Beethoven cubrió la música con sangre para guiar las almas hacia el encuentro con lo inexplicable. Su espiritualidad parte de las pasiones. Ahí —en la angustia, en el terror, en la piedad, en el deseo, en la ira, en los celos …— existen sus dioses, que son los mismos dioses que alegran y atormentan —con su ciclo eterno de muertes y resurrecciones— el corazón de los hombres.

Antes de él los acontecimientos sonoros eran bellos, plácidos y equilibrados. La claridad resultaba virtud esencial: claridad para evitar las confusiones; claridad para, serenos, poder rezar. Existía la excepción del príncipe Gesualdo de Venosa (1566-1613): acuchilló a su esposa y al hombre con quien la encontró fornicando y escribió madrigales renacentistas de un cromatismo tan intenso que por momentos la expresión arrasa con la estructura melódica y el sonido pierde la dirección y permanece caótico y puro siendo culpa, sufrimiento, éxtasis, agonía… Beethoven aprendió a colorear de un asesino…

Ser músico en los días de Beethoven significaba sometimiento. Su abuelo había sido jefe de la cocina y ayuda de cámara el primer esposo de su madre (María Magdalena); él era compositor, y los tres oficios partían de la misma cosa: servir a los amos… y dormir en las pequeñas habitaciones bajas —a veces subterráneas— de los palacios, que eran compartidas. Escuchar querellas y escuchar ronquidos. Pero Beethoven desde niño dominó la violencia en los sonidos.

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Ilustración: Sergio Bordón

Durante su infancia cada ruido de su padre lo sumía en el terror. Portazo y chasquido de lengua. Brutos pasos asimétricos sobre el piso de madera. Gritos desarticulados y roncos: “sucia”, “prostituta”, “pendeja”… Beethoven —no más alto que una silla— corriendo hacia la sala. María Magdalena, su madre, en silencio —gritar hubiera despertado a sus hijos— con la cara destrozada. Algunas noches, tras el portazo venían los aplausos. Secas colisiones de mano y zancadas. Murmullos tiernos —“Pequeño, despierta, ve al piano”—, desesperados —“Ludwig, ¡a la grandeza!”— y rabiosos —“ya despierta, inmundo pedazo de mierda”—. A veces el reloj avanzaba sin obstáculos en una quietud cargada de desgracias. Y esas noches sin portazo eran las más terribles. Beethoven salía de la casa poco antes del alba y —tras preguntar en cantinas por su padre a mujeres con las tetas de fuera— lo encontraba hediondo y delirante, vencido por el alcohol —la ropa manchada de vómito—, y se lo llevaba a casa entre caídas, maldiciones y arcadas.

María Magdalena murió tísica, a los 40 (1787), con la piel amoratada a causa de los golpes. Beethoven quedó huérfano a los 17 años. Amenazó a su padre: Jubílate y firma ante notario que la mitad de tu pensión será para tus otros dos hijos; si no, te llevo a la corte penal y me encargo de que te pudras en la cárcel. Una vez seguro de que sus hermanos estaban protegidos, Beethoven se mudó a Viena para trabajar como músico en el palacio de Fernando Waldstein.

Cuando alguna emperatriz le pedía tocar el piano a cuatro manos, Beethoven la rechazaba con furia. Decía que nadie en su presencia haría de la música un divertimento para estúpidas. Y la nobleza vienesa criticaba a Fernando: ¿Por qué soportas la insolencia de ese orangután que tienes por pianista?; ¡deberías fusilarlo: es un descarado! Y Fernando sonreía con malicia; no decía nada. Acomodaba a marqueses y princesas en la sala de su casa. Beethoven salía. 24 años. Chaparro (¡1.64!) y mal encarado. Caminaba hacia el piano. Pasos duros y destemplados. Sin saludar se sentaba. La peluca mal puesta (hirsuto cabello negro asomándose por los costados de su enorme cabeza); los desnudos dedos largos y anchos, de huesos perfectamente rectos. Entonces sobrevenían sonidos brutales que jamás habían sido escuchados. Partían del armonioso equilibrio coqueto y burbujeante de los maestros clásicos (Haydn, Mozart, Salieri), pero llevaban la galantería a la última frontera y ahí, al borde de vibraciones desconocidas, dirigía el sonido hacia lo prohibido. Era música iracunda y despiadada. Estaba escrita en un idioma conocido (la tonalidad) y eso —que pudiera ser comprendida— era su mayor peligro: el oído la dejaba entrar gozoso y confiado… pero una vez dentro del cuerpo, el ímpetu melódico arrasaba con cualquier resistencia y cada corazón, por unos instantes, se encendía con la perdición de sus sueños inconfesables. Bajo el hechizo de esa música mágica y sensual, los hombres y las mujeres —sobre todo las mujeres—, por unos instantes se excitaban ante la voracidad de sus fantasías más privadas.

Y tras esos recitales que Beethoven —sentado ante la mesa real enhiesto y desafiante— compartiera el vino y las viandas con la nobleza resulta natural, incluso evidente. Era un músico atractivamente maldito. Las mujeres continuaban excitadas durante varios días y se le entregaban a Beethoven con ardor frenético. A Beethoven lo fascinaban sus risas: dichosas, insolentes, extensas y claras. Josefina, Teresa, Julieta y Bettina. Baronesas, escaladoras, duquesas y ricas herederas. Saciaban en Beethoven la imposibilidad de sus vidas secretas. Y luego —cumplido el capricho de su oscuro erotismo— lo abandonaban alegres y triunfantes para casarse con algún aristócrata que les asegurara un futuro abierto, de brillante apariencia. Beethoven —cuya fuerza era el misterio, todo lo que existe oculto, en fiera rebeldía— quedaba triste y ansioso, con la sensación de estar vacío. Sus sueños inconfesables no le importaban a nadie. Tampoco tenía en dónde —o con quién— saciarlos. Se tenía a sí mismo. Tenía un piano. Eso era todo: la música de un solitario.

Sus interpretaciones perdieron de pronto la coherencia. Carecían de sentidos de la dinámica o el equilibrio. Secuencias demenciales de sonidos: ya inaudibles, ya tremendos, de raudos, ya quietos. Conciertos ridículos y provocativos, que le granjearon hostilidad y burlas… hasta que a Beethoven —hacia 1805, a los 35 años— le resultó imposible seguir ocultando que se estaba quedando sordo. Abandonó el palacio para aislarse a las afueras de Viena (“evito el trato con la gente, pues no es cosa de ir diciendo a todo el mundo: ¡soy sordo!”). Renunció a usar peluca y comenzó a vestirse todo de blanco —desde el chaleco hasta la corbata; tanto en invierno como en verano—. Cuando alguna persona quería hablar con él, no articulaba bien las palabras y optaba por emitir violentos sonidos chillones para alejarla. El falso rumor de que era sifilítico se extendió por las cortes vienesas. Desarrolló manías: coleccionar bibelots y cambiar en el mismo mes cuatro veces de casa. Aborrecía peinarse y a los 44 años (1814) su imagen era la de un anciano. Vagaba por los bosques a mitad de la noche. Trepaba álamos y bajo la luna, con las piernas enroscadas entre las ramas, cantaba a gritos antiguas melodías renanas. Si era incapaz de escuchar su propio sonido, ¿qué más le daba?

Murió su hermano pelirrojo Caspar Carl (1815). “A mi esposa Johanna y a mi hermano Ludwig les dejo la custodia de mi hijo Karl”, decía su testamento. Karl tenía nueve años. Beethoven aborrecía a Johanna. La consideraba vulgar, sórdida y descarada. Mandó espiarla. Documentó ante la corte que era agresiva, irresponsable, alcohólica y promiscua. Tras cuatro años de litigio —financiados con el dinero que le daba su música— ganó la custodia de su sobrino.

Beethoven y Karl se instalaron en una casa llena de instrumentos. Se comunicaban por escrito, en cuadernos de conversaciones. Beethoven trazaba con vigorosa caligrafía órdenes cariñosas y pícaras: “¡Estudia, lee, canta, pinta!… no hay nada más atractivo para una mujer que un joven sensible, musical e inteligente”. Y Karl, ya adolescente, le respondía: “Me da tanta pena que no puedas escuchar los timbres de tu chelo o clarinete… a qué suena tu propia música es algo que seguro ya olvidaste, ¿no?, ¡eres sordo!”.

Karl odiaba a Beethoven. Quería herirlo de muerte y abandonarlo agonizante para regresar al lado de su madre. Beethoven se negaba a dejarlo ir. Soportaba insultos y humillaciones. Anhelaba ser un buen padre para el hijo de su hermano: Brindarle protección, asegurarle calor, rodearlo de ideas libertarias (enciclopedistas franceses) y poéticas (Shakespeare)… y a través del amor darle confianza… Nada. Karl —el 29 de julio de 1826— empeñó un reloj, compró una pistola y a lo alto de las ruinas Rauenstein se disparó en la cabeza. Un timorato disparo inexacto que le rozó la sien y lo dejó inconsciente a causa del pánico. Cuando despertó —la cabeza cubierta por una sangrante venda— dijo a la policía “lo hice para escapar de mi tío; ¡me tiene prisionero!”.

Entonces los ruidos de su infancia regresaron a Beethoven. Cada vez lo atormentaban con mayor contundencia. Casi podía jurar que los escuchaba. Chasquido de lengua y portazo. Torpes pasos asimétricos y aplausos. Se le ocurrió una idea terrible: ¿Karl siente el mismo terror ante mis ruidos que el que yo sentía ante los ruidos de mi padre?, ¿cómo es posible si yo lo cobijo con cariño y mi padre me vejaba?, ¿cuál es entonces el sentido de tanto dolor, de tanta injusticia, de tanta tristeza?…

La última música de Beethoven es indomeñable y destructiva. Compuso sin descanso cuartetos para cuerdas (seis —del 12 al 16— entre 1825 y 1827). Partituras desgarradas de la historia de la música que desafían los pilares del arte occidental al despreciar la tonalidad. Los sonidos en vez de avanzar permanecen suspendidos. Están articulados fuera de tiempo (un siglo después, durante el primer cuarto del siglo XX, se descubrió que prefiguran vanguardias tan radicales como la microtonalidad…). Acordes etéreos, ritmos confusos y melodías sin movimiento que flotan y se desintegran. Música que existe en las fronteras de la conciencia y nada en ella puede ser comprendido… salvo su desolación, salvo su horror… salvo su grandeza.

 

Hugo Roca Joglar
Autor de la columna sobre música clásica “Vibraciones”, que se publica en el suplemento cultural Laberinto de Milenio. Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría “Crónica”.

 

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(1770-1827)