Requirió de un gran esfuerzo del nuevo inquilino de la Casa Blanca, pero finalmente se produjo en México una reacción nacionalista. Ahora las banderas se agitan en las redes sociales y la arenga patriótica se centra en dejar de consumir productos de marcas gringas. Sin embargo, haríamos bien en resistir el tic nacionalista. Es una anomalía que una relación que tiene tantos frentes —económico, social, demográfico, cultural— haya sido monopolizada por la interacción estatal. Ello nos hace perder perspectiva. En la primera semana del gobierno de Donald Trump muchos observadores nacionales concluyeron que la relación entre los dos países pasaba por la peor etapa desde los años veinte del siglo XX y probablemente desde la intervención norteamericana de mediados del XIX. Esto es una clara hipérbole. México no enfrenta, como sí lo hizo en 1914 y 1916, una intervención militar de Estados Unidos. Si durante décadas nos quejamos del intervencionismo —militar y económico— norteamericano en México y América Latina, ahora lo que nos afrenta es que los gringos quieran menos relación con nosotros. Ahora parecerían ejercer un imperialismo del desaire. En efecto, históricamente quienes han querido más relaciones económicas con México eran los Estados Unidos. En México el discurso dominante durante todo el siglo XX —hasta sus postrimerías— fue el de la diversificación de las relaciones económicas. El dictum de Porfirio Díaz (“pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”) ha sido mucho más exitoso en el tiempo que las bondades de la integración norteamericana que ahora añoramos.



¿Pueden México y Estados Unidos volver a ser “vecinos distantes”? ¿Podemos volver al futuro? Es poco probable. Una de las líneas que los partidarios del TLC adujeron a principios de los noventa, cuando el acuerdo se negociaba, era que el proceso de integración económica entre los dos países era inevitable. Ocurría de manera desordenada y poco eficiente. Estados Unidos ya era el principal socio comercial de México. El TLCAN formalizaba y facilitaba las tendencias en marcha y las potenciaba, pero no las creaba. Eso fue lo que hizo. México no puede reorientar su economía hacia China o Europa. Su economía está ligada, de manera más o menos eficiente, a la de América del Norte. Su planta productiva, sus cadenas de consumo y los flujos de inversión son los de la región que incluye a Estados Unidos y a Canadá. Eso es así con o sin TLCAN. Podemos tapar el sol con un dedo o podemos aceptarlo. Lo anómalo es que hasta hace muy poco tiempo los tres países reconocían y celebraban esta sociedad. Ahora el socio principal dice querer desconocerla. Había un sueño compartido del que hemos despertado. En el proceso Estados Unidos puede infligir un enorme daño a los otros dos países, pero principalmente a México.

03-muro

Ilustración: Belén García Monroy

La compleja relación entre ambos países jamás ha tenido una representación simbólica adecuada. Imaginarla como la mera interacción entre los gobiernos de México y Washington es creer que la punta visible de un iceberg es todo lo que existe. No se trata de una relación meramente interestatal. Reconocer esto es crítico en un contexto de conflicto. Lo cierto es que el registro contencioso entre los dos países es largo y venerable, pero nunca antes en la historia había ocurrido un choque en un contexto de tanta interdependencia y vinculación. El muro no es un medio para contener la inmigración del sur; es en realidad una reacción simbólica, un prurito nacionalista de los estadunidenses, ante esa realidad que sobrepasa a los gobiernos. La respuesta a ese muro debe ser una profundización de los múltiples vínculos que unen a los dos países. Se trata de pequeñas e innumerables acciones subversivas binacionales, de comunidades imbricadas, de productores, de habitantes de la frontera, etcétera. Ello involucra apelar directamente no sólo a los intereses de una buena parte de nuestros vecinos, sino a sus valores, a su historia cívica. No es la punta del iceberg la que romperá el casco del nuevo nativismo norteamericano, sino la enorme masa sumergida que constituye la verdadera relación bilateral. No seremos vecinos distantes, sino renuentes. Pero seremos.

 

Una modesta propuesta. Ya que del otro lado se construirá un muro ignominioso, propongo que de este lado de la frontera erijamos una valla monumental, en la cual se inscriba el poema de Emma Lazarus que acompaña a la estatua de la libertad en Liberty Island. Una gran valla que les recuerde a nuestros vecinos quiénes fueron. Muchos sí pagaríamos para levantarla:

Not like the brazen giant of Greek fame,
With conquering limbs astride from land to land;
Here at our sea-washed, sunset gates shall stand
A mighty woman with a torch, whose flame
Is the imprisoned lightning, and her name
Mother of Exiles. From her beacon-hand
Glows world-wide welcome; her mild eyes command
The air-bridged harbor that twin cities frame.
“Keep, ancient lands, your storied pomp!” cries she
With silent lips. “Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me
I lift my lamp beside the golden door!”.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

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