos llegan de forma masiva.