Il Cacciatore Celeste (El cazador celeste) es el octavo volumen del monumental proyecto de Roberto Calasso, iniciado en 1983 con La ruina de Kasch. De él tomamos un fragmento —inédito hasta ahora en español— publicado por Adelphi en 2016. El pasaje es acompañado de una entrevista en la que el escritor florentino conversa sobre el entramado de su obra




La Soberana de los Animales, cuyas numerosas estatuillas se desenterraron a lo largo de toda Europa, se imponía por la inmovilidad. Sus vastas nalgas, el pecho pesado, las piernas empalmadas, a duras penas escondían que un tiempo había sido un árbol. Mientras ahora, solamente podía estar clavada, con los pies amarrados, en la cavidad de un tronco. Los animales, todos los animales, todo lo que nace, eran sus devotos. La diosa los observaba, inmota. Sostenía a las criaturas como un tronco poderoso también sostiene las frondas más remotas. Todo era un círculo estridente en torno a ella. Todos eran su fronda.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

De repente, la diosa alargó un brazo, luego el otro. Las manos se cerraron sobre una presa detenida en la nuca de dos panteras —o de dos pájaros acuáticos. O aferró de las patas y volcó en el aire a dos gamos— o de dos leones.

Se ofrecía como un majestuoso espantapájaros. Siguió otro momento, el más misterioso, el que nadie osó narrar, la cesura en la vida de la diosa: cuando dio su primer paso, que devino de inmediato una carrera. Evitó la ciudad de los hombres. Buscaba los lugares intransitables y solitarios, sojuzgados por el cielo. O los pantanos susurrantes de cañas. O los claros que se abrían en los bosques, jamás recorridos por pie humano. Era la diosa de lo intacto. Corría y perseguía a la bestia invisible. Incluso el poderoso toro se inclinaba ante ella. Todos los animales temían su carrera. Todos sabían que la flecha de la diosa los alcanzaría. Pero cuando reposaba, algunos cervatos salían de la espesura y le lamían las manos.

La Soberana de los Animales era el soporte de un armario móvil: la naturaleza. Los animales se prendieron al manto de la diosa y se quedaron adheridos a ella. En el simulacro de Éfeso, el rostro, las manos extendidas y las puntas de los pies eran lo único que no quedaba escondido por las vestes sobrecargadas. Y la piel era negra de aceite, que goteaba de orificios ungidos con nardos. De esa inmovilidad forzosa, de esas ponderosas figuras se deslizó, como desvistiéndose con un gesto ágil y abandonando un estuche, Ártemis, la diosa más ligera, que corre y golpea, mientras un quitón corto ondea sobre su rodilla.

Abandonado el revestimiento asiático, ya sin la opresión de los prótomos de animales y de esos pesados testículos de toro que durante muchos siglos habrían sido intercambiados por múltiples mamas, semidesnuda y reluciente en su epidermis tersa, Ártemis evocó, mientras corría, a otro que fuese el otro, el revés mismo de la naturaleza, de la que se sentía saciada. Otro que, al igual que ella, supiese golpear la naturaleza pero al que la naturaleza no pudiera sujetar. Otro que, ante todo, conociese el desapego. Ártemis nunca lo tocaría, el contacto entre ellos sería una superposición perenne e invisible. Evocó un gemelo: Apolo.

Ártemis corría como un macho —y en los hombres el deseo más punzante por una mujer fue aquel por Ártemis que corre. Ártemis corría como un macho hasta que sabía que podía ser vista. Pero entraba en las aguas como una mujer, porque entonces nadie podía verla, con excepción de sus siervas y compañeras de cacería. La poza de agua en el centro del locus amoenus es el lugar secreto por excelencia, el lugar donde la diosa vuelve a zambullirse en la humedad de su propio cuerpo, el lugar donde acepta que su perfil imperecedero se cancele parcialmente en el flujo del que surgió. Entonces las compañeras de Ártemis la miran —y éste es el secreto del que solamente ellas son partícipes. ¿Pero quiénes son esas compañeras? Son Ártemis rehecha y multiplicada, delicadamente variada, dispersa. Ártemis no solamente se mostraba ante sus compañeras, sino también ante sus animales. Por eso Acteón se quitó de la cabeza y de los hombros una piel de ciervo. Detrás de la roca cubierta de musgo asomaban apenas los cuernos, como ramas entre las hojas. Ciertamente su culpa no fue esa, que habría sido muy burda, la de querer violar a la diosa, sino la de quererla mirar con la mirada del animal. No existe culpa más grave que esta, que obligaba a la diosa a recordar la edad remota en la que ella misma había sido el animal, la prodigiosa cierva que escapa. Pero a las diosas, todavía más que los dioses, no les gusta sentirse obligadas a recordar.

El descubrimiento de la cacería, de lo que la cacería implicaba una vez separada de toda utilidad alimenticia y sorprendida en la pureza y dureza de su gesto, en el escenario siempre repetido de un ser humano que persigue y de un animal perseguido, de una flecha que se dispara y de una herida que se abre, ese descubrimiento debió absorber en su totalidad a un ser divino, desviarlo de su ecuménica soberanía sobre toda forma animal y vegetal. Pasar de la máxima extensión a la máxima intensidad. De la superficie de la tierra a la punta de la flecha. Ésta fue Ártemis. Replegadas las alas, humildes las vestes suntuosas y asiáticas, abandonada toda frontal fijeza, se deslizaba entre los árboles sin romper las ramitas —y siempre volvía a ejercitar esa actividad violenta, que no servía para nada. Los dioses no se alimentan de sangre, ni los humanos nunca pudieron comerse o sacrificar las presas de Ártemis. La cacería es una tautología, el ejercicio que se afirma a sí mismo. Y, sepultada en su pasado, encontramos la negación: el animal que se niega a sí mismo. Tautología, negación: ¿acaso no es el círculo del pensamiento? Encantada, Ártemis ya no quiere salir de ese círculo. Pero ese círculo rozaba otros círculos. A veces, rozándose, estallaban. Nunca fue tan punzante el deseo erótico como en torno a Ártemis, como en Ártemis, que el sexo negaba —y aborrecía el contacto. Mientras lo negaba, lo exaltaba. Ártemis era igual a su gemelo Apolo en todo, excepto en el sexo: “solusque dabat discrimina sexus”. Por eso quería negar el sexo, abolir esa única distinción para volverse idéntica a su único amante, el amante innombrable: Apolo —y separada, junto a él, de todo el resto.

 

Roberto Calasso
Editor y escritor. Es presidente y director literario de Adelphi. Ha publicado: Los cuarenta y nueve escalones, La literatura y los dioses, Cien cartas a un desconocido, La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka, K., El rosa Tiepolo y La Folie Baudelaire, entre otros libros.

© Adelphi Edizioni.

Traducción de María Teresa Meneses.