En la Kenia colonial de 1949, Onyango Hussein Obama fue torturado en prisión. El leal cocinero del Imperio Británico fue acusado de conspirar en contra de las fuerzas extranjeras. Con manos y piernas atadas y su rostro viendo al suelo, Onyango Obama era azotado cada mañana y cada noche. El castigo entraba en pausa, sólo durante algunas horas, hasta que juraba jamás volver a conspirar en contra del hombre blanco y su gobierno.1



Dos generaciones después y del otro lado del Atlántico, Barack Hussein Obama Jr. escuchaba la petición de un pequeño niño afroamericano. “Quisiera saber si mi cabello es como el tuyo”. Desde la Oficina Oval de la Casa Blanca, aquel niño constató que, en efecto, su cabello y el del presidente de Estados Unidos tenían la misma textura, densa y rizada. Entendió que, de algún modo, él y el presidente eran iguales.

La administración de Barack Obama es ineludiblemente simbólica: en un país cuyo núcleo histórico ha sido lidiar, de la esclavitud al encarcelamiento masivo, con la injusticia racial, Obama será inevitablemente recordado como el primer presidente afroamericano de Estados Unidos —y de cualquier país occidental. Sin embargo, la particular experiencia de Obama como afroamericano es muy distinta a la trayectoria del joven de color promedio que vivió en ese país durante la segunda mitad del siglo XX.

obama1

Ilustración: David Peón

Barack Obama nació y creció entre islas del Pacífico. Sus padres, Barack Obama Sr. y Ann Dunham, se conocieron en una clase de ruso en la Universidad de Hawái. Tras terminar sus estudios, el mujeriego e intelectual Barack Obama Sr. dejó atrás a su familia para embarcarse hacia Harvard. Por su parte, una nueva relación llevó a Ann Dunham a Indonesia, donde Barack comenzó su educación formal. Consciente de que el desarrollo de su hijo se vería truncado de quedarse en Yakarta, Ann Dunham envió a Barack a Hawái, bajo la custodia de sus padres, originarios de Kansas.

A los diez años, Barry —como era conocido durante su infancia y adolescencia— había sido parcialmente abandonado por sus padres y depositado con sus abuelos blancos. Sin embargo, bajo la sombrilla multicultural de Honolulú, y a pesar de tener una familia dispersa en distintos continentes, Obama no padeció el racismo en su versión más cruda. Después de Hawái, Obama quedó marcado por ciudades liberales y universidades de élite en las costas progresistas de Estados Unidos.

La conclusión más potente de la biografía de Obama no es la extraordinaria diversidad con la que creció como metáfora de la historia estadunidense. De hecho, detrás de la dramatización de su biografía se esconde un punto fundamental. Como precisa Ta Nehisi Coates en un monumental ensayo, en las aulas de Columbia, Harvard y la Universidad de Chicago, Obama se pudo haber instalado en la comodidad del liberalismo cosmopolita estadunidense.2 Decidió, en contraste, vivir en Harlem y en el sur de Chicago —dos enclaves marginales de comunidades negras. Inspirado en Martin Luther King y el movimiento por los derechos civiles, optó por ser organizador comunitario, una suerte de trabajador social, en vez de recibir los salarios de la abogacía y abrazar la clase alta.

Obama, el individuo multirracial, decidió ser negro. Obama, el político, escogió ser un hombre universal. En consecuencia, la pulsión específica de encarar la disparidad histórica en contra de la comunidad afroamericana quedó en un plano secundario. Sabiéndose el primer presidente negro, Barack Obama optó por la neutralidad. Esta tensión personal y política definió su legado.

***

Después de un ascenso meteórico que lo llevó del Senado de Illinois a Washington, Barack Obama orquestó una coalición de votantes liberales, afroamericanos, hispanos, junto con una fracción importante de la clase trabajadora, que se tradujo en un contundente triunfo electoral sobre John McCain en 2008. La victoria se extendió al Congreso, pues el Partido Demócrata ratificó su control sobre la Cámara de Representantes y el Senado con una holgada mayoría de 60% en ambas cámaras. Como sucede comúnmente en el Reino Unido y en regímenes parlamentarios, el jefe de gobierno contó con el dominio completo del Congreso; una ventana de oportunidad que hizo valer a cabalidad.

Durante los dos primeros años de su administración, con el control del legislativo, Obama desplegó una ambiciosa estrategia para enfrentar varios de los más complejos y urgentes problemas en Estados Unidos: la crisis económica de 2008-2009, las guerras de Afganistán e Irak, el cambio climático y el atrofiado sistema de salud. Según apunta Ryan Lizza, el primer momento de la administración Obama es el más comprehensivo y productivo comienzo de cualquier gobierno desde la entrada de Franklin Delano Roosevelt durante la gran depresión y la implementación del New Deal.3

Como el gigante demócrata, Obama heredó una histórica crisis económica que logró solventar reformando a Wall-Street y, fundamentalmente, a partir de enormes inversiones a través del gasto público. La administración demócrata implementó un estímulo de 800 miles de millones de dólares, aprobó una serie de regulaciones financieras aglutinadas en la ley Dodd-Frank y también rescató la vital industria automovilística. El paquete de estímulos fiscales, destinado a reactivar la economía, se tradujo en inversión en educación, infraestructura y energías renovables.4 Además de paliar el desempleo rampante, la recuperación económica de Estados Unidos contrastó con la doctrina de austeridad draconiana implementada en Europa. En sus primeros años, Obama encabezó una atrevida apuesta económica que no sólo puso fin a la recesión global más profunda en los últimos ochenta años, sino que terminó por derrotar a su contraparte ideológica.

Al tiempo que enfrentaba la crisis financiera, los demócratas consiguieron su victoria política más icónica: la reforma al sistema de salud conocida como Affordable Care Act u Obamacare. La transformación de la industria médica estadunidense fue notable. La administración federal irrumpió en el mercado para gobernar sus excesos: prohibió la discriminación que las empresas aseguradoras adoptaban, con base en condiciones médicas preexistentes, en contra de consumidores a la deriva; ofreció subsidios y penalizaciones para disminuir considerablemente el número de personas sin seguro médico, expandió significativamente la elegibilidad y los fondos de Medicaid —el programa de salud que asegura a personas de bajos recursos— y concedió incentivos para que los hospitales que reciben apoyos federales ofrezcan mejores servicios a menores costos.

Aunque lejos de ser una reforma idónea, Obamacare fue un hito histórico que dejó más de veinte millones de individuos asegurados y una industria revolucionada. Deliberadamente, fue también el esfuerzo mejor logrado para combatir la hipertrofia de la desigualdad, pues los subsidios estaban destinados para evitar tragedias financieras en las familias de menores ingresos. Como cualquier reforma que cimbra al statu quo, la política de salud desató una contrarreforma enfebrecida y radical, una embestida contra la administración de Obama que comenzó antes de las elecciones intermedias de 2010. El intento fallido de implementar, aun en 2009, un sistema de compraventa de gases de efecto invernadero que limitaría su emisión representó el principio del callejón sin salida en el que se convirtió el Congreso durante el resto de su gobierno.5

***

En noviembre de 2010 el Partido Republicano recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes, lo que normalmente implicaría volver al proceso de negociación propio de un sistema de pesos y contrapesos presidencial. Sin embargo, el gobierno dividido representó el fin de una primera etapa y una nueva prueba política para Obama. El presidente confiaba en su capacidad de mediación y prudencia —la misma que le granjeó el apoyo en masse del flanco conservador del Harvard Law Review, cuando fue electo presidente de la publicación— lo llevarían a buen puerto en algunas negociaciones de interés para el Partido Republicano.6 En el fondo, sus abuelos de Kansas, blancos y parroquiales, su madre, antropóloga y cosmopolita, y su experiencia como organizador comunitario y legislador local en el Midwest alimentaron la esperanza de encontrar ese mismo ecosistema abierto al diálogo y susceptible a la persuasión en el resto del país.

Con miras a la reelección, el presidente conciliador se dirigió con sutileza sobre el terruño republicano. Se mostró ecuánime cuando, increpado por la falta de acciones específicas para apoyar a la comunidad afroamericana, declaró que lo mejor que podía hacer era impulsar el crecimiento de la economía entera, no el de ninguna demografía en particular. Concentró sus esfuerzos en la operación que terminó con Osama bin Laden y concluyó las operaciones militares en Irak. En noviembre de 2012, con menor temple que en 2008 pero con similar efectividad, Obama venció a Mitt Romney en las elecciones presidenciales. La distribución de fuerzas en el Congreso permaneció estable, con el Senado demócrata y la Cámara de Representantes republicana.

Frente a la mesura y el intento de negociación, la oposición respondió asfixiando la agenda demócrata por completo. Bajo el dominio republicano de la cámara baja, el estímulo económico terminó —lo que deterioró la recuperación del empleo. La reforma de salud fue criticada a ultranza y arremetida hasta llegar a las instancias últimas. La Suprema Corte de Justicia, con mayoría conservadora, matizó y ulteriormente defendió la regulación en dos intentos distintos por desplomarla. La polarización partidista y el grado de inoperancia en Washington llegó a punto tal que el Partido Republicano amenazó con no asignar fondos al gobierno federal si éste no daba marcha atrás con respecto a su política sanitaria. La situación llegó al límite con el cierre indefinido de la administración federal, impulsada por el ala derecha republicana: el consolidado Tea Party, cuyos partidarios dieron legitimidad a rumores, burdos y racistas, sobre la nacionalidad y la fe de Barack Obama.

La peor derrota política del presidente llegó a finales de 2012, cuando un joven de veinte años asesinó a su madre, a veinte niños de entre seis y siete años y a seis adultos que trabajaban en una escuela primaria en Newtown, Connecticut. La masacre catalizó a la maquinaria demócrata hacia una serie de reformas para controlar el uso de armas en Estados Unidos. Obama, aunque visiblemente enardecido, encabezó un esfuerzo legislativo moderado para regular mínimamente el mercado de armas. Las medidas incluían prohibir la venta de rifles militares —diseñados para asesinar con la eficacia necesaria propia de una guerra—, limitar la capacidad máxima de municiones disponibles por arma, así como expandir el sistema de registro para los potenciales compradores, a fin de impedir el acceso para personas con padecimientos mentales. El plan fue completamente rechazado en el Senado, con mayoría demócrata pero incapaz de legislar sin cooperación bipartidista.

La cerrazón a ultranza del Congreso detonó un cambio esencial en Obama, el hombre y el político. La apuesta por la pausa y la deliberación, por la persuasión y el diálogo, cedió su lugar primordial frente al decreto que, paulatinamente y con el paso de los años, encontró su cauce en la Oficina Oval. Antes de claudicar frente al extremismo conservador, antes de enviar su segundo término al olvido anticipado, Obama decidió traicionarse a sí mismo y dejar de perseguir la utopía de ser el puente que une dos mundos separados. Con el costo de la imposición unilateral y su autoridad sobredimensionada, el presidente encontró en las acciones ejecutivas la única manera de sortear, sólo parcialmente, el laberinto legislativo republicano.

La administración federal cambió las formas pero no la substancia. Obama reinició su batalla contra el cambio climático y, amparado en una empolvada ley de 1970, ordenó a la Agencia de Protección Ambiental implementar medidas agresivas en contra de la industria del carbón, el sector más contaminante del país. La ambiciosa regulación ocasionó el cierre de cientos de plantas, lo que causó una respuesta airada en el Congreso y en las cortes. Sin embargo, la puesta en marcha de la política ambiental detonó una secuencia virtuosa de eventos que culminó en el histórico acuerdo de París.

La notable regulación doméstica nutrió a la diplomacia estadunidense en sus negociaciones al exterior. Específicamente, dio el poder de negociación suficiente para convencer a Xi Jinping de unirse a un liderazgo doble para atemperar el calentamiento global. El acuerdo entre Washington y Beijiing, los dos más grandes contaminantes del mundo, fue clave para alcanzar un tratado internacional vinculante en Francia —la defensa primordial y subóptima con la que el hombre planta cara al calentamiento del planeta. En el ocaso de su administración, y a través de una ley con más de cien años de antigüedad, Obama estableció la zona ecológica protegida más grande del mundo, sobre el océano Pacífico de su infancia, en Hawái.

Al arsenal de méritos en política exterior, ambos alcanzados en la parte final de su segundo mandato, se añade el fin del anacronismo y la apertura de las relaciones diplomáticas con Cuba, así como el polémico acuerdo con Irán, enclave subversivo, que garantiza la seguridad regional al desarmar la capacidad nuclear de Teherán. Los triunfos de la diplomacia demócrata ejemplifican la convicción del diálogo, sobre todo con el enemigo, característica de Obama. En contraste, el absoluto fracaso de la guerra civil siria y el surgimiento del Estado Islámico se explican tanto por la convicción central de moderación y cautela como a partir de las lecciones aprendidas en Irak y Afganistán: Obama entendió que el ejército estadunidense puede ganar guerras y proporcionar cierta estabilidad, pero es incapaz de construir democracias liberales fructíferas en contextos de divisiones étnicas y pobreza profundas.

Su política migratoria es otro ejemplo claro de un legado contradictorio. Como candidato gozó dos veces del respaldo masivo del voto hispano —que resultó particularmente efectivo para derrotar a Mitt Romney en 2012. Sólo en su segundo mandato, la administración federal impulsó la anhelada reforma migratoria. Sin embargo, el férreo bloqueo republicano terminó con la iniciativa legislativa bipartidista que incluía el camino a la ciudadanía para más de once millones de migrantes. Hasta ese momento, la administración federal deportaba anualmente a casi 400,000 indocumentados, el mayor registro de cualquier presidente previo, demócrata o republicano.7

Una vez que la iniciativa fue rechazada, Obama volvió a la fórmula del soliloquio y emprendió una partida doble. Por un lado, disminuyó en un tercio el número de deportaciones anuales durante el resto de su mandato.8 Por el otro, instruyó una política que protegía temporalmente a jóvenes indocumentados de ser deportados, siempre que hubieran llegado a Estados Unidos a temprana edad y no tuvieran historial criminal. Con el control del sistema de justicia federal, Obama envió a los dreamers al fondo de las prioridades de persecución, permitiéndoles también participar en la fuerza laboral. El programa, conocido como acción diferida (o DACA, por sus siglas en inglés) escudó a más de 700,000 jóvenes indocumentados.

Ante el éxito de la política migratoria, el presidente expandió su estrategia de protección para los padres indocumentados de ciudadanos o residentes estadunidenses. Como el resto de sus medidas que bordeaban el Congreso, la política estaba al filo de la legalidad. La ampliación del proyecto, que buscaba cubrir a más de cinco millones de inmigrantes, fue rechazada inmediatamente por las cortes. En suma, Obama dejó la Casa Blanca con un poderoso sistema de deportaciones masivas y con la información disponible de miles de jóvenes que podrían ser fácilmente deportados por la administración de Donald Trump.

Como un volcán en erupción, el presidente observó y padeció la inercia creciente del racismo y la xenofobia. En el momento primero de la presidencia parlamentaria, Obama escogió las batallas universales —economía, salud y medio ambiente— dejando en el margen las injusticias perpetradas históricamente en contra de las personas de color y otros grupos minoritarios. En un segundo momento, ya sin reelección en el horizonte, el presidente reculó e intentó, sólo de forma parcial, defender a los suyos: visitó una prisión federal, acto inédito entre jefes de estado, y criticó el encarcelamiento masivo y su impacto devastador en contra de la comunidad afroamericana; afiló su discurso y declaró que Trayvon Martin —uno de los cientos de jóvenes negros desproporcionalmente asesinados— pudo haber sido su hijo; cantó en defensa del perdón y la gracia, después de que nueve feligreses de color fallecieran a manos de un supremacista blanco armado.

Sin embargo, la elocuencia y la palabra demostraron ser insuficientes. En tiempos del presidente afroamericano, la realidad de una fracción de la sociedad oprimida por su tono de su piel permaneció incólume: un cuarto de la comunidad negra continuó anclada en la pobreza; la tasa de desempleo entre afroamericanos fue dos veces la de la mayoría blanca; uno de cada diez jóvenes negros estuvo en prisión.9 Obama, el político, escogió ser un hombre universal.

***

Los años de Barack Obama como presidente serán recordados según la temporalidad del lente con que se mire. En el corto plazo, tanto los grandes triunfos legislativos de su primera etapa como los avances más modestos emanados de sus decretos son susceptibles de ser revocados por el vendaval xenófobo de Donald Trump. No obstante, frente a una administración republicana con el control de ambas cámaras y el futuro dominio conservador de la Suprema Corte, cualquier gobierno previo sería vulnerable de ser desmantelado.

Incluso en su faceta unilateral, Obama jamás fue el político rebelde o el iconoclasta beligerante. En el fondo, el presidente optó por acercarse al centro y esperar a que su contraparte hiciera lo propio, cuando en realidad el flanco conservador se alejaba, a pasos agigantados, hacia el otro lado del espectro. La repulsión frente al combate abierto, su incapacidad para detonar el revólver de la confrontación en defensa de lo edificado, ha condenado su legado a la fragilidad.

La paradoja fundamental de la época de Obama es el efecto doble de su convicción por el diálogo, su cruzada política por el símbolo y la palabra. Su mayor fracaso es también su victoria última. Al voltear hacia atrás observaremos al niño afroamericano tocando su cabello, sus lágrimas y su canto febril en contra de la muerte libre, la Casa Blanca encendida con los colores del arcoíris, su abrazo con una vieja rival política y, sobre todo, su mano estrechando la del hombre que escupió a sus principios, a su legado y a su identidad. A la distancia, en el naufragio de las aguas iliberales de Trump, la edificación de Obama será un faro esclarecedor que iluminará la ruta que habrá de recorrerse una vez más. En el largo plazo, los años del presidente afroamericano se verán como un quiebre esperanzador, como una curvatura modesta pero inconfundible, en el largo arco moral de la historia que se inclina hacia la justicia.

 

Arturo Rocha
Politólogo e internacionalista por el CIDE.


1 Remnick, David. The Bridge. The Life and Rise of Barack Obama, Alfred A. Knopf, 2010,p. 38.

2 Coates, Ta-Nehisi, “My President was Black”, The Atlantic, enero-febrero, 2017.

3 Ryan Lizza, Politics and More Podcast, The New Yorker.

4 The Editorial Board, “What the Stimulus Accomplished”, The New York Times, 22 de febrero de 2014, disponible en:  http://nyti.ms/2lUGgP4

5 Vale la pena precisar que con una mayoría en ambas cámaras del Congreso de 60%, el mayor Proyecto legislativo para frenar el calentamiento del planeta fue detenido por congresistas republicanos y demócratas.

6 Remnick, David. The Bridge. The Life and Rise of Barack Obama (2010),p.207.

7 http://bit.ly/2mIZ5Uk.

8 http://bit.ly/2lnsnqo.

9 http://bit.ly/2la4wiU.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>