El último balance presentado por Consuelo Sáizar como presidenta de Conaculta, ofrecía un diagnóstico digno de consideración, pero incompleto del sector público cultural y sus tareas inmediatas: “Los saldos pendientes —decía—, entre los que alcanzo a distinguir, son: definir la figura jurídica adecuada para el Consejo, diseñar el proyecto internacional del que ha carecido desde sus inicios, alinear la educación artística entre las instituciones que dependen de la SEP, el Conaculta y el INBA, trabajar de manera más cercana con los estados para definir su vocación cultural, continuar con el proyecto electrónico, que es una forma de garantizar la memoria para el futuro, y democratizar los contenidos” (Proceso, 3 de diciembre de 2012). De estos temas nos hemos ocupado varios promotores y académicos desde que el presidente Peña Nieto anunció la creación de la Secretaría de Cultura en septiembre del año pasado (en el caso de quien esto escribe, se puede ver “Nueve tareas para la política pública cultural” en la edición digital de nexos del 10 de septiembre de 2015). Me interesa, ahora mismo, poner de relieve una ausencia notabilísima en el balance de Sáizar: la insuficiente (por no decir inexistente) acción pública cultural en las comunidades y los centros urbanos de población, su flagrante inexistencia ahí donde se gesta el déficit de cohesión y de ciudadanía que padecemos.




08-paz

Arte para la convivencia y educación para la paz
Coordinado por Lucina Jiménez,
México, Fondo de Cultura Económica,
Secretaría de Cultura, 2016.


En su primera declaración al frente de Conaculta, en su segundo encargo, el recientemente fallecido Rafael Tovar y de Teresa hizo abrigar esperanzas cuando afirmó que “para que el país transite exitosamente a la modernidad a que aspiramos, necesitamos considerar elementos fundamentales en la reconstitución del tejido social que, desafortunadamente, en los últimos años se ha visto fracturado, incluso para la recuperación de una buena imagen de México en el exterior, significativamente dañada en los últimos años” (Milenio, 8 de diciembre de 2012). Pues bien, poco o nada se avanzó en este rumbo: dos programas ocasionales que no tuvieron continuidad y parecieron más bien diseñados para el entretenimiento vacacional de niños y jóvenes. Más allá de las complicaciones que ha supuesto la creación de la Secretaría de Cultura, más allá de la evidente falta de una política cultural republicana y federalista, más allá de los méritos personales y públicos de Tovar y de Teresa, el hecho es este: no hay estrategias de intervención pública organizada, consistente y coherente en los lugares en que se crean y recrean imaginarios y sujetos colectivos que despliegan conductas de exclusión, de intolerancia y proclives al ilegalismo a lo largo y ancho del país. Ni siquiera se conoce un intento serio y de convocatoria plural en este sentido: ese es el hecho rotundo.

Esto hace que libros como Arte para la convivencia y educación para la paz (México, Fondo de Cultura Económica, Secretaría de Cultura, 2016), coordinado por Lucina Jiménez, aparezcan como un extraordinario contrapunto social a lo que desde el ámbito público ha sido tan lamentablemente descuidado. El volumen contiene un recuento de 13 experiencias de intervención en lo comunitario mediante la construcción de dispositivos de educación artística, difusión y gestión cultural en el más completo sentido del término. Se trata de una andadura que ha tenido lugar en México (Ciudad Juárez, Guadalajara, Morelia), Colombia, España y Portugal y que todo promotor, estudioso o responsable de la acción cultural debería conocer.

Lucina Jiménez formulando consideraciones de fondo y un planteamiento estratégico, teniendo como sustento el maravilloso esfuerzo que representa el Consorcio Internacional Arte y Escuela (ConArte) y que parte de las situaciones macro y micro que caracterizan al mundo contemporáneo.

Michael Twomey exponiendo la construcción, aplicación y reconstrucción continua de una metodología a través del Programa Interdisciplinario por la no Violencia (PIVE).

La crítica, desde la teoría y desde nuevas prácticas culturales, de la noción desarrollista para incorporar, como puntos de partida y arribo, las dimensiones simbólicas de la educación y el arte, esto en la contribución de Gemma Carbó.

El papel que debe jugar la universidad para desatar otras sinergias propiamente culturales en su interior y en su entorno en la aportación colombiana de la Universidad de Antioquia, en Clara Mónica Zapata.

La muy recuperable experiencia de lo que bien puede llamarse el caso Juárez con la intervención de ConArte en comunidades, escuelas, espacios convencionales y no convencionales y Centros de Desarrollo Comunitario subutilizados en actividades estrictamente utilitarias, en el texto de Daniel Miranda.

El involucramiento de ConArte en polígonos de atención y zonas deprimidas en Guadalajara, en el recuento de Ricardo Duarte y Theresa König.

El muy entrañable, aleccionador y conmovedor testimonio de una artista que se convierte en docente, orientadora, promotora y gestora en un barrio de Ciudad Juárez, en la vividura de Laura Iveth López Marín.

La reflexión teórica y el repaso de ensayos concretos con el performance como dispositivo de intervención, instrumento para el autorreconocimiento, generación de identidad y condiciones para una relación dialógica con los demás, en el escrito de Héctor Bialostozky.

Desde Portugal, dos proyectos de educación artística que en la recreación y recuperación de la memoria colectiva la cristaliza y resignifica a través del arte en el ejercicio colectivo (la manta como soporte de memoria, el proceso creativo como productor de experiencia de trabajo solidario, de expresión, de identidad), en María Teresa Torres Pereira y Ángela Saldanha.

Amarillo, la andadura de una dramaturgia y una puesta en escena teatral que parte de, atraviesa y se funde con la práctica generosa del grupo de Las Patronas, en Veracruz, en los escritos de Alejandro Flores Valencia y Ricardo Ramírez Arriola.

El papel de artes escénicas como la danza en la expresión y la inclusión de las personas con alguna discapacidad desde el programa “Danza Movimiento Terapia” de ConArte, en María del Carmen Legaspi.

En Medellín, Colombia, el esfuerzo de intervención representado por Cultura para la Paz y la Reconciliación para definir el papel que las artes deberán jugar en la fase crucial del posconflicto que sucederá (que está sucediendo ya) al acuerdo con la guerrilla, en el ensayo de Alberto Bello Vives.

La coadyuvancia en la prevención social de la violencia del Coro Monumental de Morelia y su orquesta de guitarras “Suma de voluntades”, en el artículo de Eunice Rendón.

Diversas experiencias, todas éstas, articuladas en torno a propósitos nada ingenuos. Nadie cree aquí que el conflicto desaparecerá, pero si no hay gestión de la diversidad seguirá imponiéndose la intolerancia, si no hay gestión del conflicto, si no se le da cauce y no se crean espacios para su procesamiento, continuará siendo simplemente incontrolable.

Otra conclusión pertinente: cada vez es más necesario ir más allá de las convenciones de la política pública instrumentalizada como un mero factor de desarrollo económico, de entretenimiento o de agregación de valores estéticos o antropológicos a una sociedad. Con las nuevas realidades de la globalifobia de corte conservador y populista, la xenofobia, la exclusión, los nacionalismos exacerbados e inventores de su política de la memoria, no se puede seguir atrapado ya en los esquemas programáticos convencionales de festivales, talleres, ferias, museos, exposiciones y demás líneas programáticas ya insuficientes para responder a la bunkerización de nuestras ciudades, el descuido y la impunidad en las comunidades, la subcultura del narco, la ecología urbana del miedo (en ciudades como Culiacán casi tres mil cenotafios con cruces de metal, madera o cantera son el memorial tangible de un drama cotidiano).

El libro coordinado por Lucina Jiménez es una llamada de atención, un recordatorio de que podemos levantar el espejo que nos devuelva una imagen menos deprimente, más optimista, de nosotros mismos. El hecho de conciencia se impone y para ello requerimos conocer las experiencias de preparación pedagógica, metodológica, de gestión y promoción cultural ya en curso.

Este es un libro cuya lectura puede iluminar los caminos pendientes de recorrer en la política cultural en México. La Secretaría de Cultura federal lo ha coeditado, ¿lo leerán sus funcionarios?, ¿llegará siquiera a los estantes de los libreros de sus oficinas?

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>