rilke

Los textos incluidos en Serpientes de plata y otros cuentos (Relatos tempranos del legado) (Siruela) son testimonios de la imaginación del joven Rainer Maria Rilke. Publicamos uno de los veintitrés relatos que integran el libro.


La pequeña se había dormido…

—Por fin —suspiró la mujer pálida y joven que se sentaba junto a la camita cubierta por un velo de algodón. Juntó las manos sobre las rodillas y miró fijamente, con sus grandes ojos grises, la amarilla luz de la lámpara. En el cuarto reinaba un silencio total… Y por ello se oía más fuerte la respiración regular de la niña que dormitaba… Adormecida… pensó la madre, cerrando por un momento sus grandes párpados. Luego levantó la vista y miró a su alrededor… Elegante, pero no confortable: los altos muebles de patas macizas y superficie adornada parecían demasiado nuevos, las cortinas de las ventanas, demasiado costosas y ricas. Todo era frío, ajeno, formal; volvió a suspirar.

¡Qué silencio alrededor! La niñera se había retirado a su habitación, el marido no había vuelto a casa aún y fuera, en la calle, no se movía nada. Al fin y al cabo estaban a más de una hora de la ciudad y… ¿qué hubiera podido ofrecerle la ciudad? Aquello, el solitario Mühlhof —así llamaba la gente a la villa del propietario del molino que se alzaba a orillas de un estanque verde y fangoso, frente a las casas de los trabajadores—, aquello le venía muy bien.

Pensó en cómo se había alegrado…… entonces, sí entonces……..

Entró la niñera.

Ella la despidió con pocas palabras.

Sí, quería estar sola; quería por una vez reflexionar, reflexionar…

La criada se fue.

Clara apoyó la barbilla en la mano. Sus pensamientos se remontaron muy, muy atrás. A su primera infancia. Vio a padre, madre; su padre de rasgos duros, labios bordeados de surcos, ojos descoloridos, hundidos y rodeados de innumerables arruguillas; y su madre, aquel ser bueno, pequeño y cariñoso, de voz siempre trémula y ojos soñadores de un pardo oscuro………… los dos… muertos. Sus pensamientos se volvieron borrosos: vio el coche fúnebre y los hombres negros, y sintió el olor a moho y humedad y a incienso… Se estremeció…

….. primero su madre, poco después aquel hombre viejo, encorvado y severo….

La niña se agitó en la camita. Su madre, sin embargo, no se dio cuenta. Como torres centelleantes surgidas de la niebla veía resplandecer recuerdos de su juventud: el primer árbol de Navidad… ¡Cuánto tiempo se había preparado, qué gran fiesta iba a resultar! Fue muy aplicada en el colegio… Por el árbol cosía y tejía hasta destrozarse casi los meñiques, y leía la cartilla hasta que su padre, irritado por el mucho aceite que consumía, apagaba la lámpara… El árbol de Navidad. Era el fundamento de sus días, el sueño de sus noches. Y entonces llegó… El salón estaba reluciente, con sus suelos como espejos y las serias sillas de patas rígidas; y en medio estaba el arbolito con luces y dulces…. ¡sí, qué alegría!… Sin embargo, cuando dos horas después la acostaron, su pequeño pecho le oprimía. Hubiera querido llorar. Sentía que algo, algo había faltado,… no sabía qué… Pero le había quedado en el corazón un vacío,… y en ese vacío, en ese agujero se acurrucaba aquello… como una desilusión.

Siguió pensando; así había sido en todos sus juegos, en todas sus alegrías. Mucho tiempo antes, su padre y su madre le describían las delicias de los próximos acontecimientos. Con qué atención los escuchaba, cómo le palpitaba el corazón de feliz expectación… Y por fin llegaban y, después de una súbita y estridente explosión de alegría increíble y jubilosa, sólo lograban suscitar en ella melancolía y amargura…

Le dolía la cabeza. La levantó lentamente y se soltó con suavidad el moño. Al hacerlo observó su imagen al otro lado, en el espejo. Vio su cabello exuberante y castaño, sus grandes ojos….. y pensó que éstos eran muy serios. Sonrió. Pero le pareció muy cansada. En otro tiempo hubiera podido sonreír de otra forma… Recordó la velada anterior a su primer baile.

¡En otro tiempo!

—Te traemos la ofrenda, niña —había dicho su padre—, aunque no nos resulta fácil… Te traemos la ofrenda…

¡La ofrenda!… Y ella había gritado de júbilo. El ligero vestido de tul de sencillas flores le pareció el dorado vestido de gala de una princesa de cuento de hadas. Se miró en el espejo… durante horas… Su padre movía la cabeza, y su madre se sentó a su lado y, de cuando en cuando, se llevaba el pañuelo a los ojos soñadores.

……. y a la mañana siguiente volvió a casa llorando. ¿Por qué? No sabría decirlo… Había gustado. Había escuchado suficientes palabras bonitas, y los hombres habían puesto a sus pies todas las modernas metáforas de admiración llegadas a la provincia desde el bullicio de la gran ciudad….. ¿y a ella?… Sí, le había gustado… durante un segundo. Después, después fue exactamente así, como siempre. En su alma volvió a abrirse aquella grieta imposible de cerrar. Faltaba aquel… algo. ¿Cómo lo había llamado siempre de niña?… el,… el… ¡lo Uno!…

Sí, lo Uno, le faltaba siempre…..

Tres lunas más tarde murieron sus padres.

Luego,… luego, ¿no sabía ya muy bien qué ocurrió?

Sí, luego él, August, pidió su mano a su tío, el rico propietario del molino; la mano de la pobre huérfana.

—Qué suerte tiene —murmuraba la gente, moviendo la cabeza.

Así se convirtió en novia. Y entonces vino la boda.

Ahora se cumpliría… lo Uno. Así lo había soñado entonces.

Pero ante el altar sintió el incienso y el aroma de las flores, y sólo recordó el entierro de sus padres….. Cinco minutos más tarde daba el sí. Era la mujer de August…

Banquete de bodas: gente que reía, tintineo de copas, brindis… y qué sé yo qué… Ella se retiró pronto.

Él la siguió… su marido.

La cortina de la puerta susurró al cerrarse. Estaban solos.

Por un segundo le pareció como si tuviera que florecer entonces una felicidad sin límites, como si lo Uno……

Entonces el aliento de él le rozó la cara; sintió su repugnante hedor a cerveza y vino, y se asustó de la mirada animal de sus brillantes ojos…

Luego el niño fue toda su esperanza… Cuando estuviera en el mundo, ella tendría un ser al que podría entregarse y por el que podría vivir… sí, eso era… lo que le faltaba… pensó…

Vino la niña. Con sus dolores y complicaciones. Luego, los gritos y las ridículas carantoñas de August… Y entonces se rió de veras.

Eso la sacó de sus sueños.

Miró a su alrededor.

La niña se había destapado.

Ella, sin embargo, no se movió…

Se oyó un estrépito. Un coche retumbó en el vestíbulo.

Un pensamiento la atravesó: ¡August!… Ahora volvería, con sus ojos turbios, con su alegría vinosa. Del casino de los comerciantes, como él decía… La abrazaría, besaría, contaría otra vez chistes de mal gusto… De repente se sintió asqueada. Se levantó de un salto, echó el cerrojo a la puerta y escuchó… Sí, ya llegaba. Conocía aquellos pasos. Él hizo girar la manija; luego dio un golpe, y otro; la llamó por su nombre. Luego lo oyó maldecir… Él aguardó un instante aún. Luego dio unos pasos por la habitación, silbando, y finalmente ella oyó cómo bajaba pesadamente las escaleras. Debía de pensar que estaba dormida, y se había ido a su propia habitación a descansar.

Ella respiró profundamente. Tenía la garganta seca. Volvió a sentarse en la silla, a la cabecera de la cama. Oyó cómo desenganchaban los caballos en el patio. Gritos roncos, luego voces de mujer… Risitas… Miró la hora… Eran casi las once. Bueno. Ahora, otra vez la noche, y… ¿luego qué?

Luego amanecería de nuevo. Llamaría a la criada. Haría que lavara y vistiera a la niña. Bajaría a desayunar. Se ocuparía de la casa. Luego miraría por la ventana el amplio techo de la fábrica y el estanque verde y profundo; y al otro lado las máquinas crujirían y los hombres gritarían como siempre. Y así no sólo mañana, también pasado mañana… y todos los días… siempre… Le dio un vahído. Cerró los ojos. Sintió aquella infinitud. Era gris. Gris como un campo arado, vasto, sobre el que reposa la niebla de otoño.

La niña dijo algo en sueños. Y entonces:

—¡Mamá, mamá!

Clara se irguió.

—¡Duerme! —dijo lacónicamente.

No vio la manita que se tendía hacia ella. La pequeña empezó a llorar.

Su madre, sin embargo, se había acercado a la ventana. Miró hacia fuera, hacia la noche gris y cansada. Allí estaba el estanque, mudo y sin brillo; y los sauces de la orilla eran negros. No comprendía cómo podía haber nada tan negro…

El llanto de la niña se hizo más débil, convirtiéndose otra vez, poco a poco, en respiración regular. Clara siguió mirando hacia fuera…

¿Debía acostarse ahora?

En realidad añoraba dormir… dulce y prolongadamente…

¿Tal vez fuera el sueño lo… Uno?…

Anduvo de un lado a otro por el cuarto. Tiritaba de frío. Se detuvo junto a la puerta y escuchó. Todo estaba en silencio. Abrió con cuidado. En el umbral miró a su alrededor… temerosa y tímida.

Luego corrió apresuradamente por el vestíbulo hacia la escalera.

A lo lejos ladró un perro.

Ella se estremeció y… aguardó… Nada…

Entonces bajó a tientas la escalera… suave, muy suavemente…

¡Qué oscuro estaba!

Pero de pronto tuvo que sonreír.

Ahora sabía qué era lo Uno… lo Uno…

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Y se dirigió al estanque del molino. ____

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Fin…

 

Rainer Maria Rilke
Sus obras esenciales son Elegías de Duino y Los sonetos a Orfeo. Entre sus trabajos en prosa destacan Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y Cartas a un joven poeta.

Traducción del alemán de Miguel Sáenz.

Edición del Archivo Rilke en colaboración con Hella Sieber-Rilke y al cuidado de August Stahl.

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