Reproducimos esta evocación fraterna y emotiva que el poeta Luis Miguel Aguilar dedicó a Héctor Aguilar Camín, una de las voces más sólidas en la narrativa y en la discusión pública mexicanas, durante la entrega de la Medalla Bellas Artes.

slide-hac2


Que yo recuerde, todo empezó con una orden suprema. Una orden suprema de verdad, de las que sí importan, de las que sí se obedecen. Una orden suprema materna. Héctor Aguilar Camín era un jovencito en nuestra casa de la avenida México número 15, en la colonia Condesa. Durante incontables veces se oía la voz de nuestra madre Doña Emma diciéndole a su hijo mayor: “Héctor, cómprate ropa”. Y Héctor se compraba un libro. “Héctor, cómprate una camisa”. Y Héctor se compraba un libro. “Héctor, cómprate un pantalón”. Y Héctor se compraba un libro. “Héctor, cómprate un traje”. Y como los trajes tienen en general dos piezas, Héctor se compraba dos libros. Hasta que una tarde Héctor tenía un compromiso que exigía atuendo formal; fue al ropero de su cuarto, hurgó en él y al cabo no le quedó otra que emitir la frase: “Mamá, no tengo nada que ponerme”. Y entonces Doña Emma le dijo con su cubanísima voz: “¡Pues ponte un libro, coño!”. Y Héctor, estupefacto al principio, en los años venideros se dedicó a cumplir esa orden; no a ponerse los libros que había comprado sino a ponerse libros, digamos, de su propia manufactura. Cantidad de libros se ha puesto Héctor, desde La frontera nómada hasta Toda la vida; libros que hoy, para usar el mismo verbo, lo ponen en esta sala, y a nosotros con él.Se me hace un buen préambulo a una historia que intentaré referir, abreviada, con unos cuantos trazos y saltos temporales. Podría titularse Héctor Aguilar Camín ante el tribunal de Doña Emma.

Estamos en Santillana del Mar, Cantabria, España, 2010, en algo llamado Lecciones y maestros, en efecto una reunión que año con año realizaba la Fundación Santillana para homenajear a escritores que hubieran ejercido su oficio con maestría, de ahí el nombre, en la lengua española. Héctor Aguilar Camín es uno de ellos. Aparte, o como parte del homenaje, hay una serie de mesas donde críticos, expertos, o bien otros escritores repasan la obra del autor homenajeado. Al final de una de esas mesas hubo una ronda de preguntas. Héctor sorprendió a los asistentes al decir que en ese momento, un momento alto de su vida como escritor puesto que le rendían tal homenaje, él había perdido, digamos, el sentido de escribir; mejor dicho: ya no tenía para quién escribir puesto que ya no tenía tampoco a alguien que era como su lector ideal, o el lector para el que Héctor, quizá durante mucho tiempo sin saberlo pero sabiéndolo ahora, había escrito todo lo que había escrito. Y mencionó a su madre. Los asistentes no lo entendieron; pensaron que Héctor se refería a eso conocido como bloqueo de escritor. Empezaron a darle consejos sobre cómo romper ese bloqueo y “volver a la creatividad”. Héctor hablaba de otra cosa. Cinco años atrás había muerto su madre doña Emma Camín; ella era ese lector en quien Héctor pensaba y para quien Héctor escribía. Y ese era el tribunal literario en el que deseaba aprobación o ser absuelto.

Ciudad de México, principios de los años 1970. Héctor se recibe de licenciatura en la carrera de comunicación de la Universidad Iberoamericana con una tesis titulada “El lenguaje publicitario como lenguaje represivo” que cae como una pequeña bomba en la Ibero ya que esa misma carrera llamada entonces Ciencias y Técnicas de la Información se especializa en que salgan de ella grandes publicistas. Algunos directivos de la carrera se ofendieron y no bajaron a Héctor de ser una especie de pájaro que ensuciaba el propio nido. El hecho es que la tesis de Héctor aprobó ampliamente el examen de licenciatura. Doña Emma estaba feliz y orgullosa pero creo recordar que ahí se dio uno de los primeros momentos de su tribunal con Héctor, de un modo involuntario por cierto. Y es que la tesis de Héctor no era el simple encuadernado de un estudiante de licenciatura; detrás de ella estaba el trabajo de un escritor. Reparé en eso tiempo después cuando crecí y pude leer la tesis de Héctor, tesis en la que, por cierto, yo había colaborado. Yo era niño, por supuesto, y me la pasaba viendo televisión y oyendo radio, lo cual quiere decir que se me pegaban todos los anuncios publicitarios del momento. Héctor me llamaba y me pedía que le repitiera de memoria algunos de los anuncios, sin necesidad de decirme que los quería de ejemplos para el trabajo que estaba haciendo. De eso me di cuenta después y, como digo, cuando leí la tesis y vi cómo Héctor analizaba y desmontaba el lenguaje de la publicidad. Y lo hacía como alguien particularmente apto para saber de qué se trataban las palabras; lo hacía con instinto y arte de escritor. A Doña Emma le pasó desapercibida tal cosa; más bien, Héctor había aprobado para ella pero no literariamente sino por un episodio que ocurrió después del examen. Uno de los sinodales le puso varios reparos a Héctor, aunque al final lo aprobó con creces. Pero una amiga de la familia, una yucateca que estaba por ahí se le acercó al sinodal referido y para reprenderlo porque no había declarado abiertamente lo buena que era la tesis de Héctor, le dijo: “Oye, fulano: tú te creeés la nalga de Mike Hammer”. En efecto doña Emma se moría de orgullosa risa al repetir la anécdota cada vez que se recordaba aquel examen de Héctor.

Seguimos en ese tiempo, y en ese espacio, porque antes o al tiempo de la tesis —para mí es como si hubieran ocurrido al parejo— la misma Universidad Iberoamericana junto con la entonces muy importante editorial Novaro convocan a un concurso de cuento. Héctor gana el primer lugar con un cuento de título “El día menos pensado”. Recuerdo la alegría de toda la familia, por supuesto que doña Emma incluída. Pero, con involuntario desapercibimiento y siempre con mucho amor, lo que doña Emma recordaría de ese premio era otro episodio. Y es que al entregarle el premio al primer lugar el gran escritor mexicano José Revueltas le dice a Héctor que es la primera persona que conoce nacida en el entonces territorio de Quintana Roo. Y la cosa vino a completarse para doña Emma porque el cuento de Héctor se publicó en la editorial Novaro junto con otros cuentos del concurso que el jurado consideró dignos de publicarse; el libro se llamaba como el cuento de Héctor: El día menos pensado y otros cuentos. Pero el trabajo ganador se publicó también en una mítica revista de entonces, llamada El cuento, que dirigía otro gran escritor, Edmundo Valadés. Y qué se les ocurre en la revista sino abrir la ficha que antecedía al relato de este modo: “Héctor Aguilar Camín. Oriundo de Quintana Roo”. Doña Emma lo contaba siempre divertida.

Seguimos en los setenta, ciudad de México, pero algunos años después. Para doña Emma y para nosotros sus hermanos se vuelve evidente que en realidad Héctor se había recibido de licenciado en CTI de la Ibero por un definitivo plan con maña. Y es que sin título de licenciatura Héctor no podría intentar lo que entonces deseaba: postularse para obtener una beca con el fin estudiar el Doctorado en Historia por El Colegio de México. Era lo que se había abierto para él: la posibilidad de hacerse de un ingreso, modesto pero ingreso, sin tener que trabajar en cosas en las que había trabajado, como la publicidad misma. La disciplina de la historia era particularmente atesorada por el Colegio de México, ya que su entonces presidente era el historiador don Daniel Cosío Villegas. En la Institución con mayúscula del Colegio de México había otra Institución de nombre Daniel Cosío Villegas. Héctor efectivamente entró a hacer el doctorado ahí; los estudiantes del Colmex en ese entonces se avocaban sobre todo al estudio de la historia colonial o a la especialidad de don Daniel, el siglo XIX mexicano. Héctor escogió algo distinto: hacer la historia de quienes habían ganado la Revolución Mexicana; no Francisco Villa, no Emiliano Zapata, que nunca dejaron de estar de moda entre los historiadores, sino los sonorenses. Héctor avanzó su investigación y llegó el momento de someter en qué iba su proyecto ante autoridades del Colmex. Pocos días después por los pasillos del Colegio de México se corría este hecho: el mismísimo don Daniel Cosío Villegas le había dicho a otro profesor del Colmex que ya podía morirse tranquilo porque había alguien capaz de escribir la historia como debía hacerse. Ese alguien era Héctor. Como un par de años después ahora sí llega el momento de que Héctor presente su examen de doctorado. Preside la mesa don Daniel Cosío Villegas. Yo que estaba ahí recuerdo perfectamente cómo empezó don Daniel su intervención. Le hizo a Héctor un gran elogio: le dijo que era un ave rara, una rara avis dijo, en la institución del Colegio de México porque sí sabía escribir. Claro que el cabrón de don Daniel hizo algo acto seguido como para que el elogio no fuera así nomás. Más que preguntarle, le planteó a Héctor si leía muchas novelas policiacas o de detectives, ya que su tesis estaba llena por todas partes del verbo detectar. Tiempo después recuerdo a Héctor en el cuarto de arriba que compartíamos en nuestra casa de la avenida México 15 corrigiendo su tesis, mejor dicho, detectando sobre todo el verbo detectar y sacándolo de las extensas cuartillas, mientras convertía esa tesis en un libro; libro que fue, desde su aparición en 1977, un clásico de la historiografía mexicana: La frontera nómada. Sonora y la revolución mexicana. Doña Emma vivió ese triunfo de Héctor como el de un historiador reconocido por Cosío Villegas: amorosamente desapercibida, otra vez, de que el libro de Héctor no sólo cumplía con los cánones de don Daniel sobre el oficio de historiar, de escribir la historia, sino de escribir, a secas, o a húmedas, o a lo que sea: pero escribir. Era una obra de historia hecha por un escritor. Don Daniel no se había equivocado.

Nos ubicamos ahora en la ciudad de México, 1985 y 1991, y Héctor publica en esos años respectivos dos novelas, Morir en el Golfo y La guerra de Galio. No recuerdo cómo las recibió doña Emma en su amoroso aunque desapercibido tribunal pero sí algo del año posterior a La guerra de Galio. En 1992 Héctor publica un delicioso libro de relatos titulado Historias conversadas y se los dedica, cito de memoria, “A doña Emma y a doña Luisa, quienes por su cuenta inventaron la conversación”. Una de las historias del libro se llama “La noche que mataron a Pedro Pérez” y en ella Héctor logró cristalizar en unas cuantas páginas la cantidad de veces que durante las sobremesas de la casa de México 15 oímos esa historia ocurrida en Chetumal. Y armó el relato al debido modo: haciendo que doña Emma y doña Luisa aparecieran como los personajes que alternamente contaban esa historia. Pues bien: cuando apareció el libro yo al menos pensé que doña Emma aprobaría en su tribunal a Héctor con ese solo relato, que tan bien las retrataba a ella y a su hermana Luisa como incomparables narradoras. No fue así; bastó que en una sobremesa posterior alguien mencionara el relato de Héctor titulado “La noche que mataron a Pedro Pérez” para que doña Emma dijera que ella sabía esa historia, retomara su mando narrativo y volviera a contarnos —alegre y conmovedoramente para nosotros—su “La noche  que mataron a Pedro Pérez”. En efecto, con doña Emma no se podía.

Ciudad de México, 1999. Se presenta la novela El resplandor de la madera, novela largamente incubada por Héctor desde su primer regreso a Chetumal en 1966 luego de que nuestra familia emigrara a la ciudad de México después de nuestra quiebra chetumaleña. Antes de que apareciera la novela, Héctor me había  dicho no sin cierta consternación que doña Emma guardó un digresivo silencio —o sea, como que empezó a hablar de otra cosa—luego de que él le había dado a leer los originales de El resplandor de la madera. Héctor, filial y amorosamente, supo interpretar el silencio y la huída temática de doña Emma: ambas cosas querían decir que así, como la había contado Héctor, no era la historia de todo aquello. Mejor dicho: que así era, pero que así no iba. Porque ella ya se había encargado y seguiría encargándose de contarla. Héctor seguía sin ser aprobado en el tribunal de doña Emma.

Chetumal, 1999 o 2000. Se presenta El resplandor de la madera y asiste doña Emma, feliz por su hijo Héctor pero feliz también de intercalar su o para ella la verdadera historia narrativa de todo aquello. No estuve ahí y no pude ser testigo presencial pero a la distancia en la ciudad de México leí en un despacho de prensa que Héctor hizo una referencia a cómo Gabriel García Márquez se había apropiado de todo al escribir Cien años de soledad; de todo quería decir: respecto a quien se propusiera confeccionar una novela ubicada en un pueblo del trópico hispanoamericano. En relación con esto, recordé: estamos en Chetumal, 1967. Mi abuelo Manuel Camín, ya ciego, se encuentra metido en su cama y debajo del mosquitero. Antes de dormir, su hija Emma empieza a leerle Cien años de soledad, que comenzaba a ser o era ya un fenómeno mundial y en todas partes se hablaba de la portentosa imaginación garciamarquiana. No sé si Emma había pasado siquiera de leerle el famoso comienzo de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. No sé si había ido más allá de eso cuando su padre asturiano Manuel Camín le detuvo la lectura y le dijo: “¡Emma! ¿Tú crees que ese hombre está inventando? No inventa nada. Los colombianos son así”. Muchos años después, viendo o sintiendo a Héctor frente al tribunal de doña Emma, yo había de recordar esto porque a doña Emma, otra vez en su amorosa distracción, le pasaron desapercibidos la cantidad y la calidad de trabajo y arte de narrar que Héctor debió poner en El resplandor de la madera para que el pueblo que aparece en la novela con el nombre de Carrizales, en efecto re-creación o refundación literaria de Chetumal, no remitiera ni de lejos al Macondo de García Márquez.

Chetumal, noviembre 12, 2014. Estamos, de noche, al aire libre en el legendario Parque de los Caimanes para la presentación del libro Adiós a los padres de Héctor Aguilar Camín. Como presentador voy refiriendo un poco esta misma historia de Héctor ante el tribunal de doña Emma y, aprovechando la asistencia entre el público de nuestro primo Enrique Aguilar, distinguido notario de Chetumal, yo declaro entonces ante notario que con la maestría narrativa de Adiós a los padres Héctor aprueba definitivamente en el tribunal literario de doña Emma. Pero no sé si entonces hubo una brisa que conmovió leve y dulcemente a los árboles del Parque de los Caimanes y pensamos que era el fantasma de doña Emma que se presentaba a contar la historia como debía hacerse.

Ante esto, empiezo a concluir con un cuento zen. Es el cuento de un famoso narrador, capaz de contar como nadie todo tipo de historias. Un día se le aparece un futuro monje y le dice que si es tan bueno le cuente el cuento del Niño-Durazno, pero bien contado, como se lo contaba su mamá. El narrador intenta responder una y otra vez al desafío pero el otro le dice cada vez: “Así no. Cuéntamelo como me lo contaba mi mamá”. Al final el narrador lo logra, pero después de largos años. Se nos dice que fue la manera en que el futuro monje le impartió el zen al narrador. Y obtuve aquí una revelación. Pienso que al cabo de los años podemos retirar el tribunal de doña Emma a Héctor, porque no era un tribunal sino la manera secreta en que la misma doña Emma le impartió el zen a su hijo Héctor de tanto decirle, de modo directo o al sesgo o cambiando de tema o retomando ella el pulso narrativo, que así no iba la historia. Y ahora que lo pienso, quizá la primera impartición del zen tuvo lugar cuando doña Emma le dijo a Héctor que se pusiera un libro.

Ya tuvimos un cuento zen; ahora concluyo con un cuento chino. No un cuento chino “chino”, sino un cuento chino de verdad. Antes de ir a él aprovecho para confesar de nuevo algo. Ya dije que durante algún tiempo Héctor y yo compartíamos los cuartos de arriba de nuestra casa en la avenida México 15. Y varias veces, en cuanto yo tenía la seguridad de que Héctor no sólo no estaba sino que tardaría un buen tiempo en regresar, echaba mano o pie de la silla puesta junto a una mesa vieja que en el cuarto funcionaba  como escritorio, y trepado en ella alcanzaba el ropero donde Héctor guardaba celosamente una carpeta negra, con lomo ajustable y prensil para las cuartillas, que contenía sus cuentos. En su ausencia yo los leía en secreto y con asombro para luego devolver la carpeta a su escondite como si nada hubiera pasado. Hoy vuelvo a delatarme porque ahí me di cuenta del tamaño de escritor que era Héctor. Después de tantas lecturas subrepticias llegué a aprenderme de memoria pasajes de sus cuentos que me encantaban. Y ahora, el cuento chino. Es el de un pescador que una mañana va por un riachuelo cuyas márgenes están floridas de duraznos y al final llega a una cueva repleta de maravillas. Cuando sale de ella a comunicar su hallazgo la cueva no vuelve a aparecer. Por ese tiempo en que yo leía a escondidas a Héctor, encontré una cueva leyendo los Cantos de Maldoror del conde Lautréamont. En esa cueva había una maravilla que entonces y para siempre ha cifrado mi relación con Héctor. Como en la cueva del pescador, cuando volví a buscarla en la poesía de Lautréamont ya no la encontré por ningún lado. Pero les juro que había esa cueva; o si la soñé, o fue de mi invención, qué más da. La cueva era una frase que decía: “A un hermano le gusta contemplar, sin ser visto, los hechos del hermano”. Claro que aún me acompaña esa cueva, al grado de que hace algunos años la puse en el portal de uno de mis libros para dedicárselo a Héctor. Va de nuevo: “A un hermano le gusta contemplar, sin ser visto, los hechos del hermano”. Para esta noche, me permito hacerle una adaptación a la cueva: “A un hermano le gusta contemplar, en público o a la vista de todos, los hechos del hermano”. El hermano que hoy recibe la Medalla Bellas Artes. Muchas gracias y felicidades, Héctor Aguilar Camín.

 

Luis Miguel Aguilar

 

5 comentarios en “Los hechos del hermano

  1. Tuve hace algunos años el honor y RL placer de conocer e intercambiar algunas palabras con dn vector a quien yo ya admiraba, y al comentarle que veía su programa en la tele, me dijo que pues ya tenia seguridad de que 2 personas lo veían su mama y yo, muy cariñosamente me abrazo, y luego nos cono unos cuentos o chistes a mi prima y al
    Lic Pedro Joaquín y nos reímos mucho, nunca lo olvidaré, esto paso en cozumel, y cada día lo admiro mas. No sabia que su hermano, también escribiera tan bien, los felicito a ambos y aquí en cozumel tienen su casa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>