La semana pasada un episodio escandaloso circuló por las venas abiertas de las redes sociales. Un profesor universitario aparecía impartiendo clase frente a un grupo de estudiantes de una escuela preparatoria de la Universidad de Guadalajara, hablando de manera “soez y poco apropiada” (según lo calificó posteriormente la directora de dicha escuela) sobre la violencia contra las mujeres. En pleno día internacional de la mujer, el escándalo se volvió “viral” y el profesor fue exhibido como misógino, machista e ignorante. Aunque luego se supo que el video había sido filmado y editado por los propios estudiantes, y fue  “descontextualizado” de la clase completa del citado profesor (clase que tiene el paradójico título de “Habilidades del aprendizaje”), el daño ya estaba hecho. Las autoridades universitarias anunciaron rápidamente un procedimiento administrativo y posibles sanciones al profesor. No se sabe en que terminará este drama minúsculo de la vida universitaria.

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La nota llama la atención porque retorna al primer plano una discusión clásica: el de los límites entre la libertad de cátedra y la ética académica. Más allá del linchamiento mediático al profesor, del clima de indignación  moral que suscitó en las redes el video, y de la confirmación de los efectos indeseables del poder efímero de las redes sociales, lo que resulta relevante es la confirmación de la ambigüedad de  los límites entre los imperativos éticos, la responsabilidad intelectual y las prácticas académicas universitarias. ¿Hasta dónde un profesor o profesora puede ejercer la libertad de cátedra en el ejercicio cotidiano de su labor frente a los estudiantes? ¿Es legítimo que los estudiantes utilicen las nuevas tecnologías para realizar labores de espionaje y denuncia sobre sus profesores?  ¿Cómo actúan las autoridades universitarias frente a este tipo de actos, más comunes y cotidianos de lo que se piensa? Las lecturas del asunto son diversas debido precisamente a la naturaleza pantanosa de las relaciones entre estos componentes. Atribuir a las redes sociales la culpa de las deformaciones de una información pública, al profesor el uso de un lenguaje no apropiado, o a la pureza de las normas burocráticas universitarias el cumplimiento de las labores académicas, significa eludir la complejidad del asunto.

Que un profesor exprese una opinión, ofrezca un ejemplo, o recurra a cierta dramatización de algún tema o situación, es cosa de todos los días. Son usos y costumbres que intentan llamar la atención de los estudiantes sobre temas o problemas de algún tipo.  De alguna manera, son recursos retóricos que dependen del criterio, la experiencia o la capacidad intelectual del profesor o profesora, del tipo de materia que se trate, del programa que corresponda. La libertad de enseñanza supone justamente eso: que el profesor tenga la autoridad académica y la libertad para expresar sus conocimientos u opiniones, así sean polémicas o políticamente incorrectas, bajo el supuesto de que ello es un recurso pedagógico del ámbito académico universitario.

Que un maestro utilice ejemplos que no van al caso, con un lenguaje donde la grosería y la vulgaridad colorean sus ejemplos, son muestra de las limitaciones académicas e intelectuales del profesor, no problemas de la libertad de cátedra. Pero si a eso se agrega el clima de resentimiento que puede existir en ciertas comunidades, y la probada capacidad de escándalo que las imágenes y palabras tienen entre los usuarios adictos a  las redes sociales, que conquistan el éxito y la atención pública por unos minutos o por unas horas, la actividad académica universitaria se vuelve el producto de las aguas revueltas y en ocasiones empantanadas de la corrección política, el linchamiento moral, y la precariedad intelectual de profesores, estudiantes o autoridades universitarias.

La ubicuidad de los nuevos teléfonos inteligentes y de las redes sociales los ha convertido en instrumentos de denigración y chismes que antes se refugiaban discretamente en las paredes de los baños escolares, o que circulaban como anécdotas en las fiestas de profesores o estudiantes.  Las tendencias a la moderación y la prudencia pública —ese “viejo arte de saber quedarse callado en público”, como le denomina Enzesberger en Reflexiones del Señor Z—, parecen desvanecerse entre profesores y estudiantes universitarios. En organizaciones como la universidad, que legitiman su función justamente por el ejercicio de la libertad de reflexión, debate y discusión que teóricamente caracterizan su vida intelectual y académica, la instalación en el subsuelo institucional de prácticas de enseñanza en climas de temor, de venganza y búsqueda deliberada del escándalo y la humillación, muestran el lado oscuro, incivilizado, de las nuevas redes sociales y las prácticas académicas habituales.

Junto con las prácticas de plagio, de simulación académica, de acoso escolar de algunos profesores y estudiantes, o la debilidad de las autoridades universitarias públicas o privadas para actuar ante comportamientos “inapropiados” de unos u otros, y frente al poder de las redes sociales para denunciar, chantajear o exhibir personas y reputaciones, las lecciones del pequeño escándalo de una de nuestras repúblicas universitarias apuntan hacia la confirmación de las paradojas y pequeños dramas  que habitan la vida escolar cotidiana en aulas y planteles.

 

Adrián Acosta Silva

 

5 comentarios en “Ética académica y libertad de cátedra

  1. Comentarios pertinentes del autor, pero no contempla que estamos atravesando por tiempos en que las estructuras piramidales se tambalean, en que los poderes deben ser dinámicos y no ser acaparados, los profesores y las profesoras generalmente tienen mucho margen de dominio sobre lxs estudiantes para calificar su desempeño. Es parte de la crisis que atraviesa la educación como sistema.

  2. La temática es puntual para quienes nos dedicamos a la enseñanza, cierto que existen quienes ostentan titulo de educador sin contar con la vocación o facultades para hacerlo, pero pienso que vale la pena señalar que en este caso en particular, mas allá de estar de acuerdo o en desacuerdo con el método del docente, es que un alumno deliberadamente use la tecnología para difamar y hacer una denuncia falsa. Es triste ver a la generación imperante tan cercana al fascismo y tan lejos del pensamiento critico.

  3. Definitivamente grabar conversaciones con los profesores se ha convertido en un arma eficiente para denunciar falta de ética de estos, ya que se ha visto el fenómeno que tanto en las universidades como en los ayuntamientos el personal académico, no está allí precisamente por capacidad, sino más bien por compadrazgos o clanes, y si no eres a fin a uno u otro clan, este tiene la facultad de perjudicarte arbitrariamente faltando a la ética profesional ya que se protegen unos a otros, y al estudiante no le queda más que hacerse de todas las armas posibles para defenderse. Así que no me sorprende que los maestros sean perjudicados de la misma manera, es un fenómeno que pasa en todas las universidades, en lo personal mi experiencia fue con la UGde Guanajuato.

  4. Esos límites, de lo que puede o no hacer el profesor con sus estilos personales, deben ser motivo de discusión muy seria en todos los niveles y modalidades de la educación formal.