No tenía yo más de trece años y escribía sonetos mal rimados, pero empeñosos en tomar forma de algo. Lo hacía en una agenda negra, una libreta que mi padre me había obsequiado sin ninguna finalidad especial. Ahí, en esa libreta, escribía lo que entonces simplemente denominaba “pensamientos” y ahí fue también la primera vez que intenté describir con palabras escritas mi ateísmo. Si mis sonetos resultaban insoportables para un oído educado, aquellos “pensamientos” deshilvanados y consecuentes con mi ausencia de educación eran más que desastrosos. No obstante su ínfima pulcritud tenía un certero propósito: declararle mi guerra a la religión y poner en entredicho la idea de Dios que, desde mi abuela paterna hasta mi madre, habían tratado, más bien con desgano, de inculcarme.

El contenido de aquellos ensayos breves y zarrapastrosos no posee ningún interés, pero ponía ya en palabras mi incomodidad ante el mundo que me había sido dado como extensión de mi mente. A donde deseo llegar al narrar esta breve historia es a un puerto visible y nada misterioso: un niño sin educación se hacía cuestionamientos que le parecían vitales, pero carecía de los medios literarios —¿hay otros?— para expresarse y hacerse preguntas adecuadas a su curiosidad. Un niño analfabeta e incapacitado para la crítica, mas necio y dispuesto a no dejarse intimidar por su ausencia de cultura al respecto. Qué más hubiera deseado por aquellos tiempos que tener ante mí a un Leibniz moderno o a un Spinoza para conversar acerca de esos temas propios de un niño que a los once años se va de pesca por una que otra certeza: un niño del siglo XX a quien incomodaba la relación y disparidad entre la religión y la ciencia. No está de más decir que Spinoza fue un filósofo que carecía de ambiciones de reconocimiento y su necesidad de saber era genuina y firme. Es verdad que desde Hume y posteriormente Kant la filosofía tomó derroteros que para un racionalista del siglo XVI, como Spinoza, habrían sido impensables, sin embargo para un niño de diez u once años de cualquier época, como era mi caso, bastaba solamente con Spinoza o con algún otro buen escritor o filósofo. En Filosofía como política cultural Richard Rorty dice que la filosofía no comienza a tomar un lugar importante en la cultura, sino hasta que las creencias largamente apreciadas o mantenidas por los seres humanos comienzan a decaer y desmembrarse. Y yo me pregunto: ¿qué podemos hacer hoy en día cuando la creencia en el advenimiento de la justicia se desmorona en las manos y la mayoría vive en un estado de zozobra económica y de valores políticos.

02-certezas

Ilustración: Mariana Villanueva

En un libro que llegué disfrutar hasta la edad madura, Meditaciones cartesianas (1931), de Edmund Husserl, el filósofo alemán se queja de que en aquel tiempo había una literatura filosófica creciente hasta el infinito, pero carente de relación. En lugar de un pensamiento vivo y único había disparidad, escasa relación y demasiada literatura al respecto: “Los filósofos se reúnen; pero por desgracia no las filosofías”. La quejumbre de Husserl tenía sentido en aquella época y, sin embargo, hoy casi cien años después los defectos que acusaba el filósofo se han tornado más bien virtudes —por fortuna para un autodidacta como lo fui yo—: existe un número afortunado de literatura filosófica y de libros cuya sola lectura haría más crítica la capacidad del lector a la hora de enfrentarse a los problemas de su entorno o mundo; y no obstante tal producción, la influencia que tales libros tienen en la sociedad contemporánea es casi imperceptible, por no decir invisible o nula. La incapacidad de pensar por uno mismo, la aterradora opresión de la publicidad egoísta y el mal periodismo ganan hoy la batalla y perdemos la posibilidad de edificar conceptos de justicia adecuados para la época vil e injusta en que habitamos. ¿De dónde va uno a obtener certezas acerca de lo que nos afecta? ¿De la cháchara y retórica “crítica” de quienes ni siquiera se acercan a los buenos libros? En el capítulo final de su obra La idea de la justicia Amartya Sen escribe: “La frustración y la ira pueden ayudar a motivarnos y, sin embargo, tenemos que apoyarnos tanto para la evaluación cuanto para la efectividad, en el razonado escrutinio, a fin de obtener una comprensión plausible de la base de esas quejas y de lo que acaso puede hacerse para afrontar los problemas subyacentes”. Y me pregunto: “¿Cómo vamos a afrontar la frustración y la ira que causa la ruina social (o si se quiere la certeza subjetiva de la injusticia reinante) a partir del razonado escrutinio cuando la literatura que se divulga y se lee es de tan baja consideración, y la buena es remitida a unas cuantas librerías o centros de saber especializado? En otras palabras: ¿con qué palabras y argumentos le vamos a reclamar al criminal civil las injusticias a las que nos somete si ni siquiera podemos describir con palabras las causas de nuestro rencor? Es posible que el niño de once años que escribía aquellos sonetos andrajosos y fabricaba argumentos ingenuos contra Dios en su pequeña libreta haya por lo menos encontrado una certeza para hacer menos tenso su vivir práctico: la certeza de que son las palabras y la lectura de los buenos libros el medio más sofisticado y eficaz para conocer y cuestionar el mundo que es extensión de nuestro pensar y sentir, y también para hacerle las preguntas cruciales e incómodas a los enemigos.

Sé muy bien que he bregado en este tema durante décadas, pero no me queda hoy más que el recurso de un insistir desanimado. En su libro Convertir la paja en oro Morris Berman (Nueva York, 1944) dice que la sociedad actual posee una sobredosis de dopamina y está en extremo orientada a las metas, es frenética e incluso maniática. “Una sociedad sociópata… caracterizada por la competencia y la agresión, más que por el cuidado del otro y la comunidad”. En Estados Unidos, por ejemplo, tal sociedad ya tiene a su presidente y líder: un hombre sin cultura y cuya inteligencia es menor que la de sus simpatizantes (inteligencia comprendida como comprensión de la diferencia, no como eficacia lógica o depredadora). Se había tardado en llegar.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.