El escritor Francisco Monterde fue el primero en advertir que las antenas de radio, colocadas en lo alto de las viejas casas porfirianas, habían modificado el panorama urbano. Terminaba 1923 y una antena entre los tendederos de las azoteas representaba el último grito de la ciudad moderna, un signo que se sumaba a los automóviles, los tranvías, los ascensores, los aeroplanos, los rascacielos: algo que conducía al centro mismo de los domicilios ondas invisibles que de pronto se convertían en voces, en sonidos, en mensajes. Manuel Maples Arce y Germán Liszt Arzubide acababan de lanzar el segundo manifiesto estridentista. Uno de los poetas de ese grupo, Luis Quintanilla, advirtió que además del panorama, el ritmo de la urbe también había cambiado. “Se erizan los pelos al roce de las ondas hertzianas”, anotó en un poema.

Tal vez la Ciudad de México no había experimentado antes una idea de la modernidad como la que se vivió aquel año electrizante. En todas partes, cables, arcos voltaicos, postes de telégrafo, timbrazos telefónicos. Los muros cargados de publicidad devenían fachadas parlantes. “La Cervecería Moctezuma y El Buen Tono. Refacciones Ford. Aspirina Bayer Vs. Langford Cinema”, consignó el poeta Maples Arce.

radio

En febrero de ese año el radio había surgido como el objeto más reciente de la civilización. Los periódicos inauguraban columnas, planas y secciones destinadas a explicar “los misterios de Hertz y de Marconi”. En unos cuantos meses, la ciudad chisporroteaba, “polarizada en las antenas radiotelefónicas de una estación inverosímil”.

En 1922, José Juan Tablada reportó desde Nueva York que, en vez de “las Arcas de Noé y las linternas mágicas de nuestra infancia”, Santa Claus había dejado bajo los árboles navideños cargamentos enteros de aparatos de radio. En el primer semestre de 1923, la moda llegó a México bajo al forma de una fiebre que cundió en las colonias más pudientes —en especial, Juárez y Roma— y de ahí avanzó incontenible hacia las barriadas más pobres. Al finalizar el año, habían volado de los almacenes cinco mil radiorreceptores. Mientras la clase acomodada elegía aparatos vistosos, con finos detalles de ebanistería (el precio oscilaba entre doce y ochocientos pesos), los sectores populares conseguían manuales que les ayudaban a armar, con trozos de galena, envases de avena Quaker y alambre para embobinar, modestos aparatos de manufactura doméstica. En noviembre de 1923, denunciaba uno de los redactores de El Demócrata:

Quienquiera que sea un poco observador y transite por las colonias humildes (…), si fija un poco su atención, dirigiendo la vista hacia las azoteas de innumerables casas de vecindad, y en mayor de las de más pobre aspecto, podrá darse cuenta de la cantidad de antenas que desde las calles se dominan. Luego se ve, a diferencia de las de las colonias acomodadas de la capital, que aquellas no han sido levantadas por la casa instaladora de primer orden ni por electricista experto, sino que han sido erigidas a base de la más estricta economía. Muchas de esas antenas no tienen ¡qué van a tener! ni aun la cuarta parte de lo que los expertos señalan. Unos cuantos metros han servido para la antena y el resto para la ‘bajada’ y, quizá, para la conexión con tierra…

Para entonces, el radio había ocupado el lugar de honor en las casas mexicanas. La privacidad era invadida por música, canciones, discursos, publicidad: Salvador Novo afirmaba que no había persona capaz de resistir la pedantería del señor que, desde un micrófono, ordenaba asistir a la esquina de tales calles a comprar cualquier cosa imaginable. La transformación del entorno urbano había significado, de modo inevitable, un cambio en las costumbres. En el Teatro Lírico, la revista Los efectos del radio, con llenos completos cada noche, hacía la crítica de una sociedad que se empeñaba en recogerse a ciertas horas para escuchar la radio. En ese espíritu, un colaborador de El Demócrata cronicó el instante:

Hoy no hay azotea sin antena
de fierro o de carrizo, mala o buena,
ni casa que no tenga un aparato
de bulbo de galena,
ni familia que ahora se visite
que si es de noche no se nos invite
a escuchar el concierto
que por cierto
tiene una feroz monotonía,
(…)
noche a noche lo escuchan con paciencia
digna de mejor causa
y no hacen ni una pausa
ni platican ni nada,
están con su oreja bien pegada,
y yo, amigo, será que soy muy burro,
pero la verdad pura, que me aburro.
(…)
Cuando estuvo el fonógrafo de moda
y la gente toda
se compró su vitrola en abonitos
y discos y más discos muy bonitos
pero que el dueño muy inoportuno
quería que se escuchara uno por uno,
y a mí a la octava pieza
me dolía horriblemente la cabeza,
a la décima ya pensaba yo un poquito en su mamá
y me salía de allí sin despedida…

Las noticias de moda giraban en torno de “la radiomanía”. A tono con los tiempos, Novo escribió una célebre “Radioconferencia sobre el radio”, donde aludió al carácter de prosperidad que le imprimía a la gente la posesión de tan actuales aparatos: “Podéis estar en la postura que mejor os plazca, con el traje de acostaros, con pantuflas, cosa que no solía hacerse en la ópera, fumando vuestra segunda pipa o dormitando…”. El empresario Raúl Azcárraga declaraba en una entrevista: “Nada escapa al radio, ni lo más lejano ni lo que está más cerca. Todo lo recoge. Nos lo entrega completo”.

En 1924, obsesionado por la “insoportable confusión de voces terrestres/ y de voces extrañas”, por la imagen del mundo creada a través de los aparatos de radio, el estridentista Luis Quintanilla dedicó un libro de poemas al nuevo invento: Radio. Poema inalámbrico en trece mensajes. En una versión pre Borges de El Aleph, escribió:

…IU   IIIUU  IU…

ÚLTIMOS SUSPIROS DE MARRANOS DEGOLLADOS EN CHICAGO ILLINOIS ESTRUENDO DE LAS CAÍDAS DEL NIÁGARA EN LAS FRONTERAS DE CANADÁ KREISLER REISLER D’ANNUNZIO FRANCE ETCÉTERA Y LOS JAZZ BAND DE VIRGINIA Y TENESI LA ERUPCIÓN DEL POPOCATÉPETL SOBRE EL VALLE DE AMECAMECA ASI COMO LA ENTRADA DE LOS ACORAZADOS INGLESES A LOS DARDANELOS EL GEMIDO NOCTURNO DE LA ESFINGE EGIPCIA LLOYD GEORGE WILSON Y LENIN LOS BRAMIDOS DEL PLESIOSAURIO DIPLODOCUS QUE SE BAÑA TODAS LAS TARDES EN LOS PANTANOS PESTILENTES DE PATAGONIA LAS IMPRECACIONES DE GHANDI EN EL BAGDAD DE LA CACOFONIA DE LOS CAMPOS DE BATALLA O DE LAS ASOLEADAS ARENAS DE SEVILLA QUE SE HARTAN DE TRIPAS Y DE SANGRE DE LAS BESTIAS Y DEL HOMBRE BABE RUTH JACK DEMPSEY Y LOS ALARIDOS DOLOROSOS DE LOS VALIENTES JUGADORES DE FUTBOL QUE SE MATAN A PUNTAPIES POR UNA PELOTA,

                    Todo esto no cuesta ya más que un dólar
                    por cien centavos tendréis orejas eléctricas
                    y podréis pescar los sonidos que se mecen
                    en la hamaca kilométrica de las ondas.
                              …IU IIIUUU IU…

 

II

En septiembre de 1921 se inauguró el Parque España y le pusieron rejas al bosque de Chapultepec. Los Pegasos de Querol fueron removidos del Zócalo para ser instalados frente al edificio inconcluso del Teatro Nacional. Las calles perdieron los hermosos nombres del pasado —Capuchinas, Puerta Falsa de Santo Domingo, El Relox— y se les bautizó como Brasil, Cuba, Costa Rica, Chile… El gobierno de Álvaro Obregón le lavaba la cara a la ciudad para recibir al mundo durante las fiestas del centenario de la consumación de la Independencia. Juegos florales, acrobacias aéreas, desfile de carros alegóricos, conciertos y funciones de teatro. La zapatería El Centenario anunciaba “baratas de onomástico”; las tiendas de telas, precios “para festejar”. En los aparadores menudeaban remesas de guantes importados, “para lucirlos en el baile del Casino Español”. Empezaba a circular una moneda que conmemoraba el primer siglo de la vida mexicana. La ciudad se entregaba a su primera fiesta cívica, tras once años de intensa carnicería.

El 27 de septiembre, mientras las celebraciones del centenario avanzaban a su clímax, el médico militar Enrique Gómez Fernández concluía, en los bajos del Teatro Ideal (Dolores 6), la instalación de un transmisor de radio marca De Forest, de 20 watts de potencia.

“Fanático de la ciencia”, como lo describiría su hija años más tarde, Gómez Fernández era experto en la construcción de aparatos eléctricos. Esa noche, un transmisor recién incautado a un buque estadounidense le daría oportunidad de probar lo que, durante años, sólo había podido leer en revistas extranjeras. Ahí, en los bajos del teatro, el médico improvisó una extraña cabina de cristal. Dentro de ésta esperaba el tenor José Mojica. Unas calles más adelante, en el actual Palacio de Bellas (ese día se verificaba una exposición sobre las materias primas del país), una planta radiorreceptora, provista de audífonos, aguardaba el inicio de la primera demostración pública de la radio.

A las ocho de la noche, José Mojica se acercó al micrófono y entonó una pieza de Paolo Tosti: “Vorrei”. Según la historiadora Gloria Fuentes (La Radiodifusión, SCT, 1987), quienes recorrían la exposición sobre materias primas se arremolinaron frente al aparato. Debió embargarlos una sensación semejante a la que en 1896 asaltó a sus padres, cuando Gabriel Veyre y Claude Ferdinand Von Bernard hicieron la primera exhibición pública del cinematógrafo. Esos hombres del crepúsculo porfiriano habían visto nacer, hacía un cuarto de siglo, un mundo repentino sobre la pantalla: olas, trenes y desfile de tropas. Los hombres del amanecer posrevolucionario, que ahora se agolpaban sobre el radiorreceptor, estaban a punto de experimentar la estática, “la voz de los espíritus que habitan el aire”.

El poeta Tablada, que desde una butaca colocada en el entrepiso de la Droguería Plateros había presenciado en 1896 aquella función prodigiosa, se preguntó veinticinco años más tarde si el milagro de la radio -—esos relámpagos hertzianos que traspasaban paredes y continuaban vibrando en el espacio infinito—, llegarían a revelar “zonas de misterio en el inmenso mundo de lo desconocido”.

En el Teatro Nacional, sin embargo, durante la primera demostración pública del radio, no hubo espacio para el esoterismo: la gente se disputó a empujones el uso de los audífonos y “los guardianes del orden hubieron de intervenir para moderar al animado gentío”.

Ese día, en la comodidad del Castillo de Chapultepec, el presidente Álvaro Obregón había recibido una transmisión realizada desde el Palacio Legislativo. Aquel invento, que mandaba a una sala de museo al telegrama, le resultó altamente significativo. Militar al fin, preguntó si el novedoso aparato podría instalarse, digamos, en la cabina de un avión. Dos meses más tarde, el 28 de noviembre, un avión Farman piloteado por Fernando G. Proal despegó de los llanos de Balbuena y transmitió un mensaje hasta una planta instalada en la ciudad de Pachuca. La respuesta no tardó en llegar: Proal escuchó las notas de “La Adelita”, que salían de un fonógrafo que los operadores de la planta habían acercado al micrófono. A través de la música popular, la era de las telecomunicaciones acababa de dar el salto más importante en casi medio siglo, desde que en 1878 Alfred Westrup tendiera la primera línea telefónica en la ciudad de México. “La Adelita” inauguraba los días de radio.

El presidente fue felicitadísimo por “este gran triunfo” que permitía poner en práctica un invento que se revelaba como “un competidor formidable del periodismo”. Pero no debió concederle gran importancia al comentario, porque en realidad no estaba pensando en los diarios, sino en el uso militar que podría darse a la radiofonía. De hecho, poco después se valió de este invento para ordenar movimientos de tropas durante la rebelión delahuertista.

Obregón y la radio quedarían íntimamente unidos: siete años más tarde, el 17 de julio de 1928, la estación CZE interrumpió sus transmisiones para informar que durante un banquete servido en el restaurante La Bombilla, “un caricaturista cuyo nombre se ignora” acababa de vaciar sobre el presidente la carga de una pistola automática: fue la primera vez que la radio le ganó una primicia importante al periodismo escrito.

III

En 1923, Martín Luis Guzmán, director de El Mundo, se había adelantado a entender que el futuro de la información iba a depender, tarde o temprano, de la velocidad de los medios electrónicos. Inició una batalla para abrir la primera estación comercial de la radio mexicana: un periódico hablado. Desde el mes de febrero, El Mundo ofrecía a sus suscriptores “un aparato de la invención más notable del siglo”, un artefacto con el que se podrían escuchar noticias y conciertos “sin salir de casa, en pantuflas, mientras el gato ronronea ‘y abajo ronca su perro Bob’”. El proyecto, en realidad, trascendía lo informativo: Guzmán había trazado un programa de conferencias que serían impartidas por sus viejos camaradas del Ateneo de la Juventud: José Vasconcelos y Pedro Henríquez Ureña. El escritor avizoraba el nacimiento de la radio como un ente cultural.

El debate sobre el nuevo aparato, que había ocupado planas enteras en los rotativos más importantes, llevó a los empresarios periodísticos a la conclusión de que era necesario asimilar la nueva tecnología, si no querían verse rebasados por el progreso. “Puede imaginarse a estos pasos cuál será el porvenir del diario. Hay quien piensa que posiblemente desaparezca… las extras amarillas se han hecho innecesarias”, decía en una entrevista el jefe del primer departamento radiotelefónico, Gustavo Obregón. El líder anarcosindicalista Rafael Pérez Taylor, articulista de El Universal, recorría los escritorios de los reporteros con aires de conspirador, repitiendo a quien quisiera oírlo: “El periodismo debe ser el más encarnizado enemigo de la radiofonía, porque ésta va a matarlo, a quitarle toda su importancia. Hay que impedir a toda costa su difusión”.

Martín Luis adivinaba, en todo caso, que sus colegas de El Universal se habían embarcado en un proyecto semejante al suyo, y trabajaban al vapor para llevarlo a cabo. Echó a andar una campaña publicitaria para que las casas vendedoras de radios se anunciaran en El Mundo, y adquirió un potente receptor “en el que se podían escuchar emisoras estadounidenses”. Fijó el mes de abril como fecha para el lanzamiento de su estación.

Para su desgracia, perdió la partida. Se le adelantó un periodista que aunque viviría sólo treinta y ocho años, tendría tiempo suficiente para escribir un libro de cuentos y varias obras de teatro, para dirigir una película actuada por reporteros de El Universal (Los chicos de la prensa o La gran noticia, 1921), para convertirse en reseñista espléndido del cine mudo, y para estar al frente del magazine cultural que, bajo su mano, iba a convertirse en el principal escaparate del desarrollo de la cultura mundial: El Universal Ilustrado. Se llamaba Carlos Noriega Hope. Era miope y regordete. En las páginas que dirigía iban a debutar Salvador Novo y los estridentistas; se abriría espacio a los primeros versos de Xavier Villaurrutia y se practicaría la crónica, la entrevista, el reportaje. Ahí publicó Manuel Maples Arce el primer poema dedicado al radio, “T.S.H” (telegrafía sin hilos):

Ahora es el “Jazz-Band”
de Nueva York;
son los puertos sincrónicos
florecidos de vicio
y la propulsión de los motores.
¡Manicomio de Hertz, de Marconi, de Edison!

Ahí se preguntó Maples Arce: “¿en donde estará el nido / de esta canción mecánica?”. Ahí le replicó Enrique González Martínez con un poema que Ángel Miquel define como lleno de tristeza por las posibles consecuencias del avance tecnológico:

Telegrafía
sin hilos…
¿Qué va a ser de los pájaros
que anotan la música de los caminos?

Comisionado para echar a andar la estación de radio de El Universal, Noriega Hope consiguió la ayuda de un antiguo vendedor de autos, “emprendedor hombre de negocios”, quien comprendió que en México acababa de abrirse un mercado infinito para la venta de radios: Raúl Azcárraga. Después de adquirir en el extranjero una transmisora de 50 watts, y cientos de receptores de galena, Azcárraga inauguró en Avenida Juárez 62 un negocio prometedor: La Casa del Radio. No le llevó mucho intuir que una radiodifusora podría prestar invaluables servicios a El Universal —y a él le ayudaría a vender aparatos por millones. Mientras problemas técnicos y económicos retrasaban los planes de Martín Luis Guzmán, Noriega Hope y Azcárraga firmaron el convenio que iba a hacer posible “el primer concierto radiofónico del país”, así como el surgimiento de la CYL, la estación El Universal Ilustrado-La Casa del Radio.

El 8 de mayo de 1923, Martín Luis debió sentirse deprimido. No sólo porque la lluvia caía con fuerza sobre los rascacielos —que a la manera estridentista, delineaban las ansias de la nueva configuración urbana—, sino porque El Universal había anunciado para ese día el gran estreno de su estación. La ciudad estaba expectante: los radios que desde 1922 habían comenzado a venderse para captar las ondas de estaciones experimentales de corta vida, los radios que el mismo Guzmán había regalado a sus suscriptores, esperaban el inicio del concierto.

Noriega Hope llegó ese día a la redacción de malas. “El cielo está negro y gris. La lluvia va a dar al traste con todo”, dijo. Según una crónica publicada en El Ilustrado el jueves siguiente, en la redacción creció la inquietud. Los rayos que se agitaban en el cielo anulaban la posibilidad de lograr una transmisión nítida. Frente la oficina del director, flotaban nubes de redactores sombríos: Jerónimo Coignard, Cube Bonifant, Marco Aurelio Galindo.

A las seis de la tarde, alguien vio desde una ventana que la lluvia había terminado. Los periodistas salieron de las oficinas de Iturbide y avanzaron por Avenida Juárez sorteando los charcos. A las ocho comenzó el concierto. Le robaban a Martín Luis Guzmán el ingreso en la Historia. Manuel Maples Arce recitó el poema “T.S.H”. El guitarrista Andrés Segovia interpretó a Chopin. Manuel M. Ponce ejecutó al piano su obra cumbre, un vals compuesto nueve años antes: “Estrellita”. Luego, Celia Montalván, que había escapado del teatro durante el intermedio (más tarde saldría corriendo para continuar la función), cantó “La borrachita”. Hablaron Azcárraga y Noriega Hope. El programa duró dos horas. Cerró con la ejecución del Himno Nacional.

A partir de aquella velada, los martes y viernes por la noche, la gente de la ciudad se colocó audífonos en las orejas para adquirir el aspecto entre “quirúrgico y policiaco” del que luego se burló Novo, y que entonces era necesario para captar las ondas invisibles que de pronto se convertían en voces, en sonidos, en mensajes. El 11 de mayo, la estación de Noriega Hope introdujo la costumbre de leer resúmenes de noticias enviadas por teléfono desde la redacción. Venía luego un programa aderezado con música clásica, canciones populares y “el ritmo negro de las jazz bands de Nueva York”.

Martín Luis tuvo que esperar tres meses. En agosto logró abrir la estación de El Mundo, con una conferencia de José Vasconcelos, música de Manuel M. Ponce y poemas de Francisco A. de Icaza. Colocó receptores en dos puntos de la ciudad, “que lanzaban a todos los vientos las vibraciones radiofónicas”. Al mes siguiente, sin embargo, perdió una nueva batalla cuando la recién inaugurada estación de la fábrica de cigarrillos El Buen Tono transmitió prácticamente en tiempo real (con sólo minutos de diferencia) la espectacular golpiza que Jack Dempsey propinó en Nueva York al gigante argentino Luis Ángel Firpo: las multitudes se agolparon, extasiadas, para seguir la pelea a través de aparatos colocados en las principales esquinas.

En diciembre de ese año, el autor de La sombra del caudillo renunció a la redacción de El Mundo. Las simpatías que su periódico había mostrado por Adolfo de la Huerta, en tiempos de la sucesión presidencial, hicieron insostenible su estancia en México. Ese mes, mientras el escritor cruzaba la frontera de Estados Unidos, De la Huerta se lanzó a la rebelión y Obregón ordenó que fueran instalados aparatos de radio en los aviones del ejército, para que durante los bombardeos pudieran comunicarse “con el departamento del arma”. Lo ubicuo, lo simultáneo, lo multitudinario… Todo estallaba de pronto contra el fondo explosivo de la ciudad estridente.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Esta crónica forma parte del libro El derrumbe de los ídolos (Cal y arena, 2010).

 

Un comentario en “La hora del radio

  1. Excelente crónica, como siempre, regalándole dulces a la imaginación, transportándonos a otro tiempo.
    De pronto me veo en un lugar que no conocí, en una época en la que no viví, pero estoy ahí, junto a la radio, gracias a tus maravillosas letras.