El que vende una casa por los defectos que tiene, fija su cartel, que es como tender la red en que alguno caerá precisamente sin saberlo. Esto, aunque veo que por la depravación de las costumbres, ni se tiene en la opinión por malo ni está prohibido por la ley ni por el derecho civil; con todo, lo prohíbe la ley de la naturaleza. Porque la sociedad común (esto, dicho muchas veces, se ha de repetir siempre) es el vínculo universal que abraza a todos los hombres, el cual es más estrecho para con los de una misma nación, y aún más para los que viven en una misma ciudad. Y así quisieron nuestros antepasados que hubiese un derecho de gentes y otro civil: éste no siempre es el mismo que el de las gentes, pero el derecho de gentes siempre es lo mismo que el civil. No tenemos nosotros una idea justa y clara de lo que es el verdadero derecho y justicia; nuestras leyes no son más que imágenes y sombras, pero ojalá las guardáramos, porque son sacadas de los mejores ejemplos de la verdad y de la naturaleza. ¿Qué fórmula más estimable que ésta: A fin de que ni por ti ni por tu palabra sea yo burlado ni engañado? Y aquella palabra de oro: Conviene obrar bien y sin fraude, como se acostumbra entre los buenos.

 

Fuente: Cicerón, Los oficios (traducción de Manuel de Balbuena), Espasa-Calpe, 1943; 5ª edición, Madrid, 1980.

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