La inquietud ante el flujo de población entre México y Estados Unidos no es cosa nueva ni monopolio de los estadunidenses. En la primavera de 1882, por ejemplo, varios legisladores e intelectuales mexicanos condenaron la llegada de “razas abyectas y degeneradas” al territorio nacional. Como en muchos otros países del continente, durante la segunda mitad del siglo XIX el gobierno mexicano se embarcó en un proyecto de atraer migrantes para que se establecieran en territorios poco poblados del país, como sus costas y la frontera norte, siempre bajo el espectro de una posible invasión estadunidense. Los arquitectos de este proyecto anticipaban la llegada de europeos blancos, idealmente mediterráneos, que compartieran la “herencia latina” de los mexicanos. Pero a diferencia de empresas similares en el cono sur, la migración europea a México nunca tuvo el éxito esperado. En cambio, varios estadunidenses de origen africano —ex esclavos y sus descendientes— vieron la oportunidad de adquirir en México lo que su gobierno después de la guerra civil no había logrado darles: igualdad ante la ley y un pedazo de tierra propio.



Actualmente, la idea de que México hubiera representado una suerte de tierra prometida de igualdad legal y racial puede resultar sorprendente. Gracias al trabajo de varios activistas y académicos en los últimos años se ha comenzado a reconocer la existencia del racismo en México y a indagar sobre sus manifestaciones particulares, revelando cómo ideologías teóricamente igualitarias, como el liberalismo o el mestizaje, excluyeron o invisibilizaron a amplios sectores de la población. Dos libros de historia publicados recientemente, Freedom Papers: An Atlantic Odyssey in the Age of Emancipation de Rebecca Scott y Jean Hébrard (Harvard University Press, 2014), y The Strange Career of William Ellis: The Texas Slave Who Became a Mexican Millionaire de Karl Jacoby (W.W. Norton and Co., 2016) amplían los horizontes de esta discusión al mostrar cómo individuos de origen africano lograron usar estos mismos discursos a su favor en el México decimonónico. Recreando minuciosamente la vida de sujetos vendidos o nacidos en la esclavitud, ambas obras son ejemplo del potencial de la microhistoria para repensar las consecuencias que distintos contextos legales y sociales tuvieron sobre sujetos afrodescendientes en un momento en el que ni la abolición de la esclavitud ni la igualdad ante la ley se podían dar por sentado de este lado del Atlántico.

01-ciudadania-01

Ilustraciones: Dante Escalante

The Strange Career of William Ellis se ocupa más directamente del papel que México jugó en un entorno en el que los debates sobre nación y ciudadanía no podían evitar la cuestión de qué hacer con poblaciones de origen africano y otras minorías étnicas. El libro narra la improbable trayectoria de William Henry Ellis, quien nació como esclavo de origen africano en las plantaciones de algodón de Texas poco antes de que se aboliera la esclavitud, y murió en Nueva York como Guillermo Enrique Eliseo, un empresario millonario de supuesto origen mexicano y con negocios en varias partes del mundo, incluyendo Texas, Hawai, Etiopía, Tamaulipas y la Ciudad de México.

Varios factores permitieron a William Ellis reinventarse como Guillermo Eliseo. Como con todo impostor, su perspicacia para leer las sutilezas de distintos contextos sociales fue un elemento importante. Tampoco cabe duda de que su tono de piel, relativamente claro, jugó a su favor. Pero quizás la circunstancia más importante para el éxito de su cambio de identidad fue su nacimiento al sur de Texas, y no en otros estados esclavistas como las Carolinas o Mississippi. El libro muestra cómo la cercanía con la frontera mexicana y la densidad de los flujos entre los dos países, sobre todo después de la construcción del ferrocarril, permitieron a Ellis no sólo hablar un español fluido, sino identificar un hecho que consternaba ya a varios oficiales estadunidenses: que la línea de demarcación geográfica entre México y Estados Unidos conllevaba también formas distintas de entender y definir las líneas de raza y color en cada lado de la frontera, desestabilizando así las categorías que reinaban en ambos países.

De acuerdo a las teorías raciales de la época, que tuvieron particular resonancia en el mundo sajón, las fronteras nacionales debían reflejar las fronteras étnicas, acomodando a cada población dentro de un territorio delimitado. Pero, Jacoby explica, “Ellis había distinguido que cada frontera podía socavar más que reforzar a la otra. La raza era, supuestamente, un hecho biológico; pero al fin y al cabo recaía en oficiales del gobierno la clasificación de los seres humanos en razas distintas y la vigilancia de las fronteras entre estas categorías inventadas”, poniendo de manifiesto el carácter arbitrario y maleable de las categorías raciales. Así, desde sus mocedades como empleado de un comerciante de algodón con negocios en México, Ellis se dio cuenta que al cruzar la frontera también podía cruzar la línea de color, volviéndose uno de los tantos mestizos mexicanos —y por lo tanto legalmente blanco en Estados Unidos. Poco a poco comenzó a hacerse llamar Guillermo Enrique Eliseo, afirmando a veces que su madre era de origen mexicano, otras cubano, otras de ambos. Ya para la década de 1880 los censos evitaron registrarlo con la “C” que designaba “persona de color” (colored); y durante sus incursiones en la política local los periódicos empezaron a referirse a él como “William H. Ellis, de México”.

Al reconstruir la vida de Ellis, Jacoby revela lo mucho que estaba en juego en estas designaciones raciales y en el tránsito de una categoría racial a otra (“racial passing”). En las décadas que siguieron a la guerra civil estadunidense los ciudadanos de origen africano no sólo vieron derrumbarse su aspiración de convertirse en pequeños agricultores y obtener así su independencia económica, sino también sufrieron el establecimiento de restricciones progresivas al ejercicio de sus derechos políticos y sociales. Si bien la esclavitud había sido abolida, el color de piel continuaba demarcando dos condiciones legales y tipos de ciudadanía distintas, sobre todo en los estados sureños. En cambio, en palabras del poeta afroamericano Langston Hughes (citado por Jacoby), del otro lado de la frontera “el Negro podía comprar una cerveza en cualquier bar, sentarse donde quiera en el cine, y comer en cualquier restaurante: así de repentinamente desaparecían las leyes de Jim Crow”.

Esto, desde luego, no quiere decir que en México el color de piel fuera insignificante en la construcción de la jerarquía social. Pero a diferencia de países vecinos, como Estados Unidos y Cuba, México había abolido la esclavitud en 1829, había declarado la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley desde la independencia de España, y refrendado este proyecto con la victoria liberal de 1860. Además, como lo ha demostrado el trabajo de numerosos historiadores, desde el periodo colonial la raza en México (como en el resto de América Latina) se concebía de forma distinta que en Estados Unidos: más que una construcción binaria entre blanco y negro, el color de piel era una gama continua y ascendente de negro a blanco —tanto en color como en jerarquía social—, y era sólo un factor entre muchos otros —como recursos económicos, redes sociales, comportamiento público y religión— en la identificación y adscripción de categorías raciales a individuos específicos.

01-ciudadania-02

The Strange Career of William Ellis reflexiona sobre el abanico de estrategias que este contexto legal y social al sur de la frontera abría para los esclavos fugitivos antes de la abolición de la esclavitud y para la población de origen africano en su conjunto después de la emancipación. Así, haciéndose pasar por mexicano en Estados Unidos y por americano en México, Ellis obtuvo un contrato de colonización con el gobierno de Porfirio Díaz para poblar la Comarca Lagunera con afroamericanos diestros en el cultivo de algodón, un producto que había hecho uso intensivo de la mano de obra esclava durante el siglo XIX. En 1895, prometiendo llevarlos a “la tierra de Dios y libertad”, Ellis lideró a un contingente de varios miles de ex esclavos y sus descendientes hacia Tlahualilo, Durango, huyendo de la segregación y violencia racista que enfrentaban a diario en su país. La empresa de colonización duró apenas un par de años y terminó en fracaso rotundo; buena parte de los colonos sucumbieron ante la fiebre amarilla y los sobrevivientes emigraron hacia diversas ciudades en ambos lados de la frontera.

Durante los siguientes años Ellis, ahora universalmente conocido como Guillermo Eliseo, se mudó a Nueva York, donde se casó con una mujer blanca, se reinventó como un rico banquero de origen mexicano, y tuvo otros proyectos fallidos de colonización afroamericana en Etiopía y México. Cuando murió, en 1923, la prensa reveló que pese a su fama y lujosa apariencia, Ellis había heredado a su familia poco más que un repertorio deudas. Al final, México nunca dotó a Ellis de la fortuna que esperaba, pero sí le dio la oportunidad de apropiarse de una identidad racial “mestiza” que resultaba un privilegio en los Estados Unidos de finales del siglo XIX.

Tratándose de una microhistoria Jacoby no aventura generalizaciones, pero Freedom Papers de Scott y Hébrard rastrea otro caso sugerente sobre el atractivo que México ejerció sobre una familia de afrodescendientes a mediados del siglo XIX. Este libro, cuidadosamente investigado, logra seguir los pasos de cinco generaciones de una familia afroamericana, desde la captura de Rosalie para el comercio esclavo en Senegambia en la década de 1780, hasta el paradero de sus descendientes en la Bélgica de la Segunda Guerra Mundial —en los albores de otra coyuntura marcada por la violencia racista.

Scott y Hébrard reconstruyen el agitado itinerario que Rosalie y sus descendientes siguieron en su búsqueda de libertad y ciudadanía por seis países y tres continentes del mundo Atlántico durante un siglo y medio, un lapso en el que la posición de personas de origen africano, ya fueran libres o esclavos, era siempre vulnerable. Freedom Papers documenta la llegada de la esclava Rosalie —el nombre que le fue dado después de su captura— a Haití, entonces Saint Domingue; el horizonte de posibilidades que la revolución haitiana de 1791, con su consecuente abolición de la esclavitud, abrió para personas como ella; la decisión, ya como ciudadana libre, de migrar para refugiarse de la violencia desatada por la guerra, primero a Cuba y después a Nueva Orleans —ambos territorios firmemente comprometidos con la esclavitud, y donde la libertad de Rosalie y sus descendientes corría siempre el riesgo de no ser reconocida; y una vez abolida la esclavitud en 1865, la lucha de sus hijos y nietos por salir adelante en una Nueva Orleans cada vez más hostil y restrictiva hacia la población de origen africano.

Ante la imposición de las leyes de Jim Crow en el sur de Estados Unidos, la descendencia de Rosalie decidió emigrar a países donde la igualdad ante la ley estuviera asegurada. Parte de la familia migró a Francia y a Bélgica. Otra parte, en cambio, participó en una ola de migración de familias de origen africano de Luisiana a Veracruz, y en 1864 se instalaron en Jicaltepec con el plan de cultivar y exportar a Europa tabaco de alta calidad. La coyuntura política provocada por la invasión francesa a México, sin embargo, no era la más propicia para empezar un nuevo negocio exportador en Veracruz. A los pocos años su compañía, Tinchant Hermanos, sucumbió antes las deudas. En la década de 1870 parte de la familia migró a San Andrés Tuxtla, donde continuaron el negocio tabacalero con menos ambición pero más éxito; otro de los nietos, José Tinchant, se mudó a Bélgica, donde en adelante se hizo llamar Don José Tinchant y Gonzales y donde bautizó a sus caballos “Tláloc” y “Quetzalcóatl”.

Este gesto revela algo que los autores confirmaron al leer las cartas de la familia: que el paso de los Tinchant por México, si bien breve, fue de una importancia decisiva para la construcción de su identidad familiar. Durante su odisea por Haití, Cuba y Nueva Orleans, Rosalie y sus descendientes habían estado firmemente anclados a su identidad afrocaribeña, con la exclusión legal y la vulnerabilidad que ésta implicaba. Es por eso que, bajo el espectro continuo de la reesclavización y la violencia racista en el sur de Estados Unidos, los Tinchant atesoraban sus “papeles de libertad” —de ahí el título del libro— como su propiedad más preciada. En México esto parece haber cambiado; su identidad afrocaribeña se transformó en una suerte de identidad genérica hispano-mestiza. A pesar de las dificultades económicas por las que pasaron, la familia guardó un recuerdo idealizado de su tiempo en Veracruz. Toda mención “de la lucha por derechos igualitarios en Nueva Orleans se desvaneció de esta narrativa de ascenso familiar. Una imagen de éxito comercial cosmopolita, acentuado por mansiones verdaderas en Bélgica e imaginadas en México, no dejaba espacio para la cuestión del prejuicio racial”.

Si bien varios políticos e intelectuales mexicanos compartían los prejuicios racistas de sus contrapartes estadunidenses, estas microhistorias muestran que las relaciones sociales en México eran lo suficientemente porosas como para que la raza o color de piel no implicaran inequívocamente un motivo de exclusión, a diferencia de lo que sucedía al norte de la frontera. Ante la tendencia actual de trasplantar al contexto mexicano ciertas categorías de identidad racial estadunidenses, como si denotaran una experiencia universal, estos dos libros tienen el mérito de recordarnos que dichas categorías tienen una historia y un significado muy diferente en cada lado de la frontera. Cosa que Guillermo Eliseo y Don José Tinchant y Gonzales tenían bien claro.

 

Sara Hidalgo
Candidata a doctora en historia por la Universidad de Columbia, Nueva York.

 

2 comentarios en “Raza y ciudadanía en ambos lados de la frontera

  1. Hermoso como el nombre de la autora, la abolición de la esclavitud de 1829, fue obra del presidente Don Vicente Guerrero , acto que como es sabido no gusto a los piadosos texanos,7 años despues.

  2. Muy bueno Sara. Me encantan qué parte de la singularidad, que sean historias y no una Historia. Pienso que las micro historias también dan cuenta que la exclusión y marginación producto de la frontera, también posibilita una serie de ilegalidades que benefician a los internos a la frontera, es claro en On the road de Kerouac cuando narran que van a Tijuana donde se permitían muchas prácticas que en california eran prohibidas.