Mac y su contratiempo (Seix Barral), el más reciente libro de Enrique Vila-Matas, cuenta las andanzas de un personaje que va en busca del origen del relato y cavila sobre las ficciones de la repetición y la reescritura. En esta entrevista el autor catalán conversa, entre otros temas, acerca de la estructura de su novela, la memoria, los diaristas y la muerte

Alejandro García Abreu: Mac y su contratiempo tiene que ver con la memoria. El narrador afirma: “En el camino uno piensa y a veces tropieza con lo olvidado”. Y el epígrafe —perfectamente adecuado al protagonista— proviene de I Remember de Joe Brainard: “Me acuerdo de que casi siempre me vestía de vagabundo o de fantasma. Un año fui de esqueleto”.

Enrique Vila-Matas: Sí, el epígrafe define muy bien a Mac, el narrador. Pero también a los otros personajes, los pobladores del barrio del Coyote, de Barcelona; algunos de ellos son mendigos y fantasmas a la vez. La crisis económica de 2008 provocó que paulatinamente fueran apareciendo en los barrios barceloneses de mayor nivel de vida una serie de vagabundos que en mi novela parecen salidos de La ópera de los tres centavos, de Brecht, esa pieza teatral en la que se habla de las mafias que trafican con la mendicidad. En cuanto a la presencia de la memoria en el libro, creo —por lo que voy viendo— que la van a señalar en muchas reseñas, pero ni había pensado en esa presencia, quizás porque en mí se ha dado siempre, no he dejado de trabajar especialmente con la memoria y la imaginación.

AGA: “Ficción y realidad, dos viejos cónyuges”, se lee en Mac y su contratiempo. La frase parece una clave antigua, una especie de llave.

EVM: Es posible. Después de todo, “Dos viejos cónyuges” es el título de un cuento que escribí en otro tiempo. Era un relato trabado con mucho ritmo por el intercambio de golpes —mejor dicho, de monólogos— de dos hombres engañados por sus mujeres, Baresi y Pirelli, dos tipos que acaban de conocerse y que, sentados de forma algo inestable en sus taburetes de bar, se van contando sus respectivas (y casi simétricas) historias de amor desgraciadas. Uno parece encarnar a la ficción y el otro a la realidad y parecen condenados eternamente a la misma pesadilla: estar íntimamente entrelazados.

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Ilustraciones: Belén García Monroy

AGA: ¿Cómo vislumbras el bar del hotel de Basilea —ciudad cercana al manicomio de Herisau donde Robert Walser pasó los últimos años de su vida— en el que se desarrolla el intercambio de monólogos entre Baresi y Pirelli?

EVM: Como el bar de The Stanley Hotel en Colorado, es decir, el bar (en la vida real) del hotel de la novela The Shining, de Stephen King.

AGA: Hay una fijación luctuosa, sombría. Incluyes diversas referencias mortuorias: una letanía fúnebre, la voz del muerto alojada en el cerebro de Mac, un lecho de muerte, el desarrollo de la desaparición, “(La voz que viene de la muerte.)”, la idea del falso libro póstumo. ¿Qué te condujo a ahondar en la idea de la muerte de manera sistemática a lo largo de la novela?

EVM: Nada especial. No es porque ahora —por edad— esté más cerca de la muerte, ya aparecía mucho la muerte, por ejemplo, en La asesina ilustrada, de 1977, donde moría hasta el apuntador. Es difícil escribir ignorando que la muerte —a cualquier edad de nuestras vidas— está ahí. Y más si uno sabe que hay un crimen en el centro de la historia que se cuenta.

AGA: El narrador alude lo inoportuno: “esa muerte que llevo conmigo tan ‘trabajada’, a esa muerte que viaja cosida a mí, como si fuera —en realidad es— mi contratiempo propio, el más íntimo”. ¿Crees que la literatura salva de ese contratiempo?

EVM: Se fijan en el título y me dicen: ¿cuál es el contratiempo de Mac? Y yo pienso: ¿cuál va a ser? Todas las obras literarias que nos apasionan llevan incorporada su “muerte propia” (a lo Rilke), llevan insertado en el alma el contratiempo que las va a dejar incompletas. En cuanto a si la literatura nos puede salvar del contratiempo, no acabo de saberlo muy bien. La respuesta más honrada sería: sí y no.

AGA: “Cada vez que hojeo de nuevo 53 días quiero creer que Perec la escribió en realidad para reírse de la muerte”, escribiste en Mac y su contratiempo. ¿Cómo vinculas la muerte con la risa?

EVM: Te recuerdo lo que decía Wittgenstein: “Cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tendría que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo”. Cuando veo que alguien no caza una nota de humor que acabo de dejar caer en la conversación, me entra un frío de muerte.

AGA: Radicalizas de nuevo el arte del camuflaje: la novela se disfraza de diario y de ensayo.

EVM: No. Es una novela, pero al mismo tiempo es un libro de cuentos (de muchos cuentos, por cierto), y también es un ensayo sobre la reescritura y el diario de un debutante. Hay a veces confusión conmigo porque me ven como un narrador y lo soy, pero más bien narro con la voz de un ensayista que escribe y paralelamente planea cuentos (en el caso de Mac y su contratiempo). La voz de mis libros, especialmente en este último, es la de un ensayista que utiliza la narración como soporte del ensayo, una voz que representa a muchas voces de la literatura y que crea la impresión de que no hay autor, que el autor es siempre colectivo.

AGA: Claro. Pienso en “esa formidable mutación fractal de novela-en-cuentos que es Una casa para siempre” que decía Rodrigo Fresán, con “La fuga en camisa” incluido, texto de fascinación kafkiana-jasídica que aludes en Mac y su contratiempo. Hay un juego —infinitamente serio— de reescritura y repetición.

EVM: Es que mi idea —al menos para esta novela— es que no hay progreso ni cambio en la literatura, sólo repetición, porque nunca existió la originalidad y más bien todo es circulación en el arte, todo es transmisión y repetición de ideas ajenas desde el origen de los tiempos.

AGA: En Mac y su contratiempo reflexionas sobre “el centro histórico mismo de las fuentes del cuento, en la antigua Arabia feliz”, y piensas en una “fuga tan lenta como muy bella en busca del origen de las narraciones orales”. Vinculo esa búsqueda con Roberto Calasso, quien afirmó que las historias de Far-li-mas —el extranjero que llega al reino africano en La ruina de Kasch y hace que abandonen el sacrificio— son como la imagen misma del origen de la literatura.

EVM: Es curioso, contesto a esta pregunta cuando llevo ya muchos días de intensa promoción del libro y me doy cuenta de que todo el mundo me pregunta por el tema de la repetición, quizás porque no han leído el libro y repiten lo mismo que la primera entrevistadora me preguntó. Y en cambio apenas nadie me ha hablado de que el libro es la búsqueda de la fuente original de los relatos, una fuente sin duda —para mí— oriental, ligada a Las mil y una noches.

AGA: “Escribir a ras de suelo”, dice el narrador sentado sobre la arena de la playa de Algeciras en fuga hacia Marruecos. Sentado frente a África siente que algo le devuelve a esa sustancia pura de sí mismo. ¿De qué manera alegórica concibes la escritura a ras de suelo?

EVM: Sin vuelo literario. A la manera de Heráclito: “El sol tiene el tamaño de un pie humano”.

AGA: ¿Cuál es el origen de tu interés por los ventrílocuos como trasunto del dilema de la voz del autor, fundamentales en Una casa para siempre y Mac y su contratiempo?

EVM: Me sentí muy impresionado —como si aquello me afectara directamente— cuando vi el film El gran Gabbo, de Erich von Stroheim. Y también, por los mismos días (en la adolescencia), por la ventrílocua Herta Frankel que llegó a la Barcelona de la posguerra con la compañía austriaca Los Vieneses y se quedó a vivir en la ciudad. El juego de las voces, eso estaba ahí, quizás para llamar exclusivamente mi atención, como “William Wilson”, el cuento de Poe sobre el doble. Es la época en la que me pareció que perdía de vista a Genius, mi doble (el dios al que, según los latinos, viene confiada la tutela de cada hombre en el momento de su nacimiento).

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AGA: ¿Cómo percibes Dietario voluble y Segundo dietario voluble —incluido en Una vida absolutamente maravillosa— tras la escritura de Mac y su contratiempo?

EVM: En realidad llevo tres diarios. Uno explícito; oculto, el otro, y novelístico el tercero. El primero es muy literario y he publicado alguna entrega ya, se llama, en efecto, Dietario voluble. El otro está hecho de simples anotaciones: aparece ahí la realidad despojada de casi todo, la vida sin más del autor del diario, la vida sin adornos, sin complementos, sin artificios; la vida tal y como es, dura, ácida, sin trama ni estilo. Es la vida sin interés, la vida sin literatura. Lo llevo desde 1985. Es una especie de diario duro y seco. El tercer diario está en esa novela escrita por Mac, un diarista debutante. Es un diario que continuarán los lectores (de hecho ya han empezado a hacerlo, es un libro que parece reclamar que alguien siga el juego y lo reescriba…).

AGA: ¿Quiénes son tus diaristas predilectos?

EVM: Por encima de todos, Gombrowicz. Escribió un diario que acabó convirtiéndose en su obra maestra: un libro de profundo acento literario, donde una poderosa subjetividad se reafirma en cada página a través de una personalidad inventada que no desfigura jamás la intimidad del autor. Ese diario surgió en Gombrowicz después de la lectura del diario de Gide. Curiosamente, creo que el fabuloso diario literario de Piglia podríamos insertarlo en esa línea que nace en Gide. Lo mismo me ha parecido percibir en los inteligentísimos diarios —he leído sólo fragmentos— de Alejandro Rossi.

AGA: “Tengo vocación de modificador”, dice el narrador. Enseguida afirma: “También de repetidor”. Desarrollas una teoría de la repetición, uno de los temas primordiales de la novela. ¿Por qué decidiste integrarla en la estructura?

EVM: El tema del libro es la reescritura o, si lo prefieres, la repetición que modifica la copia que a su vez seguro que es la copia de otra copia que a su vez es la copia… Mac trata de volver a escribir (modificándola) una novela que su vecino escribió treinta años antes titulada Walter y su contratiempo. Integré el tema de la repetición en la novela porque pretendía explicar cómo se ha ido construyendo la historia de la literatura a partir de las sucesivas variaciones de un primer relato oral.

AGA: Cuando le preguntan al narrador a qué se dedica, responde: “A las ficciones de la repetición”.

EVM: Sí. Y también dice que la repetición se oculta en el centro de toda creación literaria. Mac es como un parásito que tiene la forma de esa gota gris solitaria que irremediablemente se halla en medio de toda lluvia o tempestad y a la vez en el centro mismo del universo, donde, como es sabido, se acometen, una y otra vez, de forma imperturbable, las mismas rutinas, siempre las mismas, pues todo se repite allí del modo más incesante y mortal.

AGA: Las alusiones perpetuas se modifican: Nathalie Sarraute en lugar de Marguerite Duras, Samuel Beckett siempre presente, guiños a Robert Walser. La lista es infinita.

EVM: El pobre Mac adjudica a Sarraute una frase que es de Marguerite Duras, aunque en realidad antes de Duras la había dicho Gregor von Rezzori. Esto me recuerda lo que dijo el otro día Jon Fosse, el dramaturgo noruego: “Cuando se me ocurrió expresar mi idea de que escribir es como rezar creía que había dicho algo original y provocativo y luego descubrí que ya lo había dicho Kafka, que a su vez lo había leído en un haiku”.

AGA: ¿Cómo desarrollaste la estructura de Mac y su contratiempo?

EVM: Hay dos partes. En la primera, a grandes rasgos, hay la lectura de un libro escrito por el vecino y que Mac quiere escribir para mejorarlo. Comenta lo que lee y cómo lo escribiría si se atreviera a escribirlo. En la segunda parte sucede algo que es sorprendente, contarlo sería ahora estúpido por mi parte, pero digamos que aparecen en la vida los enveses de la hojas que había pensado escribir.

AGA: Quizá todo es tan sencillo —o complejo— como una fuga y el recuerdo de una Coca-Cola de cereza.

EVM: Quizá.

AGA: ¿Qué se encuentra entre Lisboa —ciudad literaria recurrente en la novela— y la antigua Arabia feliz aludida?

EVM: Un largo viaje horizontal que va de Cabo de Roca, el fin de Europa, al Oriente puro y duro.

AGA: Afirmas que Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández es el libro incompleto por excelencia. ¿Crees que ocurre algo similar con El hombre sin atributos de Robert Musil?

EVM: No, no es similar, lo que no quita que lo incompleto, a fin de cuentas, sea ley de vida, y también ley de lectura. ¿Acaso leyó alguien alguna vez enteras las escrituras sagradas? Una particularidad del Talmud babilónico estriba en el hecho de que le falta la primera página a cada uno de los tratados que lo componen. Preguntado el gran maestro Rabí Leví Yitzhak por el motivo de esa ausencia que obliga al lector a comenzar por la página dos, respondió: “Porque, por muchas páginas que lea el estudioso, nunca debe olvidar que no ha alcanzado aún la primera”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.