A la memoria del maestro Miguel García Mora



Centro del poder, superfortaleza defendida por diez mil soldados de elite, Los Pinos representa el papel que desempeñaron el Castillo de Chapultepec y el Palacio Nacional. Sorprende que lo ignoremos todo acerca de este lugar. Mientras llega el día en que Los Pinos tenga su Artemio de Valle-Arizpe y su Federico Gamboa (“La confesión de un Palacio”, inédito que en 1999 rescatará el Breve Fondo Editorial), podemos aprovechar la Historia de la residencia oficial de Los Pinos, investigación de Magdalena Escobosa de Rangel y Fernando Muñoz Altea, publicada en 1987 por la Secretaría de la Presidencia y el Fondo de Cultura Económica. Proporciona datos que no se encuentran en ninguna otra parte y pueden complementarse con algunos textos de los tomos primero y segundo de Tacubaya, pasado y presente, Celia Maldonado y Carmen Reyna, coordinadoras (colección Ahuehuete, Yeuetlatolli, 1996). Por desgracia, resultan casi tan inaccesibles como los libros de lujo pues sólo se han tirado ciento cincuenta ejemplares. Son fruto del empeño microhistoriográfico —para citar a Luis González y González— de la doctora Maldonado que a partir de 1994 organiza cada dos años el Coloquio “Tacubaya en la historia” para la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

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Ilustración: David Peón

En la piedra de sacrificios

Un manuscrito de 1538 inicia la historiografía de lo que hoy llamamos Los Pinos. Tláloc y los tlaloques desatan su ira contra Tula. La sed y el calor acaban con todo tras cuatro años de hambre. Tláloc hace brotar el maíz entre las aguas de Chapultepec y anuncia el fin de los toltecas y la llegada de los mexicas. Además arroja una lluvia de piedras. Una cae “en la parte trasera de Chapultepec” y le da nombre al lugar: Techcatitlan, “En la piedra de sacrificios”.

Al ver deshecho su mundo, Huémac se suicida en la cueva de Cincalco. Nadie ha podido encontrarla en Chapultepec: ¿es la que da acceso al elevador del Castillo? O bien ¿estuvo al otro lado del cerro y voló con la explosión de la pólvora almacenada en el siglo XVIII? La cavidad aún puede apreciarse.

Una tribu errante de habla náhuatl, los aztecas, se asienta en Techcatitlan, al pie del Cerro del Grillo o del Chapulín, con el permiso del poderoso tlatoani de Azcapotzalco, y elige como caudillo a Huitzilíhuitl. Hacia 1299 son sitiados por los otros pueblos que viven a orillas del gran lago. Los enemigos violan a sus mujeres. La transcripción es pudorosa: “Se adueñaron de cuanto poseían e hicieron burla de ellas”.

Un siglo después, ya fundada su capital en lo que ahora se designa como “Centro Histórico” (o, en el colmo de la estupidez y la ignorancia, “Colonia Centro”), piden permiso a Tezozómoc de Azcapotzalco para emplear el agua de los manantiales nacidos en Chapultepec. El tlatoani se niega. Su hijo Maxtla, que también gobernaba Coyoacán, es derrotado por una coalición. Fin de Azcapotzalco y comienzo de la Triple Alianza: Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba.

Ahuehuetes y manantiales

En 1465, Nezahualcóyotl, gran poeta, arquitecto y urbanista, le da un orden al bosque salvaje y sagrado, siembra los ahuehuetes que hoy agonizan huérfanos de su padre el lago, construye el acueducto que surte a Tenochtitlan —sus últimos vestigios fueron arrasados al construirse el Metro y el Circuito Interior— y transforma la cima del cerro en lugar de descanso para los tlatoanis. Sus efigies quedan esculpidas en los peñascos.

Es el sitio predilecto de Moctezuma. Allí se entera de la llegada de los españoles. Trata de suicidarse, él también, en la cueva de Cincalco. Se lo impiden. Debe enfrentar su destino. Durante el asedio que convierte a México en la Troya del Nuevo Mundo, Alvarado ocupa Techcatitlan y Chapultepec para privar de agua a los aztecas y atacarlos desde estas posiciones.

El pan y Guillermo Prieto

Al parecer estos terrenos forman parte del marquesado de Cortés. Hay la posibilidad de que en sus alrededores estuviera la casa española de La Malinche. En 1525 aparece la primera mención de un molino que aprovecha la fuerza de los ríos de Tacubaya. El pan de trigo empieza la batalla contra la tortilla de maíz. En 1550 se edifica el Molino del Rey, propiedad del regidor Ruy González, que llegó a la Nueva España con Pánfilo de Narváez. El virrey Mendoza le otorga “merced de agua”.

El paisaje de entonces es irreconocible en el actual. La historia nunca se escribirá pues los documentos fueron destruidos en el motín de 1692, provocado por el alza en el precio del maíz. En 1635, el contador de la Inquisición Juan de Alcocer ofrece como garantía de un préstamo “unos molinos y huertas junto al bosque de Chapultepec en la jurisdicción de Tacubaya”. El contador es dueño de varias haciendas en El Bajío, entre ellas Corralejo, donde nacerá Miguel Hidalgo.

En el siglo XVIII, “las casas y molino que nombran del Rey detrás del cerro de Chapultepec, cuyos muros son de cal y canto y las paredes de adobe”, resultan propiedad de Juan Javier Altamirano de Velasco, conde de Calimaya. Después hay una serie de constantes pleitos, reclamaciones, cambios de propietario.

Durante los primeros años del México independiente administra el Molino del Rey el señor Prieto. Su hijo Guillermo crece en ese lugar. Es un niño que lo ve todo y en su ancianidad lo escribirá todo. El futuro autor de las Memorias de mis tiempos gozaba “con las agrestes lomas, los volcanes gigantes, la vista de los lagos apacibles y el bosque augusto de los ahuehuetes”. Ya no era la morada de los tlatoanis, sino un paseo popular animado por “las comidas de barbacoa debajo de los árboles, las mil diversiones con pretexto de compadrazgos, posadas, rifas de santos”.

La batalla de Molino del Rey

Casi en todo momento el lugar residencial y recreativo coincide con el punto militar. Si los españoles habían almacenado allí y en el cerro la pólvora que destinaban a resistir la siempre temida invasión inglesa, los mexicanos establecieron un fuerte, la Casamata, y una fundición de cañones para hacer frente al general Scott.

El 8 de septiembre de 1847 se libró en el Molino del Rey la batalla más extraña de nuestra historia. El heroísmo de soldados y oficiales contrastó con la ineptitud y la irresponsabilidad de algunos jefes. A las cinco y cuarto de la mañana, desde su cuartel general en el Arzobispado de Tacubaya, Scott lanzó a tres mil hombres y ocho cañones contra un ejército sin general en jefe. Simeón Ramírez, responsable del centro de la línea, hizo acto de presencia y no se le volvió a ver. El general Carlos Brito, en vez de estar en su puesto, fue a la Villa de Guadalupe a comprar “gorditas” o a cumplir una manda. El viejo insurgente Juan Álvarez que debió atacar al frente de la caballería quedó inmóvil en la hacienda de Los Morales. Tal vez ya entonces había un restaurante en ese lugar y don Juan prefirió al combate un moroso desayuno all you can eat. Más inepto o más bribón todavía, el generalísimo Santa Anna estaba en la Candelaria de los Patos porque el dueño de la hacienda de La Condesa le había dicho que por allí iba a atacar Scott. Cuando Santa Anna llegó a las nueve de la mañana ya todo había terminado en el Molino del Rey.

Esta ignominia contrasta con la actividad de la artillería desde el Castillo, al mando de Nicolás Bravo, y ante todo con el valor de los que sacrificaron sus vidas en defensa de la patria: Lucas Balderas, Antonio de León, Gregorio Gelati, Margarito Suazo y muchos otros héroes que tuvieron su monumento hasta 1985, cuando, para aislar defensivamente la residencia presidencial, se hizo un paso a desnivel que obligó a la exhumación y reubicación de sus restos. La derrota de Molino del Rey pudo haber sido cuando menos un empate que hubiera hecho variar los términos del Tratado de Guadalupe Hidalgo.

La anestesia, las hormigas y Rulfo

Siete años después, en 1854, el Molino del Rey y sus terrenos se convierten en propiedad del doctor José Pablo Martínez del Río, nacido en Panamá en 1807, súbdito británico naturalizado mexicano, ginecólogo y hombre al que debería venerar nuestro país porque introdujo en él la anestesia y el cloroformo. Nadie puede describir hoy día lo que era la más sencilla intervención dental, para no hablar de los hospitales de sangre durante la invasión estadounidense. Único remedio contra las heridas de bala, bayoneta o metralla: amputar con serrucho. A la víctima se le daba a morder una bala.

Martínez del Río edifica su casa de campo “en la loma entre Chapultepec y Tacubaya”. La llama La Hormiga por ser la más pequeña entre sus numerosas propiedades. En realidad es inmensa: de ella saldrán terrenos que hoy son parte de Las Lomas, Anzures y Polanco. Otros dicen que el nombre se debió a la abundancia de hormigas arrieras. Juan Rulfo que vivió allí en los treinta de este siglo cuando su tío el coronel Pérez Rulfo era jefe de la policía, jugaba con estas feroces hormigas rojas. Una de sus páginas describe cómo evitar su picadura: morderse la lengua por ambos lados.

Parque y cuartel general

El doctor planta los cedros que siguen en pie y traza algunas avenidas. En 1865 vende el rancho a Maximiliano. En su momento (¿alguien sabía este dato?) Chapultepec deja de ser bosque para convertirse en “parque del alcázar imperial”. Martínez del Río es enviado del archiduque de Austria ante el Imperio otomano. En 1872 vuelve a ser propietario de La Hormiga. Muere en 1882. Hacia el fin de siglo sus hijos construyen un chalet de estilo inglés. Su nieto Pablo Martínez del Río descubre su vocación y su interés por los orígenes del hombre americano desenterrando vestigios aztecas en el jardín de su casa. La vía de Dolores separa La Hormiga del Molino del Rey, ocupado por instalaciones militares.

Los carrancistas entran en el rancho en 1917. Un decreto afirma que La Hormiga, el Molino del Rey y El Chivatito son necesarios para ampliar la fábrica de cartuchos. Don Venustiano vive en el Castillo y le devuelve a Chapultepec su importancia estratégica. El primer ocupante oficial de La Hormiga es el general Álvaro Obregón, secretario de Guerra. Lo siguen el general Plutarco Elías Calles, secretario de Gobernación en el gabinete obregonista, y, al cambiarse Calles a Anzures, el general Manuel Pérez Treviño, jefe del Estado Mayor, primer presidente del partido oficial y “tapado” en 1934, a quien desplaza a última hora el general Lázaro Cárdenas.

Por un azar histórico, medio siglo después se enfrentan como candidatos presidenciales dos personajes que, en diferentes tiempos, crecieron en el mismo lugar: Cuauhtémoc Cárdenas y Álvaro Pérez Treviño, lanzado por el PARM. (Hay augures que ven en esto un anticipo del 2000, cuando tal vez competirán por el puesto más indeseable del mundo dos hombres que fueron niños en Los Pinos.)

El general Joaquín Amaro, también secretario de Guerra y creador del actual Ejército, hace de La Hormiga casa y cuartel general. Desde allí dirige las operaciones federales en la guerra cristera y en la represión contra Serrano y Gómez. Construye el frontón y las caballerizas y traza el Campo Marte. En 1929, un día antes de que se inicie la rebelión escobarista, Amaro pierde un ojo jugando al jai alai y no al polo como suele creerse. Sin querer, Amaro permite que el general Calles, al asumir el mando de las fuerzas armadas, conquiste el prestigio militar que le hacía falta para convertirse en jefe máximo y aparezcan con fuerza en el escenario los tres generales que dominarán la siguiente década: Cárdenas, Almazán y Cedillo.

El primero llega a la presidencia a los treinta y nueve años, con una esposa de dieciocho y un niño de seis meses. Le parece antidemocrático vivir en un castillo habitado por las sombras de Maximiliano y Porfirio Díaz. El edificio de abajo, actual Departamento de Investigaciones Históricas, donde moraron como presidentes Obregón y Calles, no le satisface por su falta de privacidad. El mismo reparo le pone a la hermosa Casa del Lago, que fue residencia de Adolfo de la Huerta. Elige La Hormiga, entonces sede de la Asociación Nacional de Charros. Mientras la acondiciona vive en su casa de Guadalupe Inn.

El 3 de enero de 1935 el Castillo es abierto al público, el 3 de febrero declarado Museo Nacional de Historia. En marzo la familia Cárdenas se muda a la nueva residencia. Se llamará Los Pinos en memoria de la huerta en Acámbaro —frontera entre la montaña y la Tierra Caliente, lugar en que los pinares coexisten con los cañaverales— en donde el general conoció a doña Amalia. Abundan las protestas. Muchos creen que al abandonar el Castillo se ha profanado el símbolo sacro del poder mexicano. Durante sesenta y cuatro años gran parte de nuestra historia se ha hecho en Los Pinos. La historia continúa. Quién sabe cuántas cosas sucederán todavía allí.

21 de diciembre de 1998, n. 1155

 

José Emilio Pacheco
Narrador, poeta, ensayista y traductor. Algunos de sus libros son: Las batallas en el desierto, El principio del placer, Morirás lejos, De algún tiempo a esta parte.

 

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