Si hay una generación marcada por el dolor, la muerte y las secuelas de la violencia es la generación literaria del 27 en España. La guerra civil de ese país (1936-1939) encausó de manera definitiva a los poetas de esta época y sus estragos se dejaron sentir en España y el mundo décadas más tarde, pues una guerra se mide no por los años que dura la batalla sino por sus estragos y por las heridas que al final de cuentas no terminan de sanar.



Miguel Hernández (1910-1942) es sin duda uno de los poetas que más reflejó en su obra las consecuencias de esta guerra; a 75 años de su muerte se le recuerda como una de las voces más altas de la lírica española. Los matices de su poética se hermanan al dolor y a la música y lo convierten a la vez, junto con Lorca, en víctima de una tragedia que dejó miles de muertos y originó una diáspora sin precedentes. Su poesía va de las edades de la luz a las de las sombras y sin caer en el lamento ni en la queja, se va templando, y pese a que su obra no es abundante, sí es consistente.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

De las numerosas antologías que se han hecho sobre el poeta, y que han pasado por mis manos sobreviviendo a mudanzas y purgas bibliográficas, hay una en pasta dura de la colección Obras Maestras del Siglo XX publicada por Seix Barral. La primera edición española es de 1983, la edición mexicana de un año después, y la compré, según dice con letra casi ilegible en el extremo superior derecho de la guarda, el 12 de diciembre de 1985 en la librería Cosmos. El propietario de esa librería, Alfredo Gracia Vicente, era un librero español que llevó a Monterrey los primeros libros de las vanguardias artísticas a finales de los años sesenta y que heredó a mi generación, unos cuantos poetas marcados por la vagancia y la manía de hacer versos, el reto de leer, compradas o robadas, las imprescindibles obras de Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pedro Garfias, Antonio y Manuel Machado, León Felipe y por supuesto Miguel Hernández. Oro molido en ediciones que si bien no nos salvaron de la vagancia, dejaron una huella profunda. Ha de ser por eso que los vagos de entonces ya no somos los mismos.

Versos como aletazos los de Miguel Hernández desde “El silbo de la llaga perfecta”, escrito en pareados imperfectos y que abría fuego desde la primera página: “Ábreme, Amor, la puerta/ de la llaga perfecta”. Se trata de un poema lleno de “malas ansias” e “intenciones turbias” en el que las manos son “cardos mondos”, los ojos “pozos quietos” y “fuentes puras las venas”. ¡Cómo no iban a perturbarnos versos como ésos, y como éstos, con los que finalizaba el texto “Un carnívoro cuchillo”: “…se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía”. Al igual que al poeta español, se nos dormía “la sangre en la camisa” y el pecho se nos volvía “poroso y áureo”.

Después de leer aquellas líneas una y otra vez me quedaba la impresión de que los versos de Miguel Hernández estaban hechos de otra materia y contenían demasiada sangre. Y cómo no si hoy sabemos que las cifras de víctimas oscilan entre las 600 mil y un millón de personas. El propio Miguel Hernández moriría en el Reformatorio de Adultos de Alicante a causa de una tuberculosis pulmonar aguda en marzo de 1942, después de ser detenido tres años antes. Un consejo de guerra condenaba a la pena de muerte al más grande poeta de la generación del 27, que aunque conmutada por un encierro carcelario de 30 años, al caso era lo mismo.

En el poema “Mi sangre es un camino”, la sangre, más que un fluido, es “…erizo entre mis dedos y mis ojos,/ enloquece mis uñas y mis párpados,/ rodea mis palabras y mi alcoba/ de hornos y herrerías,/ la dirección altera de mi lengua,/ y sembrando de cera su camino/ hace que caiga torpe derretida”. Sin duda los aires ultraístas recorren las venas de estos primeros textos.

Volvemos a encontrar el elemento sangre en el poema “El herido”, donde en la extensión de cuerpos “salta un trigal de chorros calientes, extendidos.” Y así, “la sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega”, aunque por momentos la herida y su manantial púrpura se transforman en alegría:

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!.

“Para acceder al conocimiento de su trayectoria —nos dice uno de sus estudiosos, Dámaso Chicharro— hay que tener en cuenta la gran permeabilidad de un escritor que es capaz de asumir diversas influencias determinadoras de su personalidad a través del tiempo y forjadoras también de su originalidad incuestionable; entre el gongorismo, la escuela de Calderón, la huella de Quevedo y Garcilaso, la presencia de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, hasta integrarse en la poesía épico-lírica de la guerra y la oscura experiencia de la cárcel”.

De ahí que Perito en lunas (1932) muestra al discípulo avanzado de Ramón Gómez de la Serna, influido sin duda por las famosas greguerías. Impactado por los relámpagos de Góngora, Quevedo, Lope de Vega y los vientos ultraístas, el poeta no tiene ningún reparo en hacerse poeta desde las formas herméticas del lenguaje. Con El rayo que no cesa (1936) viene la perturbación amorosa, el romance a la manera antigua, nutridos ambos aspectos sobre todo de Petrarca, a la que suma la experiencia surrealista. Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939) son el fruto amargo de la guerra. El poeta exalta al combatiente y la protesta es una forma de relatar la crónica de la miseria del campo de batalla a la vez que un compromiso con la palabra, con la causa republicana y con la fuerza del ser humano por dejar huella.

Como Pedro Garfias, Miguel Hernández piensa que el arte es el arma más precisa en ese momento. De ahí el tono didáctico y de denuncia de Viento del pueblo y El hombre acecha, y el amargo desencanto de su libro póstumo Cancionero y romancero de ausencias, que aunque va de la mano de los dos libros anteriores, la exaltación de la patria ya no parte de un tono optimista, sino desde el combate y la resistencia. Él está también ahora en la trinchera de los oprimidos, su poesía alerta sobre los estragos del campo de batalla, sobre la muerte de su mujer y su hijo (“precipitado octubre contra nuestras ventanas/ diste paso al otoño y anocheció los mares”) y sobre el encierro que padece. En los textos que conforman estos tres libros está la fuerza de la tradición oral, de los sucesos que permean la guerra y la embestidura de sus propias heridas. No hay que olvidar que Miguel Hernández le cantó al amor, a la vida y a la muerte como si fueran sus tres heridas, cruzando siempre los campos minados de la tradición y la vanguardia. La vitalidad y el profundo sentido humano de sus versos pronto convirtieron en canciones sus poemas y de la mano de la música marcaron una época que tuvo su renacimiento en la América Latina de los años sesenta.

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Las palabras que le dirige a su compatriota Vicente Aleixandre en uno de sus libros nos dan una idea del hondo sentido humano y de la ética de Miguel Hernández: “Tu voz y la mía irrumpen del mismo venero./ Lo que echo de menos en mi guitarra lo hallo en la tuya. Pablo Neruda y tú me habéis dado imborrables pruebas de poesía, y el pueblo, hacia el que tiendo todas mis raíces, alimenta y ensancha mis ansias y mis cuerdas con el soplo cálido de sus movimientos nobles. Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”. Y así se dirige a Lorca:

Tú, el más firme edificio, destruido,
tú, el gavilán más alto, desplomado,
tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.

La masa con la que Miguel Hernández fondea sus versos está hecha con manos, sudores, barro, llanto y sangre. Pero también con bocas de ira, de amores pálidos y solos y con la hierbabuena del alma y el azafrán de los poros, un repertorio que se vuelve historia de todas las cosas, recurso que más tarde Neruda se encargará de hacer evidente por toda América. Pero lo que Miguel Hernández llevará a plenitud en sus poemas es la fuerza ideológica que Pablo Neruda dejó en España en los años treinta y que encontraron eco en Miguel Hernández, al margen de que los acontecimientos en torno a la guerra misma fondearon y moldearon su voz. Como Neruda, también la cantó a Rusia, pero Miguel Hernández iba más allá y también se oponía a la grandilocuencia y el ego que suele enfermar a los poetas, sobre todo a los pequeños:

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Es su llamado a los poetas a descender del pedestal y de las pobres estatuas, a quitarse la barba postiza, la insolente cita bajo la nariz y a hablar juntos “de las cosas del mundo frente al hombre”.

 

Al final de la guerra el poeta estaba en un pozo sin salida. En el momento en que el conflicto se agudiza y el frente republicano siente que está perdiendo la batalla, los poetas e intelectuales pertenecientes al Partido Comunista o leales a la causa de la República, toman medidas para ponerse a salvo. Sobre todo los comunistas, como era el caso de Miguel Hernández.

Respecto a la forma en que lo fueron acorralando las fuerzas falangistas sigue la controversia. Se habla de las divergencias públicas entre poetas, sobre todo entre Miguel Hernández y Rafael Alberti. Alberti gozaba de una reputación en todos los ámbitos. Miguel, a quien se conocía como “el poeta del pueblo”, se sentía más cercano a los suyos que a las tertulias de los intelectuales madrileños. Decir que uno era burgués y cabrero el otro, es una discusión que no viene al caso, al final ambos pertenecían al mismo bando de defensores de la República. Pero tampoco hay que olvidar que estaba de por medio la vida de cada quien y la de sus mujeres, hijos y amigos. La guerra dejaba una secuela de sangre, muerte y refugiados, y los días después de la guerra y posteriores debieron de ser terribles. La diáspora en tales condiciones siembra desconcierto y sobre todo desconfianza. Mientras Alberti y su mujer buscaban la forma de salvarse y de salvar a los suyos, no se sabe con claridad por qué Miguel Hernández no estaba en la lista de Alberti paras salir de Madrid con el apoyo por la embajada de Chile. El poeta vivió, a partir de entonces, su propia encrucijada y fue de un sitio a otro, visitó a una persona y a otra sin ver una salida que no fueran la persecución, el encierro y finalmente la muerte.

José Luis Ferris advierte que Juan Ramón Jiménez se refería a sus compañeros poetas como los intelectuales de “mono planchado y pistolas de juguete”. “Los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández…”, ha dicho Juan Ramón en el libro Guerra en España.

La guerra civil dejó, además de cantidad de muertos, heridos y expatriados, un vacío profundo en la literatura española. No había ya Edad de Oro para las letras y decaía la llamada Edad de Plata. Los escritores de la Generación del 98: Miguel de Unamuno, Valle Inclán y Antonio Machado habían muerto. Federico García Lorca cayó en plena guerra y Miguel Hernández vivió sus últimos años en el encierro.

La plana mayor de la Generación del 27 asumió el exilio. Los que se quedaron: Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego, tenían dos grandes rutas en el inmenso campo desolado de la lírica española: enterrar la poesía cargada de compromiso ideológico y desenterrar el escapismo formal como un camuflaje para salir de aquel inmenso agujero negro.

Alberti partió primero a París, luego a Buenos Aires y volvió a su patria en 1977. Ramón Gómez de la Serna se asiló en Argentina. Juan Ramón Jiménez se va a Washington al estallar la guerra y muere en Puerto Rico. Luis Cernuda, León Felipe, Juan Rejano y Pedro Garfias encontrarían destino, temporal o para toda la vida, en México. Para 1950 había ya más de 25 mil refugiados españoles en el país.

Lo cierto es que Miguel Hernández parte de Orihuela con 200 pesos en los bolsillos y sus pertenencias en una caja de cartón. La parada siguiente fue mortal. Su detención y sentencia a pena de muerte, conmutada por 30 años de cárcel, trajeron como fatídico desenlace su fallecimiento. Una de las tres heridas por las que ya sangraba tiempo atrás se abría de manera definitiva. En los versos finales de “Casida del sediento”, escrito en el otoño de 1941, unos meses antes de su partida, escribió: “Cuerpo: pozo cerrado/ a quien la sed y el sol han calcinado”. De esos aciagos días es el poema “Eterna sombra” en el que el poeta de la luz y la sombra queda reducido a “una cárcel con ventana ante una gran soledad de rugidos”.

 

Margarito Cuéllar
Dirige la revista Armas y Letras. Su libro más reciente es Poemas para formar un río (Monte Ávila Editores, Caracas, 2016).

 

3 comentarios en “Miguel Hernández (1910-1942)
Un hijo de la luz y de la sombra

  1. Que refrescante leer éste texto tan enriquecedor nombrando y recordando los versos de los grandes poetas que siguen vivos en nuestros corazones. Pero el desenlace de Miguel Hernández con sus pocas pertenencias en una caja de cartón y sus últimos versos escritos desde una caja/celda en donde dormía en la oscuridad me ha dejando pensando en su triste final estimado maestro Margarito Cuéllar.

    • Gracias por sus comentarios. Tenía la sensación de que Miguel Hernández era un poeta un tanto olvidado en la actualidad, pero a raíz de la publicación de este trabajo tuve comunicación de gente joven y de todas las edades, lo cual me dio gusto. No por mí, sino por el poeta

  2. Gracias por este itinerario histórico y poético, enciende una luz en el camino a seguir para entender al “poeta y sus circunstancias” como siempre digo. Para comprender mejor su obra hay que leer así, justo como nos la presentas, inmersa en el tejido circundante que es la vida del escritor. Gracias!