A principios de 1856 una chica de quince años, Nongqawuse, anunció a los xhosa lo que le habían dicho las voces de sus ancestros: que pronto se levantarían los muertos para volver a su tierra, y traerían nuevo ganado y grano, y comenzaría una época de abundancia, en la que a nadie faltaría nada —y los ingleses volverían al mar, de donde habían salido. Los xhosa recibieron la noticia con un arrebato de entusiasmo. Los ancestros sólo pedían que se sacrificase todo el ganado, y se esparciera el grano y se destruyesen los silos, porque todo estaba contaminado, y que no se volviera a sembrar nada hasta que llegase el nuevo pueblo. La matanza de las reses comenzó de inmediato, y la tierra se quedó sin cultivar.



Tres años antes los xhosa habían sido vencidos en la guerra de Mlanjeni, la más sangrienta de las guerras en la frontera de la Colonia del Cabo. A falta de otro recurso, la última campaña inglesa se había centrado en la destrucción de cultivos. El resultado final había sido la expulsión de los xhosa del distrito de Amathole y la creación de una nueva colonia blanca. Empobrecidos, humillados, desplazados, los xhosa no tenían muchas alternativas, aparte de la dispersión, y trabajar para los colonos ingleses —que significaba dejar de existir. Finalmente, en 1855 se desató una epidemia de pleuroneumonía bovina, y hubo que sacrificar miles de cabezas de ganado para controlar el contagio. Y entonces, cuando el pueblo xhosa estaba a punto de desaparecer, hablaron los ancestros, a través de Nongqawuse.

02-creyentes

Ilustración: Estelí Meza

No era extraño que los ancestros dijesen que el ganado estaba contaminado, incluso los ingleses lo sabían. Llegó entonces la noticia de que Sir George Cathcart, el vencedor de la guerra de Mlanjeni, había muerto en Crimea, víctima del ejército ruso. Nadie sabía qué era Crimea, ni había oído hablar de los rusos. Según los ingleses, eran una tribu blanca —y además estaban perdiendo. Entre los xhosa pronto comenzó a circular otra explicación: los rusos eran los guerreros xhosa caídos en las guerras contra los ingleses, que se preparaban ahora para volver. Según los documentos, aquellos fueron meses de una alegría desbordada, mientras los xhosa sacrificaban masivamente su ganado, y destruían los graneros, a la espera del regreso de los muertos.

No había una fecha, pero todos suponían que el nuevo pueblo llegaría con la luna llena de junio, en 1856. No llegó. Nongqawuse, y su tío Mhlakaza, que había intentado ser predicador de la iglesia anglicana, explicaron que los ancestros se rehusaban a aparecer porque no se había sacrificado todo el ganado.

Los xhosa se dividieron entre creyentes e incrédulos; en sus términos: blandos (amathamba) y duros (amagogoytia), los que se plegaban a las necesidades de la comunidad, y los que sólo pensaban en su propio interés. Unos mataban a sus reses, los otros no. En general, los creyentes eran tradicionalistas, eran pobres, reacios a la colonización, y los incrédulos, los duros, estaban mejor asimilados al nuevo orden —no siempre, no todos.

Apremiados por Sarhili, el más querido, el más piadoso, el más amable de los reyes xhosa, Nongqawuse y Mhlakaza anunciaron la fecha definitiva de la resurrección, el 15 de febrero de 1857. Ya no era posible sembrar ese año, había pasado la temporada, los creyentes ya no tenían ganado: había empezado el hambre. Los ancestros no llegaron. A partir de entonces, del día del Gran Desencanto, la división entre creyentes e incrédulos se tornó áspera, enconada, violenta. Los ancestros no habían vuelto por culpa del egoísmo de los incrédulos, que conservaban sus rebaños. Los creyentes se lanzaron sobre ellos, sobre sus cosechas y su ganado.

El gobernador británico era Sir George Grey, un personaje inclasificable: inteligente, culto, ambicioso y mezquino, deshonesto, inseguro, ególatra, vengativo, casi paranoico. Desde su llegada tenía el único proyecto de integrar a los xhosa a la sociedad colonial como asalariados. La hambruna, el conflicto, el pillaje, le ofrecieron la ocasión que necesitaba. Ordenó al mayor Samuel Gawler que restableciese el orden, con una partida de milicia local. La ofensiva contra bandas dispersas de xhosas hambrientos, enfermos, agotados, fue una carnicería. El gobernador Grey permitió que se diese comida a los xhosa que llegaban a los pueblos, pero sólo a quienes estuviesen en estado de “verdadera necesidad”, y aceptasen ir a trabajar a cualquier lugar de la Colonia del Cabo al que se les enviase, por un periodo mínimo de cinco años. Los jefes fueron condenados a diez años de prisión, y se les prohibió volver nunca a sus tierras.

En tres años la población xhosa pasó de 105 mil a menos de 26 mil. En lo que había sido su país hasta 1856, se abrió a la colonización blanca un territorio de dos mil millas cuadradas.

La esperanza puede adoptar formas muy extrañas.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.