Sucedió hace cerca de 30 años, antes de que me diera por torcer el camino a la menor oportunidad. Aquella mañana, cerca del mediodía, cuando visité la casa de Julieta Capuleto, en Verona, me embargaba cierto espíritu romántico, ineludible si uno ha leído, como yo lo hice al menos en siete ocasiones, Romeo y Julieta, la tragedia de Shakespeare que, después de Macbeth, me impresionó con mayor hondura durante las jóvenes lecturas que hice del dramaturgo inglés. No era yo en ese entonces más que otro inocente turista que toma como verdadera la historia de los jóvenes amantes y que desea creer que aquella, en realidad, había sido la casa de Julieta. Esta es la primera vez que hago alusión a la visita que hice a la casona del siglo XIII, en Verona, porque, sin dar más rodeos, siempre me apenó confesar mi ingenuidad y mi debilidad ante los mitos comunes o “universales” acerca del amor. ¿A qué clase de vida están condenados los desvergonzados? Los años que sucedieron a la aludida visita me transformaron en otras personas hasta que llegué a convertirme en una especie de anti-Romeo, un amargado e incrédulo depredador del mito romántico. En su diario íntimo, el poeta alemán de sobrenombre Novalis (Georg Philipp Friedrich von Hardenberg) escribe acerca de la muerte de su muy joven amada, Sofía: “Cuando estaba en su tumba me vino el pensamiento de que mi muerte daría a la humanidad un ejemplo de fidelidad eterna y que instauraría, en cierto modo, la posibilidad de amar como yo lo hice”. Y también sentencia: “El que ama debe sufrir eternamente el vacío que le rodea y conservar abierta la herida”. (A quien le gusten los boleros comprenderá el sinsentido de tal afirmación.) Novalis, como es de sobra conocido, murió a los veintinueve años, cuatro años después de que la tuberculosis terminara con la vida de su novia Sophie von Kühn, de quince años. “Quien no ha muerto joven, merece morir” (E.M. Cioran).

Son tantos quienes le han dedicado páginas al romanticismo, comprendido éste como filosofía literaria (Berlin, Denis de Rougemont, Argullol, etcétera…), que no añadiré una coma más a lo pensado, aunque deseo creer que el impulso romántico trasciende a una época histórica determinada en la narrativa y que, en cualquier momento, a lo largo de la vida de una persona o de cierta época, se manifiesta de las más diversas maneras, sea como amor a la enfermedad y exaltación de la muerte, o como conciencia trágica de la vida e ironía ante lo razonable o lo mesurable. De ahí la desconfianza que muestra el romántico hacia las ciencias infalibles, y también su evidente menosprecio a los esfuerzos que realizan los prudentes con el propósito de mantener las pasiones controladas o limitadas. El romanticismo expresado como pulsión y voluntad irrefrenable no puede ser constreñido a un género artístico, al país de una época determinada y, aún menos, a una pasión comercial y degradada, como es costumbre, esto último, en casi todos los ámbitos del quehacer humano contemporáneo (deportes, publicidad, arte, etcétera…).

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Ilustración: Alberto Caudillo

Si me desplazo al campo literario me percato de que el amor hacia el escritor como héroe, leyenda trágica o mito se cultiva con una pasión desmedida y arbitrariamente juvenil. México podría ser el centro de esta obsesión algo ridícula e inevitable. Basta que un escritor muera para acceder al paraíso de las enmiendas y de la aclamación momentánea. Si un poeta es devorado por una muerte trágica o prematura, o si además tuvo una vida misteriosa o escandalosa, entonces el aprecio y la suave mortaja llegará por vía de varias manos, incluso a través de quienes lo detestaron o ignoraron cuando conservaba la vida. (No soy capaz de repetir por enésima ocasión que nuestro ataúd lo cargarán nuestros enemigos.) Que un artista o poeta haya escrito unas cuantas páginas maltrechas o haya sido, además de escritor raquítico o vacuo, un criminal, carece de importancia en el momento de su valoración literaria porque el olfato romántico le dará su lugar en la historia de la rebeldía o de la canonización espontánea: su ser ordinario cobrará una importancia religiosa y sus penurias durante la vida se tornarán en canonización y praderas silvestres dentro de su habitación mortuoria.

Créanme que comprendo este sentimiento y no me resulta extraño de ningún modo; sin embargo no puedo dejar de considerarlo una ausencia de sabiduría y de autocrítica: o más bien un exceso de ingenuidad. Estoy cierto de que cuando una sensibilidad incómoda se marcha, el descanso sobreviene para quienes no lo comprendían o aceptaban en vida, y que una manera de afrontar esta incredulidad es compensarla por medio de una adulación romántica a posteriori, pero encuentro en este hecho común una fuente de injusticia inagotable para el ser que respira. Estoy cierto de que los mitos son necesarios a la hora de construir certezas o éticas que fundamenten un futuro incierto, pero no voy a permitir que la muerte embellezca, a mis ojos, la fealdad o la escasa sustancia de tal o cual obra. El espíritu romántico y el idealismo hacen mella en los seres melancólicos y más indefensos, pero que también abran boquetes al sentido crítico y engañen a las almas nobles como acostumbran hacer la mayoría de los sacerdotes y sus liturgias manidas es algo que yo me rehúso a aceptar. Y no lo acepto porque conozco a fondo el sentimiento romántico y creo saber cuáles son sus más evidentes consecuencias. El deseo romántico puede encontrar un espejo o un aliciente en Dante, Hölderlin, Schlegel, Gérard de Nerval, o en Irvine Welsh, Roberto Arlt, Rubén Salazar Mallén, David Foster Wallace y Dennis Cooper, etcétera, pero también en una retórica que se alimenta del chisme adolescente, la leyenda pasajera y la injusticia. Romeo no es Shakespeare.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.