i. m. José Emilio Pacheco

Del 6 al 10 de noviembre de 1967 se realizó, en las instalaciones del hotel Ávila (el más lujoso de Caracas y de toda Venezuela en aquella época), el IV Simposio de la Fundación Interamericana para las Artes (FIA). Participaron en él 60 intelectuales y artistas de una decena de países de nuestro continente: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Estados Unidos, México, Perú, Uruguay y Venezuela.

Varias reuniones de ese tipo (no sólo las promovidas por la FIA) tuvieron lugar en aquellos años. Disfrazadas de acercamientos culturales entre naciones americanas eran, la mayoría de las veces, actividades de lucha ideológica en el marco de la Guerra Fría que el gobierno estadunidense, a través de la CIA, patrocinaba con prodigalidad.

 A veces los participantes lo ignoraban; a veces tomaban parte a sabiendas y se dejaban usar; había quienes aceptaban con cinismo, o con el ánimo de revertir el sentido que los organizadores querían darle al encuentro.

A Caracas acudieron, por México, Manuel Felguérez, Mathias Goeritz, Ivan Illich y Gustavo Sáinz. Por parte de Estados Unidos asistieron, entre otros, Bruce Jay Friedmann, Lillian Hellman, Oscar Lewis, Harold Rosenberg, Frank Stella, Robert Lowell y su esposa, la novelista Elizabeth Hardwick (miembro del grupo fundador de The New York Review of Books).

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Ilustraciones: Pablo García

Lowell, multipremiado, considerado por la crítica como el mejor poeta vivo de Estados Unidos, se hallaba en la cresta de la fama. Apenas dos semanas antes, el sábado 21 de octubre, había participado, al lado de Noam Chomsky, Norman Mailer, Paul Goodman, Dwight MacDonald y algunos otros autores célebres, en una marcha contra la invasión de Vietnam que llegó hasta el Pentágono. Las fotografías que los muestran a la cabeza de la marcha, formando una cadena brazo con brazo, le dieron la vuelta al mundo (y Mailer se encargaría de registrar la marcha minuciosamente en las páginas de Los ejércitos de la noche). Lowell se había convertido en un héroe contracultural.1

No era la primera vez que asumía una postura contestataria. En 1965 había declinado públicamente la invitación del presidente Lyndon B. Johnson para participar en un Festival de las Artes, en la Casa Blanca. El motivo era el mismo: su rechazo a la guerra contra Vietnam. La izquierda ilustrada de América Latina asumió que se trataba de uno de los suyos. Pero, como en tantos otros aspectos de su vida, en materia política Lowell era una figura compleja y contradictoria. En 1940, después de convertirse al catolicismo, se declaró partidario del dictador español Francisco Franco y luego cultivó un moderado anticomunismo. No obstante, se opuso siempre al militarismo de Estados Unidos (“policías custodiando el planeta”). En 1943 por razones de conciencia —a su juicio, la participación de su país en la guerra había dejado de ser defensiva, y ahora se buscaba aniquilar al enemigo— se rehusó a ser reclutado por el ejército. La carta que redactó el 7 de septiembre de ese año para exponer sus motivos es un documento notable. Su renuencia le valdría un año de prisión, aunque al cabo purgaría sólo seis meses.

El presidente de la FIA, Robert Wool, invitó a Lowell a Venezuela con la intención específica de crearle un contrincante a Pablo Neruda, cuya presencia había causado revuelo en Estados Unidos cuando asistió a la reunión del PEN Club, en Nueva York, en 1966. Sueño guajiro: si bien Life Studies (1959) es un gran libro —clave en la historia de la poesía en lengua inglesa del siglo XX—, era absurdo suponer que su autor podría convertirse en una figura de proyección internacional tan vasta como la de Neruda. (Ni lo creería el propio Lowell, cuyo anticomunismo no le impedía admirar la poesía de Neruda, con quien se había reunido en Nueva York.)

En Caracas Lowell conoció a Ivan Illich, el polifacético sacerdote y pensador de origen austriaco que se encontraba enfrascado en una controversia con los sectores más conservadores del Vaticano por su crítica a la actuación de la Iglesia en América Latina. En abril de 1966 Illich había fundado en Cuernavaca el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) y había comenzado a formular su crítica de la educación y la medicina institucionales. Lowell mostró un gran interés por las ideas de Illich y éste lo invitó a que lo visitara y conociera el trabajo que él y sus investigadores realizaban. Lowell aceptó la invitación y voló de Nueva York a México el 29 de diciembre.

 

Robert Lowell llegó a la Ciudad de México, donde seguramente Ivan Illich o alguno de sus asistentes fue a buscarlo para llevarlo a Cuernavaca. Había planeado pasar 10 días en esa ciudad, alojado en las instalaciones del CIDOC, un inmueble enorme, con grandes jardínes, que originalmente había sido el hotel Chulavista. Su estadía no parece haber tenido un propósito específico, aunque una de las intenciones generales de Illich al recibir extranjeros en su Centro era modificar su percepción respecto de América Latina. Lowell había pensado ir posteriormente a Cuba, para escribir un reportaje, pero el Departamento de Estado norteamericano no autorizó su viaje a la isla.

Lowell llegó a México cansado. Venía de una racha de creatividad febril. Entre junio y diciembre había escrito 74 poemas a los que él se refería como “sonetos”, porque limitaba su composición siempre a 14 versos, aunque en realidad no acataban ninguna de las otras reglas formales del soneto.

El novelista Richard Stern, antiguo discípulo de Lowell en la Universidad de Iowa, recuerda que justo la noche antes de viajar a México el poeta lo recibió en su casa y le estuvo leyendo poemas, entusiasmado porque sentía que estaba escribiendo algo importante —y no se equivocaba: escribía los poemas que formarían parte de Notebook.

La buena racha se debía, en gran medida, a que Lowell llevaba casi un año sin experimentar un ataque maniaco-depresivo. Los médicos le habían hecho tomar litio y al parecer su química cerebral se había estabilizado. Lowell sufrió por primera vez un colapso a los 32 años, y su enfermedad habría de atormentarlo el resto de su vida. Alucinaciones, monomanías, delirios, arrebatos que desfiguraban su personalidad y lo hacían cometer, literalmente, locuras. Y el daño físico aparejado era enorme. Fue hospitalizado una veintena de veces y sometido a todo tipo de terapias. Ninguna le ayudó a superar del todo sus padecimientos, cuya raíz era fisiológica, no psicológica. Intelectualmente Lowell fue siempre muy brillante. Concluyó sus estudios universitarios con los honores más altos y su obra muestra la profudida de sus conocimientos en letras clásicas y en historia. Pero su enfermedad hizo que su vida fuera, para usar un eufemismo, accidentadísima.

Por fortuna, no llegó a vivir un episodio de locura en México (tal vez gracias al litio), pero parece haber estado en el umbral. Como solía hacerlo cuando se encontraba al borde de una crisis, se enredaba en relaciones amorosas que por lo general le producían más daño que bien. Pero se embarcaba en ellas como si un nuevo comienzo amoroso le brindara la esperanza de una cura.2 Buscó refugio en una joven irlandesa que trabajaba como asistente de Illich, Mary Keelan. Tuvieron un amorío apasionado que se convirtió en la sustancia de “México”, un poema publicado primero en Notebook (1969), como una serie de 12 sonetos, y luego en For Lizzie and Harriet (1973), libro en el que Lowell reduce la serie a 10, con abundantes modifcaciones —además de recortar y fundir versos, añade datos, precisa nombres, afina descripciones.

Por lo que puede inferirse de la lectura del poema, que sigue una relativa sucesión cronológica, la relación parece haber comenzado durante una visita a una zona arqueológica —las referencias que Lowell brinda son imprecisas: habla de toltecas (y así lo referendará en una carta a Elizabeth Bishop escrita un par de días después de volver a Estados Unidos), pero antes que a Tula se antojaría lógico que lo hubiesen llevado a conocer Teotihuacán—. No obstante, la referencia que hace a estar sentados al borde de un precipicio (cliff), además de su obvio simbolismo, hace pensar más bien en Xochicalco. En cualquier caso, el sitio en sí mismo no parece haberle causado mayor impresión, si bien lo lleva a meditar sobre el sentido del tiempo en la cosmogonía azteca, y a mirar la manecilla del reloj como un cuchillo sacrificial que reclama sangre humana para alimentar el sol, fuente de vida —y de más tiempo—. En otro fragmento, la medianoche del 31 de diciembre los encuentra bebiendo cerveza en el mercado de Cuernavaca y escuchando a una mujer que canta una canción sobre adulterio y abandono. Lo más probable es que se trate de un apunte ficticio o de una confusión. A esa hora el mercado (quizás el Adolfo López Mateos, que está muy cerca del Zócalo) debe haber estado cerrado, pero tal vez pasaron a su costado camino a la plaza de armas. Al leer “México” por primera vez uno siente que el estado de Morelos aparece sólo como una suerte de telón de fondo. Pero en sucesivas relecturas del poema se advierte que se trata, más bien, de un espacio propiciatorio. En pleno invierno Cuernavaca es el Edén meridional que Lowell y Keelan habitan durante una semana dichosa, paseando por los jardínes Borda y por los alrededores de la ciudad, visitando conventos (probablemente a sugerencia de ella, que ha hecho estudios en medievalismo) como el de Santiago Apóstol en Ocuituco, donde se encuentra la fuente con “seis leones de piedra sentados como ranas” que también e menciona en el poema.

Al cabo de los 10 días Mary Keelan lleva a Lowell al aeropuerto. Al día siguiente le escribe:

Ayer esperé hasta que tu avión despegara… ¿Tuviste un buen vuelo? Espero que hayas dormido, te veías cansado, pero también feliz, y eso me hizo feliz. Pensé en darte la flor azul que llevaba puesta. Pero enseguida pensé que se marchitaría en tu camino a casa, y quería que tuvieras una sensación de plenitud vital, no algo que se marchitara. […] Pasar por tu habitación es un infierno… Estuve leyendo tu libro [Life Studies] hasta después de medianoche. Las monjas me regañaban y me decían que me durmiera […] Espero verte pronto.

Keelan y Lowell se encontraron nuevamente en Nueva York en agosto de 1968. Entonces él le regaló una paráfrasis de la “Rima LIII” de Gustavo Adolfo Bécquer (Volverán las oscuras golondrinas…), que contiene la cuarteta: “Pero mudo y absorto y de rodillas/ como se adora a Dios ante su altar,/ como yo te he querido…; desengáñate,/ ¡así… no te querrán!”, cuyo sentido conservó con precisión en su versión al inglés.

Los biógrafos de Lowell han buscado a Mary Keelan desde hace más de 10 años. Especialmente Jeffery Meyers, quien en diciembre de 2015 publicó Robert Lowell in Love (University of Massachusetts Press). En vano. Modelo de discreción, nunca ha respondido las cartas que le han enviado.

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La franqueza y el candor con que Lowell decidió escribir a partir de Life Studies son impresionantes. Sus poemas se nutren directamente de su experiencia personal sin cortapisas ni veladuras. Alguien le preguntó, cuando empezó a escribir los poemas de Notebook, si acaso sabía que iba a morir pronto y por eso se permitía escribir con tanta sinceridad y exponerse de esa manera.

Alguien ha dicho que los poemas que escribió en la última década de su vida son un soliloquio, el ejercicio de autoanálisis de un hombre desesperado por comprender qué le sucede. Alguien, en cambio, ha visto un inusitado despliegue de narcisismo en ellos. Lo que es un hecho es que la poesía de Lowell es difícil, que maneja referencias que a veces parece imposible desentrañar, y que para comprender bien y gustar de su poesía es necesario conocer por lo menos en buena medida su biografía y su contexto histórico. Difícilmente sería un poeta popular. Quizá era este tipo de consideraciones lo que Octavio Paz tenía en mente al comentarle a Pere Gimferrer:

Lowell tuvo un gran talento, indudable energía (a veces degradada en mera brutalidad) y la mirada atónita del niño, la mirada del que ha guardado intacta la capacidad de asombrarse —pero todos esos dones admirables, que son los del verdadero y gran poeta, se volvieron contra él y no lo ayudaron a convertir su fatalidad en una obra con vida propia.3

Paz trató en varias ocasiones a Lowell en los años setenta, en la época en que iba cada año a dar cursos a Harvard. Ambos tenían una querida amiga en común: Elizabeth Bishop. Y es claro, desde la segunda edición de El arco y la lira (1967), que leía con atención la poesía de su par norteamericano desde el comienzo de los años sesenta. En ese libro le dedica un comentario escueto, pero muy atinado, y en abril de ese mismo 1967 le señala a Gimferrer, en una de las primeras cartas que le envía, los elementos cuya suma constituye la poesía de Lowell: “lenguaje coloquial + lenguaje científico (psicológico) + Biblia + tradición poética europea”.4

Pero frente a la admiración y el interés que la obra de Lowell despierta entre algunos de los lectores más inteligentes de la lengua inglesa me pregunto si nosotros, lectores de habla hispana, tenemos realmente la capacidad de reconocer la calidad sonora de sus poemas (su músicalidad, si se quiere llamarle así). Tal vez ése es otro elemento en su poesía que resulta evidente para el lector angloparlante y que nosotros no somos capaces de apreciar.

Hay que pensar que Helen Vendler, una de las críticas más inteligentes de poesía en lengua inglesa, se ha referido siempre a Lowell como el más grande poeta contemporáneo del idioma. Y muchos de sus colegas (Seamus Heaney, Derek Walcott, Joseph Brodsky, por citar los nombres de tres celebridades) han expresado su admiración por la obra de Lowell.

El no poder percibir a fondo la esencia de otro idioma —a menos que uno sea plenamente bilingüe— limita de manera fatal nuestra apreciación de la poesía en lengua extranjera.

En México, por los problemas que supone trasladarla al español, la poesía de Lowell ha sido poco atractiva para nuestros traductores, e incluso para los lectores habituales de poesía de lengua inglesa.

El primero en traducir un poema de Lowell —y en tratarlo personalmente— fue Jaime García Terrés, quien a comienzos de los años sesenta vertió al español, como un ejercicio, para darse el gusto de leerlo como si él lo hubiera escrito, “The Dead in Europe” (“Los muertos en Europa”)

A finales de 1962 García Terrés se encontraba en Nueva York, después de asistir en Washington a un simposio organizado por el Inter-American Committee for the Arts. Precisamente el día que llegó a Nueva York ocurrió el asesinato de John F. Kennedy, y una de las personas con las que García Terrés seguía las noticias ante un televisor —el coordinador del simposio: John Thompson— llamó por teléfono a Lowell, amigo suyo, para comentar los hechos. Días después, conversando con Thompson, García Terrés le mencionó que desde hacía tiempo había traducido un poema de Lowell y a Thompson se le ocurrió hablarle a éste para presentarlos. Lowell les extendió una invitación para cenar en su casa un par de semanas más adelante.

El 23 de diciembre Thompson y García Terrés llegaron a casa de Lowell en compañía de un joven director de teatro brasileño al que Lowell había conocido unos cuantos meses antes, cuando viajó con Elizabeth Bishop a la ciudad de Belén —llamada “la puerta del norte” de Brasil—, por lo que a Thompson le había parecido buena idea agregarlo.

La cena, por desgracia, no fue tan venturosa como García Terrés esperaba. Lowell tenía una migraña terrible, y el brasileño arruinó gran parte de la noche quejándose de la política internacional de Estados Unidos. Por lo menos García Terrés se dio el gusto de dejarle una copia de su traducción al español (Lowell entendía bien nuestro idioma como lector) de “Los muertos en Europa”. Cuando finalmente decidió publicarla, en el número de junio de 1965 de la revista Diálogos, la acompañó de un epígrafe que alude a ese momento: “A Robert Lowell, este poema suyo que le fui a leer a su casa de Manhattan cierta noche que ya recuerdo sólo a medias. Aquella lectura y la velada entera fueron un poco absurdas. Pero el poema sigue siendo memorable”.

La versión de García Terres es excelente. En ella hace gala de comprensión e imaginación para recrear en nuestro idioma la belleza del original en inglés. Haciendo economías verbales, entreverando endecasílabos y octosílabos, logra darle una resonancia acorde a la tragedia que el poema describe, como es posible advertir a través de esta primera estrofa:

Tras el fragor aéreo sucumbimos en una
fosa común, todos solteros, hombres y mujeres;
ni corona de espinas, o de hierro, ni corona lombarda,
ni fusiformes y calados chapiteles apuntando al cielo
pudieron rescatarnos. Madre, levántanos, caímos
solitarios aquí, dentro del glutinoso fuego:
Nos fue condenación entonces nuestra tierra bendita.

Siguiendo el dictum de su admirado Ezra Pound, García Terrés sabía que la gracia de traducir un poema es “hacerlo nuevo”, hacer que resuene como un poema escrito en español. Si bien esto es cierto respecto a la traducción de cualquier poema, resulta especialmente aplicable en lo que se refiere a la traducción de los poemas de Lowell a nuestro idioma. Parafraseando abusivamente uno de ellos —“Waking Early Sunday”—, podemos decir que a veces sus versos son secos, abundantes en apagadas alusiones y confesiones veladas, y si uno se conforma con traducirlos mecánicamente ni siquiera aquello que cabría distinguir como su “contenido” logrará interesarnos. Véase, por ejemplo, la misma estrofa en versión de Alberto Girri:

Después que los aviones descargaron, nos desplomamos 
sepultados juntos, hombres y mujeres no casados;
ni corona de espinas, ni hierro, ni corona lombarda,
ni capiteles enrejados y sutiles señalando hacia el cielo
podrían salvarnos. Álzanos, madre, caemos
aquí en confusión en el fuego gelatinoso:
nuestra sagrada tierra fue en nuestro día nuestra maldición.5

En México Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco han escrito sobre la obra y la vida de Lowell y han traducido algunos de sus poemas, y Gabriel Favela tradujo la serie completa de poemas de “México” en su segunda versión,6 pero nunca se ha publicado uno de sus libros de manera íntegra, y ni siquiera una antología más o menos amplia. 40 años después de su muerte Lowell aún espera conocer a sus lectores mexicanos.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.


1 Lowell también escribiría sobre esa marcha un par de poemas titulados simplemente “La marcha 1” y “La marcha 2”, incluidos en
Notebook 1867-1968. En ellos describe el acontecimiento de manera muy crítica y revela los sentimientos que le produjo con un dejo de escepticismo y desconsuelo.

2 Véase “Robert Lowell and the chemistry of caharacter”, estupendo ensayo de la doctora en letras inglesas Nikki Skillman, en su libro The Lyric in the Age of the Brain, publicado en junio de 2016 por Harvard University Press.

3 Fragmento de una carta a Pere Gimferrer escrita el 28 de julio de 1982, en Memorias y palabras, Seix Barral, México, 1999, p. 226.

4 Ibíd., p. 20.

5 Robert Lowell, Poemas, versión, prólogo y notas de Alberto Girri, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969.

6 Véase la antología En algún otro lado. México en la poesía de lengua inglesa, hecha por Roberto Tejada para Editorial Vuelta, México, 1992.