En 1995 —hace ya veintidós años, caray— Neus Espresate recibió el Reconocimiento al Mérito Editorial que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Para la ocasión, los amigos de Ediciones ERA me invitaron a redactar unas cuartillas acerca de mi vínculo con la editorial y su directora histórica desde mi perspectiva como colaborador externo, lector y crítico literario, pues iban a editar un libro con escritos de varios autores en honor de la homenajeada.

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En este momento de turbación, saliendo apenas del funeral de Neus, me asgo a la evocación de aquellos días porque su obra y su legado cobran ante mis ojos y mi memoria una dimensión mucho más robusta, una profundidad mayor en la historia de la edición, la literatura y la cultura mexicanas y de la lengua española. Ignoro qué sería de nuestra vida literaria contemporánea de no haber existido Neus. Tan sólo pensarlo me produce escalofríos.

Además de haber sido la heredera del proyecto editorial de Tomás Espresate, asociado de Vicente Rojo y José Hernández Azorín en la fundación Ediciones ERA, Neus fue una editora con una capacidad de convocatoria envidiable, poseedora de gran sensibilidad para la detección de talentos literarios y una calidez y bonhomía únicas para tratar autores, sobre todo quienes recibían dictámenes negativos para publicar sus manuscritos. Había en su trato cotidiano, por lo general comedido, una fineza muy difícil de encontrar ahora en un medio que se ha transformado radicalmente y donde impera, en nuestros días, una enorme falta de educación en las relaciones personales y laborales y una carencia absoluta de verdadero oficio editorial.

Me resulta muy complicado señalar a ciencia cierta cuál es el peso específico de Neus en la historia de su editorial, pero un recuento brevísimo dejará a cualquiera pasmado de admiración: para los 1980, ERA ya se había consolidado con creces como el eslabón más importante en la cadena histórica que se tiende entre las no pocas editoriales del exilio republicano español, desaparecidas poco a poco de nuestra escena cultural a partir de los años sesenta, y las editoriales mexicanas independientes de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Sin intención de menospreciar a empresas que siguieron existiendo con uno u otro nombre; sin el ánimo de minimizar lo que ha sido y representa el Fondo de Cultura Económica, me atrevo a decir que ERA resultó ser la firma librera que con mayor énfasis desplegó y mantuvo el espíritu, el gusto, la curiosidad intelectual y las apuestas estéticas del exilio republicano entre nosotros, al menos en materia de literatura, ciencias sociales y humanidades. Junto a Joaquín Mortiz —sello al que le unen vínculos fraternos— ERA se convirtió en una de las plataformas de lanzamiento de la generación literaria de Medio Siglo y las plumas más importantes de aquella promoción tienen al menos un libro en su catálogo, de Juan Vicente Melo a Salvador Elizondo y de Juan García Ponce a Sergio Pitol. A un tiempo, la editorial se convirtió en la principal casa, si no en la única, que dio acogida a uno de los mayores prosistas de nuestra lengua y un escritor decisivo para nuestra narrativa y nuestro pensamiento político: José Revueltas.

En estos tres grandes apartados o aspectos de la historia de ERA, Neus contribuyó de una u otra manera a darle a la editorial coherencia, exigencia de nivel de calidad y, sobre todo, identidad. Con muy contadas excepciones, los títulos de ERA son sinónimo de una propuesta sólida y perdurable. Y no tengo porque no decirlo: también canónica. De las páginas de aquel libro de homenaje de 1995 referido al principio de mis líneas puede deducirse a las claras: si hubo un factor básico que hizo posible a una editorial pequeña y autónoma a los grandes conglomerados contar, al mismo tiempo, con autores como Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Juan Villoro, escritores canónicos para nuestras letras y para la lengua española, ese factor muy probablemente fue Neus.

No hay manera de agradecer a ERA, a Vicente Rojo, Marcelo Uribe, Paloma Villegas, Héctor Manjarrez, Elena Forno, Isabel Fernández Espresate, Vicente Rojo Cama y tantos otros miembros de esa entrañable familia editorial los incontables beneficios que han dejado a los lectores mexicanos a lo largo de casi sesenta años de existencia. De su catálogo histórico a su catálogo vivo, no tengo la capacidad para cribar una docena de títulos esenciales: ¡son tantos! Sólo las mudanzas internacionales me han obligado a quedarme con lo imprescindible. Los Revueltas, los Monterroso, los Pitol, las sucesivas y siempre cambiantes ediciones de José Emilio, El escrutador de almas de Georg Groddeck, El ajuste de cuentas de Tibor Déry, las traducciones de Klossowski, esa gran referencia imagológica sobre nuestro país que es México visto por el cine extranjero, el tomo con letras de canciones compilado por Meri Franco-Lao, Los indios de México… Por supuesto que tampoco hay palabras para agradecer a Neus el haberme hecho partícipe del extraordinario proceso que va del descubrimiento de una inquietante obra inédita a la edición de obras con la singularidad de la narrativa de un Eduardo Antonio Parra, a quien me correspondió recomendar para publicar por primera vez en la editorial. Ese invaluable magisterio puede ser, acaso, el que cifre la impronta dejada en mí por Neus Espresate Xirau.

 

Héctor Orestes Aguilar
Escritor. Ha publicado Un disparo en la niebla y Apuntes para una geografía del limbo, entre otros libros. Fue Lector Académico en la Universidad de Graz, Austria.