mac-portada

De manera simultánea con su lanzamiento en España, adelantamos uno de los capítulos de la más reciente novela de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo (Seix Barral).


3

La estupidez no es mi fuerte, decía Monsieur Teste. Me ha gustado siempre la frase y la repetiría cien veces ahora mismo, de no ser porque tengo interés en escribir ahora una que suene parecida a la frase de Teste pero diga algo diferente; diga, por ejemplo, que la repetición es mi fuerte. O bien: la repetición es mi tema. O esto: Me gusta repetir, pero modificando. Esta última frase es la que se ajustaría más a mi personalidad, porque soy un modificador infatigable. Veo, leo, escucho, y todo me parece susceptible de ser alterado. Y lo altero. No paro de alterar.

Tengo vocación de modificador.

También de repetidor. Pero esta vocación es más corriente. Porque esencialmente somos todos repetidores. La repetición, gesto humano donde los haya, es un gesto que me gustaría analizar, investigar, modificar las conclusiones a las que hayan llegado otros. ¿Llegamos en la vida a hacer algo que no sea la repetición de algo ya previamente ensayado y realizado por quienes nos precedieron? La repetición es en el fondo un tema tan inabarcable que puede convertir en ridículo cualquier intento de captarlo plenamente. Mi temor, además, es que el tema de la repetición pueda albergar algo muy inquietante en su propia naturaleza. Pero seguro que investigar sobre ella tiene un lado interesante, porque, para empezar, puede ser vista como algo que se proyecta sobre el futuro. Ese lado atractivo de la repetición lo vio Kierkegaard cuando dijo que ésta y el recuerdo eran el mismo movimiento, pero en sentidos opuestos, “ya que aquello que se recuerda se repite retrocediendo, mientras que la repetición propiamente dicha se recuerda avanzando. Por eso la repetición, si es que ésta es posible, hace feliz al hombre, mientras que el recuerdo le hace desgraciado”.

Puesto a modificar, yo ahora modificaría lo que dijo Kierkegaard, pero no sé cómo lo haría. Así que voy a dejar que pasen unas horas y podré ver si mejora mi instinto modificador. Mientras tanto, me dedico a registrar que la tarde es leve, anodina, provinciana, elemental, perfecta. Mi buen humor es extraordinario, tal vez por eso incluso el carácter anodino de esta tarde me gusta mucho. En realidad, esta tarde es la misma tarde de siempre.

Estoy sentado, quieto aquí, mirando ojo avizor hacia el amplio salón que hay más allá del despacho, esa sala donde la luz y las sombras no se enfrentan. Las horas, a veces de un modo inconcebible, van cayendo todas iguales en el reloj de la iglesia de este barrio del Coyote en el que vivo desde hace cuarenta años. Quizás en lo del reloj no haya repetición, me digo, sino una misma hora cayendo a todas horas: la vida vista como una sola tarde, como una tarde elemental, anodina; gloriosa en contadas ocasiones, y sin perder ni aun así su tono grisáceo de fondo.

He trabajado siempre en el negocio que fundara mi abuelo y que me ha hecho conocer tanto el esplendor como —en los últimos años— la catástrofe del sector de la construcción. He trabajado a fondo en ese convulso negocio familiar y, a modo de leve compensación por tan loco —verdaderamente loco— trabajo, he sido en mis horas libres un lector empedernido que ha espiado todo lo que ha podido —con deslumbramiento a veces y misericordia en otras— a escritores de todos los tiempos, pero muy especialmente los contemporáneos.

 Cuando no me ha devorado mi absorbente y al final derrumbado negocio, la lectura y la intensa vida en familia han sido mis actividades preferentes. No voy a silenciar que arrastro infortunios. Me acuerdo de cuando tenía cuarenta años y lo tenía todo y, sin embargo, me sentía fatal porque deseaba huir del negocio y estudiar más y ejercer de abogado, por ejemplo, pero mi funesto abuelo paterno, de nombre innombrable, lo impidió.

Hoy pienso que me habría encantado ser como Wallace Stevens, abogado y poeta. Me parece que, por norma general, siempre nos gusta ser aquello que no somos. Me habría encantado, como hizo Stevens en 1922, poder escribirle estas líneas al director de una revista literaria: “Haga el favor de no pedirme que le envíe datos biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores”.

Me ha resultado difícil siempre volver la vista atrás, pero lo voy a hacer ahora para recordar la primera vez que oí la palabra repetición.

Cronos es un dios que, en los años de la extrema infancia, el niño desconoce. Hasta que un día, mientras nos dedicamos a flotar en medio de nuestro supino lago de ignorancia, la primera experiencia de repetición nos introduce de golpe, quizás a modo de espejismo, en el tiempo.

mac

Ilustración: Ricardo Figueroa

Esa primera experiencia la tuve con cuatro años, el día en que en la escuela alguien me dijo que mi compañero de pupitre, el pequeño Soteras, iba a repetir al año siguiente Párvulos. Ese verbo repetir cayó como una bomba en mi joven mente en pleno proceso de expansión y me introdujo de golpe en el círculo del Tiempo, pues comprendí —hasta entonces ni lo había intuido— que había un curso y un año y a éste le sucedía otro curso y otro año y que todos andábamos atrapados en la pesadilla de la red de los días, de las semanas, de los meses y de “los kilómetros” (de niño creía que los años se llamaban kilómetros y quizás no andaba tan equivocado).

Entré en el círculo del Tiempo en septiembre de 1952, poco después de que mis padres me hubieran matriculado en un colegio religioso. A principios de los años cincuenta, la llamada Primera Enseñanza constaba de cuatro grados: Párvulos, Elemental, Grado Medio y Superior. Se entraba con cuatro o cinco años de edad y se podía salir, camino de la universidad, con dieciséis o diecisiete. Párvulos duraba un solo curso y se parecía mucho a una zona de recreo infantil, a lo que hoy llamamos guardería, sólo que los niños estaban allí sentados en pupitres, como si ya tuvieran que empezar a estudiar en serio.

Era un tiempo en el que los niños parecían muy mayores, y los mayores parecían muertos. Mi recuerdo más nítido de aquellos Párvulos es el rostro compungido del pequeño alumno Soteras. Le llamo pequeño, porque él, por algún rasgo físico que se nos escapaba, parecía tener menos edad que todos nosotros, que parecíamos cada día mucho más mayores de lo que éramos, no parábamos de hacernos mayores a marchas forzadas. La patria nos necesitaba, decía un profesor, complacido seguramente de ver cómo crecíamos.

Con Soteras recuerdo que jugaba a veces con un balón hinchable, que era literalmente suyo y que nos cedía temporalmente a todos durante los recreos. Ese hecho de tener algo que era de su propiedad era lo único que le hacía parecer a Soteras mayor, como nosotros. En cuanto regresábamos a los pupitres, Soteras volvía a ser pequeño. Se me ha quedado grabado el capote gris que vestía en invierno y, en fin, durante largo tiempo, me intrigó sumamente su caso de repetidor.

Si estoy dando de él un apellido falso es porque prefiero que tenga tratamiento de personaje y también porque si bien no espero que esto lo lea nadie, no puedo evocarlo sin pensar en un lector. ¿Qué explicación veo para tan curiosa contradicción? Ninguna. Pero de haber sido obligado a encontrar al menos una, recurriría a esta máxima jasídica: “Aquel que cree que puede prescindir de los otros, se engaña. Y aquel que cree que los otros pueden estar sin él, se engaña todavía más”.

Durante muchos años, fue para mí un gran enigma que Soteras hubiera repetido Párvulos. Hasta que una tarde, cuando él ya estudiaba Arquitectura y yo había ya abandonado mis estudios para trabajar en la inmobiliaria familiar, tropezamos en la plataforma central del autobús de la línea 7 de la Diagonal de Barcelona y no pude evitar preguntarle, a bocajarro, cómo era que había repetido lo que nadie jamás repetía nunca, Párvulos.

A Soteras no sólo no le sorprendió la pregunta, sino que me miró y sonrió, y le vi muy feliz de poder contestarme a aquello, parecía que llevara años preparándose para el día en que tuviera que contestarme.

—No me creerás —me dijo— pero se lo pedí a mis padres porque me daba miedo pasar a Elemental.

Y le creí, parecía bien creíble aquello. Y aún me pareció más creíble cuando añadió que había espiado cómo era el curso siguiente, Elemental, y deducido que allí había que estudiar y que, además, era un lugar pensado sólo para que hiciera frío. En esos días, me dije entonces, había miedo a cambiar, miedo a estudiar, miedo al frío de la vida, miedo a todo, en esos días había mucho miedo. Estaba pensando en esto cuando Soteras me preguntó si había oído hablar de los que veían una película dos veces, pero la segunda no la entendían. Me quedé atónito, justo allí en medio de la plataforma central de aquel atiborrado autobús.

—Pues mira —dijo—, fue lo que me pasó después de dos años seguidos de párvulo, porque en el primero lo entendí todo, y en el segundo, nada.

[PUTHOROSCOPO 3]

“Problema matinal con los hijos. Por la tarde descubrirá que el mundo está tan bien hecho que no es preciso que le añadamos nada más.”

Esta vez Peggy no se ha dirigido a mí directamente, le debió de bastar con hacerlo ayer. Pero eso no me ha impedido, como tengo por costumbre, interpretar su oráculo en clave personal. Parece que trate de advertirme que no me moleste en escribir, en añadirle algo al mundo, pues no haré más que repetir y repetir. ¿O acaso no está ya escrito todo? En cuanto al “problema matinal”, seguro que no he de pensar en mis tres hijos que ya son bien mayores y se las arreglan solos y sí en cambio en las enrevesadas dificultades técnicas que he tenido que resolver esta mañana mientras escribía. Los párrafos que tantos problemas y angustias me han creado son esos hijos.

En cuanto a ese “Por la tarde descubrirá”, está bien claro lo que hace un par de horas he descubierto y que me ha llegado de la mano de Ander Sánchez y de lo que éste nos ha dicho a Ana Turner y a mí cuando he bajado a la calle a comprar cigarrillos y me lo he encontrado en la puerta de La Súbita riéndose feliz con Ana. No suele hacerlo demasiado, pero esta vez Sánchez, nuestro insigne vecino, el “reconocido escritor barcelonés”, me ha saludado sin regatearme ni una sola porción de amabilidad. Raro en él, pero es que no íbamos andando los por la calle con prisas, como ha ocurrido la mayoría de las veces que nos hemos cruzado a lo largo de los años, sino que estaba parado allí en la puerta, y era blanco fácil para quien quisiera asaltarlo con palabras de admiración, o simplemente de cortesía. Estaba allí Sánchez varado, sin esconder que se hallaba subyugado por los encantos de la maravillosa Ana, lo que me ha dejado inesperadamente celoso.

¿Quién no conoce a Sánchez en un barrio que si se llama el Coyote en parte es por él, puesto que, por una casualidad muy casual, el piso en el que Sánchez vive desde hace años —situado en el inmueble contiguo al mío— perteneció a José Mallorquí, el más popular de los narradores barceloneses de los años cuarenta? Puede que Sánchez lo comprara sin saber que Mallorquí había sido el antiguo ocupante del piso, pero una maledicencia del barrio asegura que precisamente lo compró porque pensó que eso podía ayudarle a ser, como el antiguo inquilino, el autor más vendido de España. Y es que en la hoy vivienda de Sánchez, José Mallorquí, a partir de 1943, escribió las doscientas novelas de la serie El Coyote, novelas pulp que fueron best sellers absolutos en la España de los años de la posguerra.

Cuando vine a vivir a este barrio hace ya tanto tiempo, esta zona del Eixample no tenía una denominación concreta, y al principio, medio jugando, acabamos con otros vecinos decidiendo que nos encontrábamos en el barrio del Coyote. Y aquello prosperó. El nombre fue calando y hoy prácticamente todo el mundo llama así al barrio, aunque la gran mayoría de veces lo dicen ignorando de dónde viene. Es un barrio que se extiende, sin límites muy definidos, por debajo de la plaza de Francesc Macià, antes de Calvo Sotelo y, durante la guerra civil, plaza Hermanos Badía.

El caso es que hoy Sánchez, que ignora que soy de los que participó en la creación del nombre de este barrio, se ha dignado saludarme. Es más, ha desarrollado por momentos una cortesía exquisita y rebuscada que me ha obligado a mí, poco acostumbrado a estas cosas, a desplegar una cortesía torpe.

Y en medio de todo esto, me ha parecido que más bien para deslumbrar a Ana, ha comenzado a contar con brillantez todo tipo de cosas y, sin que nadie se lo pidiera, ha terminado hablando de los problemas que tenía para volver la vista atrás y recordar sus años de juventud, muy especialmente para acordarse de un año entero, uno solo, en el que seguramente debió de beber más que nunca, ha dicho, porque escribió una novela sobre un ventrílocuo y una sombrilla de Java (que ocultaba un artefacto asesino) y sobre un maldito barbero de Sevilla.

—Pero no recuerdo mucho más —ha dicho— salvo que era una novela con algunos pasajes incomprensibles o, mejor dicho, pasajes espesos, densos, tirando a pasajes, cómo diría yo, muy burros…

Sabía reírse de sí mismo, eso estaba claro. Y he pensado que debería imitarle yo también, aunque, de probar mi autorridiculización ante Ana, lo único que lograría, dado que lo haría de forma patosa, sería perjudicarme.

Lo que más le intrigaba, nos ha dicho Sánchez, era cómo pudo llegar a hacer ese libro de los pasajes tan necios. Hablaba sin duda de una novela de su primera época, de Walter y su contratiempo. Le sorprendía que hubiera llegado a escribir ese libro estando tan borracho siempre, y aún más cómo pudo esa novela llegar incluso a ser aceptada sin mayor problema por su editor, que la publicó sin rechistar, quizás porque pagaba tan poco que no podía exigir mucho.

Era un texto, ha dicho, lleno de incongruencias, errores, algún que otro cambio absurdo de ritmo, todo tipo de dislates, aunque también —aquí ha querido sacar pecho— contenía alguna idea genial, consecuencia curiosamente de esos dislates. Se acordaba sólo en parte de la novela y en todo caso su memoria del libro siempre era acuosa, como si sólo recordara el agua de los gin-tonics que bebía incesantemente mientras escribía aquellas memorias tan deliberadamente oblicuas de su ventrílocuo.

Después de decirnos todo esto que sonaba hasta exagerado, se ha callado en seco. Ana parecía cada vez más embobada con él, y eso me ha irritado tanto que me ha hecho recordar que, según declaraciones del otro día del propio Sánchez, está actualmente preparando un total de cuatro novelas autobiográficas al estilo de las del noruego Knausgård.

—¡Será posible! —he gritado en voz muy baja al pensar en esto.

Me han mirado los dos sin comprender qué pasaba, pero sin que les importara no comprenderme, lo que me ha revelado que allí yo no pintaba nada. He pensado en Walter y su contratiempo, porque era un libro que no me era desconocido del todo. Lo recordaba extrañamente bello a veces, en otras irregular y desquiciado, no lo había terminado, de eso estaba seguro. Si no recordaba mal, lo había abandonado hacia la mitad, porque había empezado a cansarme de que en cada cuento o capítulo de las memorias del ventrílocuo Walter incluyera uno o dos párrafos que no se sostenían por ninguna parte; párrafos inaguantables que, si no me equivocaba, él había justificado luego, en entrevistas posteriores a la salida del libro, diciendo que los había construido confusos a propósito, “por exigencias de la trama”.

¡Por exigencias de la trama! Ésta no era muy férrea precisamente. A pesar de que el libro eran las memorias de un ventrílocuo, esa trama o línea de vida estaba compuesta —si no recordaba mal— de sólo unas cuantas “láminas de biografía”. Parecía una vida de la que sólo se nos ofrecía el esqueleto: unos cuantos momentos significativos, junto a algunos más laterales, y otros apenas conectados con su mundo, como si formaran parte de la biografía de alguien que no era Walter.

—Cuando lo escribí era muy joven —ha dicho— y desaproveché mi talento, me parece. Hoy no puedo más que lamentarme por la novela que dejé escapar, que perdí por mi propia idiotez. Pero qué le vamos a hacer. Ya no tiene remedio. La gran suerte es que ya nadie se acuerda de ella.

Ha bajado la cabeza un momento y luego la ha levantado para decir:

—Hay días que hasta me pregunto si no la escribió alguien por mí.

Y ha estado a punto de mirarme.

Vaya uno a saber, he pensado aterrado, espero que no crea que fui yo quien la escribió.

 

Enrique Vila-Matas
Escritor. Ha publicado: Doctor Pasavento, Exploradores del abismo, Dietario voluble, Dublinesca, Perder teorías, Chet Baker piensa en su arte, Aire de Dylan, Kassel no invita a la lógica y Marienbad eléctrico, entre otros libros.

Publicado con permiso del autor.

© Seix Barral.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>