“Susceptibilidad a los resfriados, dolores de cabeza, debilitamiento de los ojos, erupciones por el calor, gota, artritis, asma, hemorroides, apoplejía, enfermedad pulmonar, indigestión, bloqueo de los intestinos, desorden nervioso, migrañas, epilepsia, hipocondría y melancolía”.
Enfermedades provocadas por leer, según Johann Georg Heinzmann, director de la Sociedad Tipográfica de Berna en los años ochenta… del siglo XIX.



En mayo de 2016 Graeme Whiting, director fundador de The Acorn School, un colegio inglés de educación primaria y secundaria localizado en Gloucester, declaró que sagas de novelas escritas para niños y adolescentes, como Harry Potter y Los juegos del hambre, podían dañar “las sensibles mentes subconscientes” de sus jóvenes lectores hasta el punto de convertirlos en parte de la estadística de los “mentalmente enfermos”. Según Whiting, comprar estos libros “atemorizantes” y “sensacionalistas” a los niños equivalía a darles cucharadas bien copeteadas de azúcar, volviéndolos adictos a una “literatura oscura, demoniaca” y llena de “cosas inapropiadas”. Para Whiting es evidente que leer tiene efectos negativos en la salud mental de sus pupilos.

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Ilustración: Oldemar González

Es verdad que, al igual que Whiting, cuando alguien habla de los efectos negativos de leer en realidad y por lo general no quiere con ello decir que la lectura en sí tenga efectos negativos —si bien ha habido quienes, como J.G. Heinzmann, estaban convencidos de que esta actividad podía acarrear decenas de padecimientos de todo tipo—. Y no menos cierto es que, en el caso específico de los best sellers de literatura pop infantil y juvenil —ignorando por un momento la discusión sobre la muy variable calidad literaria de cada obra—, uno puede estar o no de acuerdo con el juicio del director Whiting sobre lo clasificado con la etiqueta de “cosas inapropiadas”. Sin embargo, hagamos un experimento mental y, por un momento, cambiemos el título de esta columna por “Los efectos negativos de la televisión”, o de los videojuegos, los cómics, el cine o la música —no necesariamente en este orden— y es posible que ya no nos parezca tan chocante una generalización así.

Una posible razón de este prejuicio en bien de la lectura es que, por un lado, no es raro que coloquemos un libro —cualquier libro— en un pedestal o, como mínimo, en una categoría muy aparte al resto de los medios de comunicación, sin importar que se trate de, digamos, Susan Sontag o Suzanne Collins. Quien habla mal de los libros puede traernos a la mente imágenes de hogueras de libros o fragmentos de Fahrenheit 451 (aunque, en un escenario como el de esta novela, no culpen a quien sienta compasión por el niño que tenga que memorizar a Deepak Chopra). Quizás la segunda razón sea consecuencia de la primera: investigaciones sobre la presencia y efectos de escenas de sexo y violencia en televisión y otros medios de comunicación y entretenimiento son tan numerosos que podrían mantenernos ocupados durante años en una isla desierta, en tanto que estudios sobre sexo y violencia en las novelas —y, sí, sus efectos dañinos en los lectores— nos distraerían por, cuando mucho, algunos días. Dejemos el sexo para otro día y abordemos en estas páginas el tema de la violencia.

Percy Jackson y su expediente por agresión

“Dos chavales se abalanzaron sobre mí. Yo retrocedí hasta el arroyo, intenté levantar el escudo, pero Clarisse era demasiado rápida. Su lanza me dio directamente en las costillas. De no haber llevado el pecho protegido, me habría convertido en kebab de pollo. Como sí lo llevaba, el aguijonazo eléctrico sólo me dio sensación de arrancarme los dientes. Uno de sus compañeros de cabaña me metió un buen tajo en el brazo”.
Rick Riordan, El ladrón del rayo (saga de Percy Jackson).

Es así que a nadie extraña enterarse de cifras como que la tasa de violencia televisiva promedio para un niño durante una mañana sabatina sea de 20 actos violentos por hora,1 o que ciertos videojuegos puedan aumentar la agresividad de sus jugadores, pero podemos mostrarnos escépticos ante resultados como que la tasa de violencia en los best sellers para niños y jóvenes, de acuerdo con Sarah M. Coyne y colaboradores, sea de 30 actos violentos por hora,2 sobrepasando con ello la de las caricaturas, nuestro villano favorito en el tema. Como en México, con los recomendados 20 minutos de lectura, los seguidores de Percy Jackson sólo habrán sido expuestos a 10 actos violentos al día, quizás no debamos preocuparnos demasiado. ¿O sí?

A pesar de que desde hace más de medio siglo los investigadores han mostrado que la presencia de actos violentos en los medios puede influir en la forma en que sus usuarios piensan y se comportan, pocos han analizado sistemáticamente el número y formas de agresividad presentes en los libros de diferentes épocas y géneros, y aún menos han diseñado experimentos para comprobar cómo nos afecta su lectura.

Si de novelas escritas expresamente para niños o jóvenes se trata, uno de estos primeros estudios es el dirigido por Coyne, quien hizo un análisis del contenido de actos agresivos en los 40 libros infantiles y juveniles más vendidos en Estados Unidos en el verano de 2008. Los cuatro tipos de comportamiento agresivo presentes en otros medios lo estuvieron también en las páginas de libros como Diario de Greg o Luna Nueva (de la saga de Crepúsculo): 1) agresión física (lastimar a alguien usando la fuerza física), 2) agresión relacional (lastimar a alguien mediante el daño en forma abierta o encubierta de sus relaciones interpersonales; abundan las estrategias para ello, como el chismorreo y la exclusión social), 3) agresión verbal (lastimar psicológicamente a alguien a través de, por ejemplo, insultos o sarcasmos) y 4) ideación violenta (imaginar o planear un acto agresivo).

Con cerca de siete mil actos de agresión en estos 40 títulos, sus lectores se enfrentarían en promedio a un acto agresivo cada dos páginas. Un tercio de estas agresiones fue de tipo relacional, un tercio verbal (básicamente insultos), un quinto física (en su mayoría ataques) y el resto ideación violenta. La mayoría de las veces la agresión se presentó como injustificada y, cuando estuvo justificada, fue típicamente en respuesta de algo hecho por el antagonista en la historia. Los protagonistas masculinos fueron quienes más agredieron físicamente. Algo preocupante fue que los libros para niños en el menor rango de edad considerado en el estudio (9 a 11 años) tuvieron cinco veces más agresión física que las obras para lectores mayores. Las posmodernas y mitológicas aventuras de Percy Jackson fueron, de hecho, las más violentas. ¿Serán Percy, Greg y Potter los responsables de un incremento en la agresividad de su público infantil? No es posible concluir al respecto con base en trabajos como el expuesto. Para validar la hipótesis necesitamos hacer experimentos y eso fue lo que hizo Coyne en dos estudios posteriores.

Experimentos con agresores imaginarios

“… golpeé al novato, y le machaqué su hermosa cara de ángel, primero con mis huesudos nudillos, como un molar triturando comida, y con el costado del puño cuando los nudillos quedaron en carne viva al clavarse sus dientes a través de los labios…”.
Chuck Palahniuk, El club de la pelea.

En 2012 Coyne y colaboradores dividieron en dos a un grupo de estudiantes universitarios; la mitad de éstos leyeron una historia corta en la que un estudiante de nuevo ingreso tenía un altercado con su compañero de cuarto y golpeaba, destruía y arrojaba objetos (agresión física); los universitarios restantes leyeron otra historia en la que el estudiante de nuevo ingreso grababa secretamente a su compañero de cuarto y lo amenazaba con subir los videos a YouTube (agresión relacional).3 Al terminar la historia, los universitarios participaron en una actividad para medir el nivel de agresividad física, que consistía en apretar un botón antes que un oponente, pudiendo elegir el nivel y duración del ruido generado al apretar el botón. En un segundo experimento, los universitarios que leyeron las historias participaron posteriormente en un juego en línea para medir el nivel de agresión relacional, conocido como cyberball, que consiste en pasarse la pelota entre tres jugadores virtuales. Los investigadores habían enviado a los universitarios un mensaje electrónico de un supuesto 335taylor a cada universitario mientras leía la historia en una computadora. El mensaje decía: “¿puedes apresurarte? ¡Tengo cosas que hacer y me haces perder el tiempo!”, y uno de los jugadores de cyberball era el ficticio 335taylor.

En el primer experimento los universitarios que leyeron la historia con agresividad física escogieron un volumen de ruido más alto durante un tiempo mayor al apretar el botón, por lo que fueron más agresivos físicamente que los que leyeron la historia con agresividad relacional. En el segundo experimento los universitarios que leyeron la historia con agresividad relacional arrojaron mucho menos veces la pelota a 335taylor que al otro jugador virtual, por lo que fueron más agresivos relacionalmente que quienes leyeron la historia con agresividad física. En conclusión, la lectura de diferentes tipos de agresividad puede influir en el tipo de comportamiento agresivo exhibido posteriormente, lo que no responde a la pregunta de si el simple hecho de leer actos violentos en una novela puede incrementar nuestra conducta violenta. Para ello, Coyne y su equipo hicieron un tercer estudio en 2013.  

De acuerdo con lo que se conoce como Modelo General de Agresión (MGA), la exposición a la violencia en los medios puede influir en las respuestas agresivas mediante vías afectiva (al cambiar el estado de ánimo), excitable (al incrementar la respuesta a un estímulo) y cognitiva (al activar guiones de agresión, que son “programas” o comportamientos aprendidos). Según el MGA, esta exposición ocasiona que, a corto plazo, uno reaccione agresivamente aun ante estímulos ambiguos (cuando, por ejemplo, alguien no nos saluda, decidimos ignorarlo la próxima vez porque asumimos que nos ignoró deliberadamente, en lugar de suponer que estaba distraído u ocupado); a largo plazo, puede ocasionar que nuestra personalidad sea más agresiva.

Coyne y sus colegas reclutaron a estudiantes de secundaria (a 15 dólares por cabeza) para, de acuerdo con el MGA, determinar si existía una asociación entre la agresividad que ellos exhibían en su conducta diaria y la lectura de libros con actos de agresión.4 Los adolescentes respondieron el Informe de Auto-Inventario de Relaciones de Pareja y Románticas, una prueba diseñada para medir el nivel y tipos de agresividad. Para cuantificar la agresión relacional tenemos, por ejemplo: “Cuando alguien me hace enojar trato de avergonzarlo o de hacerlo ver como un estúpido frente a los demás”, cuya respuesta va desde Nunca (1) hasta Casi siempre (5). Los libros más populares entre los adolescentes fueron las sagas de Harry Potter, Los Juegos del hambre, Percy Jackson y Crepúsculo.

Al tomar en cuenta la exposición de cada estudiante a actos de agresión en la literatura y después de controlar estadísticamente la cantidad de exposición en otros medios, los científicos encontraron que leer agresión física o relacional predecía un comportamiento agresivo o relacional, respectivamente, pero no al revés: que el estudiante exhibiera un comportamiento agresivo no predecía que leyera novelas con actos de agresión de uno u otro tipo. Para aquellos padres que opinan que “La película está muy violenta, mejor que lea el libro”, la mala noticia es que, de acuerdo con Coyne, a diferencia de televisión, cine y videojuegos, leer es más “una experiencia cognitiva”, “el lector necesita usar su propia imaginación y visualizar activamente el comportamiento violento cuando éste se presenta, y podría tener un papel más activo en la intensificación cognitiva que ver violencia en TV o en películas”.

La solución no es, como propone Graeme Whiting, censurar la lectura de libros con violencia. De ser así, ni Shakespeare ni la Biblia se salvarían (de hecho, hay un estudio que muestra que leer escenas bíblicas violentas también incrementa la agresividad de los lectores, y el efecto se intensifica cuando el lector cree en Dios y en la Biblia, y se incrementa aún más si además Dios aprueba el acto de violencia).5 Además, que los adolescentes lean libros prohibidos (Harry Potter incluido) está asociado positivamente con comportamientos cívicos y de apoyo a los demás.6 Los autores de estudios sobre agresividad, sin importar el medio en que ésta se presenta, coinciden en que una actitud más crítica hacia el contenido de las historias por parte de padres y maestros, así como la discusión sobre el contenido y el contexto en que se presentan temas como la violencia y el sexo en ellas, puede hacer que en verdad los efectos de la lectura sean netamente positivos.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Wilson, B.J., S.L. Smith, W.J. Potter, D. Kunkel, D. Linz, C.M. Colvin y E. Donnerstein, “Violence in children’s television programming: Assessing the risks”, Journal of Communication, 52(1), 2002, pp. 5-35.

2 Coyne, S.M., M. Callister, T. Pruett, D.A. Nelson, L. Stockdale y B.M. Wells, “A mean read: Aggression in adolescent English literature”, Journal of Children and Media, 5(4), 2011, pp. 411-425.

3 Coyne, S.M., R. Ridge, M.K. Stevens, M. Callister y L. Stockdale, “Backbiting and bloodshed in books: Short-term effects of reading physical and relational aggression in literature”, British Journal of Social Psychology, 51, 2012, pp. 188-196.

4 Stockdale, L.A., S.M. Coyne, D.A. Nelson y L.M. Padilla-Walker, “Read anything mean lately? Associations between reading aggression in books and aggressive behavior in adolescents”, Aggressive Behavior, 39, 2013, pp. 493-502.

5 Bushman, B.J., R.D. Ridge, E. Das, C.W. Key y G.M. Busath, “When God sanctions killing: Effect of scriptural violence on aggression”, Psychological Science, 18(3), 2007, pp. 204-207.

6 Ferguson, C.J., “Is reading ‘banned’ books associated with behavior problems in young readers? The influence of controversial young adult books on the psychological well-being of adolescents”, Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts, 8(3), 2014, pp. 354-362.

 

7 comentarios en “Los efectos negativos de leer

  1. Luis Javier Plata Rosas: Es curioso, pero tengo la impresión de que alguna vez leí ese nombre entre los usuarios de la biblioteca de la UABC, en Ensenada, en los años 80 del siglo pasado, cuando yo trabajaba en esa biblioteca.
    Ya en otra ocasión que leí un artículo tuyo me había llamado la atención el nombre. Pero ahora que leo este artículo creo que vale la pena abundar en el comentario, pues hace unos años, con motivo del día del libro y de la lectura, se me ocurrió dar a leer al director del periódico donde hasta hoy trabajo (El Sol de Mazatlán) una serie de ocurrencias que escribí acerca de la lectura. Pensé que él editaría el texto, como se acostumbra en las redacciones de los periódicos, y quizá lo publicaría. Nada de eso. Simplemente envió el texto tal cual y así salió publicado. Al otro día lo leí, horrorizado, pues tenía errores garrafales tanto de concepto como de redacción, por lo que pedí al director que me permitiera escribir otro texto aclaratorio que hice a la carrera y salió peor de confuso, errático y mal redactado… Y así se publicó.
    Pensé en la reacción de los lectores, pero en aquellos días (hace unos diez años) aún no era común la cajita ésta de comentarios al pie de los artículos periodísticos. Además, el texto salió publicado aún en papel.
    Desde entonces me guardé mucho de la tentación de volver a publicar nada.
    Como mi trabajo es la de corregir la ortografía de los textos que se publican, constantemente me planteo cuestiones como ésta de la reacción de los lectores, y estoy cada día más convencido de que estamos acostumbrándonos a medio leer, a medio entender y a medio escribir cualquier cosa (quizá este mismo comentario entrará en esa categoría de textos hechos al vapor).
    La cuestión de la violencia que nos impregna prácticamente desde la cuna por medio de ciertas lecturas creo que es un mal irremediable. Recuerdo que en mi adolescencia leí libros que no convenían a mi edad y creo que solamente con más lecturas fui acondicionando mis ojos a cosas peores sin pestañear, pero creo que ésa es la única manera como lograremos salir de ese marasmo… el problema mayor es aprender a discernir entre lo que nos conviene y lo que no nos conviene leer. Y el problema aún mayor para los correctores de periódico que aún existimos (especie en peligro de extinción absoluta) es aprender a leer las truculencias cotidianas sin que nos conmuevan. Lamentablemente, esa conducta nos va orillando a leer sin compasión por el prójimo…
    No la tenemos fácil, ciertamente.

    • También recuerdo a un Gustavo Mota cuando estudiaba oceanología en Ensenada. Ahora, un efecto positivo de leer un periódico en Mazatlán será disfrutar de una redacción sin errores gracias al pulcro trabajo de Gustavo Mota. Un abrazo.

      • Muchas gracias por tu optimismo, Luis Javier, recibe igualmente un fraterno abrazo y un recuerdo de nuestra entrañable Ensenada, mi paraíso perdido.
        Gustavo Mota

  2. Algo más, ésas son lecturas que no hacemos por nuestro gusto; son nuestro trabajo y tenemos que leer atentamente y cuidar que lo escrito no lleve faltas ortográficas, aun tratándose de discursos políticos o declaraciones ruines y fraudulentas.
    No la tenemos fácil, ciertamente.

  3. Es acertado indagar sobre el impacto (puede ser de distinta índole) que ofrece la literatura actual, sobe todo si reconocemos que vivimos bajo un bum de amplia literatura comercial o sustentada en mucha mercadotecnia y que se aparta o deja de reconocer valores que la sociedad no practica porque abandonó la lectura y más la de calidad.

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