05-quince

Sabor. “La parcialidad es una forma de inmoralidad, porque cualquier libro que ofrezca una imagen engañosa del mundo y de la vida es un libro equivocado. El problema es que la debilidad ha de ser parcial: la obra de uno, fría y deprimente; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, sensual hasta la epilepsia; la de un cuarto, amargamente ascética. En literatura, como sucede en la conducta, uno nunca puede esperar acertar de pleno. Lo único que podemos hacer es estar lo más seguros posible, y para eso sólo hay una regla. No debemos hacer con apresuramiento nada que podamos hacer con tranquilidad. No tiene sentido escribir un libro y dejarlo apartado durante nueve o noventa años, porque en el proceso de escritura nos habrá dado tiempo a convencernos, aunque sólo sea en parte. La demora debe preceder a cualquier comienzo. Y si reflexionamos sobre una obra de arte primero deberemos masticar el tema muchas veces, darle muchas vueltas en la boca hasta asegurarnos de que nos gusta el sabor, antes de macerar un volumen que sepa a eso de principio a fin”: Robert Louis Stevenson (Escribir. Ensayos sobre literatura, traducción de Amelia Pérez de Villar, Páginas de Espuma, 2014).

Gross. El escritor español José Morella escribió Como caminos en la niebla. Los impetuosos días de Otto Gross (Stella Maris, 2016.) Una novela apasionante con dos personajes principales, un cineasta que quiere hacer una película sobre la vida del psiquiatra y psicoanalista discípulo de Freud que tuvo una vida extravagante y tormentosa. Y el propio Gross. En la primera parte, que narra la infancia de Gross se lee: “Sólo a un padre como Hans le podía crecer un hijo como Otto: alguien con una fuerza de demente dentro de la que había una fragilidad sin fin. A los diez años su carácter ya se había endurecido mucho. Era un niño seco e impredecible. Cuando tenían visitas, Hans les decía: cuidado con él: muerde”.

Recuerdos. Dice Fadanelli en su novela sobre su vida como adolescente junto al Canal de Cuemanco, Al final del periférico: “Los recuerdos de aquella época se aferran en algún vericueto de mi cabeza, de mi espina vertebral o mis rodillas. Toman por asalto un cartílago, los recuerdos, o un puñado de neuronas y se transforman en enfermedad permanente. Los recuerdos no suelen tener cola ni cabeza; son alucinaciones que provocan sentimientos y euforias repentinas. Vienen después de que la melancolía se halla cómodamente instalada. La melancolía no necesita remembranza pues se nutre de sí misma y de su estar cómodamente instalada. ¿Y la nostalgia? Desterrada, limpiando los retretes de algún bar de la provincia”. Y así quedamos después de leer la novela los lectores que crecimos en los setenta, mezclando recuerdos y melancolía e incluso nostalgia del papel tapiz, de los pantalones de mezclilla Ley o Britania, de los tenis Súper Faro, de los coches Dodge Dart, Maverick, Mustang o Pacer que conducían nuestros padres, del aroma dulzón del perfume Charlie, del café Oro de las mañanas, de los infaltables Chiclets de menta. (Random House, 2017.)

Mago. La revista digital Literariedad difundió tres poemas del joven poeta argentino  Agustín Mazzini. Este es uno de ellos: “Si traza muecas en el aire/ piensan que es un payaso./ Si juega con el idioma,/ piensan que es un lingüista./ Si innova el vestuario,/ piensan que es un mendigo.// El mago no sabe rendirse:/ enumera lo que le falta,/ camina por pantanos de incertidumbre.// Dice que se alimentaría de palomas/ si eso le permitiese volar”. (“El mago” en El ciervo blanco. Sobre el artista y su oficio.)

Lenguaje. Tras una larga polémica Gay Talese decidió publicar El motel del voyeur (Alfaguara, 2017, traducción de Damià Alou), una historia que llegó a sus manos en 1980. En el mismo año, el escritor inglés Martin Amis escribió sobre el libro La mujer de tu prójimo de Talese lo siguiente: La clave de la impostura es el lenguaje. Aunque el señor Talese piense, por ejemplo, que una ‘voluptuosa’ es una mujer con grandes pechos, su libro no está especialmente mal escrito. Es concienzudo, serio incluso. El problema es que podría haberlo escrito casi cualquiera. La prosa del señor Talese es de esa nulidad rebuscada, resbalosa y relamida que ha satirizado Kurt Vonnegut y, más sutilmente, J.G. Ballard. El estilo se puede parodiar al azar: ‘Aquel verano, todos los días, al atardecer, Keith Krankwinkel salía en su descapotable crema hacia el dúplex de Santa Mónica de Doris Dorkburger. Mientras Doris preparaba sus primeras bebidas de la velada, Keith admiraba sus gráciles contornos’. Sin embargo Talese no ‘utiliza’ ese estilo: el estilo le utiliza a él”. La crítica de Amis a Talese sigue vigente. (Martin Amis, El infierno imbécil, traducción de José Manuel Álvarez Flores, Península, 2014.)

Nieta. “Hoy he visto a Cecilia. Su melena está llena de luz// Ha crecido en silencio. Ahora es alta y delgada como las muchachas que habitan las canciones antiguas./ Podría alcanzar los racimos del lauro, las cerezas negras que inmovilizan el corazón de los pájaros, pero ella sabe/ que en las cerezas hierve el ácido prúsico y no arrancará nunca cerezas.// Ya está en sí misma. Me reconoce sin mirarme por mi respiración y por la lentitud de mis pasos.// En ocasiones, sonríe y su sonrisa acaricia mi vejez; me mira/ y advierte mi torpeza./ Soy/ como un ave de plomo./ Sí, pero,/ extrañamente y de pronto,/ yo me siento hermano de las alondras”. (Antonio Gamoneda, Canción errónea, Tusquets, 2012.)

Egoísta. “Nació Amandine-Lucile-Aurore Dupin de Francueil en 1804, en París. Considerando ese nombre francamente prolijo, muy francés y demasiado virginal, lo abrevió en George, masculino, y en Sand, palabra inglesa. En 1833, en un almuerzo literario, interrumpió a De Musset, poeta brillante, y se enamoró de él perdidamente. Cinco años después conoció a Chopin, polaco y tísico, y lo arrastró a un romance muy borrascoso que acabó por fatigarlo. A Flaubert, que fue amigo y que encontraba inconveniente meter el ‘yo’ en las novelas, le dijo: ‘Pero en definitiva, qué otra cosa si no se puede meter’”. El autor de esta biografía mínima: “George Sand, egoísta” es Eugenio Baroncelli, divulgador literario, y está incluida en el libro Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos (Periférica, 2016).

Pausa. “También en lo más ominoso, en lo peor, se producen pausas. Nos salva que casi nunca nada es sin cesar”: Javier Marías.

Dilema. “Que todo el mundo pueda decir lo que piensa acerca de las autoridades o de Dios sin tener que exponerse a torturas o amenazas de muerte; que las diferencias de opinión puedan dirimirse ante los tribunales y no por la vía de la venganza de sangre; que las mujeres puedan moverse libremente y no estén obligadas a dejarse vender o someterse a la ablación del clítoris; que sea posible cruzar la calle sin morir acribillado por las ráfagas de una soldadesca incontrolada; todo ello no sólo es deseable, sino imprescindible. En cualquier parte del mundo hay bastantes personas, probablemente la mayoría, que desean la existencia de tales circunstancias y que están dispuestas a defenderlas allí donde llevan las riendas del poder. Sin exagerar el énfasis, podría afirmarse que se trata de un requisito mínimo de la civilización. Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad este mínimo sólo se ha alcanzado excepcionalmente y por poco tiempo. Es frágil y fácilmente vulnerable. Quien pretenda protegerlo ante eventuales ataques externos se encontrará ante un dilema. Porque cuanto más intensamente se defiende y cuanto más se amuralla una civilización frente a una amenaza exterior, menor será lo que finalmente quede por defender. Y en cuanto a los bárbaros, no es necesario que esperemos su llegada; siempre han estado entre nosotros”: Hans Magnus Enzensberger. (Ensayos sobre las discordias, traducciones de Francesc Rovira, Michael Faber-Kaiser y Richard Gross, Anagrama, 2016.)

Humor. En su reciente libro, Con Borges, Alberto Manguel cuenta la siguiente anécdota: “Una vez, estando yo en su casa, el cartero trajo un gran paquete que contenía una edición de lujo de su relato ‘El Congreso’, publicada en Italia por Franco Maria Ricci. Era un inmenso libro, encuadernado en seda negra, metido en un estuche del mismo material, con letras de oro impresas en un papel Fabriano azul hecho a mano, con cada ilustración volcada artesanalmente (el cuento había sido ilustrado con pinturas tántricas) y con cada ejemplar numerado. Borges me pidió que le describiese el objeto. Escuchó con suma atención y exclamó ‘¿Pero eso no es un libro, es una caja de bombones’. Y acto seguido se lo obsequió al tímido cartero”. (Siglo XXI Editores, 2016.)

Asilo. Ensayo sobre el lugar silencioso de Peter Handke (traducción de Eustaquio Barjau, Alianza editorial, 2015) no habla de sitios esotéricos, misteriosos, orientales. Los lugares silenciosos del escritor durante su adolescencia y su juventud no eran los cementerios ni las iglesias sino los cuartos de baño: “Durante los años que estuve en el internado religioso, el váter, y no sólo el que estaba en el recinto, significaba  para mí un posible lugar de asilo […]”. Y más adelante cuenta cómo durante su juventud se refugió en los servicios de una estación de trenes: “la puerta había que abrirla con una moneda de un schilling y cuando la desatranqué sentí por primera vez una cierta protección, o una cierta acogida. Me tumbé sin más en el suelo embaldosado, con el saco de viaje en la nuca como almohadón. La cabina, no obstante, era tan pequeña que uno no podía pensar en estirarse, y por ello, con la cabeza apoyada en la pared de detrás, me hice un ovillo en torno a la taza del váter, una especie de semicírculo. […] Para mí, a lo largo de la noche, no había ningún lugar más que éste. Éste era ahora mi lugar, junto con el esbozo de mi cara en el azulejo de la taza en dirección a la cual estuve tumbado hasta bien entradas las primeras luces de la mañana […]”.

Tario. Circula en librerías el tercer volumen de la colección Esenciales del siglo XX, de ediciones Cal y arena, dedicado a Francisco Tario. La selección es de Alejandro Toledo y el prólogo de Esther Seligson quien explica: “Esta antología, distinta por su amplitud a la de 1988 (y diferente, por lo mismo, a la española de 2012, selección de sus mejores cuentos), es armada prácticamente al final del camino, cuando la perspectiva de lo que escribió Tario parece completa (porque se agotó la revisión de sus papeles personales), y se podrá navegar en ella como por un mar no apacible pero del que se saben ya, con cierta precisión, sus contornos, sus orillas”.

Influencia. “En mi opinión la poesía es lo más elevado de la literatura. Escribir una novela y construir un poema son dos cosas completamente distintas. Utilizando una antigua parábola, diría que la poesía es algo celestial mientras que la novela está escrita por alguien de esta tierra, alguien que se precipitó del cielo. Escribí una novela que se llama ¡Adiós, libros míos! […] adoptando el estilo de una lectura —realizada por el protagonista— de Four Quartets de T. S. Eliot. Creo que un poeta es alguien que cuenta, a través de la palabra poética a la que se ha entregado totalmente, la definitiva sabiduría sobre este mundo, sobre la vida, y sobre lo que trasciende este mundo y esta vida. El último Eliot es un gran ejemplo de ello. Un novelista, por el contrario, no llega nunca a pronunciar la palabra definitiva, ya que esto no es consustancial a la palabra novelesca. En este sentido, citar cualquier verso de Eliot, por ejemplo, y contar después su contenido en prosa en una novela es una tarea extraordinaria para un novelista. Precisamente así es como he escrito cierto número de novelas”: Kenzaburo Oé en entrevista con Massimo Rizzante. (“Un largo comentario a la poesía. Diálogo con Kenzaburo Oé”, Diálogos de la forma perdida, traducción de Carmen Ruiz de Apodaca, Ai Trani Editores/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2016.)

Fábula. “—Sí —dijo el rubio—, fue la mejor mujer que conocí. Me callé, que era lo que convenía. Hay opiniones que son como los regalos que no damos: no pueden darse (como las mujeres guapas). —¿Era morena? pregunté al fin, agotados los efectos del silencio, y porque soy psicólogo. —No, era mi mujer —respondió el hombre tan rubio. —Gracias —dije yo. Y continuamos parapetados en el silencio, satisfechos ambos con la vida”. Los editores que compilaron los Cuentos de Fernando Pessoa (edición y traducción de Manuel Moya, Páginas de Espuma, 2015) aclaran: “[…] no existe, que tengamos noticia, una edición de los cuentos de Pessoa como la que hoy proponemos al lector. Hasta ahora lo que ha habido son ediciones parciales, a veces restringidas a una sola pieza o a un breve conjunto de ellas, de manera que nuestro trabajo ha consistido en visitar todas las colecciones fiables que se conocen hasta la fecha y recoger de ellas las piezas de ficción que cabrían en la definición de cuentos”.

Crema. “No pensar en nada es una crema muy buena”: Clarice Lispector.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.