Cuando escribí Casa Damasco rescaté algunas cartas para incluirlas en aquella novela. Correspondencia con familia y amigos, antes y durante los primeros años de la guerra civil en Siria. Formarían parte del recuento de una vida en la que la dictadura controlaba todo aspecto de la existencia en un país ya olvidado a esas alturas. No estaba dispuesto a olvidar cómo era eso. Intenté usar la ficción para hacer un esbozo de justicia que contemplara el regreso a un lugar absolutamente destruido. Ahí se tendría que reconstruir desde las ruinas. No podía durar mucho, creíamos. En ningún universo distópico era imaginable que seis años después del inicio de 2011 la mitad de la población habría salido del país mientras seis millones están desplazados en su interior y suman a otros cinco millones en áreas de difícil acceso, más los setecientos mil atrapados en zonas asediadas. Había veintidós millones de habitantes.

Era capaz de imaginar a la familia distribuida en tres países distintos e incluso pensar en la muerte de mis tíos, pero jamás a dos millones y medio de niños refugiados.

Fuera de los números que en ocasiones son lo que se cuenta, más allá de los análisis que resumen la tragedia, Siria pasó de la sorpresa al enojo, a la desesperación, al desamparo y a la lástima. Siria es el espacio de la memoria, su guerra es tan elástica como ella. Es la falta de noción de lo ajeno, es el triunfo de la simplificación.

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Ilustración: Víctor Solís

Hoy ya nadie habla de las Shabiha, los mercenarios que operaron a favor de la dictadura al principio de las protestas, cuando aún no se pedía la salida del régimen sino garantías de libertad y oportunidades. No existía eso que se llamó el Estado Islámico ni se hablaba de una al-Qaeda local. En esos años la violencia desmedida del gobierno y sus fuerzas no fue otra cosa que la exacerbación de lo que venían haciendo desde la década de los setenta. “La academia de la tortura no es tan distinta a la de cualquier otra disciplina”, escribí en la novela. En reacción a esa tortura y estrategia de supresión a toda disidencia, nacieron grupos que no estaban dispuestos a dejar que años de lo mismo se esfumaran. Primero respondieron y se agruparon bajo argumentos civiles, después religiosos, luego sectarios y de ahí fanáticos y extremistas. Pero la guerra civil en Siria no fue sectaria, ni siquiera más tarde —estuvimos a punto y ese era mi mayor miedo—, al incorporarse los islamistas al frente de batalla, o los kurdos, o los iraníes. Siria siempre se trató de política con las herramientas menos políticas: la violencia y la aniquilación, en correspondencia a la más política de todas: la doctrina.

En 2013 se perdió la esperanza. El empleo de armas químicas en Ghoutha no sólo provocó la muerte de miles bajo el gas sarín, la estupefacción ante el rompimiento de todos los límites posibles se acompañó de las miradas pasivas que iluminaban las pantallas. Se habló de una línea roja que no se podía cruzar y la cruzaron. Quizá, de haber hecho algo en esos días, antes de la huida de millones que escapan de las bombas, los británicos aún se sentirían europeos y los musulmanes no serían rechazados en los aeropuertos.

Pasaron seis años. Hemos tenido cumbres, reuniones en Ginebra y Astana hasta el cansancio. Su único resultado ha sido programar un siguiente encuentro sin precisar las asistencias a mesas de negociación faltas de monedas de cambio. A seis años hoy sólo puedo pensar en Siria desde la más fría racionalidad para prever los futuros inmediatos que arrojan las acciones y posibilidades presentes.

Sin duda sobre las intenciones de permanencia de la dictadura o la continuación de sus métodos, queda plantear las consecuencias de la injerencia internacional en la guerra y de las confusiones con las que esa injerencia se está dando.

Ni rusos ni estadounidenses insisten en la responsabilidad del régimen, toda la vida aliado de los primeros e incomodidad de los segundos. El único enfoque común es el combate a los más evidentes grupos terroristas en el terreno, el Daesh y Hayat Tahrir al-Sham, antes conocido como Jabath Fatah al-Sham y previamente como al-Nusra, la filial de al-Qaeda en el país. En esta lista de apelativos que se antojan superficiales descansa uno de los grandes errores de la comunidad internacional en el conflicto. La insistencia en ver a todas las agrupaciones como pares sin matices, evitando detenerse a entender las raíces políticas de cada una en una zona del mundo donde política y religión no se disocian y se entrecruzan con la comunidad, identidad y motivos de sus habitantes y soldados.

Antes de hacerse llamar Estado Islámico, de manera similar a Tahrir al-Sham, la organización cambió de nombres en diversas ocasiones. Algunos analistas internacionales y militares siguen interpretando dichas modificaciones con la óptica de sus propios entornos. Será uno, será el otro, son lo mismo. No es tan sencillo. Sus transiciones obedecen a una evolución de afinidades étnicas, religiosas y culturales, que han aprovechado para reforzar sus frentes a partir de ideales políticos. Cada quien persigue un objetivo por el que en ocasiones se puede compartir trinchera. Tales afinidades, naturales o construidas por la necesidad, han permitido que atrás de los cambios de nombres se desarrollen alianzas con las que el Daesh o los múltiples al-Sham se mantengan, expandan o recuperen, por encima de los éxitos militares de la dictadura siria, de Rusia, de Estados Unidos y de Europa. Los generales se preguntan por qué soldados musulmanes a su lado se niegan a combatir a los islamistas. Este ingrediente de filia local, a menudo ideológico, es necesario para darse cuenta que sin importar que al-Qaeda en Siria siga teniendo o no vínculos con un al-Qaeda más grande, o si el Daesh pierde sus posiciones en Mosul (Irak) o Palmira, la estrategia de atacarlos sólo en el campo de batalla, prestando poca atención a las intenciones sociales y culturales, estará condenada al fracaso que se puede observar en su actual permanencia. Se trata de circunstancias ideológicas que no pueden rastrearse en un solo punto, sino de coincidencias en discursos ideológicos con orígenes culturales y religiosos similares, que se adaptan a islamismos muy locales y circunstancias específicas de cada uno según el momento que se está viviendo. La elasticidad de la guerra es amplia. Cerca de tres años de combate al extremismo sin un triunfo definitivo podría servir de indicador para pensar en ello. Es el problema de combatir a un enemigo multifacético y capaz de ajustar sus empatías según del período del conflicto.

Damasco y Moscú han permitido o alentado el fortalecimiento de fuerzas chiitas para combatir a sus contrapartes sunitas. No son los únicos con la idea de que al-Sham y el Daesh son el pináculo del salafismo desarrollado en la península arábiga. Mientras tanto, Washington ha incrementado el armamento entregado a las milicias kurdas: por ahora comparten enemigo. Ambos bloques, quizá sin quererlo, otorgaron a los grupos que apoyan la legitimidad que estos buscaban. Con la falta de previsión y estrategia política y social de las potencias, combatientes han pasado de ser milicias a convertirse en movimientos reivindicadores de sus propias causas. A seis años, en Siria las causas son demasiadas. El mecanismo que puede estar dando buenos resultados, a mediano y largo plazo tiene todas las posibilidades de crecer la inestabilidad en la región. No hay razón para que los involucrados renuncien a sus intenciones originales: ya sea mantener la dictadura a costa de la población civil, la búsqueda de la autonomía kurda a partir del enfrentamiento tanto con los sectores árabes como con Turquía o perpetuar la rivalidad entre dos corrientes del islam a merced de quienes han vivido y sobrevivido por encima de esa rivalidad.

Todos hemos desestimado los alcances de cada una de las etapas de la guerra. Al inicio tal vez era imposible la claridad. Hoy, a seis años, se sigue una estrategia que no contempla la construcción de alianzas con vistas a la reconstrucción de un país y en el camino se corre el riesgo de dañar permanentemente el frágil equilibrio regional. Nadie busca la edificación de resistencias locales que puedan contener el fundamentalismo sin asistencia militar internacional, la única vía para combatirlos efectivamente en Medio Oriente y limitar atentados como el ocurrido en Londres hace unas semanas o los que pueden perpetrarse en el futuro.

Del apoyo ruso e iraní a la dictadura no vendrán sorpresas. A seis años se avecina la perpetuación de la violencia. La relativa reciente incorporación de Estados Unidos en esta nueva etapa de la política exterior, con un presidente que ignora cada aspecto de la realidad medio oriental, abre la puerta a peores posibilidades.

Las condiciones económicas de Estados Unidos llevaron al gobierno de Obama a centrarse en el apoyo a milicias kurdas para combatir a los grupos terroristas. Pese a un limitado envío de tropas a Siria, su política se había centrado en Irak. La prisa de la administración Trump extendió la estrategia a territorio sirio como no había sucedido.

Más allá del absolutamente legítimo derecho kurdo a pelear por un territorio, incluso si fuera capaz de eliminar de mi memoria las atrocidades que también han cometido sus tropas —un imposible para mis recuerdos—, dicho apoyo implica una amenaza desde la perspectiva turca y terminará en tensiones entre Estados Unidos y Turquía al interior de la OTAN. Si occidente quiere evitar la responsabilidad como hasta ahora lo ha hecho en el proceso de reconstrucción de Siria y quiere seguir formando parte de la configuración de estabilidad en la región —o al menos no ser responsable directo de una escalada de tensiones— deberá encontrar la forma de establecer coincidencias más sólidas con sus aliados.

Los que quedan dentro, aquellos que encuentran impulsos para no rendirse, ven el ejemplo de los que resistieron en otros conflictos. En Idlib y los suburbios de Damasco se siguen documentando ataques con armas químicas. La fuerza aérea siria bombardeó instalaciones de agua que surten a Damasco. Cinco millones y medio de personas afectadas. Es la definición de crimen de guerra. El régimen continúa manipulando el acceso de ayuda humanitaria. Solo 38% de las poblaciones necesitadas han recibido los paquetes que entraron al país. A seis años se adivina la fragmentación y nadie se ocupa ya de la dictadura. Son los terroristas, decían. Era 2011. En ese año en Siria todavía se escribían cartas.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestino, Pensar Medio Oriente y El jardín del honor.
Twitter: @_Maruan

 

3 comentarios en “Apuntes personales a seis años de guerra en Siria

  1. Maruan, excelente artículo. Un día en uno de los programas de radio Ikran Antaki , comentó la siguiente frase como ejemplo a algo que explicaba y es : ” No me cuenten la historia a la baja, cuéntenmela a la alta” quizá me entiendas. Tengo todos tus libros y sigo sintiendo lo mismo y más, y es GRACIAS IKRAM POR LO QUE NOS HAZ DEJADO DE HERENCIA ! TU HIJO, DIGNO DE SU MADRE! estoy contigo y el pueblo sirio, ADELANTE!

  2. Que tristeza. Lo más preocupante en mi cabeza es pensar en toda la población civil,ni hay razón que justifique el sufrimiento de tantas almas inocentes. No puedo dejar de llorar con el corazón sangrante como lo decía Pietro Al agua ni en su libro Lubina, sobre todas las desgracias que hoy más que nunca,destrozan ésta trabajada humanidad. Odio con todo mi corazón y mi ser las injustas guerras, que sigue cubriendo nuestra tierra con tantas lágrimas y sangre inocente y, que amenaza con el exterminio humano. Desprecio con toda mi alma a los hombres que se olvidan de la paz y,se hacen esclavos de la guerra. Y esta amenaza crece y crece amenazando a toda la humanidad suceptible e indefensa. ” Perro mundo”